Cartas a un escritor − El lector
Publicado en el Blog de Ediciones Letra Clara el 25/09/2007
Querido escritor novel,
En esta primera carta que te remito, no temas, no voy a preguntarte por qué escribes historias. No ya porque la respuesta sea conocida o más antigua que la propia literatura, pues no es así. Sino más bien porque, como en toda narración, conviene que iniciemos nuestra correspondencia no ya a partir de una reflexión sesuda y sustancial, sino más bien a propósito de una anécdota, de una cuestión aparentemente tangencial, prescindible − pero al mismo tiempo atrayente, profunda. Conviene que empecemos por los márgenes y nos vayamos adentrando lentamente en los entresijos de nuestro oficio; que sembremos el germen para que otros se asomen a nuestra correspondencia privada, deseosos de saber más sobre nosotros, como personas y como escritores (¿acaso no es la escritura un acto de exhibicionismo pudoroso?). Pero no nos precipitemos. ¿Cuál puede ser este tema que atraiga la atención de nuestros lectores casuales como la belleza de Circe a un banquete imaginario? Sin duda ha de ser novedoso, o como mínimo planteado con originalidad. Osadía y originalidad, como bien proclamaba Chéjov, que de esto de escribir sabía mucho más que tú y que yo. ¿Te parece que hablemos precisamente del público, de los lectores? ¿Qué puede haber más reconfortante para la vanidad que leer lo que otros dicen de uno mismo? Podríamos, pues, verter aquí los consabidos tópicos sobre la calidez de nuestro amable público, recurrir a la metáfora, equiparándolo a la savia que recorre nuestras venas y desemboca en nuestra pluma, evocar su hálito estimulante en nuestra nuca y el placer que nos proporciona la invisible comunión con él a través de la página escrita…
Lo sé, lo sé. Nunca se me dio bien la ironía. Como lector que soy, me resulta aberrante confesar los sentimientos que me asaltan hacia mi público objetivo cuando empuño la pluma (o el teclado), pero no puedo menos que enfrentarme a ellos y tratar de exorcizarlos. ¿Me recriminarías que confesara el pánico que siento en presencia de mi lector, o el estremecimiento que me asalta ante su crítica, que en cierto modo, por qué no decirlo, es incluso cercano al odio? Al fin y al cabo, ¿quién no ha considerado alguna vez a su público como enemigo, especialmente cuando empieza a escribir? ¿A quién no le ha lacerado su indiferencia, su tendencia a apropiarse del detalle banal y pasar por alto la elaborada urdimbre en que el escritor basa todas sus esperanzas de gloria? Muchos sentimos en ocasiones la paradoja de desear que no hubiera público más allá de la página (o pantalla) escrita − solo el silencio. Pero esto no es, al fin y al cabo, muy diferente de la añoranza de la soledad, que todos experimentamos cuando la turba nos agrede, pero no cuando unos brazos cálidos nos envuelven y unos labios desconocidos nos buscan con los ojos entrecerrados.
Coincidirás conmigo en que rara vez escribimos pensando en el lector. Lo hacemos pensando en nosotros mismos, en lo que tenemos la necesidad de expresar, de transmitir − incapaces a menudo de desembarazarnos del todo del infantil romanticismo del genio solitario, de la aureola de aquellos creadores tocados por una mano divina que solo existían en nuestros libros de texto, y cuyos nombres hubimos de aprender de memoria años antes de que su prosa nos estremeciera por primera vez. Nos centramos en nuestra propia catarsis, y a menudo olvidamos a nuestro confidente en este desahogo. Más aún: su mirada, impaciente y distraída, nos desconcentra, nos irrita. Como el loco que se habla a sí mismo y se da la razón constantemente, imaginamos al interlocutor ideal, el que ríe, llora, se emociona y sueña al mismo ritmo que nosotros. Aquel que, en el fondo, no es más que una réplica del escritor. Pero ese lector no existe.
Tal vez esta época en que vivimos, en que la lectura está más que nunca mediatizada por los meandros caprichosos de la atención fragmentada, por la participación y la crítica sin cortapisas, sea un buen momento para invertir los papeles y comenzar por preguntarnos: ¿quién es nuestro lector? Desde algunos púlpitos se defenderá que se trata de una especie de cliente (que siempre tiene razón), lo que de hecho convierte al relato en un producto de consumo – y conocemos bien las consecuencias de seguir este dogma a pies juntillas. Si algo puedo recomendarte es que evites este tipo de opiniones. En efecto, ¿por qué no considerar al lector copartícipe en la creación literaria? ¿Por qué no respetar su espacio, dar un paso atrás y sustituir explicación por sugerencia, dejar que las elipsis respiren? Tal vez solo si se insiste en ello desde el primer momento logremos devolver a nuestro público al lugar tantas veces usurpado, y que mi admirado José Luis Guerín, ávido lector, definía a través de la expresión ‘cierre del círculo’. Ante todo, querido amigo escritor, asegúrate cuando comiences una historia de que has dejado espacio para el lector, casillas en blanco que rellenar, dudas por resolver. Invítale a ser creador junto a ti, cómplice de esta experiencia de vivir y construir una historia, frente al denigrante rol de consumidor que tal vez se haya acostumbrado a que le apliquen de forma interesada algunas grandes editoriales o escritores de éxito, y que no es muy diferente de la alienación suscitada por la (deleznable) oferta televisiva de nuestros días.
Toma de conciencia de la presencia del lector, primero. Reconocimiento de que toda historia es una historia incompleta sin él, de que es una estructura abierta, deseosa de hacerle el amor, de acogerle y de recibir algo a cambio. Capacidad de evocación, que como bien sabes crece en sentido contrario al impulso explicativo (lee a Rulfo de nuevo, querido escritor. A Kafka. A Hemingway). He aquí las primeras claves que debemos asimilar cuando nos enfrentamos a la página en blanco, antes incluso de comenzar a construir esa chirriante y perezosa primera frase, que a menudo se queda sola, aislada del resto del relato, como un animal sacrificado a la puerta del templo. Porque, ciertamente, el lector, que siempre ha sido el último en la mente del escritor, se encuentra en realidad siempre a su lado, inquisitivo, entrometido, impaciente. Tal vez por eso haya decidido, al lanzarme a escribir estas reflexiones, contártelas a ti, querido escritor amigo. Escritor-lector. Crítico implacable, y al mismo tiempo mi mayor apoyo. Cuando empecé, tú no eras sino un reflejo de mí mismo. Ahora comprendo que tus caras son muchas, y tus inquietudes también. Haz tuyas estas reflexiones, dales la vuelta, arrójalas a la papelera, vuelve a ellas tal vez cuando el insomnio de esa calurosa noche estival se deslice entre tus sábanas y llene tu mente de ideas de nuevos relatos. Solo entonces habrá valido la pena haberlas escrito.
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Publicado el: 27-09-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Ensayo, Género: Epístola, Autor: José Luis Guerín, Autor: Antón Chéjov, Autor: Juan Rulfo, Autor: Franz Kafka, Autor: Ernest Hemingway.
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30-09-2007 a las 18:41
Interesante este blog. Para bucear despacio. Tomo nota.
30-09-2007 a las 20:22
Gracias Jorge. Desde hoy te sigo con interés. Saludos.