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	<title>La buhardilla</title>
	<link>http://rubenberrozpe.com/buhardilla</link>
	<description>Paseos por el trastero literario</description>
	<pubDate>Sun, 04 Nov 2007 19:14:49 +0000</pubDate>
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	<language>en</language>
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		<title>(Cierre provisional)</title>
		<link>http://rubenberrozpe.com/buhardilla/2007/11/04/71/</link>
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		<pubDate>Sun, 04 Nov 2007 19:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén Berrozpe</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Otros]]></category>

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		<description><![CDATA[Hola a todos,
Me veo obligado a abrir un paréntesis en esta bitácora de relatos debido a causas que están fuera de mi control. Pasaré unos meses sin poder atender la buhardilla, y entonces -espero- volveré a abrir la puerta y correré las cortinas para que entre la luz.
Os pido disculpas, y os remito a reencontrarnos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hola a todos,</p>
<p>Me veo obligado a abrir un paréntesis en esta bitácora de relatos debido a causas que están fuera de mi control. Pasaré unos meses sin poder atender la buhardilla, y entonces -espero- volveré a abrir la puerta y correré las cortinas para que entre la luz.</p>
<p>Os pido disculpas, y os remito a reencontrarnos aquí muy pronto.</p>
<p>Rb</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Cartas a un escritor - El personaje</title>
		<link>http://rubenberrozpe.com/buhardilla/2007/10/18/70/</link>
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		<pubDate>Thu, 18 Oct 2007 17:57:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén Berrozpe</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Autor: Rubén Berrozpe]]></category>

		<category><![CDATA[Género: Ensayo]]></category>

		<category><![CDATA[Género: Epístola]]></category>

		<category><![CDATA[Autor: Antón Chéjov]]></category>

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		<description><![CDATA[Publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara el 16/10/2007
Querido escritor novel,
Mil veces te habrán insistido, no me cabe duda, sobre la importancia del personaje en la narración. No pretendo yo aquí caminar por senderos ya bien conocidos por cualquier aspirante a escritor, y que otros están en mejor posición que yo para reivindicar. No [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><small>Publicado en el <a href="http://letraclara.wordpress.com/" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/letraclara.wordpress.com');">Blog de Ediciones Letra Clara</a> el <a href="http://letraclara.wordpress.com/2007/10/16/cartas-a-un-escritor-el-personaje-por-ruben-berrozpe/" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/letraclara.wordpress.com');">16/10/2007</a></small></p>
<p>Querido escritor novel,</p>
<p>Mil veces te habrán insistido, no me cabe duda, sobre la importancia del personaje en la narración. No pretendo yo aquí caminar por senderos ya bien conocidos por cualquier aspirante a escritor, y que otros están en mejor posición que yo para reivindicar. No obstante, puesto que nos movemos en la órbita del relato corto, y la definición de sus personajes presenta una problemática especial debido a la limitación de espacio, tal vez sea adecuado que reflexionemos juntos sobre ello.</p>
<p>A menudo habrás leído o escuchado que hay que conocer en detalle a tus personajes (¿no sería mejor utilizar el apelativo «personas»?) antes de comenzar a escribir sobre ellos. Las librerías especializadas están llenas de manuales de escritura que recomiendan, antes de elaborar la trama, dibujar primero la historia del personaje, pensar en cómo transcurre un día normal de su vida, conocer su fuente de ingresos, su modo favorito de evadirse. No les falta razón, y no solo porque es absurdo escribir sobre lo que no se conoce, sino también porque la creación de estas pre-historias da lugar a menudo de manera orgánica a relatos vivos y coherentes que salen a nuestro encuentro y exigen su espacio en la página en blanco.</p>
<p>Es, en efecto, un defecto común en el escritor novel comenzar por el argumento e intentar adaptar posteriormente sus personajes a la trama. Esto da lugar a menudo a historias de tejido complejo, interesantes laberintos o juegos de espejos. Pero las personas son tozudas. A menudo su lógica interna se rebela contra la lógica del relato, y el autor acaba imponiendo con mano de hierro su criterio, so pena de asistir a la descomposición de su filigrana argumental. Y el folio queda entonces definitivamente manchado con la marca del <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Deus_ex_machina" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/es.wikipedia.org');">deus ex machina</a></em>. Los personajes son presa de un lamento subterráneo, y muestran sin pudor al lector su superficialidad, pues no evolucionan según su lógica orgánica, sino según la de otro. Y nadie en el mundo actúa según los designios de un ser superior, sino según los suyos propios. Como afirmaba <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chejov" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/es.wikipedia.org');">Chéjov</a> en una de sus últimas cartas: «En la vida, como en el arte, nada ocurre casualmente.»</p>
<p>Bien, bien, bien. Sé muy bien que conoces todo esto. ¿Adónde quiero ir a parar? No tiene sentido reescribir lo que ya han dicho otros sin aportar nada nuevo. De modo que volvamos al relato corto. ¡Qué gran problema! En apenas unas páginas, o unos párrafos, hemos de definir al personaje, plantear el conflicto y resolverlo − o no. A menudo conseguimos lo primero, un personaje carente de un verdadero conflicto ante sí, y el lector se aburre. O bien lo segundo: un conflicto apasionante que nos resulta imposible encarnar en un personaje creíble, y el crítico nos despedaza. ¿Cómo podemos fundir ambos de un modo natural y orgánico, y que el relato respire tensión desde la primera línea?</p>
<p>Nadie tiene la fórmula mágica, desde luego, y mucho menos yo. Pero se me ocurre algo que a menudo pasamos por alto, y que tal vez nos sirva para aflojar, si no para deshacer del todo, este nudo. Pensemos por un momento no tanto en <em>lo que es</em> el personaje, sino en <em>lo que no es</em>. En efecto, podemos haber definido hasta el más mínimo detalle de las vidas de nuestros personajes, creer que son verosímiles, y olvidar lo fundamental: que toda persona, incluidos tú y yo, es una persona incompleta. Una persona con carencias, con frustraciones, con sueños incumplidos. Toda persona carga sobre sus hombros su propio conflicto, su propia distancia entre el <em>yo soñado</em> y el <em>yo real</em>. De modo que, al definirla, debes hacer el máximo hincapié en descubrir este conflicto, en exorcizarlo, y en descomponerlo en sus elementos fundamentales. En concreto, te recomiendo que te hagas estas preguntas:</p>
<p><em>¿De qué carece el personaje? ¿Es consciente de esta carestía? ¿La ha racionalizado o simplemente la intuye? ¿Cómo se enfrenta a su frustración? ¿La ignora, la evita, trata de superarla,…?</em></p>
<p>Confío en que las respuestas a estas sencillas preguntas te den un punto de partida para construir el esqueleto del conflicto interior, sin el cual, simplemente, la historia no existe. Si deseas una mayor profundidad, un efecto inesperado, una explosión de fuegos de artificio, añade otro personaje con su propio conflicto interior a tu receta, a tu relato. Déjalos que interaccionen y contempla el resultado. Anota lo que ves ante ti. Asómbrate. Pero ante todo, ¡nunca olvides el conflicto interior! Nunca empieces a escribir sin conocerlo bien. Recuerda que a menudo la rutina de una persona consiste solo en una cálida alfombra bajo la que se barren las desilusiones a las que no es posible enfrentarse a diario. ¿Qué encierran esos pequeños actos cotidianos del personaje a los que tanta importancia dan los manuales de escritura? Todos albergamos un pequeño monstruo en nuestro interior. ¡Conócelo! No tengas miedo. Una vez desnudes a tu personaje, toma las notas pertinentes y vuélvelo a vestir. Deja que actúe normalmente, orgánicamente, y que su conflicto interior fluya en la corriente subterránea del relato. Los resultados te asombrarán y el motor de tu narrativa acelerará sin que apenas te percates de ello.</p>
<p>Recuerda que la literatura es el mejor medio que existe para explorar las profundidades del ser humano y para exponerlas ante tu público, pero sé siempre pudoroso al hacerlo. No te dejes llevar por la solución explicativa del diálogo interior y trata de mostrar a tus personajes desde el exterior, como si llevases una cámara sobre el hombro. Recuerda lo que te comenté en mi anterior carta: los vacíos del relato son a menudo tan importantes como las palabras que lo conforman. <em>Del mismo modo que has de dejar espacio al lector para que piense, debes dejar espacio al personaje para que sueñe</em>. Piensa en sus vacíos, en lo que no ha conseguido llegar a ser en la vida, en lo que aún confía en alcanzar, en las metas que ha abandonado. Actúa del mismo modo en el plano formal: no satures al lector con información sobre el personaje, no trates de explicarlo todo. La vida se nos presenta de manera incompleta y fragmentada, y tu relato debe serlo también. Solo de esta manera respirará autenticidad.</p>
<p>En mi próxima carta te enviaré un ejemplo de todo esto que te cuento. Está sacado de un relato mío, y sé que debería actuar con pudor y evitar citarme a mí mismo, pero no conozco a ningún escritor a quien pueda diseccionar con el filo y la despreocupación con que desentraño mis propios trucos. No temas, el relato es malo.</p>
<p><small><span class="technoratitag">Technorati Tags: <a href="http://www.technorati.com/tags/carta" rel="tag" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.technorati.com');">carta</a>, <a href="http://www.technorati.com/tags/literatura" rel="tag" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.technorati.com');">literatura</a>, <a href="http://www.technorati.com/tags/narrativa" rel="tag" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.technorati.com');">narrativa</a>, <a href="http://www.technorati.com/tags/ediciones+letra+clara" rel="tag" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.technorati.com');">ediciones+letra+clara</a>, <a href="http://www.technorati.com/tags/anton+chejov" rel="tag" onclick="javascript:urchinTracker ('/outbound/article/www.technorati.com');">anton+chejov</a></span></small></p>
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		<title>Zoé</title>
		<link>http://rubenberrozpe.com/buhardilla/2007/10/15/69/</link>
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		<pubDate>Mon, 15 Oct 2007 08:05:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén Berrozpe</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Autor: Rubén Berrozpe]]></category>

		<category><![CDATA[Género: Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[«¿Por qué este lugar me resulta tan frío?
Llevaba el calor de la tierra dentro de mí. Hace tiempo, al principio.
No quise compartirlo y tuvieron que arrancármelo. Se marchó, supurando por mis heridas.
Ahora soy como la ciénaga. Gélida, inerte, vacía. El lodo tapó mis pisadas, y el tiempo quedó suspendido en el aire, empapado en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><center>«¿Por qué este lugar me resulta tan frío?<br />
Llevaba el calor de la tierra dentro de mí. Hace tiempo, al principio.<br />
No quise compartirlo y tuvieron que arrancármelo. Se marchó, supurando por mis heridas.<br />
Ahora soy como la ciénaga. Gélida, inerte, vacía. El lodo tapó mis pisadas, y el tiempo quedó suspendido en el aire, empapado en la bruma.<br />
Ya no recuerdo cuándo vi mi sangre fluir por última vez. La bebí, y su gusto era amargo. Luego ya, las heridas cicatrizaron, y la piel se hizo piedra, y el agua corrió por sus grietas.<br />
Se apagaron las luces del pantano. Los fuegos fatuos. Guiaron mis pasos un tiempo. Me observaron, y yo fingí no advertir su presencia.<br />
¿Adónde fueron? ¿Se hundieron sin más, en las aguas?<br />
¿Acaso les robé su llama?»</center></em></p>
<p>I</p>
<p>La llamaron Zoé al nacer y, tras ella, no hubo ni un solo parto en el pueblo, ni un solo embarazo. Todos hablaban de ella, día y noche, en todas las casas, y ella correspondía a su afecto con un desparpajo que los deslumbraba. Sus ocurrencias, sus constantes preguntas, su modo de introducirse en las conversaciones de los mayores: todo estaba impregnado de una naturalidad tal que provocaba la hilaridad generalizada. Nada de aquello la molestaba; al contrario, disfrutaba siendo el centro de atención en todas las reuniones, y sentía que su popularidad presagiaba un futuro brillante. Era alguien importante en el pueblo, en aquella gran familia de veinte o treinta personas, las únicas que había conocido en su corta vida. Todos la adoraban, y si algo latía en sus miradas de orgullo y ternura, era la convicción de que nunca le faltaría de nada.</p>
<p>Eso fue al principio, en sus primeros años de vida. De alguna manera, le parecía recordar que todos reían más entonces, que había más hombres por la calle en las tardes de invierno, que las familias se juntaban más a menudo para celebrar el cambio de las estaciones. Cuando cumplió ocho años, Ernesto, un mozalbete rubicundo y algo retrasado con quien jugaba a menudo al escondite por entre las casas de piedra, desapareció súbitamente del pueblo. Preguntó por él a su madre, y ésta replicó secamente que ya era un adulto y que tenía que ayudar en la mina. Había oído historias de los hombres que pasaban los días allá abajo encerrados, cavando sin descanso la piedra sin ver jamás la luz del sol, sumidos en una negrura infinita. Solo que nunca las había creído, porque le parecían demasiado tristes como para ser ciertas. De cualquier modo, sintió lástima por Ernesto, y comenzó a hacerse a la idea de que, a partir de ahora, tendría que jugar sola.</p>
<p>Pasaron tres años más. Súbitamente, nadie parecía reparar en ella, salvo a las horas de las comidas, que cada vez se le antojaban más frugales. Muchas veces veía pasar las tardes aquejada de un persistente dolor de vientre y hacía volar la imaginación para que éste remitiera, mientras escuchaba el sonido seco de sus pasos retumbar en las losas de piedra. Durante meses, su mente dio forma a Luis, a Darío, a Julián: amigos imaginarios con los que jugaba a encontrar un tesoro que había escondido semanas atrás bajo una piedra, o junto a la verja del cementerio. Más adelante, comenzó a oír voces de gente extraña en la lejanía. Entre ellas, creyó distinguir la de un joven que no tardaría en llegar cabalgando hasta la atalaya en ruinas que presidía la entrada al poblado y lo imaginó sonriendo y pronunciando en voz queda su nombre: «Zoé». Su mano extendida la invitaba a montar en la grupa y su rostro, delicado y amable, se asemejaba a un amanecer tardío a través de la bruma.</p>
<p>Nunca supo si alguien vendría realmente a rescatarla. Conforme comenzaron a escucharse los gritos a lo lejos y a divisarse las luces de antorchas al anochecer, su madre la obligó a entrar en la casa, y ya no la dejó salir. Escuchó los rumores que hablaban de los pescadores de los juncos, que desde hacía meses ascendían desde las marismas y penetraban en las minas, porque abajo ya casi no quedaba nada que hurtar, y los ríos bajaban cada vez más secos. Oyó hablar de muertos y de venganzas, y comenzó a tener pesadillas. Por fortuna, pronto sería su decimosegundo cumpleaños, y toda la tristeza que se abatía sobre el poblado en los últimos tiempos, tan espesa como la sempiterna niebla que ascendía de los pantanos y se asía con fuerza a la piedra, se disiparía con las celebraciones de su mayoría de edad.</p>
<p>Cuando llegó el día, esperó con mal disimulado desasosiego el momento en que volvería a ser, por una vez, el centro de atención del pueblo. Se puso su mejor vestido, que había guardado durante meses en el armario, escondido para que su madre no lo viera. Tocó su pelo con flores arrancadas de los márgenes del camposanto, a donde se había escabullido antes del amanecer. Pintó sus labios con una cera cálida que había robado del tocador de una vieja vecina fallecida meses atrás, y ensayó una danza que esperaba deslumbraría a todos. Esperó en su cuarto durante horas y, por primera vez, nadie la llamó a comer al mediodía. Conforme avanzó la tarde, trató de sobreponerse a la angustia que le atenazaba el estómago. Al fin, el crepúsculo fue penetrando por su ventanuco y, poco después de correr la contraventana para detener las ráfagas de aire helado que por él se colaban, escuchó pasos: pasos pesados que se acercaban por el pasillo. Abrieron la puerta sin llamar, y uno de los hombres de mayor edad del poblado entró a su habitación. Su rostro escuálido estaba surcado de manchas negras de hollín, y su aliento apestaba a humedad. Tosía constantemente y cuando lo hacía, todo su cuerpo se retorcía por el dolor.</p>
<p>No cruzaron ni una palabra. Él la condujo a su cama, y la obligó a desnudarse con un gesto. Entonces, se bajó el pantalón hasta las rodillas y se echó a su lado; su cuerpo se pegó al de ella, e impregnó el aire con su hedor a lodo y a bilis. Sus brazos, acostumbrados a arrastrarse por corredores angostos y cavar la piedra más indócil, la inmovilizaron mientras el dolor ascendía desde su vientre y la necesidad de gritar la laceraba. Probó el sabor de su sangre por primera vez, y la oscuridad a su alrededor se cerró al fin del todo. Poco después, cayó dormida y, como en medio de una pesadilla, todos los hombres del poblado fueron pasando por su lecho y yacieron con ella. A lo largo de aquella noche sin fin, el carmín robado acabó confundiéndose con el color de su sangre, y ésta empapó su almohada y ennegreció sus sueños.</p>
<p>Aquel ritual se repitió durante días, que pronto se convirtieron en semanas. Al fin, una noche, dejaron de escucharse los pasos y la puerta dejó de abrirse con la llegada del crepúsculo. Varios días más tarde, presa del agotamiento, Zoé pudo volver a conciliar el sueño. Dormía a trompicones: el más leve crujido de las contraventanas la despertaba y el tacto de las sábanas le provocaba escalofríos. A menudo lloraba, sin saber por qué, ya fuera despierta o en sueños. Añoraba la compañía de alguien, y al tiempo la temía. Ya no volvió a ponerse el traje de su cumpleaños, ni a tocarse el pelo de flores. Le pareció que el otoño llegaba antes que otros años, y permaneció recluida durante semanas en su habitación, protegiéndose del frío con sus brazos, sumida en sus pensamientos.</p>
<p>Su madre dejaba frente a su puerta un plato con comida al día, que no lograba aplacar el hambre de Zoé. En una ocasión, salió después de escuchar los pasos y el golpe de la bacinilla con el suelo, y la siguió en silencio hasta el comedor, donde se juntaba con la abuela y la tía Sera. Las tres cosían en silencio, roto solo en ocasiones por un comentario suelto que se perdía en el vacío, y por el tamborileo constante de las agujas. Se quedó observándolas un tiempo, sin que ellas la vieran. No sabía muy bien qué hacía allí, y comenzó a sentir un temor irracional que la impelía a regresar a su cuarto.<br />
− Zoé tampoco sirve − dijo de repente su madre, sin dejar de mover mecánicamente los dedos.<br />
− Ya − respondió su tía −. Pues pronto tendrá que empezar a trabajar.<br />
− Pues sí − suspiró la otra.</p>
<p>Aquella noche, Zoé escuchó de nuevo lo que creyó eran cánticos, aún lejos del poblado. Le pareció que las voces que flotaban el aire no eran las de los hombres del pueblo. Tal vez pertenecían a los jóvenes jinetes con quienes soñaba cada noche. Los pescadores de los juncos. Se preguntó qué destino le esperaba, y si no podría jamás salir de aquella casa. Más que nunca hasta entonces, aquella noche le invadió un odio profundo hacia su madre, y no fue capaz de comprender que sobre su rostro envejecido y gris solo se extendía una tristeza infinita, que ella confundía con una crueldad inagotable.</p>
<p>II</p>
<p><em>¿Por qué este lugar me resulta tan frío?<br />
Llevaba el calor de la tierra dentro de mí. Hace tiempo, al principio.<br />
No quise compartirlo y tuvieron que arrancármelo. Se marchó, supurando por mis heridas.<br />
Ahora soy como la ciénaga. Gélida, inerte, vacía…</em></p>
<p>− ¿En qué piensas?<br />
Permaneció un tiempo sin responder, con la mente sumida en la nebulosa del crepúsculo. Llevaba varios días durmiéndose con aquellas palabras, que había ido tejiendo a lo largo de las semanas, y que solo comprendía en parte. A su lado, sentía el tacto cálido de la piel de Sandro, que servía de barrera al aire de la ciénaga.<br />
− No sé. En nada.<br />
− ¿Estás dormida?<br />
Se revolvió y le pasó el brazo por encima del torso.<br />
− No. Todavía no.<br />
− Bien…<br />
Él la abrazó. Sintió el tacto de sus piernas y el calor de sus labios en el cuello. No había conseguido librarse de aquel dolor sordo de la primera vez, pero no dejó de sonreír mientras permanecían unidos, amándose en medio del pantano.<br />
Lo había conocido poco después de entrar a trabajar con los pescadores. Todos eran viejos desdentados, de cuerpos encorvados sumidos en el tormento de una gradual esclerosis: la parálisis de las marismas. La observaban con miradas mefíticas, y en ocasiones la buscaban en su tienda de campaña, y ella había de satisfacerlos, pues le habían dado trabajo, y nunca sabía cuánto duraría. Pero la mayoría de las veces, estaban demasiado doloridos como para ni siquiera pensar en ella.<br />
Además, todo había cambiado cuando llegó Sandro. Él era joven y, al igual que ella, apenas sentía las puñaladas de la humedad, salvo tal vez al despertar, en los días más fríos del invierno. Vino con otro grupo de pescadores, pero pronto adquirió el hábito de dormir con ella, y el alba siempre los encontraba abrazados, como dos amantes furtivos.</p>
<p>Él le contó las historias que había oído a sus padres relatar en su infancia. Antes, afirmaba ante su mirada atónita, bastaba con apretar un botón para lavarse con agua caliente en las casas, y nadie pasaba frío. Compraban comida en mercados donde todo estaba siempre fresco, y pagaban con hojas de papel. Todo el mundo tenía montones de esas hojas en casa, y por eso nunca les faltaba de nada. También existía algo que llamaban la radio, y la televisión, pero le resultaba difícil de explicar cómo funcionaba. Era como si alguien, desde muy lejos, contase historias a la gente, y todo el mundo pudiese escucharlas desde sus casas con la ayuda de unos aparatos muy sofisticados.<br />
− Y, ¿por qué acabó todo aquello? − preguntó Zoé.<br />
− No estoy muy seguro. Mis padres siempre se quejaban de que todo se había vuelto muy caro, de que no tenían dinero suficiente para comprar comida. Y luego empezaron los saqueos, y la represión. Pero todo eso fue antes de que yo naciera, y mis padres ya se habían marchado de la ciudad, así que no sé muy bien cómo pasó. Ellos nunca hablaban mucho de aquellos días.<br />
− ¿Por qué se marcharon?<br />
Él dudó.<br />
− Creo… Creo que es porque la vida se hizo imposible. Te robaban constantemente, tenías que andar con cuidado para que no te mataran. En la costa las cosas fueron peores, porque era más difícil escapar. Mucha gente se acabó desplazando al interior, y se refugiaron en los valles, y en las montañas. Ocuparon aldeas que llevaban décadas abandonadas y se pusieron a sembrar cereales, o verduras, o lo que la tierra les diera. Otros tuvieron suerte y pudieron montar una granja con media docena de ovejas. Y otros, como nosotros, nos tenemos que ganar la vida pescando cobre en las piedras de las marismas.<br />
− No sabía nada de eso. En mi casa nunca decían de dónde venía la comida, ni hablaban de esas cosas. Los hombres nunca estaban en casa, y mi madre hablaba muy poco.<br />
− Seguro que ellos también emigraron. Muchos volvieron a entrar en minas abandonadas, y se dejan la vida buscando un poco de carbón, o de cobre, para poder venderlo en las ciudades de la costa. Pero la montaña no da casi nada, y te lo quita todo.<br />
Zoé permaneció pensativa. Hacía tiempo que no pensaba en los hombres de su poblado, y la imagen de sus rostros en <em>aquella</em> noche había sepultado prácticamente todos sus recuerdos anteriores, por lo que sencillamente se había afanado en olvidarlos lo antes posible.<br />
− De pequeña me daban pena − pensó en voz alta−. Siempre en las minas, sin ver la luz del sol, sin poder respirar apenas. Qué vida más horrible.<br />
Él se revolvió, y la observó con dureza.<br />
− ¿Horrible? Y dime, esta vida en las marismas, ¿acaso es mejor?<br />
Ella se encogió de hombros. Entrar a trabajar con los pescadores había sido su primera decisión consciente, justo después de huir de la aldea, y nunca se había planteado si había hecho lo correcto o no.<br />
− Además, los hombres de las montañas tampoco trabajan todo el tiempo en la mina, ¿sabes? Ni son tan buena gente como tú crees. Desde que se instalaron allí, muchos de ellos vigilan los pasos de montaña, y asaltan a los que pasan con sus mercancías o, las más veces, a los que huyen de la costa en busca de una vida mejor al otro lado de la cordillera. Les roban casi todo lo que tienen, y solo entonces les dejan pasar. Y si no llevan lo suficiente, los matan arrojándolos montaña abajo…<br />
Zoé sintió un escalofrío, pero no se atrevió a rebatirle.<br />
− ¿Por qué crees que odian tanto a los pescadores? ¿Porque se llevan los restos de la miseria que ellos cavan en el fondo de las minas? De todos modos se perdería aguas abajo, así que eso a ellos no les importa. No, lo que sucede es que solo nosotros podemos proteger a los viajeros; solo nosotros sabemos dónde se apostan sus enemigos y cómo actúan. Muchas veces nos contratan para escoltarles, y la gente de las minas nos odia, e intenta matarnos, porque protegemos a los débiles frente a su codicia. ¿No te contaron nunca todo esto?<br />
− No… Al menos, no así. Había oído hablar de venganzas, de muerte… Pero los hombres nunca estaban en el pueblo, y nosotras nos quedábamos encerradas en casa, por miedo a que nos pasara algo. Así que todo eran rumores.<br />
− Hubo muertes, sí&#8230; Y sigue habiéndolas. Pero ellos cada vez son menos, y al final la montaña acabará engulléndolos, y los consumirá del todo&#8230;<br />
Sandro suspiró. Acarició su brazo, como tratando de disculparse por su crudeza. Pero a ella no le importaba: lo seguía adorando, y le apretó la mano con fuerza para tranquilizarlo.<br />
− Y tú, ¿protegiste alguna vez a los viajantes?<br />
− ¿Yo? Sí, claro, alguna vez.<br />
− ¿Y no mataste a nadie?<br />
Él vaciló, y al fin estalló en una risa nerviosa.<br />
− No, qué va. Cuando me veían aparecer, salían corriendo.<br />
Ella rió también y se abrazó con fuerza a él. El agotamiento había comenzado a deslizarse por sus párpados, y sintió cómo su conciencia se iba hundiendo lentamente en la oscuridad que les rodeaba. Unida a él, sentía de una manera extraña la sensación de estar en un hogar imaginario en el que no podía pasarle nada malo.<br />
− Y tú nunca saliste corriendo, ¿verdad?<br />
− No… nunca.<br />
− Lo sabía.<br />
− ¿Qué quieres decir?<br />
Los dos hablaban en susurros. Imaginó que él también habría cerrado los ojos, y se arrebujó contra su cuerpo con más fuerza.<br />
− Me gusta estar a tu lado… Porque sé que no vas a escaparte… ¿Verdad?<br />
Él rió suavemente.<br />
− Claro que no.<br />
− ¿Te quedarás conmigo?<br />
− Sí.<br />
− ¿Aunque sea hija de mineros?<br />
− Eso me da igual.<br />
Tomó aliento. Iba a añadir: «Te quiero», pero se contuvo. Le bastaba con su abrazo, con sentir su presencia, su aliento en su cuello. Muy poco después, cayó dormida.</p>
<p>III</p>
<p>Despertó sola. Escuchó las voces quebradas de los pescadores, y divisó las sombras difusas de sus compañeros a través de la tela, ora bebiendo un café aguado, ora calzándose las botas de goma; solo quedaban los viejos. Del grupo de Sandro, no distinguió a nadie. Se incorporó y se acercó a Abraham, su jefe; éste sorbía el café pensativamente y no pareció reparar en su presencia.<br />
− Me vas a preguntar por Sandro, ¿verdad? − espetó secamente al cabo de unos segundos. Escupió a sus pies, sin mirarla a los ojos, y prosiguió, sin darle tiempo a responder.<br />
− Se ha marchado. Él y todo su grupo. Antes del amanecer.<br />
− Pero…<br />
Se detuvo. No sabía muy bien qué preguntarle. El otro comenzó a incorporarse, como si no hubiese nada que añadir al respecto.<br />
− No tenían nada que hacer aquí, ¿sabes? No hay cobre suficiente para todos. Ya sabías que estaban solo de paso. No pongas esa casa de sorprendida.<br />
− ¿Adónde se han ido?<br />
Ahora sí, se giró hacia ella y sus ojos, cargados de desprecio, la observaron durante un instante.<br />
− Al norte, a la zona alta.<br />
− Pero, ¿adónde?<br />
− Mira, sola no llegarías nunca, ¿me oyes? Te perderías, o acabarías ahogada. Quítate esas tonterías de la cabeza. Se han ido al norte de las marismas, a la zona alta. Ya llevaban tiempo anunciándolo, pero no son los primeros… Hay muchos que buscan cauces vírgenes allá, pero también hay muchos oportunistas sin escrúpulos. Todo el mundo sabe que aquí abajo solo quedan las migajas, y que la vida es un asco, pero al menos nos dejan en paz… Así que ve diciéndole adiós a tu Sandro, porque no creo que vuelvas a verlo jamás, incluso dudo que siga vivo cuando anochezca. Allá arriba la gente se mata por un palmo de terreno que a lo mejor no vale nada… se matan unos a otros sin vacilar un instante. Solo hay muerte, allá arriba. Piedra seca y muerte.<br />
Ella no replicó. No sabía qué pensar. Abraham le había dado la espalda, y se lanzó a caminar, cojeando, hasta penetrar en las aguas, agarrándose a los juncos a su paso.<br />
− Al menos aquí nos dejan morir en paz − le oyó que añadía, mientras su figura se iba disipando en la bruma. Poco después, estalló en una risa enfermiza, que degeneró en una tos seca, y sus murmullos se hicieron ininteligibles.</p>
<p>No tardó en ponerse a trabajar, ella también. Trató de quitarse a Sandro de la cabeza, sin conseguirlo. El agua se pegaba a sus brazos y piernas con más avidez que nunca y apenas logró extraer nada de ella. Los viejos la observaban de soslayo, como temiendo que saliera huyendo en cualquier momento. Por fortuna, el día fue frío y especialmente húmedo, y nadie entró a su tienda por la noche. No consiguió conciliar el sueño hasta el amanecer, y soñó brevemente con que las aguas la tragaban en medio del silencio de las marismas.<br />
Los siguientes días tuvo la impresión de que el aire helado acabaría con todos ellos. Cada vez le resultaba más difícil rebuscar en el lodo sin sentir el ardor insoportable en sus dedos congelados. Nadie decía ni una palabra, y pasaban casi más tiempo sentados en silencio frente a las débiles brasas de su hoguera que hundidos en las aguas, donde sabían que no durarían mucho tiempo mientras el frío no remitiera. Por la noche, Zoé se arrebujaba en su tienda, y añoraba más que nunca a Sandro, cuyos rasgos se tornaban más borrosos a cada momento. Dormía a ratos; bastaba una ráfaga de aire para despertarla. Por lo demás, todo permanecía en silencio, solo roto de tanto en tanto por los gruñidos de sus compañeros, que luchaban por no morir en medio de aquel invierno temprano y atroz.</p>
<p>Una noche, le despertó un sonido que apenas recordaba, y que tardó en reconocer: las risas de un grupo de niños. Resonaban en su mente, pues no eran sino el eco de sus sueños, y siguieron llenando el silencio aun cuando, ya despierta, se afanó en descubrir de dónde provenían. Reparó entonces en que nunca había oído la risa de un niño, salvo la suya, que no recordaba, y la de Ernesto, el muchacho retrasado que acabó trabajando en la mina. Pero éstas eran muchas voces, voces perdidas en su mente, que a ratos parecían pedirle ayuda, y a ratos se burlaban de ella. Rompió a llorar al escucharlas, y les pidió que callaran, pero los niños siguieron atormentándola, y la obligaron a salir de la tienda tan pronto como la primera aurora se filtró a través de la bruma. Pensaba que el amanecer se las llevaría consigo, pero no fue así. Miró a su alrededor y vio el cuerpo de Abraham, inmóvil frente al fuego, tiritando de frío. Las voces de los niños siguieron atormentándola, y se intensificaron conforme se acercaba a él. Su timbre, insoportable, le hizo olvidar todo el dolor, el frío que le atenazaba los dedos, la tos, el ahogo en el pecho. Aterida y confusa, se abrazó a Abraham y apretó con fuerza su garganta; le sorprendió no encontrar apenas resistencia en su cuerpo marchito. Sus dedos se fueron tensando conforme las voces retumbaban en su interior, y solo aflojó la presión cuando, con Abraham ya totalmente inmóvil, los gritos de los niños parecieron alejarse, hasta acabar por esfumarse en la niebla. Dio entonces un paso atrás y, como si lo viera por primera vez, se asombró al contemplar el cuerpo del viejo, caído hacia un lado y con su característica taza de té rota junto a su mano. Dio varios pasos en torno a él para asegurarse de que las voces no retornaban y, solo cuando se sentó a su lado y rozó su piel, seca y helada, sintió que algo se liberaba en su interior, y que el aire de la ciénaga templaba su crudeza y la acogía al fin en su seno, como a una hija, como a una de sus criaturas.</p>
<p>Ese mismo día comenzaron las náuseas. Poco después, se sorprendió a sí misma vomitando a mitad de jornada, pero aquello no afectó a su afán, redoblado tras presidir con sus esfuerzos la inhumación de Abraham. Pensó que el malestar que sentía remitiría pronto, y no fue hasta varias semanas más tarde que comenzó a percibir el cambio en su cuerpo; solo entonces comprendió lo que realmente le sucedía. Confundida, aquella noche se encerró en su tienda, a donde ya nadie se atrevía a entrar sin su permiso, se abrazó a su vientre y cerró los ojos. Invocó las voces infantiles, que ya no la asustaban, y éstas se mezclaron con el rostro de un niño, un niño de tez blanca y piel cálida nacido entre juncos, en medio de una bruma casi infinita que lo hacía invisible a los ojos de todos. Aquella imagen la acompañó hasta que concilió el sueño, y en medio de la noche y de su soledad, sintió al fin la dicha de haber nacido en aquel tiempo y en aquel lugar, que le pertenecían, y cuyo calor ya nadie podría robarle.</p>
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		<title>(&#8230;)</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Oct 2007 06:01:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén Berrozpe</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Otros]]></category>

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		<description><![CDATA[Llevo dos semanas de médicos, y no sé cuánto más durará. Siento este hiato en el blog.
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Llevo dos semanas de médicos, y no sé cuánto más durará. Siento este hiato en el blog.</p>
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		<title>El padre</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Oct 2007 07:45:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rubén Berrozpe</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Autor: Rubén Berrozpe]]></category>

		<category><![CDATA[Género: Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El hombre mayor se secó las manos en el pantalón del mono antes de escanciarse de nuevo una copa de vino, y aprovechó para rellenar la de su compañero, pese a que éste no la había tocado en toda la comida.
El hombre mayor se mostraba alborozado; azuzado por el vino, hablaba constantemente, sin dejar de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El hombre mayor se secó las manos en el pantalón del mono antes de escanciarse de nuevo una copa de vino, y aprovechó para rellenar la de su compañero, pese a que éste no la había tocado en toda la comida.<br />
El hombre mayor se mostraba alborozado; azuzado por el vino, hablaba constantemente, sin dejar de sonreír en ningún momento, y el hombre joven se limitaba a apostillarle tímidamente de tanto en tanto, como sometido a un oculto ascendente que solo ellos conocían. Nadie habría dicho, al verlos, que se trataba del capataz y el director de planta de la empresa textil más importante de la región, pero lo cierto es que, en aquella comida, tantas veces anunciada y en tantas ocasiones pospuesta, solo eran dos hermanos que se reunían para hablar del pasado.<br />
− Caramba, hijo − exclamó cariñosamente el hombre mayor tras dar un largo trago a su copa − sí que es difícil verte en horas de trabajo. A veces he llegado a pensar que te daba vergüenza que tus superiores te vieran conmigo.<br />
Utilizaba a menudo el apelativo «hijo» con su hermano menor, del que lo separaban  casi quince años. El otro lo aceptaba con cálida resignación. Era cierto que, durante años, lo habían tratado como a un hijo, y la fuerza de la costumbre podía más que su diferencia de clase.<br />
− Pero qué dices… − objetó tenuemente, pero el otro le interrumpió:<br />
− No, no te preocupes, no me ofendes, hijo. En el fondo, ¿sabes qué? Me gusta que estés tan ocupado, me gusta verte activo y bien considerado. Me hace sentirme orgulloso de ti.<br />
− Vaya, gracias.<br />
El hombre joven siguió masticando lentamente, sin apenas mirar a su hermano mayor. El rostro de éste había adquirido un tono parecido al del vino, y sus grandes manos deslizaban el cuchillo y el tenedor por su plato de churrasco con fiereza. Delante del joven, languidecía un <em>carpaccio</em> de bacalao levemente amarillento.<br />
− Pues sí − insistió el hombre mayor − yo me siento orgulloso. Mis chavales no piensan lo mismo, claro, pero eso es porque son jóvenes, y te ven como a una especie de ogro. Les encanta hablar mal de los jefes, como si ellos no tuvieran problemas también…<br />
− ¿Hablan mal de mí?<br />
− No, qué va. Al menos no delante mía. Simplemente te tienen respeto. Pero ya te digo que son buenos chavales. Como máximo, me vienen alguna vez para preguntarme si son ciertas las historias de despidos, como si yo lo supiera todo. Al final, les digo que dejen de preocuparse por los rumores y se centren en el trabajo que tienen delante, que es lo que todo hombre honesto debería hacer. Pero sí, como te decía, nunca imaginamos en casa que llegarías tan lejos, y mucho menos cuando te metí en la empresa. ¿Recuerdas los primeros veranos, los que trabajabas en planta?<br />
− Los recuerdo, sí.<br />
− Anda que no vivías bien en aquellos tiempos. Un par de meses de trabajo en verano y dinero fresco para el resto del año, para gastarlo como quisieras. Y encima tu hermano de jefe, para que nadie te pudiera decir nada…<br />
El hombre joven sonrió a medias.<br />
− Seguro que te traté mal alguna vez, para que no pareciera que eras un hijo de papá. Pero tú me perdonaste, ¿verdad?<br />
Reprimió un ademán de sacudirle el pelo, y siguió enfrascado con su pierna de ternera.<br />
− Ya entonces empecé a darme cuenta de tu potencial, pero la verdad es que pensé que te irías al extranjero primero. Me sorprendió que decidieras quedarte en la empresa.<br />
− La oportunidad era buena − masculló el joven.<br />
− Sí. Es cierto. Justo entonces se jubilaba López, que Dios lo tenga en su seno. Pero además, en la empresa tenían ganas de meter a alguien joven que trajera nuevas ideas. Siempre supe que serías la persona ideal para el puesto.<br />
El hombre joven sonrió y masticó una lámina de <em>carpaccio</em> sin excesivo afán.<br />
− ¿Cómo está Ester? ¿Sigue trabajando en el supermercado? − preguntó, aprovechando el breve silencio que se había instalado entre ambos.<br />
− ¿Eh? Sí, sí, claro. Está muy bien. Bueno, con la ciática a cuestas, pero qué le vas a hacer. Ahora que viene el invierno lo pasa peor, con la maldita postura, y el frío… Pero bueno, ya sabes, la mala salud de hierro, como suele decirse. Seguro que me sobrevive diez años, y si no, al tiempo.<br />
− Dale recuerdos de mi parte.<br />
− Hombre, claro. Pero lo que tienes que hacer es venir a comer un domingo, que desde que acabaste la carrera parece que ya no nos quieres.<br />
− Lo siento, es que viajo mucho…<br />
− Claro, lo comprendo. Pero algún fin de semana libre tendrás.<br />
− Claro.<br />
− ¿Te acuerdas cuando eras pequeño? Nos levantábamos el domingo por la mañana temprano y, con la excusa de ir a recoger setas, nos largábamos todo el día al monte. ¿Lo recuerdas?<br />
El hombre joven no respondió. Parecía estar pensando en otra cosa.<br />
− ¿No te acuerdas? Cuando salíamos con las botas de agua, y nos metíamos en el río, a buscar guijarros para hacer chipi-chapa…<br />
− ¿Eh? Sí, claro, claro que me acuerdo.<br />
− Cómo nos lo pasábamos… calados hasta los huesos, con un frío de mil demonios. Pero ni nos enterábamos…<br />
− Es verdad. Luego me pasaba todo el invierno acatarrado…<br />
− Sí. Y tu madre, perdón, Ester, no hacía más que ponerte capas de ropa encima, y a mí me decía de todo. Que te iba a matar a ese paso, y que a ver si me había vuelto loco, y que se suponía que yo era una persona adulta y tenía que velar por ti… Pero qué sabrán estas mujeres, ¿eh? Si supieran cómo nos lo pasábamos… ¿Te acuerdas cuando subíamos por los saltos de agua y trepábamos hasta llegar a las cuevas?<br />
− Y me contabas las leyendas de brujas y de espíritus que roban almas…<br />
− Sí, las mismas historias que me había contado a mí nuestro padre, cuando era pequeño.<br />
− ¿Sigue habiendo luces de hogueras las noches de invierno allá arriba?<br />
− Pues no lo sé. La verdad es que cada vez vamos menos, y no me he fijado en ellas recientemente. Pero seguro que sí. Las leyendas siempre son ciertas, de una u otra manera.<br />
El hombre joven calló, y su expresión, que se había sumergido en el ensueño de la infancia durante unos instantes, volvió a ensombrecerse. El hombre mayor tomó otra copa de vino e hizo ademán de servir a su hermano.<br />
− Pero si no has bebido nada… Venga, bebe algo, que tenemos que acabarnos la botella. No tienes que conducir, ¿no?<br />
− No, qué va… perdona.<br />
Dio un sorbo a la copa, y el otro la rellenó hasta el borde.<br />
− Qué tiempos aquellos, ¿verdad? Tu madre y yo los echamos de menos… Para qué te voy a mentir. Todo es más triste ahora. Más vacío. Más silencioso. Tenemos la radio puesta todo el día en la casa, y hay veces que me gustaría tirarla por la ventana. Pero ella no quiere…<br />
Sonó un teléfono móvil. El hombre joven se precipitó a responder.<br />
− Disculpa… ¿Sí?&#8230; Sí, sí… ya lo sé. Lo siento… Estoy comiendo. Sí, acabo en seguida. Voy para allá. Id empezando, si queréis. En seguida llego. Vale… vale, hasta ahora…<br />
Colgó y esbozó una mueca de fastidio.<br />
− ¿Una reunión?<br />
− Algo así.<br />
− Estoy orgulloso de ti, hijo. Muy orgulloso. De que hayas llegado tan alto. De que seas alguien tan importante en la empresa.<br />
− No soy tan importante.<br />
− De verdad. Siempre pensé que llegarías lejos, cuando te veía arrojando piedras al río, como si te fuera la vida en ello. Qué energía tenías. Nos llenabas de vida, hijo. Me haces sentir el más feliz de los hombres. Te lo digo de verdad.<br />
− Oye…<br />
− Dime.<br />
El hombre joven calló durante un tiempo. Estaba muy serio, y el hombre mayor trató de corresponder adoptando un gesto circunspecto. De sus labios salió un hipido, que rompió al fin el silencio entre ambos.<br />
− ¿Pasa algo, hijo?<br />
− No, no pasa nada.<br />
− Vamos, dime. ¿Tienes algún problema?<br />
− No, no, qué va. Simplemente que…<br />
− Dime. ¿Qué pasa?<br />
El otro suspiró.<br />
− Supongo que te has dado cuenta de que la empresa no mueve muchos pedidos últimamente. Vamos, que hay poco trabajo.<br />
− Sí… bueno, ya se sabe, estamos en el típico ciclo estacional de final del otoño. Siempre es así. Estoy seguro de que remontará.<br />
− Yo no estoy tan seguro.<br />
− ¿A qué te refieres?<br />
− Creo que esta vez es menos coyuntural. La cartera de pedidos está muy floja, y lleva ya muchos meses así.<br />
− Vaya…<br />
− Y la competencia de los países del este… Ya sabes, nos están masacrando con sus precios, y cada vez fabrican con mejor calidad.<br />
− Ah.<br />
− Estamos tomando medidas dolorosas… No son solo rumores. Vamos, tú lo sabes bien. Las cuentas tienen que salir.<br />
− Claro… Tienen que salir. Es tu obligación, hijo.<br />
Ambos se quedaron en silencio. El hombre joven miraba a su plato, como buscando inspiración en la semitransparencia de las láminas de bacalao.<br />
− ¿Qué me quieres decir, hijo? Vamos, ten confianza en mí. Si soy casi el empleado más antiguo de la empresa. Sea lo que sea, acabaré enterándome. Dime, ¿estamos en pérdidas? ¿Vamos a cerrar?<br />
− No, no tanto… no tanto.<br />
− ¿Entonces?<br />
− Dime, ¿has pensado en lo que harás cuando dejes de trabajar?<br />
− No… Qué va, nunca me lo he planteado. Pero…<br />
Calló. El silencio se hizo espeso, y esta vez fue el hombre joven el que tuvo que hundir los dedos en él para intentar deshacer su ominosa presencia. Conforme hablaba, fue recitando mecánicamente frases que sin duda había repasado mentalmente antes de entrar al restaurante.<br />
− No sé… en cierto modo, ahora, cuando me contabas todas esas cosas, cuando recordaba nuestras excursiones… Me consuela pensar que eres un hombre dinámico, alguien a quien la gusta salir al campo y mantenerse activo… Estoy seguro de que, cuando ya no tengas que venir a la empresa, encontrarás montones de cosas que hacer. Cosas mucho más excitantes y agradables que pasar todo el día en la fábrica, rodeado de suciedad, y de ruido, y de penumbra… cada vez con menos trabajo… casi perdiendo el tiempo…<br />
El hombre joven calló, como avergonzado.<br />
− ¿Qué tratas de decirme, hijo? A mí no tienes por qué ocultarme nada. Somos hermanos, y a ti te conozco desde la cuna. No hay secretos entre nosotros.<br />
El otro no respondió.<br />
− ¿Estás hablando de que vais a despedirme?<br />
− La dirección ha tomado la decisión de jubilarte anticipadamente. Yo me opuse con todas mis fuerzas, pero no pude hacer nada. Lo siento.<br />
− Y por eso me has invitado hoy a comer, para que el trago no sea tan duro, ¿no?<br />
− No, no es por eso. Tú mismo lo dijiste. Hace mucho que no nos vemos.<br />
− Anda, déjalo. No me digas más.<br />
El hombre mayor dio un trago rápido al vino. Esta vez pasó con dificultad por su garganta. Notó un leve ardor en el pecho y alejó la copa de sí.<br />
− En el fondo, simplemente estás cumpliendo con tu deber, hijo. Eso está bien, es lo correcto. Dime, ¿cuándo dejo el trabajo? ¿A finales de año?<br />
− No. Dentro de dos semanas.<br />
− Dentro de dos semanas…<br />
− Lo siento.<br />
El hombre mayor dudó un instante. Entonces, dio un leve golpecito en la manga a su hermano y se incorporó, mientras forzaba una sonrisa.<br />
− Bueno, pues nada. Tengo muchas cosas que hacer en la fábrica, y se hace tarde. Seguro que todos los chicos están por ahí vagueando, y ya es hora de que los ponga firmes. Además, tú también tienes una reunión. Venga, vámonos. No quiero que lleguemos tarde.<br />
− ¿No quieres tomar nada de postre, o un café?<br />
− No, gracias, ya tengo suficiente.<br />
El hombre mayor se ajustó la chaquetilla azul, la que indicaba su rango de capataz, y que era la envidia de todos los operarios de la planta. Comprobó que no se la había manchado, y procedió a sacar la cartera. El hombre joven trató de impedirlo, pero su hermano le detuvo con un gesto.<br />
− En las comidas de hermanos, el mayor paga.<br />
− Vale. Te debo una.<br />
El hombre mayor asintió y pagó en la caja. Entonces, ambos salieron del restaurante.</p>
<p>Llegó a casa algo más pronto de lo habitual. Su mujer, Ester, andaba cacharreando en la cocina, acompañada por el sempiterno murmullo de la radio.<br />
− Vienes pronto hoy, ¿no?<br />
− Sí<br />
− Va a venir mi sobrina María a traernos unas verduras de la huerta de mi hermano. La verdad es que me gustaría corresponderles, pero como este año no hemos plantado nada, pues no sé qué le daré.<br />
− Para esta primavera ya plantaré yo algo.<br />
− Ya. Eso dices siempre, pero luego hay que subir cada fin de semana, y por una cosa o por otra, todo lo que plantas se acaba echando a perder.<br />
− ¿Cómo está su niño?<br />
− ¿Jesús? Pues no sé, no me ha dicho nada. Pero seguro que viene con él.<br />
− ¿Te ha vuelto a pedir que le eches una mano por las mañanas?<br />
− No. Ya sabe que no me encuentro bien, y que no puedo cargar con pesos. Además, los niños me agotan. Yo ya estoy muy vieja para estas cosas. Bastante tengo con mi trabajo.<br />
Sonó el timbre. Ester se secó las manos y salió a abrir.<br />
− Vigílame las patatas, ¿quieres?<br />
El hombre mayor se quedó allí, con la mirada perdida, mientras ella saludaba a su sobrina («¿Cómo estás, cariño?» «Muchas gracias, de verdad… si no hacía falta, mujer…» «Ay, pero qué grande está… Está enorme… Guapísimo… ¡Hola Jesús! Ay qué tímido es, qué gracioso» «¿No queréis pasar al cuarto de estar? Sí, sí que está aquí. Espera un momento»).<br />
Le llamaron desde el recibidor y él salió.<br />
− Hola tío, ¿Cómo estás?<br />
− Muy bien, ¿y vosotros? ¿Y este pequeñín? ¿Eh?<br />
Le hizo una carantoña; el crío se escabullía por entre las piernas de su madre, pero acababa girándose, para provocarle. Poco después, Ester se unió a ellos y empezó a hablar con su sobrina, mientras los dos hombres jugaban a perseguirse por la sala de estar.<br />
− Y ¿no puedes ni siquiera tres o cuatro horitas, tía? Por la mañana, antes de entrar al supermercado…<br />
− Ay, hija, no. De verdad. Te juro que me encantaría, pero no puedo. Tengo que comprar comida, y dejarla hecha, para cuando venga José. Y luego limpiar la casa, y hacer la colada&#8230; No te puedes imaginar cómo acabo los días. Rendida. Y encima con esta ciática… Que cada vez va a peor, te lo digo yo.<br />
− Ya. Te entiendo.<br />
− ¿Qué pasa? − interrumpió él, tras tomar al niño en brazos.<br />
− Nada, que empiezo a trabajar la semana que viene…<br />
− ¿Dónde?<br />
− En una oficina, de administrativa. Son seis horas al día, de ocho a dos, pero no sabemos qué hacer con Jesús. Y es una oportunidad muy buena.<br />
− Yo ya le he dicho que no me puedo hacer cargo. De verdad, chica, si fuera más joven lo haría encantada. Pero es que ya estoy muy mayor, y los niños me agotan.<br />
− No pasa nada, tía. Te entiendo. Ya nos buscaremos a una chica, si es preciso.<br />
− De verdad que lo siento.<br />
Él las interrumpió de nuevo, mientras esquivaba los manotazos del crío.<br />
− Ya me encargo yo.<br />
− ¿Tú? ¿Pero qué dices? ¿Y el trabajo qué?<br />
− Pero…<br />
− No hagas caso. Ya me encargo yo. ¿Qué es, solo por las mañanas?<br />
− Sí, hasta las dos, más o menos.<br />
− Pues nada, perfecto. Ya lo pasaré a recoger yo. ¿Cuándo dices que empiezas?<br />
− El lunes.<br />
− Pero José, ¿de qué estás hablando?<br />
− Ya te lo explicaré. Mira, tú trata de apañarte las próximas dos semanas, y después me lo dejas a mí. Yo me lo llevaré cada día al pueblo, que está solo a media hora, lo pasearé y jugaré con él. Y de paso vigilo la huerta, que está hecha un desastre. Después de comer, te lo traigo.<br />
− No sé, tío… De verdad, no hace falta tanto…<br />
Él dejó de escucharlas. Ester comenzó a hablar con su sobrina, y a explicarle que no entendía nada. Ésta última se mostrada abrumada, pero íntimamente feliz.<br />
José abrazó con más fuerza al pequeño, que dio un grito de júbilo, como percibiendo que la conversación había tocado a su fin y que ya era hora de jugar de nuevo.<br />
− Vamos, pequeño. Ven con el tío José… Ya verás cuántas cosas vamos a hacer juntos… Subiremos al pueblo, y cuando nos aburramos con la huerta, nos iremos al río, con las botas de agua. Y lanzaremos piedras a la corriente, para que hagan chipi-chapa…<br />
− Tipi-tapa, tipi-tapa − comenzó a recitar el niño, y lo acompañaba con golpes a la calva del viejo. Éste no se inmutó, y siguió hablándole en voz queda, como no queriendo que nadie más les oyera.<br />
− Y luego, cuando haga bueno, subiremos corriente arriba, por los rápidos, y llegaremos hasta las cuevas. ¿Sabes que hay un montón de cuevas, y que dicen que están conectadas entre sí, y que uno puede perderse allí y no salir jamás? Pues sí… Y además, en las noches de invierno, se ven luces que salen de allá, de las cuevas, y las leyendas cuentan que es porque todavía quedan brujas, y espíritus malos, que encienden hogueras para atraer a los incautos, pero luego los desorientan y les roban el alma…<br />
El niño estaba serio, incluso algo asustado, así que José sonrió y le zarandeó suavemente.<br />
− … Pero durante el día, nunca pasa nada, así que no hay que tener miedo. ¿Tienes ganas de que te lleve allá? Dime, ¿tienes ganas?<br />
El niño agitó la cabeza. José le apretó la barriga, y el otro se puso a reír como un loco. José también rió, y mientras ambos se sumergían en aquel alborozo compartido, los ojos se le humedecieron, y hubo de restregárselos con la manga de su chaqueta de capataz.<br />
− ¿Te vas ya? − escuchó que decía Ester, y su sobrina asintió. Ambas se acercaron a donde ellos estaban. Él dejó a Jesús en brazos de su madre, y esquivó la mirada de reprobación de su esposa.<br />
− Bueno, guapa. Pues me alegro de verte. Ya sabes, ¿eh? Dentro de dos semanas, yo me encargo de la fiera. Ahora, si me perdonáis, tengo que salir un poco, a dar un paseo y a despejarme. He tenido un día muy duro.<br />
− Claro, tío. Gracias, de verdad.<br />
− No hay por qué darlas.<br />
− ¿Adónde vas?<br />
− A dar un paseo.<br />
− ¿No te vas a cambiar de chaqueta, al menos?<br />
Él reparó entonces en que aún llevaba puesta la chaquetilla del trabajo. Dudó un instante, y finalmente se la quitó y la sustituyó por un tabardo de pana. Tras un momento de duda, se caló también un gorro grueso de pastor, y se giró para despedirse.<br />
− Bueno, hasta luego. Hasta luego, Jesús.<br />
− No tardes − gruñó su mujer. «Este hombre se ha vuelto loco», agregó para sí.<br />
El niño no le respondió; seguía jugando, esta vez en brazos de su madre. José permaneció un instante observándolo y, por algún motivo, al contemplarlo, no pudo evitar evocar la leyenda que acababa de relatarle, y lo crueles que eran aquellos espíritus por robar el alma a los caminantes que se esforzaban por llegar a su morada, atraídos por su fascinante destello. Pero tal vez, se dijo, no podían hacer otra cosa, pues también ellos habían sido, en algún tiempo, antes de quedar atrapados en aquellos macabros rituales, almas errantes en busca de un fuego que les iluminara en la noche.<br />
− Adiós. Vuelvo en seguida − dijo de nuevo, sin saber muy bien adónde iba ni por qué salía. Luego, forzó una sonrisa llena de incertidumbres, se giró y salió por la puerta.</p>
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