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La nieve (y VI)

El relato completo: I II III IV V VI

Llegaron aún varias cartas de su trabajo antes de que un vecino avisara de un olor extraño que emanaba del interior de su apartamento. Había pasado más de una semana, y el frío que reinaba en su interior había mantenido bien conservado el cadáver, envuelto en su abrigo, con sangre en la boca y las manos y el rostro azulados. El juez levantó acta y M. acudió a identificarlo; solo estuvo unos segundos a su lado. Afirmó que él había pedido que lo incineraran, y así se hizo. Unas horas más tarde, el cuerpo penetraba ya en el estrecho aparato, conducido por las manos expertas del artesano incinerador, que, movido por la costumbre, corrió cuidadosamente la cortina a su espalda, a pesar de que no había nadie a quien ocultar el proceso. Lentamente y con precisión, accionó los mandos y esperó con la mente en blanco a que el horno se calentara. A través de la pared de ladrillo, volvió a sentir un leve tufillo a tostadas quemadas, al que estaba ya más que acostumbrado, y que incluso le resultaba levemente agradable. La temperatura subió un par de grados, y él se arrimó a la puerta para calentarse las manos. Como tantas otras veces, no pensó en la persona que estaba dentro del horno, a punto de descomponerse, pues no era dado a tales reflexiones y, si le preguntaban, afirmaba que tampoco los muertos pensaban en él.

Desde el interior de la máquina, ajeno a todos aquellos que habían pasado por su vida, invisible para los que, uno a uno, le habían ido olvidando, hasta dejarle morir en su desnudo apartamento, T. P. volvió a sentir el calor invadir su cuerpo. El mismo calor que había transmitido él mismo a través de su sonrisa rota, de sus carcajadas infantiles o sus planes extravagantes. El calor que le había llevado a dar la vuelta al mundo, a enfrascarse en todo tipo de empresas imposibles o a enternecerse con el roce más leve de la brisa sobre su piel. El mismo entusiasmo que le había conducido a flirtear con las jóvenes de la facultad o a tocar la guitarra en el Metro, y a sentir cómo la vibración de su música imperfecta sacudía su cuerpo y le arrancaba una lágrima inútil. Aquel calor, ya cercano a la incandescencia, surgió al fin de sus entrañas, fundiendo la capa de nieve que aún lo envolvía. Lentamente, fue desmenuzando su cuerpo, y acabó impregnando sus restos con alegría: unas briznas grises, traviesas, soñadoras, que salieron de allí, riendo y danzando con viveza. Unas cenizas cálidas que, al igual que su risa, brotaron en todas las direcciones, se difuminaron por el aire, arrastradas por sus corrientes caprichosas, y al cabo de un tiempo, cuando el aire del invierno extinguió al fin su efervescencia, simplemente desaparecieron.

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