La nieve (V)
El relato completo: I II III IV V VI
Llegó el domingo. Llamó varias veces por teléfono, y nadie respondió. Caminó hasta la casa de M., pasando en silencio por su antiguo barrio. No le gustaba dejarse ver por allí, porque muchas personas le conocían, y detestaba sus miradas inquisitivas llenas de falsa compasión. Caminó con la cabeza gacha, y llegó hasta su calle; C. se encontraba en la puerta, mascando chicle y examinando, absorta, la pantalla de su reproductor de música. No alzó la vista cuando él llegó a su altura; simplemente se llevó el aparato al oído y habló con alguien en susurros. Luego, lo guardó y se lanzó a caminar por la calle delante de él, camino del parque en el que habían pasado tantas horas juntos, años atrás. Allí se encontró con sus amigas, que, una vez más, ni siquiera posaron sobre él una sola mirada. Hablaron entre ellas sin ganas, como a trompicones, mientras él esperaba sentado en un banco, a cierta distancia. Durante una hora entera, se sacudió el frío con un temblor incesante mientras repasaba mentalmente lo que le diría a C. cuando llegara el momento de volver a casa.
Escuchó la campana de la iglesia a lo lejos, y C. se levantó y despidió a sus amigas con monosílabos. Se puso en marcha sin mirar hacia él, pero T. P. la alcanzó y se colocó a su altura.
− Oye, ¿qué tal está la mamá?
Ella siguió caminando. Al fin, él le rozó suavemente en el hombro y ella se quitó los auriculares mientras en su rostro se dibujaba una mueca de hastío.
− ¿Cómo está la mamá?
− Bien.
− ¿No habla nunca de mí?
− No.
− ¿No?
Ella resopló.
− No. Bueno, a veces sí, te nombra de pasada. Pero últimamente no dice nada.
− Pero yo quiero mucho a tu madre…
Ella no respondió. Volvió a ajustarse las bolitas blancas en los oídos, se encogió en el abrigo y fijó la mirada en el suelo, mientras avanzaba con prisa un poco por delante de él. La primera nieve del invierno había comenzado a golpearle la cara, y ella se la sacudía nerviosamente. Su mirada ausente le recordó un instante a la de M. Tal vez más áspera, más nerviosa. Pero igual de intrigante. Se convertiría en una mujer hermosa, aunque ella ni siquiera lo sabía. Sonrió para sí amargamente, y volvió a insistir.
− ¿No te gustaría que estuviésemos otra vez los tres juntos?
Ella siguió sin responder. Al fondo, distinguió su calle y el portal de su antigua casa. T. P. comenzó a sentir la desazón adueñándose de él. Extendió la mano en un ademán de detenerla, pero no se atrevió. Trató de ponerse a su altura, sin éxito.
− Dime, ¿no te gustaría?
Ella llegó hasta el portal e introdujo la llave en la cerradura, con torpeza y precipitación. Él acercó la mano y, casi rozándola, le habló por última vez:
− Vamos, C… dímelo. ¿No crees que la mamá echa en falta al papá?
Se percató de inmediato de lo inadecuado de aquellos dos apelativos infantiles: mamá, papá. Ella se giró nerviosamente, con la espalda apoyada en la puerta entreabierta. La nieve seguía cayendo, cada vez con más fuerza, y ella evitó mirarle a los ojos a través de los copos que difuminaban su rostro.
− Mira, mamá está con ese tipo joven que se la folla, y está muy bien así, ¿vale? Así que déjala en paz…
Dio un empujón a la puerta con la espalda y se introdujo en el portal. El golpe metálico contra el marco despertó de su letargo todo el dolor que le había recorrido el cuerpo durante la semana. Vio a C. entrar en el ascensor, y luego permaneció mudo, inmóvil, hasta que la tos surgió de su garganta y le recordó que debía protegerse de la nieve. Poco a poco, fue recuperando la conciencia del temblor de su cuerpo, y extendió sus manos. Contempló sus dedos largos, sus articulaciones torcidas prematuramente, sus uñas curvadas, negruzcas, endurecidas por el contacto con las cuerdas de acero. Introdujo las manos en los bolsillos de su abrigo, y sintió el tacto de las monedas que aún le sobraban de su actuación en el Metro. Se encogió tanto como pudo y salió caminando. Trató de pensar en algo, pero su mente se había quedado en blanco. No sentía alivio al pensar en sus clases, ni en sus jóvenes compañeros, ni en el trabajo, ni en la secretaria y su fría sonrisa. Ni en C. Ni en M. Sobre su mente se extendió un manto blanco, tan blanco como la nieve que caía a su alrededor, y este manto se hizo más espeso conforme vagaba rumbo a su gélido estudio, sin ganas de hacer otra cosa que dejarse caer en el sofá y contemplar su albor a través de la ventana.
Sí, en el fondo siempre le había gustado la nieve. Disfrutaba viéndola caer, de niño, a través del cristal, y sentir cómo su silencio se extendía por toda la calle, invitándole a salir a romperlo, como quien rasga un papel en blanco, o a arrojarse en su seno mientras imaginaba que una nube le mecía en sus brazos. Sin embargo, esta vez, su tacto le pareció frío e inhóspito. Aspiró el aire brevemente, conteniendo el dolor que le provocaba, y aceleró el paso. La nieve, como respondiéndole, también arreció. Luego, poco a poco, se fue introduciendo en su alma, y sintió que la sumía en un letargo del que no sabía bien cómo salir. Le habría gustado llorar, pero sus lágrimas parecían haberse congelado, y no tuvo fuerzas para expulsarlas. Siguió caminando, hundido en la nieve, ignorado por los escasos viandantes con los que se cruzaba, por los faros que lo iluminaban, como fuegos fatuos, durante un segundo, antes de perderse en la distancia. Ignorado por toda la ciudad; por todo el mundo.
Cuando entró en su modesto piso, preso de espasmos como nunca en su vida había experimentado, solo pudo dejarse caer en el viejo sofá, cuya silueta apenas reconocía en la borrosa oscuridad de su habitación congelada. Mientras se dejaba llevar por el agotamiento y un sueño similar al que le había invadido al caminar por la calle, le pareció sentir que la nieve seguía cayendo sobre su rostro, su cuerpo, sus brazos, sus dedos. Inmutable y despiadada. Sepultándole bajo su capa blanca, de silencio, de indiferencia. Quemándole con su abrazo y deteniendo el tiempo.
El relato completo: I II III IV V VI
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Publicado el: 30-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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