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La buhardilla

El padre

El hombre mayor se secó las manos en el pantalón del mono antes de escanciarse de nuevo una copa de vino, y aprovechó para rellenar la de su compañero, pese a que éste no la había tocado en toda la comida.
El hombre mayor se mostraba alborozado; azuzado por el vino, hablaba constantemente, sin dejar de sonreír en ningún momento, y el hombre joven se limitaba a apostillarle tímidamente de tanto en tanto, como sometido a un oculto ascendente que solo ellos conocían. Nadie habría dicho, al verlos, que se trataba del capataz y el director de planta de la empresa textil más importante de la región, pero lo cierto es que, en aquella comida, tantas veces anunciada y en tantas ocasiones pospuesta, solo eran dos hermanos que se reunían para hablar del pasado.
− Caramba, hijo − exclamó cariñosamente el hombre mayor tras dar un largo trago a su copa − sí que es difícil verte en horas de trabajo. A veces he llegado a pensar que te daba vergüenza que tus superiores te vieran conmigo.
Utilizaba a menudo el apelativo «hijo» con su hermano menor, del que lo separaban casi quince años. El otro lo aceptaba con cálida resignación. Era cierto que, durante años, lo habían tratado como a un hijo, y la fuerza de la costumbre podía más que su diferencia de clase.
− Pero qué dices… − objetó tenuemente, pero el otro le interrumpió:
− No, no te preocupes, no me ofendes, hijo. En el fondo, ¿sabes qué? Me gusta que estés tan ocupado, me gusta verte activo y bien considerado. Me hace sentirme orgulloso de ti.
− Vaya, gracias.
El hombre joven siguió masticando lentamente, sin apenas mirar a su hermano mayor. El rostro de éste había adquirido un tono parecido al del vino, y sus grandes manos deslizaban el cuchillo y el tenedor por su plato de churrasco con fiereza. Delante del joven, languidecía un carpaccio de bacalao levemente amarillento.
− Pues sí − insistió el hombre mayor − yo me siento orgulloso. Mis chavales no piensan lo mismo, claro, pero eso es porque son jóvenes, y te ven como a una especie de ogro. Les encanta hablar mal de los jefes, como si ellos no tuvieran problemas también…
− ¿Hablan mal de mí?
− No, qué va. Al menos no delante mía. Simplemente te tienen respeto. Pero ya te digo que son buenos chavales. Como máximo, me vienen alguna vez para preguntarme si son ciertas las historias de despidos, como si yo lo supiera todo. Al final, les digo que dejen de preocuparse por los rumores y se centren en el trabajo que tienen delante, que es lo que todo hombre honesto debería hacer. Pero sí, como te decía, nunca imaginamos en casa que llegarías tan lejos, y mucho menos cuando te metí en la empresa. ¿Recuerdas los primeros veranos, los que trabajabas en planta?
− Los recuerdo, sí.
− Anda que no vivías bien en aquellos tiempos. Un par de meses de trabajo en verano y dinero fresco para el resto del año, para gastarlo como quisieras. Y encima tu hermano de jefe, para que nadie te pudiera decir nada…
El hombre joven sonrió a medias.
− Seguro que te traté mal alguna vez, para que no pareciera que eras un hijo de papá. Pero tú me perdonaste, ¿verdad?
Reprimió un ademán de sacudirle el pelo, y siguió enfrascado con su pierna de ternera.
− Ya entonces empecé a darme cuenta de tu potencial, pero la verdad es que pensé que te irías al extranjero primero. Me sorprendió que decidieras quedarte en la empresa.
− La oportunidad era buena − masculló el joven.
− Sí. Es cierto. Justo entonces se jubilaba López, que Dios lo tenga en su seno. Pero además, en la empresa tenían ganas de meter a alguien joven que trajera nuevas ideas. Siempre supe que serías la persona ideal para el puesto.
El hombre joven sonrió y masticó una lámina de carpaccio sin excesivo afán.
− ¿Cómo está Ester? ¿Sigue trabajando en el supermercado? − preguntó, aprovechando el breve silencio que se había instalado entre ambos.
− ¿Eh? Sí, sí, claro. Está muy bien. Bueno, con la ciática a cuestas, pero qué le vas a hacer. Ahora que viene el invierno lo pasa peor, con la maldita postura, y el frío… Pero bueno, ya sabes, la mala salud de hierro, como suele decirse. Seguro que me sobrevive diez años, y si no, al tiempo.
− Dale recuerdos de mi parte.
− Hombre, claro. Pero lo que tienes que hacer es venir a comer un domingo, que desde que acabaste la carrera parece que ya no nos quieres.
− Lo siento, es que viajo mucho…
− Claro, lo comprendo. Pero algún fin de semana libre tendrás.
− Claro.
− ¿Te acuerdas cuando eras pequeño? Nos levantábamos el domingo por la mañana temprano y, con la excusa de ir a recoger setas, nos largábamos todo el día al monte. ¿Lo recuerdas?
El hombre joven no respondió. Parecía estar pensando en otra cosa.
− ¿No te acuerdas? Cuando salíamos con las botas de agua, y nos metíamos en el río, a buscar guijarros para hacer chipi-chapa…
− ¿Eh? Sí, claro, claro que me acuerdo.
− Cómo nos lo pasábamos… calados hasta los huesos, con un frío de mil demonios. Pero ni nos enterábamos…
− Es verdad. Luego me pasaba todo el invierno acatarrado…
− Sí. Y tu madre, perdón, Ester, no hacía más que ponerte capas de ropa encima, y a mí me decía de todo. Que te iba a matar a ese paso, y que a ver si me había vuelto loco, y que se suponía que yo era una persona adulta y tenía que velar por ti… Pero qué sabrán estas mujeres, ¿eh? Si supieran cómo nos lo pasábamos… ¿Te acuerdas cuando subíamos por los saltos de agua y trepábamos hasta llegar a las cuevas?
− Y me contabas las leyendas de brujas y de espíritus que roban almas…
− Sí, las mismas historias que me había contado a mí nuestro padre, cuando era pequeño.
− ¿Sigue habiendo luces de hogueras las noches de invierno allá arriba?
− Pues no lo sé. La verdad es que cada vez vamos menos, y no me he fijado en ellas recientemente. Pero seguro que sí. Las leyendas siempre son ciertas, de una u otra manera.
El hombre joven calló, y su expresión, que se había sumergido en el ensueño de la infancia durante unos instantes, volvió a ensombrecerse. El hombre mayor tomó otra copa de vino e hizo ademán de servir a su hermano.
− Pero si no has bebido nada… Venga, bebe algo, que tenemos que acabarnos la botella. No tienes que conducir, ¿no?
− No, qué va… perdona.
Dio un sorbo a la copa, y el otro la rellenó hasta el borde.
− Qué tiempos aquellos, ¿verdad? Tu madre y yo los echamos de menos… Para qué te voy a mentir. Todo es más triste ahora. Más vacío. Más silencioso. Tenemos la radio puesta todo el día en la casa, y hay veces que me gustaría tirarla por la ventana. Pero ella no quiere…
Sonó un teléfono móvil. El hombre joven se precipitó a responder.
− Disculpa… ¿Sí?… Sí, sí… ya lo sé. Lo siento… Estoy comiendo. Sí, acabo en seguida. Voy para allá. Id empezando, si queréis. En seguida llego. Vale… vale, hasta ahora…
Colgó y esbozó una mueca de fastidio.
− ¿Una reunión?
− Algo así.
− Estoy orgulloso de ti, hijo. Muy orgulloso. De que hayas llegado tan alto. De que seas alguien tan importante en la empresa.
− No soy tan importante.
− De verdad. Siempre pensé que llegarías lejos, cuando te veía arrojando piedras al río, como si te fuera la vida en ello. Qué energía tenías. Nos llenabas de vida, hijo. Me haces sentir el más feliz de los hombres. Te lo digo de verdad.
− Oye…
− Dime.
El hombre joven calló durante un tiempo. Estaba muy serio, y el hombre mayor trató de corresponder adoptando un gesto circunspecto. De sus labios salió un hipido, que rompió al fin el silencio entre ambos.
− ¿Pasa algo, hijo?
− No, no pasa nada.
− Vamos, dime. ¿Tienes algún problema?
− No, no, qué va. Simplemente que…
− Dime. ¿Qué pasa?
El otro suspiró.
− Supongo que te has dado cuenta de que la empresa no mueve muchos pedidos últimamente. Vamos, que hay poco trabajo.
− Sí… bueno, ya se sabe, estamos en el típico ciclo estacional de final del otoño. Siempre es así. Estoy seguro de que remontará.
− Yo no estoy tan seguro.
− ¿A qué te refieres?
− Creo que esta vez es menos coyuntural. La cartera de pedidos está muy floja, y lleva ya muchos meses así.
− Vaya…
− Y la competencia de los países del este… Ya sabes, nos están masacrando con sus precios, y cada vez fabrican con mejor calidad.
− Ah.
− Estamos tomando medidas dolorosas… No son solo rumores. Vamos, tú lo sabes bien. Las cuentas tienen que salir.
− Claro… Tienen que salir. Es tu obligación, hijo.
Ambos se quedaron en silencio. El hombre joven miraba a su plato, como buscando inspiración en la semitransparencia de las láminas de bacalao.
− ¿Qué me quieres decir, hijo? Vamos, ten confianza en mí. Si soy casi el empleado más antiguo de la empresa. Sea lo que sea, acabaré enterándome. Dime, ¿estamos en pérdidas? ¿Vamos a cerrar?
− No, no tanto… no tanto.
− ¿Entonces?
− Dime, ¿has pensado en lo que harás cuando dejes de trabajar?
− No… Qué va, nunca me lo he planteado. Pero…
Calló. El silencio se hizo espeso, y esta vez fue el hombre joven el que tuvo que hundir los dedos en él para intentar deshacer su ominosa presencia. Conforme hablaba, fue recitando mecánicamente frases que sin duda había repasado mentalmente antes de entrar al restaurante.
− No sé… en cierto modo, ahora, cuando me contabas todas esas cosas, cuando recordaba nuestras excursiones… Me consuela pensar que eres un hombre dinámico, alguien a quien la gusta salir al campo y mantenerse activo… Estoy seguro de que, cuando ya no tengas que venir a la empresa, encontrarás montones de cosas que hacer. Cosas mucho más excitantes y agradables que pasar todo el día en la fábrica, rodeado de suciedad, y de ruido, y de penumbra… cada vez con menos trabajo… casi perdiendo el tiempo…
El hombre joven calló, como avergonzado.
− ¿Qué tratas de decirme, hijo? A mí no tienes por qué ocultarme nada. Somos hermanos, y a ti te conozco desde la cuna. No hay secretos entre nosotros.
El otro no respondió.
− ¿Estás hablando de que vais a despedirme?
− La dirección ha tomado la decisión de jubilarte anticipadamente. Yo me opuse con todas mis fuerzas, pero no pude hacer nada. Lo siento.
− Y por eso me has invitado hoy a comer, para que el trago no sea tan duro, ¿no?
− No, no es por eso. Tú mismo lo dijiste. Hace mucho que no nos vemos.
− Anda, déjalo. No me digas más.
El hombre mayor dio un trago rápido al vino. Esta vez pasó con dificultad por su garganta. Notó un leve ardor en el pecho y alejó la copa de sí.
− En el fondo, simplemente estás cumpliendo con tu deber, hijo. Eso está bien, es lo correcto. Dime, ¿cuándo dejo el trabajo? ¿A finales de año?
− No. Dentro de dos semanas.
− Dentro de dos semanas…
− Lo siento.
El hombre mayor dudó un instante. Entonces, dio un leve golpecito en la manga a su hermano y se incorporó, mientras forzaba una sonrisa.
− Bueno, pues nada. Tengo muchas cosas que hacer en la fábrica, y se hace tarde. Seguro que todos los chicos están por ahí vagueando, y ya es hora de que los ponga firmes. Además, tú también tienes una reunión. Venga, vámonos. No quiero que lleguemos tarde.
− ¿No quieres tomar nada de postre, o un café?
− No, gracias, ya tengo suficiente.
El hombre mayor se ajustó la chaquetilla azul, la que indicaba su rango de capataz, y que era la envidia de todos los operarios de la planta. Comprobó que no se la había manchado, y procedió a sacar la cartera. El hombre joven trató de impedirlo, pero su hermano le detuvo con un gesto.
− En las comidas de hermanos, el mayor paga.
− Vale. Te debo una.
El hombre mayor asintió y pagó en la caja. Entonces, ambos salieron del restaurante.

Llegó a casa algo más pronto de lo habitual. Su mujer, Ester, andaba cacharreando en la cocina, acompañada por el sempiterno murmullo de la radio.
− Vienes pronto hoy, ¿no?
− Sí
− Va a venir mi sobrina María a traernos unas verduras de la huerta de mi hermano. La verdad es que me gustaría corresponderles, pero como este año no hemos plantado nada, pues no sé qué le daré.
− Para esta primavera ya plantaré yo algo.
− Ya. Eso dices siempre, pero luego hay que subir cada fin de semana, y por una cosa o por otra, todo lo que plantas se acaba echando a perder.
− ¿Cómo está su niño?
− ¿Jesús? Pues no sé, no me ha dicho nada. Pero seguro que viene con él.
− ¿Te ha vuelto a pedir que le eches una mano por las mañanas?
− No. Ya sabe que no me encuentro bien, y que no puedo cargar con pesos. Además, los niños me agotan. Yo ya estoy muy vieja para estas cosas. Bastante tengo con mi trabajo.
Sonó el timbre. Ester se secó las manos y salió a abrir.
− Vigílame las patatas, ¿quieres?
El hombre mayor se quedó allí, con la mirada perdida, mientras ella saludaba a su sobrina («¿Cómo estás, cariño?» «Muchas gracias, de verdad… si no hacía falta, mujer…» «Ay, pero qué grande está… Está enorme… Guapísimo… ¡Hola Jesús! Ay qué tímido es, qué gracioso» «¿No queréis pasar al cuarto de estar? Sí, sí que está aquí. Espera un momento»).
Le llamaron desde el recibidor y él salió.
− Hola tío, ¿Cómo estás?
− Muy bien, ¿y vosotros? ¿Y este pequeñín? ¿Eh?
Le hizo una carantoña; el crío se escabullía por entre las piernas de su madre, pero acababa girándose, para provocarle. Poco después, Ester se unió a ellos y empezó a hablar con su sobrina, mientras los dos hombres jugaban a perseguirse por la sala de estar.
− Y ¿no puedes ni siquiera tres o cuatro horitas, tía? Por la mañana, antes de entrar al supermercado…
− Ay, hija, no. De verdad. Te juro que me encantaría, pero no puedo. Tengo que comprar comida, y dejarla hecha, para cuando venga José. Y luego limpiar la casa, y hacer la colada… No te puedes imaginar cómo acabo los días. Rendida. Y encima con esta ciática… Que cada vez va a peor, te lo digo yo.
− Ya. Te entiendo.
− ¿Qué pasa? − interrumpió él, tras tomar al niño en brazos.
− Nada, que empiezo a trabajar la semana que viene…
− ¿Dónde?
− En una oficina, de administrativa. Son seis horas al día, de ocho a dos, pero no sabemos qué hacer con Jesús. Y es una oportunidad muy buena.
− Yo ya le he dicho que no me puedo hacer cargo. De verdad, chica, si fuera más joven lo haría encantada. Pero es que ya estoy muy mayor, y los niños me agotan.
− No pasa nada, tía. Te entiendo. Ya nos buscaremos a una chica, si es preciso.
− De verdad que lo siento.
Él las interrumpió de nuevo, mientras esquivaba los manotazos del crío.
− Ya me encargo yo.
− ¿Tú? ¿Pero qué dices? ¿Y el trabajo qué?
− Pero…
− No hagas caso. Ya me encargo yo. ¿Qué es, solo por las mañanas?
− Sí, hasta las dos, más o menos.
− Pues nada, perfecto. Ya lo pasaré a recoger yo. ¿Cuándo dices que empiezas?
− El lunes.
− Pero José, ¿de qué estás hablando?
− Ya te lo explicaré. Mira, tú trata de apañarte las próximas dos semanas, y después me lo dejas a mí. Yo me lo llevaré cada día al pueblo, que está solo a media hora, lo pasearé y jugaré con él. Y de paso vigilo la huerta, que está hecha un desastre. Después de comer, te lo traigo.
− No sé, tío… De verdad, no hace falta tanto…
Él dejó de escucharlas. Ester comenzó a hablar con su sobrina, y a explicarle que no entendía nada. Ésta última se mostrada abrumada, pero íntimamente feliz.
José abrazó con más fuerza al pequeño, que dio un grito de júbilo, como percibiendo que la conversación había tocado a su fin y que ya era hora de jugar de nuevo.
− Vamos, pequeño. Ven con el tío José… Ya verás cuántas cosas vamos a hacer juntos… Subiremos al pueblo, y cuando nos aburramos con la huerta, nos iremos al río, con las botas de agua. Y lanzaremos piedras a la corriente, para que hagan chipi-chapa…
− Tipi-tapa, tipi-tapa − comenzó a recitar el niño, y lo acompañaba con golpes a la calva del viejo. Éste no se inmutó, y siguió hablándole en voz queda, como no queriendo que nadie más les oyera.
− Y luego, cuando haga bueno, subiremos corriente arriba, por los rápidos, y llegaremos hasta las cuevas. ¿Sabes que hay un montón de cuevas, y que dicen que están conectadas entre sí, y que uno puede perderse allí y no salir jamás? Pues sí… Y además, en las noches de invierno, se ven luces que salen de allá, de las cuevas, y las leyendas cuentan que es porque todavía quedan brujas, y espíritus malos, que encienden hogueras para atraer a los incautos, pero luego los desorientan y les roban el alma…
El niño estaba serio, incluso algo asustado, así que José sonrió y le zarandeó suavemente.
− … Pero durante el día, nunca pasa nada, así que no hay que tener miedo. ¿Tienes ganas de que te lleve allá? Dime, ¿tienes ganas?
El niño agitó la cabeza. José le apretó la barriga, y el otro se puso a reír como un loco. José también rió, y mientras ambos se sumergían en aquel alborozo compartido, los ojos se le humedecieron, y hubo de restregárselos con la manga de su chaqueta de capataz.
− ¿Te vas ya? − escuchó que decía Ester, y su sobrina asintió. Ambas se acercaron a donde ellos estaban. Él dejó a Jesús en brazos de su madre, y esquivó la mirada de reprobación de su esposa.
− Bueno, guapa. Pues me alegro de verte. Ya sabes, ¿eh? Dentro de dos semanas, yo me encargo de la fiera. Ahora, si me perdonáis, tengo que salir un poco, a dar un paseo y a despejarme. He tenido un día muy duro.
− Claro, tío. Gracias, de verdad.
− No hay por qué darlas.
− ¿Adónde vas?
− A dar un paseo.
− ¿No te vas a cambiar de chaqueta, al menos?
Él reparó entonces en que aún llevaba puesta la chaquetilla del trabajo. Dudó un instante, y finalmente se la quitó y la sustituyó por un tabardo de pana. Tras un momento de duda, se caló también un gorro grueso de pastor, y se giró para despedirse.
− Bueno, hasta luego. Hasta luego, Jesús.
− No tardes − gruñó su mujer. «Este hombre se ha vuelto loco», agregó para sí.
El niño no le respondió; seguía jugando, esta vez en brazos de su madre. José permaneció un instante observándolo y, por algún motivo, al contemplarlo, no pudo evitar evocar la leyenda que acababa de relatarle, y lo crueles que eran aquellos espíritus por robar el alma a los caminantes que se esforzaban por llegar a su morada, atraídos por su fascinante destello. Pero tal vez, se dijo, no podían hacer otra cosa, pues también ellos habían sido, en algún tiempo, antes de quedar atrapados en aquellos macabros rituales, almas errantes en busca de un fuego que les iluminara en la noche.
− Adiós. Vuelvo en seguida − dijo de nuevo, sin saber muy bien adónde iba ni por qué salía. Luego, forzó una sonrisa llena de incertidumbres, se giró y salió por la puerta.

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3 respuestas a “El padre”

  1. Comentario de manu jontes:

    amo los dialogos..exelentemente llevados……saludos

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Muchas gracias. Era un ejercicio de diálogo, así que… ¡doblemente halagador!
    Un saludo,
    Rb

  3. Comentario de maga:

    En principio diré que me devoré el cuento. Y algo más te diré por privado ;)

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