La buhardilla

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Cartas a un escritor − El lector

Publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara el 25/09/2007

Querido escritor novel,

En esta primera carta que te remito, no temas, no voy a preguntarte por qué escribes historias. No ya porque la respuesta sea conocida o más antigua que la propia literatura, pues no es así. Sino más bien porque, como en toda narración, conviene que iniciemos nuestra correspondencia no ya a partir de una reflexión sesuda y sustancial, sino más bien a propósito de una anécdota, de una cuestión aparentemente tangencial, prescindible − pero al mismo tiempo atrayente, profunda. Conviene que empecemos por los márgenes y nos vayamos adentrando lentamente en los entresijos de nuestro oficio; que sembremos el germen para que otros se asomen a nuestra correspondencia privada, deseosos de saber más sobre nosotros, como personas y como escritores (¿acaso no es la escritura un acto de exhibicionismo pudoroso?). Pero no nos precipitemos. ¿Cuál puede ser este tema que atraiga la atención de nuestros lectores casuales como la belleza de Circe a un banquete imaginario? Sin duda ha de ser novedoso, o como mínimo planteado con originalidad. Osadía y originalidad, como bien proclamaba Chéjov, que de esto de escribir sabía mucho más que tú y que yo. ¿Te parece que hablemos precisamente del público, de los lectores? ¿Qué puede haber más reconfortante para la vanidad que leer lo que otros dicen de uno mismo? Podríamos, pues, verter aquí los consabidos tópicos sobre la calidez de nuestro amable público, recurrir a la metáfora, equiparándolo a la savia que recorre nuestras venas y desemboca en nuestra pluma, evocar su hálito estimulante en nuestra nuca y el placer que nos proporciona la invisible comunión con él a través de la página escrita…

Lo sé, lo sé. Nunca se me dio bien la ironía. Como lector que soy, me resulta aberrante confesar los sentimientos que me asaltan hacia mi público objetivo cuando empuño la pluma (o el teclado), pero no puedo menos que enfrentarme a ellos y tratar de exorcizarlos. ¿Me recriminarías que confesara el pánico que siento en presencia de mi lector, o el estremecimiento que me asalta ante su crítica, que en cierto modo, por qué no decirlo, es incluso cercano al odio? Al fin y al cabo, ¿quién no ha considerado alguna vez a su público como enemigo, especialmente cuando empieza a escribir? ¿A quién no le ha lacerado su indiferencia, su tendencia a apropiarse del detalle banal y pasar por alto la elaborada urdimbre en que el escritor basa todas sus esperanzas de gloria? Muchos sentimos en ocasiones la paradoja de desear que no hubiera público más allá de la página (o pantalla) escrita − solo el silencio. Pero esto no es, al fin y al cabo, muy diferente de la añoranza de la soledad, que todos experimentamos cuando la turba nos agrede, pero no cuando unos brazos cálidos nos envuelven y unos labios desconocidos nos buscan con los ojos entrecerrados.

Coincidirás conmigo en que rara vez escribimos pensando en el lector. Lo hacemos pensando en nosotros mismos, en lo que tenemos la necesidad de expresar, de transmitir − incapaces a menudo de desembarazarnos del todo del infantil romanticismo del genio solitario, de la aureola de aquellos creadores tocados por una mano divina que solo existían en nuestros libros de texto, y cuyos nombres hubimos de aprender de memoria años antes de que su prosa nos estremeciera por primera vez. Nos centramos en nuestra propia catarsis, y a menudo olvidamos a nuestro confidente en este desahogo. Más aún: su mirada, impaciente y distraída, nos desconcentra, nos irrita. Como el loco que se habla a sí mismo y se da la razón constantemente, imaginamos al interlocutor ideal, el que ríe, llora, se emociona y sueña al mismo ritmo que nosotros. Aquel que, en el fondo, no es más que una réplica del escritor. Pero ese lector no existe.

Tal vez esta época en que vivimos, en que la lectura está más que nunca mediatizada por los meandros caprichosos de la atención fragmentada, por la participación y la crítica sin cortapisas, sea un buen momento para invertir los papeles y comenzar por preguntarnos: ¿quién es nuestro lector? Desde algunos púlpitos se defenderá que se trata de una especie de cliente (que siempre tiene razón), lo que de hecho convierte al relato en un producto de consumo – y conocemos bien las consecuencias de seguir este dogma a pies juntillas. Si algo puedo recomendarte es que evites este tipo de opiniones. En efecto, ¿por qué no considerar al lector copartícipe en la creación literaria? ¿Por qué no respetar su espacio, dar un paso atrás y sustituir explicación por sugerencia, dejar que las elipsis respiren? Tal vez solo si se insiste en ello desde el primer momento logremos devolver a nuestro público al lugar tantas veces usurpado, y que mi admirado José Luis Guerín, ávido lector, definía a través de la expresión ‘cierre del círculo’. Ante todo, querido amigo escritor, asegúrate cuando comiences una historia de que has dejado espacio para el lector, casillas en blanco que rellenar, dudas por resolver. Invítale a ser creador junto a ti, cómplice de esta experiencia de vivir y construir una historia, frente al denigrante rol de consumidor que tal vez se haya acostumbrado a que le apliquen de forma interesada algunas grandes editoriales o escritores de éxito, y que no es muy diferente de la alienación suscitada por la (deleznable) oferta televisiva de nuestros días.

Toma de conciencia de la presencia del lector, primero. Reconocimiento de que toda historia es una historia incompleta sin él, de que es una estructura abierta, deseosa de hacerle el amor, de acogerle y de recibir algo a cambio. Capacidad de evocación, que como bien sabes crece en sentido contrario al impulso explicativo (lee a Rulfo de nuevo, querido escritor. A Kafka. A Hemingway). He aquí las primeras claves que debemos asimilar cuando nos enfrentamos a la página en blanco, antes incluso de comenzar a construir esa chirriante y perezosa primera frase, que a menudo se queda sola, aislada del resto del relato, como un animal sacrificado a la puerta del templo. Porque, ciertamente, el lector, que siempre ha sido el último en la mente del escritor, se encuentra en realidad siempre a su lado, inquisitivo, entrometido, impaciente. Tal vez por eso haya decidido, al lanzarme a escribir estas reflexiones, contártelas a ti, querido escritor amigo. Escritor-lector. Crítico implacable, y al mismo tiempo mi mayor apoyo. Cuando empecé, tú no eras sino un reflejo de mí mismo. Ahora comprendo que tus caras son muchas, y tus inquietudes también. Haz tuyas estas reflexiones, dales la vuelta, arrójalas a la papelera, vuelve a ellas tal vez cuando el insomnio de esa calurosa noche estival se deslice entre tus sábanas y llene tu mente de ideas de nuevos relatos. Solo entonces habrá valido la pena haberlas escrito.

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(No estaba muerto…)

Pues eso. La buhardilla se llena de polvo, pero no por descuido del dueño o por falta de motivación. Simplemente, no tiene tiempo para cuidarla. Las mudanzas son un asunto serio y, como la enfermedad, deben tratarse de manera enérgica y resolutiva, dejando de lado todo aquello que pueda interponerse en su pronto restablecimiento. En ello estoy, dadme unos días más para que pueda volver en mí.

La infidelidad

Sé muy bien que la infidelidad no es un tema que deba tratarse con ligereza delante de una mujer hermosa, especialmente si está casada. Lo hice en esta ocasión, y apenas recuerdo qué me condujo a semejante temeridad. Como puede el lector suponer, yo también soy un hombre casado, y tengo dos hijos; debería, por tanto, resignarme a caminar por la vida con los ojos entrecerrados y el alma aplacada por mi ventura. Pero también soy escritor, y la observación y el análisis son tal vez las únicas premisas de mi pasión oculta, y me obligan a estar alerta ante los estímulos, a menudo furtivos, de mi entorno. Por supuesto, todo ello no comportaría ningún peligro si Hélène no fuese una mujer capaz de volver loco a cualquier hombre, y si su mirada distraída y traviesa como la de una niña no encerrase en su interior el secreto más irresistible al que me he enfrentado jamás.

Por pudor, no revelaré mi verdadero nombre. Baste decir, como antes comenté, que soy escritor vocacional, de teatro por más señas, y que Hélène es mi valedora. Nos conocíamos bien, pero no nos habíamos visto hasta aquella tarde, y el apocamiento inicial ya se había disipado hacía tiempo, poco después de subir ella al tren en la parada de Montpellier. Como pude constatar, no tardó en adueñarse del espacio y de las miradas que nos rodeaban; se recostaba en el asiento, observándome con una media sonrisa desasosegante, y yo me inclinaba constantemente hacia delante y agitaba las manos, embriagado a partes iguales por la conversación y la cercanía de su sugerente perfume de lavanda. De alguna manera, su presencia me sumía en un espacio soñado y remoto, y en mi fuero interno, me sentía como un niño que viaja por primera vez en un tren lleno de juguetes.

Durante un tiempo, ella se entretuvo castigándome con su tema favorito: recriminarme que no hubiera escrito todavía nada para ella y su compañía de teatro. Yo me defendía como podía, y mencionaba a los clásicos y a sus problemas de inspiración, pero por supuesto, añadía, no pretendía compararme con ellos, y ella respondía con una risa clara y juguetona.
− No seas modesto, vamos − decía, y apretaba mi mano un instante, apartándola de inmediato. Estaba fría.
− Pero si no he escrito nada… − objeté nerviosamente − como quien dice, estoy empezando…
Ella agitó la mano para acallarme.
− Yo sé muy bien lo que vales, pero tienes que dejar de fustigarte a ti mismo y de protegerte en la complacencia del aprendiz. ¿Por qué no te arriesgas de una vez y me envías algo? Estoy seguro de que será estupendo, y a toda la compañía le encantará.
− Lo que piense la compañía no me importa demasiado.
− ¿Entonces?
Dudé un instante, y al fin las palabras salieron a trompicones, como arrastradas por el traqueteo de las ruedas metálicas del tren.
− Lo que pasa es que no he escrito todavía nada que esté a la altura de lo que tú mereces. Eso es todo.
Evité mirarla, pero pude imaginar su cara de sorpresa y su sonrisa halagada. Ella, sin embargo, no dijo nada.
− La cuestión es que me desvivo día y noche tratando de encontrar la inspiración que me eleve por encima de la mediocridad, pero no encuentro la manera. No escribo más que banalidades. Nunca llegaré a nada.
Ella dejó escapar un chasquido de fastidio, y me apresuré a tapar mis últimas palabras tirando del hilo de mi confesión. Le expliqué por primera vez que la escritura era para mí poco más que una actividad clandestina, y que me habría dedicado a ella plenamente de no ser por que tenía que ganar dinero para mi mujer y mis hijos.
No pareció demasiado impresionada por todo aquello, y su incapacidad de ponerse en mi lugar me irritó. La imaginé casada con un empresario de éxito y sumida en la fácil rutina de no haber de preocuparse por las facturas del mes siguiente. Con un poco de suerte, él se dedicaría a su empresa con pasión, y ella no tendría más que acostarse con él de tanto en tanto y pasearse a su lado los domingos con un traje ceñido para disponer de tiempo y dinero para su compañía de teatro, todo el que pudiera necesitar.
− ¿En qué piensas?
− En nada.
− Qué serio te has vuelto de repente…
− No. No pasa nada. Lo siento.
− Venga, va, no te pongas tan triste… Los dos sabemos que eres un escritor maravilloso, solo tienes que empezar a creer en ti mismo, y deshacerte de tus miedos. Y dejar de analizarlo todo constantemente, ¿me escuchas?
Tragué saliva y forcé una sonrisa. Podría haber seguido escuchando su voz durante horas. No era bonita, pero me envolvía de una manera tal que me quitaba el aire.
− Lo que sucede − repliqué al fin − es que siempre tengo que andar escribiendo a escondidas, como si fuera un delincuente. Me hace sentir como si estuviera siendo infiel a mi mujer, de alguna manera.
− Y, ¿eso te molesta? − replicó ella con picardía.
Tragué saliva de nuevo. Debería haberme encogido de hombros y no responder, pero no pude evitar lanzarme a la réplica para intentar atenuar el efecto de sus palabras.
− Bueno, no es cuestión de que me guste o no. Desde luego, me gusta escribir. Simplemente quisiera poder compatibilizarlo mejor.
− Compatibilizar a tu esposa y a tu amante. No eres tonto…
− No es exactamente un amante − objeté.
− Pero dime, cuando piensas en la escritura, ¿se trata de un amante para una noche o para toda la vida?
− No sé por qué he mencionado este tema de la infidelidad, la verdad.
− Vamos, no seas antiguo… − ahora era ella la que se inclinaba sobre mí, y su agresividad juguetona me asfixiaba − ¿acaso no quieres escribir y tener éxito toda la vida? ¿Es eso? ¿Estás hablando de un amante de toda la vida? ¿Una especie de maîtresse, como la de los reyes?
− Más que un rey, soy un vasallo… y pobre, además.
− Venga, respóndeme.
Chasqueé la lengua.
− Prefiero no mezclar las cosas. Es cierto que me cuesta compatibilizar mi pasión por el teatro con mis obligaciones como marido, pero eso no quiere decir que deba ser infiel a mi mujer, en el sentido literal de la palabra, claro. Son cosas distintas.
Ella se recostó y se ajustó la chaqueta, sin dejar de sonreír, como habiendo subido un punto a su casillero imaginario. ¿Realmente estaría casada con un hombre rico? ¿La amaba su marido? ¿La admiraba? ¿Pasaba las tardes de domingo hechizado, observando su rostro perfecto, o simplemente la ignoraba? ¿Sentía celos al ver cómo la agasajaban sus amistades o mera indiferencia? ¿Había dejado de verla al pasar a su lado?
− Bien − dijo entonces ella, masticando las palabras con regocijo − pues respóndeme a esto. Imagina que escribes una obra de teatro, para enviarla a mi compañía por supuesto…
− … como siempre hago.
− Como siempre haces. En fin, y en tu obra, el primer acto transcurre en un vagón de tren. Y tu protagonista, un hombre que ama a su esposa y que va a su encuentro, pues ella le espera dormida en su cama, se ve en la tesitura de serle infiel. Olvidemos por ahora tu dilema profesional. Como dramaturgo, ¿cómo lo resolverías?
Supongo que leyó en mi cara la ansiedad que revelaba al sentirme atrapado por sus insinuaciones, y no encontré mejor manera de escabullirme que tratar de aparentar que aquello era solo un problema teórico, un ejercicio de ética que me seducía intentar resolver.
− Bueno… Lo que sucede es que las cualidades que hacen que una relación perdure a lo largo del tiempo son casi invisibles a simple vista − comencé −. De modo que yo diría que nuestro protagonista, al encontrar en ese tren a una mujer que le atrae, no puede saber si es realmente la mujer de su vida, alguien que le haría feliz a largo plazo. Supongo que asumimos que este hombre es feliz en su matrimonio…
− No lo sé, dímelo tú.
− Supongamos que sí. Si es así, no tiene demasiados motivos para arriesgarse a deshacerlo todo por iniciar una nueva relación llena de incertidumbres…
− Y sin embargo, esa mujer le resulta atractiva, ¿no es cierto?
− Cierto. Y por eso desea conocerla mejor. Y sentarse frente a ella o, si fuera posible, a su lado. Y su naturaleza, no cabe duda, le reclama conquistarla. De modo que la pregunta básica es: ¿debe hacer caso a su naturaleza o al sentido común?
Ella me observaba con interés. Parecía divertirle mi monólogo y, de cuando en cuando, lanzaba una mirada furtiva a nuestro alrededor, pues seguramente había otras personas escuchándonos también. Tal vez solo quería asegurarse de que entre ellas no había nadie conocido.
− A priori − proseguí − imagino que lo más sensato es evitar todo contacto con cualquier mujer que resulte atractiva a nuestro héroe, con el fin de no provocar perniciosos desequilibrios en su situación de dicha actual. Al mismo tiempo, no obstante, él es consciente de lo que esta persona le puede aportar, y no desea que ese peligro latente corte de raíz todo lo que ambos podrían…
Me percaté de que su mirada se había vuelto burlona y, algo embarazado, traté de anticiparme a su objeción.
− Pero bueno, mejor dejemos a un lado todo el tema de la amistad… Al fin y al cabo, se trata de un hombre de cierta edad, que ya ha caído en esa misma trampa en el pasado, y hace tiempo que dejó de creer en la amistad con una mujer atractiva… Porque, aunque tal vez el espectador no lo sepa, nuestro héroe no es un hombre de acción sino un ser reflexivo, que sopesa todos los pros y los contras, los riesgos y los beneficios y, en caso de duda, prefiere permanecer al borde del abismo antes que lanzarse a volar con los ojos cerrados…
− ¿Es así tu héroe?
− Sí.
− No lo había imaginado así. Pero sigue, por favor. Lo que dices es muy interesante.
Movía la pierna acompasadamente, como haciendo oscilar un péndulo sobre mi embrollado monólogo, dudando entre aceptar o rechazar mis insinuaciones. Su pie rozó el mío en varias ocasiones. Proseguí, cada vez más animado.
− En fin, lo que trato de decir con todo esto es que esta persona considera constantemente los grises que pueblan las situaciones, los dilemas morales, por así decirlo, y que no es una persona de blancos y negros…
− Muy sabio por su parte, supongo.
Decidí ignorar sus comentarios.
− Así, sin duda, considera que un romance con alguien a quien no vuelves a ver jamás es solo un punto negro que se disuelve con facilidad en el albor de la cotidianeidad, y por ello no plantea ningún peligro a su matrimonio. Sin embargo, desgraciadamente, este hombre solo concibe la infidelidad con personas especiales. Digamos que si una persona le atrae por su inteligencia, por su sensibilidad… por su alma, en definitiva… solo entonces cree que vale la pena poner en cuestión su código ético y asumir los riesgos.
− Pero eso no tiene el aspecto de una aventura de una sola noche…
− Exacto.
− Sigo pensando que tu héroe es más listo de lo que parece.
Seguía observándome con los ojos muy abiertos, y su pie rozaba pensativamente mi pantalón, mientras yo desmenuzaba mi exposición. Imagino que leyó la turbación en mi rostro sin problemas. ¿Cómo acabaría aquello? Me había lanzado a jugar con más osadía de la que tal vez había desplegado nunca ante ninguna mujer. Pero el camino que aún quedaba por recorrer permanecía oculto a mi mirada, y ambos sabíamos que solo ella, si así lo consideraba oportuno, podría guiarme hasta donde quisiera llegar.

Llevaba deseándola meses, pensé. Al principio, casi no nos habíamos cruzado ni una sola palabra, pese a compartir el espacio en numerosos foros de discusión literaria. Luego, de repente, un día surgió una chispa. Supe que ponía en escena obras de autores noveles. Que poseía una cultura considerable. Que amaba la música y la pintura, y desconfiaba del cine. Percibí que agradecía en silencio mis recomendaciones, y comenzó a alabar mis escritos breves, que − según decía − la estremecían. Siempre mantuvimos, sobreentendida, la distancia, pero nunca dejó de interesarse por todo lo que yo mencionaba, y pronto empecé a pensar en ella más que en ninguna otra persona. Empezó a crecer en mi interior, a ocupar tiempo en mi mente. Finalmente, apareció por las noches, cuando me desvelaba. Cuando trataba de buscar la inspiración en medio de la oscuridad. Cuando escribía. Cuando hacía el amor.
Semanas después, me escribió para comentarme que tomaba aquel tren de vuelta de un fin de semana en casa de sus padres. Su marido se había quedado en Barcelona por trabajo. Yo había pasado la semana en Suiza, en un curso subvencionado por la empresa, y cambié mi vuelo de vuelta para poder coincidir unas horas en el tren con ella. No le dije nada a mi mujer, solo que me quedaba el fin de semana para conocer mejor la ciudad. Ella no puso objeción alguna; me pidió solamente que me divirtiera, y que no hiciera ruido al llegar, pues ella y los niños estarían dormidos a una hora tan tardía.

El ronroneo del tren seguía envolviendo mis palabras, a las que apenas prestaba atención mientras pensaba en Hélène. Todo parecía irreal, y en cierto modo, me reconfortaba imaginar que aquello no tendría ninguna consecuencia, pues al fin y al cabo, el tren no se encontraba en ninguna parte en concreto, y era como si aquella conversación no hubiera existido jamás.
− Así, en cierto modo − prosiguió mi yo intelectual tras dar un largo trago a mi bebida − nuestro personaje solo cree posible ser infiel con alguien que podría sustituir a su esposa en el largo plazo, pero no puede saber si esa persona posee las cualidades necesarias para ello. Y ahí reside la paradoja, pues en el fondo desearía ser capaz de dejarse llevar por aventuras breves e insignificantes sin tener que deshacerlo todo…
− Y seguramente por eso no hace nunca nada − interrumpió ella.
− Y seguramente por eso no hace nunca nada. Sin embargo, esta vez… ¿por qué esta vez es especial? ¿Por qué merece nuestra atención justamente ahora? Tal vez sea porque siente una atracción como no ha sentido nunca antes… una atracción que le pide llegar hasta el final. De modo que está convencido de que ha de tener una aventura con esta persona, pues está totalmente enamorado de su alma. Y, a pesar de todo, siente que esa aventura, de concretarse, los separará para siempre, ya que de lo contrario, esa pequeña mancha negra podría extenderse y teñir su vida de un color que le impediría seguir en paz consigo mismo.
− Tu personaje me resulta casi cómico, la verdad. ¿De verdad pasa todo eso por su cabeza delante de una mujer hermosa?
− Sí, claro que sí − objeté, molesto −. Eso y mucho más. Por ejemplo, él se pregunta qué piensa ella de todo esto. Porque, como bien sabe el público, ella está también casada y, sin embargo, al contrario que él, parece moverse con cierta desenvoltura en esa situación… lo cual no quiere decir que sea algo habitual en ella, por supuesto.
− Por supuesto − replicó ella, sin mostrarse ofendida en lo más mínimo.
− Pero aceptémoslo − insistí −. El personaje de él ha racionalizado su dilema, sus contradicciones, sus anhelos. Incluso tiene un plan, un plan frágil pero plan al fin y al cabo. Pero, como suele decirse, ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo, así que todo bascula sobre lo que ella piensa de todo esto. Dime, ¿qué piensa ella? ¿Qué espera de él? ¿Cómo se transformarán los miedos del protagonista cuando hable con ella? Todo esto, el público tal vez lo conoce, pero él lo ignora… De ahí su inquietud.

Me quedé observándola y callé al fin. La embriaguez desapareció de golpe, y me sentí frío y vacío. Necesitaba que ella dijera algo, y no estaba seguro de que aquello me fuera a conducir a ninguna parte. Sentí miedo. Como un reo frente al jurado, esperé en silencio su veredicto, lamentando la endeblez de mi alegato, que ya no era posible solucionar.
− No esperaba menos de ti, la verdad − dijo ella al fin, sin abandonar el tono levemente sarcástico. Su respuesta me impacientó, y golpeé levemente la mesa para enfatizar mis palabras.
− Sí, pero el personaje… el personaje de ella. ¿Qué espera de él? ¿Qué busca en él? Él ha revelado todos sus miedos, su turbación. Ha abierto su alma en canal, en definitiva. Sabemos lo que piensa de la infidelidad, sabemos hasta qué punto su moral es frágil. Conocemos sus frustraciones, sus miedos. ¿Y ella? ¿Qué piensa de todo esto? ¿Qué desea? ¿Desea? ¿Teme al deseo tal vez? ¿Es una persona de grises o de blancos y negros? Hemos de saberlo, ya que, de lo contrario, la obra no tiene sentido… Hay que resolver… resolver el conflicto.
Tomé sus manos con las mías, algo embriagado por mi temeridad, que era incapaz de contener. La miré con insistencia y, por primera vez, sus ojos evitaron los míos. Pero no perdió su halo de coquetería, y aquello me hizo sentir que, finalmente, accedería a mis ruegos, aunque solo fuera durante un instante. O tal vez simplemente me diese la razón, y me regalase un breve beso en los labios, que sería, en el fondo, recompensa suficiente para mi alma de poeta. Comencé a cerrar los ojos, como sintiendo ya el calor de su aliento acercándose al mío. Dios, qué hermosa estaba. Cuánto la deseaba.

Súbitamente, se escuchó una voz en el vagón, que anunciaba una parada. Era una voz gris, indiscreta, que envenenó el aire con su cotidianeidad y afeó todo lo que nos rodeaba. El tren frenaba, y al hacerlo, se le escapaba un chirrido sucio y desagradable. Solté sus manos instintivamente y me recosté. Ella se ajustó la chaqueta.
− Bueno − dijo en un tono no muy diferente al del revisor − es mi parada.
La observé fijamente, en busca de su mirada, que súbitamente se había vuelto nerviosa y esquiva. Pronto recuperó su compostura. Se puso de pie y recogió sus cosas mientras el tren entraba en la estación, y comenzaba a escucharse el trajín de personas y de altavoces a través de los cristales.
− Vaya − murmuré.
− ¿Vaya qué?
Me encogí de hombros.
− Nos quedaremos sin saberlo…
No tenía sentido seguir insistiendo, de modo que callé, y permanecí observando sus movimientos mientras se preparaba para bajar al andén.
− Solo puedo decirte − replicó ella al cabo de un tiempo, mientras extraía su maleta del estante − que no busco nada duradero contigo. De modo que no es necesario que me estudies desde ese punto de vista. Me basta con haber matado la pasión con mi marido. No quiero verla morir con cada persona interesante que encuentre en mi camino…
Tragué saliva. Ella parecía haberse puesto la máscara de productora de teatro, siempre ocupada comprobando que todo estaba en orden, que no faltaba nada y que todo funcionaba según lo previsto. Sin tiempo para la contemplación, ni para el romance. Fría. Eficiente. Manipuladora e irresistible. Sí, el papel le sentaba como un guante. Me tocó el hombro levemente mientras pasaba a mi lado, y me hizo estirar el cuello para rozar su mejilla.
− Lo siento, cariño. Tendré que corresponderte otro día. Fue muy interesante todo lo que me contaste. Ya lo discutiremos. Tú envíame algo escrito. No te hagas de rogar. Y si envías tus obras a otras compañías, agentes o editoriales, no me lo digas. Otro beso. Hasta pronto.
La besé de nuevo y mi mano dejó de tocarla. Pasó a mi lado con prisa, mientras se escuchaba el rumor malhumorado del motor del tren al ralentí. Saltó al andén y se precipitó hacia las escaleras, sin volverse hacia mí. Me dio la impresión de que el vuelo de su falda levantaba un golpe de aire, y su aroma a lavanda me envolvió durante un instante, antes de desaparecer.

El tren se puso en marcha poco después. Me quedé mirando hacia la estación; ella se había precipitado escaleras abajo hacía ya un tiempo. Comenzó a anochecer. Había planeado escribir en esta hora y media de intimidad que aún me restaba, pero no fui capaz ni siquiera de moverme. Permanecí mirando por la ventanilla, forzando la vista para distinguir las formas de los árboles, los viñedos y las granjas, que poco a poco iban siendo consumidos por una oscuridad insaciable. Finalmente, el paisaje entero se convirtió en un gran manto negro, salpicado de luces o, a ratos, desierto del todo.

No dejé de mirar por la ventanilla en el resto del viaje, como hipnotizado por la oscuridad absoluta, aquella negrura voraz que había acabado con toda la vida que existía fuera de aquel vagón fantasmal. Por mucho que me esforcé, no distinguí nada frío o perverso en ella. Solo el vacío, una nada no muy diferente a la materia de la que están hechos los sueños. Al fin, cerré los ojos, y traté de imaginar aquella noche, o cualquier otra, una noche sin final en la que nada tuviese importancia. Sonreí instintivamente. En medio de la nada, solo se escuchaba el ritmo acompasado de las ruedas del tren, un rumor somnoliento e hipnótico que ya no tenía nada de mágico, y se limitaba a adormecer mis sentidos y a devolver a mi cuerpo a su estado de inercia habitual. Su cadencia fue drenando lentamente la inquietud que me había asaltado durante el viaje, y el temblor que se había instalado en mi mirada desapareció. Poco a poco, me fue conduciendo de vuelta a mi hogar y, como en un sueño, sentí que me llevaba en volandas a la calidez de mi cama, al tacto de un cuerpo dormido y a la suave respiración de un sueño sereno, el sueño de la mujer que me esperaba desde hacía horas, y a la que no interesaban las paradas intermedias de mi viaje imaginario.

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La ciudad

Cuando pasé a tu lado, resplandecías, y el sol se desparramaba por tus labios, besándolos con la ternura de un amante cotidiano.

De ti brotaba una luz verde, verde clara, verde azulada. Vi el mar deslizarse por tu cuerpo, y acariciar tu piel bronceada, y quise sumergirme en él.

Te observé mientras me sonreías, y en tus ojos claros latía, lejano, un recuerdo febril, roto en miles, tal vez millones de piezas…

Compartí contigo un instante, antes de alejarme en silencio de tu verano tardío y aún aletargado. Sentí tu calor, por primera vez en meses, y lo guardé en mi interior, hasta mi regreso.

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(Traslado)

Me trasladan, dice el cartel a la puerta de la buhardilla. Esta vez no es un traslado virtual. Es real. El dueño cambia de ciudad y de país, y en el impasse habrá que tener paciencia, porque la buhardilla acumulará algo de polvo.

Gracias por estar ahí. Vuelvo muy pronto.