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La nieve (II)

El relato completo: I II III IV V VI

Se enteró de aquella cena por dos chicos que hablaban entre sí; se sorprendieron de que no supiera nada, y le proporcionaron vagas indicaciones sobre la hora y el lugar. Presumió estar invitado y se preparó para la velada con afán. Tenía la esperanza de que aquel encuentro le permitiera conocer mejor a M., sin duda la favorita entre sus compañeras de clase. Se trataba de una niña de desarrollo lento, piel blanquecina pegada a sus frágiles brazos, unas gafas demasiado grandes para su cara y unos dientes largos y blancos que la precedían en una sonrisa no del todo bonita. Era una joven algo apagada, pero sus ojos resplandecían, inquietos, expectantes, y aquello le gustaba. Le recordaba a su esposa cuando la conoció: ella solía diseccionarle con una mirada penetrante mientras él hablaba sin pausa, como si tuviera que decirlo todo antes de que el mundo se acabara al ponerse el sol. En comparación con su verborrea, el silencio de ella venía cargado con una impronta de misterio; él se había enamorado de su porte, y ella de su energía. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, y ahora tal vez todo aquello solo le venía a la mente al constatar que, por algún capricho del azar, esta niña que tanto se le parecía se llamaba igual que ella.

Intentó sentarse al lado de M. en la cena, pero después de un confuso reparto de asientos, solo logró tenerla frente a sí, a su derecha. Mientras, a su lado, un chico robusto y maleducado llamado J. no cesaba de proferir banalidades en un tono de voz asombrosamente alto. Hablaron de sexo a menudo, y de parejas. Constató que ellas daban mucha importancia a la fidelidad y se apresuró a darles la razón. Los chicos asentían y repetían lo que ellas decían, sin demasiado convencimiento. De cuando en cuando, uno lanzaba al aire un chiste picante y todos reían. Él también. Tosió un par de veces, incapaz de soportar el picor en la garganta, pero todos estaban demasiado enfrascados en su bebida y su conversación como para reparar en él. M. le dedicó un par de breves sonrisas en toda la velada. Deseó estar con ella fuera de aquel local, pues supuso que ella tendría una opinión sobre todo aquello, y estaría deseosa, al igual que él, de compartirla en privado. Era una chica encantadora, pensaba. Discreta, madura. Poseedora de una fe en el futuro como solo se tiene a su edad, cuando se está delante de la primera página en blanco. Quería saber más sobre ella, conocer sus inquietudes, compartir sus sueños. Aconsejarla tal vez, aportarle su experiencia, iluminar su camino. Ella volvió a sonreírle, y T. P. reparó en que había estado observándola durante mucho tiempo. Se ruborizó y, sin saber por qué, concluyó que era virgen. Ya no pudo dejar de pensar en ello en toda la noche. Para desembarazarse de aquella idea, siguió persiguiendo las conversaciones de otros, sin éxito. Una y otra vez, su mente retornaba a M., y algo que no podía entender, que tal vez fuera un deseo latente, comenzó a torturarle. Como consecuencia, olvidó su dolor de garganta, y olvidó también que apenas tenía dinero suficiente en la cartera para pagar la cena.

Caminó hacia el local flotando en las conversaciones que le rodeaban, siempre cerca de ella, pero sin saber qué decirle. A los dos minutos de entrar, supo que la música, ensordecedora, le impediría decir una sola palabra más esa noche, al menos hasta que salieran de allí, y lamentó haber perdido el tiempo mientras caminaban a través de la noche. Vio a los chicos bailar entre luces y sombras, y su cuello gritó de dolor. Tosió en su chaqueta, y notó un tacto cálido y pringoso al rozar la manga con los dedos. El regusto amargo que explotó en su boca le resultó familiar. Los chicos hablaban entre ellos de forma entrecortada, siempre a gritos, y siempre al oído. El deseaba poder decirle algo a M., pero no se le ocurría nada lo suficientemente importante como para entregarlo a tan corta distancia, de modo que se mantuvo callado, bailando torpemente y deseando tener una copa en la mano. Poco después, caminó hacia la barra y contó su dinero; tenía suficiente para una cerveza. Entonces se le acercó J., el que había estado a su lado en la cena:
− Joder, tío, qué suerte tienes de que nadie te dé la paga. Así puedes beber todo lo que quieras.
Soltó una risa estúpida, y se dio media vuelta. T. P. permaneció un rato más allí, moviendo las piernas tristemente y vertiendo el líquido con ansiedad en su aterida garganta. La vio hablar con otros chicos, reír y arrojar por doquier su mirada anhelante, que se perdía siempre en el vacío, lejos de él. Ya no le sonreía; apenas podía distinguirle en medio de aquella penumbra esquizofrénica.

Al cabo de un tiempo, fue al baño. Estaba abarrotado. Se sintió observado bajo la intensa luz, y hubo de encerrarse un minuto en el retrete, donde tosió con fuerza y ahogó un grito de dolor. Cuando regresó, la vio despedirse, junto a una amiga y dos chicos más; no le dio tiempo de llamar su atención y no pudo evitar que su sonrisa se alejara de él, ajena al grito de auxilio que le lanzaba con su mirada. Cuando desapareció entre los cuerpos que llenaban el bar, se sintió más solo que nunca. Él mismo no tardó en marcharse, sin que nadie reparara en ello. Caminó hasta su piso, mientras el aire helado se colaba entre sus dedos y se clavaba en su cuello. Subió las escaleras y abrió la puerta de su estudio, donde le recibió una penumbra hostil, húmeda, más fría de lo que nunca había recordado. Se arrojó en el sofá sin ni siquiera quitarse el abrigo. No pudo dormirse y la noche se cerró en torno a él, aprisionándole y quemándole la piel con su tacto helado.

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