El cementerio − [Apuntes de viaje]
Desde muy pequeño aprendí a no asombrarme por la quietud que impregna la atmósfera de un cementerio, si bien aquellos eran tiempos en que era más bien el ruido el que alteraba el equilibrio de las cosas, al contrario que en la actualidad. Sin embargo, conforme han pasado los años, he llegado a la conclusión de que el silencio que flota entre lápidas y panteones es de un tipo que no se encuentra en ningún otro sitio: es un silencio que empapa la piedra y la maleza, que paraliza el gesto torcido de Cristos crucificados y vírgenes afligidas. Un silencio, en definitiva, que puede verse tanto como escucharse, y que tal vez solo se vea superado en intensidad por el de la propia muerte.
Era el tercer cementerio junto al que pasaba en apenas dos días, y el primero en el que decidí entrar, arrastrado por una curiosidad entre ociosa y romántica. En una peculiar alusión a los muertos, el día anterior, la propietaria de un piso que visitaba con la intención de alquilarlo me condujo a la ventana de una de las habitaciones, apuntó tímidamente con la cabeza a las hileras de sepulcros dispuestos en el camposanto que se extendía tras el edificio, y comentó: «Como ve, los vecinos son tranquilos…», y guiñó un ojo con aire travieso. Un leve estremecimiento más tarde, no pude menos que admitir la mayor: los muertos rara vez se quejan, ni son fuente de molestias.
Con esta anécdota en la memoria entré, pues, en el cementerio de Notre-Dame. Acompañaban mis pasos los golpes metálicos e intermitentes de los empleados que trabajaban, a cien metros de distancia, en la instalación de un parque recreativo, presumí que para futuros clientes de aquella apacible necrópolis. La combinación de los embates, la vegetación y el mármol me trajo a la mente el tañido premonitorio que anunciaba a Baudelaire la inminente llegada del otoño, si no de la muerte; un presagio que solo afecta, sin duda, a los que aún se encuentran de este lado de la cancela. Volví entonces a reflexionar sobre las palabras de la propietaria del piso del día anterior y, en una curiosa inversión de roles, concluí que, por lo menos, aquella molesta letanía no soliviantaba el sueño de ningún vecino de los que allí moraban.
Algo más adelante, divisé a una familia que posaba un ramo de flores sobre una lápida. Había salido el sol y la escena se me antojaba incluso levemente jubilosa. La luz, abriéndose paso entre las nubes, celebraba el recuerdo plasmado en aquel fútil gesto, e impedía que se cerniera sobre ellos (y por extensión, sobre mí) el barrunto de nuestro destino común. Sonreí. Seguí caminando lentamente y me detuve poco después para aspirar el ya recobrado silencio y leer las inscripciones de algunos panteones. Cuando volví a ponerme en marcha, los siete u ocho miembros de la familia aparecieron por la izquierda y, sin reparar en mi presencia, me precedieron hasta la verja del camposanto.
Había entre ellos varias personas jóvenes que hablaban entre sí distraídamente, una pareja adulta y un anciano vestido con chaqueta de franela y tocado con un sombrero blanco, que miraba al suelo mientras caminaba en silencio, cerrando el grupo. Como es lógico, su presencia me suscitó una cierta congoja, y dediqué un minuto a especular sobre los sentimientos que le asaltarían en aquel lugar, su posible relación con el difunto o difunta e incluso el modo en que afrontaba la llegada de su propia muerte, pues era evidente que todos menos él se mostraban cálidamente reconfortados por su lejanía. Su postura encorvada parecía reflejar su impotencia ante su destino, y estimé que se habría visto aturdido por la solemnidad de las lápidas y el silencio que traspiraban, en el que sin duda percibía el olor de la muerte.
Ya cerca de la puerta enrejada, vi que había comenzado a hablar con una joven de la familia. Se detuvieron algo más allá y él apuntó con su bastón a un seto cuidadosamente recortado, en el que destacaban los brotes rojizos de una planta que no supe reconocer. Debía de tratarse de una hierba de propiedades notables o extrema rareza pues, al pasar a su lado, lo escuché afirmar con vehemencia: «C’est extraordinaire!» «C’est extraordinarie!». Y después prosiguió su explicación, ante la atónita mirada de la joven, que en términos que no recuerdo abordaba el brote y la pigmentación de la planta, y destacaba su gran belleza.
Dejé al fin atrás a la familia, y el cementerio. Reflexioné sobre mis tópicas y estúpidas elucubraciones, y me asombré ante aquel hombre anciano y gris, que había preferido entregarse a la belleza simple y pequeña de una planta viva antes que a la solemne magnificencia del mármol de los panteones, tan muerto e inútil como los habitantes que residen en su interior. Pensé que por aquel espacio pasarían a lo largo del año muchas familias como aquella, así como visitantes ocasionales u ociosos como yo. Pero pocos se detendrían, como aquel anciano, a admirar la belleza oculta en un pequeño rincón de vida, ajeno al frío aliento de las lápidas que se extienden hasta donde llega la vista. Una vez más, encontré aquí una lección oculta: la vida, me dije, late en los pequeños detalles, y este latido es tanto más intenso cuanto mayor es el contraste con lo que la rodea. Desgraciadamente, me quedé sin conocer el nombre de aquella planta minúscula y extraordinaria, pero su color rojo intenso, el color de la sangre, permaneció conmigo durante toda la jornada.
Tal vez, me dije poco después, los muertos también se dediquen al reconfortante ejercicio de observar el follaje rojizo en los ratos de calma que les proporcionan sus ruidosos vecinos. Podría preguntarles a ellos su nombre, pero sé que desgraciadamente, de hacerlo, solo me respondería el silencio.
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Publicado el: 19-08-2007 en Género: Relato breve, Autor: Rubén Berrozpe.
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