La nieve (I)
El relato completo: I II III IV V VI
Tres tardes a la semana, el administrativo contable T. P. salía de su trabajo, se montaba en una vieja bicicleta algo pequeña para su estatura, se atusaba su pelo negro y estropajoso, sonreía al viento dejando ver una hilera desordenada de dientes dorados y salía chirriando rumbo a la facultad de filosofía y letras. Al principio, su rumbo era errático, y cualquiera hubiera dicho que se encaminaba con ritmo cansino hacia su propia casa. No obstante, tan pronto como se divisaban las primeras casas del barrio de la estación, tomaba la carretera del campus y el viento del norte le golpeaba súbitamente en la cara. Protegido a medias por su tabardo de piel de borrego y una bufanda mohosa, sentía cómo sus músculos se iban templando conforme atravesaba las vías del tren, fábricas abandonadas y grandes avenidas en las que los coches se precipitaban hacia alguna parte, pasando a su lado con engreimiento. Finalmente, vislumbraba los ennegrecidos edificios de la facultad y, sin casi darse cuenta, explotaba en una carcajada infantil, la primera del día, que atravesaba su aterida garganta, brotaba de sus labios en todas las direcciones y, arrastrada por corrientes caprichosas, se disipaba en el aire.
Rara vez reía de esta manera en su trabajo, o más bien nunca; creía intuir, aunque nunca había pensado en ello seriamente, que la empresa atravesaba dificultades. De cuando en cuando, oía hablar del textil chino, e imaginaba que en aquellas dos palabras se encerraba una gran amenaza, como en todo lo que procedía del extranjero. Por eso, permanecía siempre taciturno frente a su pupitre de trabajo y, confundiendo seriedad con desdicha, su rostro se había ido apagando lentamente, día a día, hasta que le asaltó el convencimiento absoluto de que nunca sería feliz mientras trabajase allí. Por fortuna, aquellas tres tardes a la semana le disuadían de dar un giro radical a su vida, y sus miedos se veían dócilmente apaciguados por sus nuevas aficiones: la filosofía, las tardes en la cafetería de la facultad y los relatos de las vidas pequeñas, ligeras, con que sus compañeros de clase dibujaban el mapa de una juventud que había casi olvidado.
T.P. amaba la filosofía, aunque no la comprendía. Pero por encima de todo, amaba ver el tiempo deslizarse suavemente por el rostro de las jóvenes universitarias, sin atreverse a rozarlas siquiera − y, en cierto modo, aquel era un misterio que tampoco alcanzaba a desentrañar. Fascinado por sus gestos juveniles, que jamás trascendían ansia o turbación, no reparaba en la alegre indiferencia que mostraban hacia él, y la confundía con un femenino y sutil interés. Siempre que podía, les hablaba con desconcertante inexactitud de los filósofos alemanes, que le parecían sospechosamente parecidos entre sí, de los griegos, cuyo optimismo adoraba, y de los modernos, que le provocaban sudores fríos. Acotaba con sus reflexiones la conversación casual en que ellas se enfrascaban, y las aderezaba con sus propias experiencias, con el fin de atraer su atención. A lo largo de semanas, glosó con detalle los trabajos por los que había vagado; su época de contable en una multinacional; su oportunidad de ascender, a la que renunció para dar la vuelta al mundo; sus aventuras por todo el planeta, sin más fuente de ingresos que sus manos y su sonrisa; sus trabajos de comercial en las empresas más variopintas; sus estudios de chino mandarín, que abandonó al cabo de un año cuando había aprendido apenas un par de cientos de ideogramas… y muchas otras aventuras que apenas recordaba, y que se veía obligado a adornar con los frutos de su imaginación para mantener viva la caprichosa llama de su interés. Muchas veces prometía que traería la guitarra española para tocar algo allí mismo, igual que solía hacer en el servicio militar y en sus viajes por el mundo. Eso sí, evitaba, por pudor, mencionar sus tardes en los pasillos del Metro, en que amenizaba el tránsito de los viajeros para, según se decía a sí mismo, combatir su apresuramiento. Ellos reían a menudo con sus ocurrencias y él se sentía, en suma, arropado en medio de aquella juventud ilusionada, confiada en el futuro y despreocupada ante los problemas del presente. En ocasiones, creía percibir incluso un afecto subterráneo oculto en el trato brusco y juvenil que le prodigaban, y no era consciente de que, al hablar con él, los jóvenes pensaban principalmente que olía a café y a rastrojos quemados y de que, cuando se marchaba, desmenuzaban con regocijo su extravagancia o imitaban sus ademanes en una especie de teatrillo bufo improvisado; los chicos se turnaban para encarnarlo, cortejando a las chicas con sus gansadas, y el resto observaban la escena, arrobados, cuando no sumidos en una carcajada constante, y siempre con las narices tapadas.
Conforme el invierno avanzó, T. P. se volvió algo más silencioso, pero no porque un súbito desengaño hubiese descompuesto las ya mencionadas quimeras, sino debido a la fiebre y a su intermitente afección de garganta, que se remontaba a sus años de fumador. Había faltado al trabajo ya en varias ocasiones, pero seguía acudiendo a la universidad puntualmente. Pasaba la tarde envuelto en la humareda hostil de la cafetería, sumido en un silencio doloso roto solo de tanto en tanto por un acceso de tos que se asemejaba al barrunto de una tormenta de verano. Pese a la irrespetuosa burla de los chicos, que apenas duraba unos segundos, disfrutaba siendo el centro de atención y observando cómo miradas femeninas e infantiles se posaban sobre él un instante, empapadas de un breve ademán maternal que eran incapaces de reprimir. Él sonreía tímidamente y mentía al afirmar que estaba intentando dejar de fumar, porque eso les divertía. En ocasiones, llegaba incluso a simular la tos, y la garganta le laceraba por el esfuerzo. Miraba a su alrededor, esperando captar alguna mirada, un gesto, una sonrisa. Pero conforme pasaba la tarde, constataba que sus esputos se iban convirtiendo paulatinamente en una molestia invisible a los otros, y acababa por disimularlos en su chaqueta de borrego, que no se quitaba en ningún momento. Era una pelliza oscura y mugrienta, y en la manga izquierda se adivinaban varias grandes manchas resecas, que no había limpiado en meses.
El relato completo: I II III IV V VI
Technorati Tags: relato, cuento, literatura
Publicado el: 22-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
Comentarios: 5
5 respuestas a “La nieve (I)”
Escribe un comentario
Artículos relacionados
- Cartas a un escritor - El personaje (18-10-2007)
- Zoé (15-10-2007)
- El padre (01-10-2007)
- Cartas a un escritor − El lector (27-09-2007)
- La infidelidad (14-09-2007)



24-08-2007 a las 00:12
[…] relato completo: I II III IV V […]
26-08-2007 a las 00:09
[…] relato completo: I II III IV V […]
28-08-2007 a las 20:19
[…] relato completo: I II III IV V […]
30-08-2007 a las 19:23
[…] relato completo: I II III IV V […]
02-09-2007 a las 19:56
[…] relato completo: I II III IV V […]