La nieve (IV)
El relato completo: I II III IV V VI
Un mensajero trajo una carta certificada el martes. Era del trabajo; le pedían que pasara directamente por la mesa de R., la secretaria de recursos humanos. Era una chica amable, delgada, de caminar vacilante y actividad frenética, que siempre le trataba con educación. Conforme leía las tres líneas de la carta, respondió en un susurro, como si ella pudiera escucharle: «Allí estaré, R., en cuanto me sienta mejor. Ahora estoy con un poco de fiebre. Pero volveré a trabajar muy pronto, no te preocupes.» Tosió y sonrió; tal vez le reservaban buenas noticias. No se estaba tan mal en la empresa, al fin y al cabo. A veces perdía la ilusión, pero sus compañeros eran buena gente y nadie le quería mal. Se alegraba, en el fondo, de trabajar allá.
A lo largo de la semana, no obstante, el dolor no remitió. Pensó varias veces en llamar a M. para pedirle que le enviara algo de paracetamol o un jarabe para la tos, pero finalmente desistió. No quería escuchar al otro lado del teléfono ninguna voz extraña; solo la de ella, o la de su hija. Pasó las horas en el sofá, arrebujado, pensando lo que le diría cuando la encontrara, dando vueltas una y otra vez a su reconciliación. Cuando el dolor era demasiado intenso, evocaba los anteriores accesos febriles y su recuperación; las fases, la cadencia, las recaídas. Evaluaba su estado en función de anteriores crisis y llegaba a la conclusión de que estaba al borde de la cura, que apenas le quedaba una noche de dolor antes de su súbito restablecimiento. Lo pensó todos los días, y todas las mañanas hubo de encontrar una justificación a su error de cálculo, que le permitiera alcanzar el mismo diagnóstico al atardecer.
Sentía que se ahogaba en casa, y el jueves salió a la calle con su guitarra, caminando con indecisión por culpa del frío. Tocó algunas canciones tristes en el túnel del Metro, lo más cerca posible del olor a amianto y las corrientes cálidas de los andenes, y al ritmo lento que le permitían sus dedos helados. De tanto en tanto, las interrumpía una tos profunda y violenta, que quebraba un acorde como si se hubiese roto una cuerda. A la vuelta, compró un jarabe y unas pastillas. Aquella noche se sintió algo mejor, y durmió intermitentemente; soñó que encontraba a M. en un pueblo de China, que entraban en una discoteca y ella se perdía al fondo del local, arrastrada por los brazos de varios desconocidos. Entonces salía a buscarla y el aire helado le golpeaba el rostro y la garganta, y todo eran fábricas, vías abandonadas del ferrocarril, y luces de hogueras que, por algún motivo, debía evitar. La ansiedad le invadió y, fruto de la indecisión, fue incapaz de moverse de donde estaba. Comenzó a nevar y sintió cómo los copos blandos caían sobre su rostro y su cuerpo, cubriéndole lentamente y paralizando su mente, mientras todo se iba tornando blanco, blanco y helado. Sintió miedo, y siguió sin moverse, esperando que aquella nevada cesara. Pero no lo hizo, y el frío se tornó cada vez más intenso.
Despertó. Un mensajero traía otra carta del trabajo. Se encontraba mal, y el dolor había alcanzado una intensidad tal que las lágrimas le saltaban al ingerir saliva. No quiso abrir la misiva hasta encontrarse mejor; esperaba estar en condiciones el lunes para volver a montarse en su bici e ir a la empresa. Recordó también que no había acudido a la universidad en toda la semana; seguramente le habrían echado de menos. Ya casi había olvidado la cena del sábado anterior, igual que a la joven M., cuyo rostro se difuminaba conforme el delirio lo llenaba todo. En realidad, pensaba constantemente en la otra M., en la primera − en su esposa. Sentía que, por primera vez en mucho tiempo, era posible volver a vivir con ella, y salir adelante. Sabía que ella también había pensado en ello, a raíz de aquella conversación telefónica truncada. Y sonrió para sí, porque al fin algo le ilusionaba, a pesar del dolor y del frío que le agarrotaba los brazos y las piernas. Ella lo había amado, y sin duda lo amaba todavía. Llamaría de nuevo, y respondería C., con su voz infantil, descarada, algo brusca. Él se lo explicaría, y ella se lo contaría a su madre, y le pediría poder volver a vivir con su padre, a quien, en el fondo, echaba de menos. Todo se arreglaría, y la familia se reuniría, pronto. Muy pronto.
El relato completo: I II III IV V VI
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Publicado el: 28-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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