La nieve (III)
El relato completo: I II III IV V VI
El día arrojó luz sobre su cuerpo, pero no trajo consigo el calor que tanto deseaba. Le dolía la cabeza de modo intermitente, y apenas se incorporó media docena de veces, para ir al baño, beber algo de agua del grifo o mascar unas rebanadas de pan de molde que aún quedaban en la nevera. Siguió tosiendo manchas rosáceas sobre la chaqueta, donde desaparecían de inmediato, como la mirada de M. en la noche de aquel maldito bar. En el lugar que había ocupado su rostro, comenzó a dibujarse el de la otra M., su esposa. Le pareció por momentos que se encontraba a su lado, e hizo un esfuerzo por incorporarse y salir a su encuentro. Cuando recobró la verticalidad, las piernas le temblaron, y sintió un escalofrío que le obligó a regresar a la reconfortante tibieza del sofá. Se arrebujó en su abrigo y, fijando la vista en el vaho de la ventana, comenzó a evocar el tiempo que había pasado con ella, con la primera M. La imaginó radiante, sensual, sumergida en una deliciosa sonrisa que coronaba su mirada ausente, perdida en el infinito. Durante horas, pintó mentalmente variantes de aquella postura, que parecía velarle en silencio mientras reflexionaba sobre algo insondable y misterioso, y la deseó más que nunca. Parecía que volviera a verla por primera vez, y a enamorarse, y su recuerdo la rehizo como una idealización de sus primeros días juntos. El resto se había perdido tras las puertas cerradas de su memoria: el modo en que ella había soportado sus constantes veleidades, sin decir una palabra, y cómo había perdido la sonrisa en apenas unos meses, para no recobrarla jamás. Los gritos de reprobación que él había vertido sobre ella cuando osaba comprar alguna prenda que él consideraba superflua, o rompía algún plato, presa del nerviosismo, mientras la niña lloraba en el dormitorio de ambos. Durante años, le había recriminado su ligereza a la hora de gastar un dinero del que no disponían, y ella había tirado a la basura los recibos de la tarjeta de crédito, para que él no los viera al regresar a casa. Había olvidado también que hubo un tiempo en que el teléfono sonaba constantemente en la casa. Tal vez entonces había sido la única vez que la había visto perder los nervios: ella había arrancado de un tirón el teléfono de la pared, llevándose consigo parte de la escayola, y había roto a llorar. Su llanto le había resultado molesto entonces, molesto y vacío. Pero ahora ya no lo recordaba, no recordaba nada de aquello. En su mente, solo tomaba forma su cuerpo cálido y carnoso, pegado al de él, compartiendo el sudor en las noches de julio, noches de un silencio espeso plagado de grillos y de ventanas abiertas. Recordó cómo ella lo rechazaba tenuemente al principio, para acabar aceptando sus insinuaciones, ajena a la mirada de algún vecino indiscreto que compartía patio con ellos. Tras hacerle el amor, ambos permanecían un tiempo en silencio, y era siempre ella quien lo rompía: le pedía, le suplicaba más bien, que buscara un trabajo, por ellos y por su hija. Él, enternecido, le prometía que lo haría pronto. Muy pronto. Porque por ella haría cualquier cosa, todo lo que le pidiera, y ella lo sabía bien. Lo había sabido entonces, y lo sabía ahora. M… Cuánto la echaba de menos. Después de aquello se besaban, y ella sollozaba en ocasiones. Le hacía prometer que aquella vez sería verdad, que no volvería a mentirles, y él la calmaba con su calor, tosco y fuerte, y con palabras susurradas a su pelo revuelto, para acabar durmiéndola en sus brazos como a un bebé.
Decidió llamarla. Cuando descolgó, recordó que no tenía línea. Reunió unas monedas y bajó a la calle. Hacía frío. Caminó hasta la cabina. Ella tardó en responder, y lo hizo con voz agitada. Cuando él la saludó, se produjo un largo silencio, y ella preguntó: «¿Qué quieres?» Él vaciló, le preguntó por C., afirmó que había estado muy ocupado toda la semana, que sentía no haber podido recogerla para llevarla al parque. Ella simplemente replicó que tendría que esperar al domingo siguiente. No sabía muy bien qué más preguntarle, de modo que comenzó a contar banalidades de su trabajo o de encuentros, reales o imaginarios, con amigos comunes que le habrían preguntado por ella. M. no dijo nada de sí misma, y se limitó a escucharle en silencio, incluso cuando él dejó caer que la echaba de menos, y que se sentía muy bien, con mucho ánimo y con mucha fuerza. Añadió que el nuevo trabajo le había dado energías para salir adelante como un hombre nuevo, rejuvenecido. Como el hombre que había conocido años atrás. Tosió. Se sorprendería al verle, afirmó con voz dolorida, y estaba incluso convencido que lo encontraría atractivo. Entonces volvió a repetirle que la echaba de menos, a ella y a C.
Al otro lado del teléfono, de fondo, se escuchó una voz gris, somnolienta, que preguntaba: «¿Quién es?» El ruido de fondo se apagó súbitamente y, muy lejos, creyó escuchar a M., que explicaba que no era nadie. Cuando volvió a hablarle, parecía aturdida, y comenzó a excusarse en voz queda. Él la interrumpió para preguntarle de nuevo por C., y ella le espetó que dentro de una semana podría verla, y que ya sabía dónde recogerla. No les dio tiempo a despedirse; el dinero de la cabina se acabó mientras ella hablaba, y T. colgó después de buscar su voz sin éxito en la línea cortada.
Volvió a casa de muy mal humor, enfundado en su abrigo y algo mareado. Decidió tomar la guitarra en sus manos para desentumecer los dedos, que se le habían quedado rígidos en la cabina. Tocó unos acordes y volvió a dejarla en su sitio. Trató de encontrar de nuevo la postura correcta en el sofá, pero no lo logró; pasó toda la noche incómodo, azuzado por las flemas de la garganta y el pecho y acudiendo a menudo al lavabo para beber agua. La temperatura bajó aún más que la noche anterior y, al amanecer, su cuerpo estaba tan entumecido que no consiguió ni siquiera incorporarse. Imaginó que en el trabajo sabrían lo que le sucedía; estaban acostumbrados a sus dolencias. Él esperaría a la tarde para llamarles, o tal vez al día siguiente. Aquel malestar no tardaría en desaparecer; simplemente era una mala racha.
El relato completo: I II III IV V VI
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Publicado el: 26-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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