Cartas a un escritor - El personaje
Publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara el 16/10/2007
Querido escritor novel,
Mil veces te habrán insistido, no me cabe duda, sobre la importancia del personaje en la narración. No pretendo yo aquí caminar por senderos ya bien conocidos por cualquier aspirante a escritor, y que otros están en mejor posición que yo para reivindicar. No obstante, puesto que nos movemos en la órbita del relato corto, y la definición de sus personajes presenta una problemática especial debido a la limitación de espacio, tal vez sea adecuado que reflexionemos juntos sobre ello.
A menudo habrás leído o escuchado que hay que conocer en detalle a tus personajes (¿no sería mejor utilizar el apelativo «personas»?) antes de comenzar a escribir sobre ellos. Las librerías especializadas están llenas de manuales de escritura que recomiendan, antes de elaborar la trama, dibujar primero la historia del personaje, pensar en cómo transcurre un día normal de su vida, conocer su fuente de ingresos, su modo favorito de evadirse. No les falta razón, y no solo porque es absurdo escribir sobre lo que no se conoce, sino también porque la creación de estas pre-historias da lugar a menudo de manera orgánica a relatos vivos y coherentes que salen a nuestro encuentro y exigen su espacio en la página en blanco.
Es, en efecto, un defecto común en el escritor novel comenzar por el argumento e intentar adaptar posteriormente sus personajes a la trama. Esto da lugar a menudo a historias de tejido complejo, interesantes laberintos o juegos de espejos. Pero las personas son tozudas. A menudo su lógica interna se rebela contra la lógica del relato, y el autor acaba imponiendo con mano de hierro su criterio, so pena de asistir a la descomposición de su filigrana argumental. Y el folio queda entonces definitivamente manchado con la marca del deus ex machina. Los personajes son presa de un lamento subterráneo, y muestran sin pudor al lector su superficialidad, pues no evolucionan según su lógica orgánica, sino según la de otro. Y nadie en el mundo actúa según los designios de un ser superior, sino según los suyos propios. Como afirmaba Chéjov en una de sus últimas cartas: «En la vida, como en el arte, nada ocurre casualmente.»
Bien, bien, bien. Sé muy bien que conoces todo esto. ¿Adónde quiero ir a parar? No tiene sentido reescribir lo que ya han dicho otros sin aportar nada nuevo. De modo que volvamos al relato corto. ¡Qué gran problema! En apenas unas páginas, o unos párrafos, hemos de definir al personaje, plantear el conflicto y resolverlo − o no. A menudo conseguimos lo primero, un personaje carente de un verdadero conflicto ante sí, y el lector se aburre. O bien lo segundo: un conflicto apasionante que nos resulta imposible encarnar en un personaje creíble, y el crítico nos despedaza. ¿Cómo podemos fundir ambos de un modo natural y orgánico, y que el relato respire tensión desde la primera línea?
Nadie tiene la fórmula mágica, desde luego, y mucho menos yo. Pero se me ocurre algo que a menudo pasamos por alto, y que tal vez nos sirva para aflojar, si no para deshacer del todo, este nudo. Pensemos por un momento no tanto en lo que es el personaje, sino en lo que no es. En efecto, podemos haber definido hasta el más mínimo detalle de las vidas de nuestros personajes, creer que son verosímiles, y olvidar lo fundamental: que toda persona, incluidos tú y yo, es una persona incompleta. Una persona con carencias, con frustraciones, con sueños incumplidos. Toda persona carga sobre sus hombros su propio conflicto, su propia distancia entre el yo soñado y el yo real. De modo que, al definirla, debes hacer el máximo hincapié en descubrir este conflicto, en exorcizarlo, y en descomponerlo en sus elementos fundamentales. En concreto, te recomiendo que te hagas estas preguntas:
¿De qué carece el personaje? ¿Es consciente de esta carestía? ¿La ha racionalizado o simplemente la intuye? ¿Cómo se enfrenta a su frustración? ¿La ignora, la evita, trata de superarla,…?
Confío en que las respuestas a estas sencillas preguntas te den un punto de partida para construir el esqueleto del conflicto interior, sin el cual, simplemente, la historia no existe. Si deseas una mayor profundidad, un efecto inesperado, una explosión de fuegos de artificio, añade otro personaje con su propio conflicto interior a tu receta, a tu relato. Déjalos que interaccionen y contempla el resultado. Anota lo que ves ante ti. Asómbrate. Pero ante todo, ¡nunca olvides el conflicto interior! Nunca empieces a escribir sin conocerlo bien. Recuerda que a menudo la rutina de una persona consiste solo en una cálida alfombra bajo la que se barren las desilusiones a las que no es posible enfrentarse a diario. ¿Qué encierran esos pequeños actos cotidianos del personaje a los que tanta importancia dan los manuales de escritura? Todos albergamos un pequeño monstruo en nuestro interior. ¡Conócelo! No tengas miedo. Una vez desnudes a tu personaje, toma las notas pertinentes y vuélvelo a vestir. Deja que actúe normalmente, orgánicamente, y que su conflicto interior fluya en la corriente subterránea del relato. Los resultados te asombrarán y el motor de tu narrativa acelerará sin que apenas te percates de ello.
Recuerda que la literatura es el mejor medio que existe para explorar las profundidades del ser humano y para exponerlas ante tu público, pero sé siempre pudoroso al hacerlo. No te dejes llevar por la solución explicativa del diálogo interior y trata de mostrar a tus personajes desde el exterior, como si llevases una cámara sobre el hombro. Recuerda lo que te comenté en mi anterior carta: los vacíos del relato son a menudo tan importantes como las palabras que lo conforman. Del mismo modo que has de dejar espacio al lector para que piense, debes dejar espacio al personaje para que sueñe. Piensa en sus vacíos, en lo que no ha conseguido llegar a ser en la vida, en lo que aún confía en alcanzar, en las metas que ha abandonado. Actúa del mismo modo en el plano formal: no satures al lector con información sobre el personaje, no trates de explicarlo todo. La vida se nos presenta de manera incompleta y fragmentada, y tu relato debe serlo también. Solo de esta manera respirará autenticidad.
En mi próxima carta te enviaré un ejemplo de todo esto que te cuento. Está sacado de un relato mío, y sé que debería actuar con pudor y evitar citarme a mí mismo, pero no conozco a ningún escritor a quien pueda diseccionar con el filo y la despreocupación con que desentraño mis propios trucos. No temas, el relato es malo.
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Publicado el: 18-10-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Ensayo, Género: Epístola, Autor: Antón Chéjov.
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22-10-2007 a las 20:49
Hola,
Acabo de leer por primera vez tu blog porque quería hacerlo como en el hilo, con algo de detenimiento, y lo primero que debo decirte es que ahora creo ser más consciente de todo lo que dices, cuando escribí esos relatos hace 8 o 9 años, no tanto.
Curiosamente, antes de entrar aquí, ayer mismo, escribí un nuevo relato de un tirón y lo colgué en el foro. Échale un vistazo, no estoy seguro de haber logrado superar todos los retos que señalas, pero creo que al menos es el camino que he tomado. Ten en cuenta que apenas lo he releído alguna vez y pueden quedar erratas narrativas, pero por lo demás me gustaría que lo juzgases con la misma objetividad que tanto me está ayudando hasta ahora.
Te diría más, pero seguiré indagando un rato por el blog, ya que espero encontrar respuestas a preguntas que se me ocurren.
Muchas gracias, muy sinceramente.