El final del viaje − [Apuntes de Viaje]
Un autobús sombrío, plagado de luces verdes que no iluminan. Su sombra, voluminosa y torpe, se desliza por una carretera vacía, estrecha, flanqueada por árboles. Hace cuánto que no había visto una carretera así. Es estrecha tal vez precisamente por las dos hileras que marcan su recorrido, que la envuelven, que la protegen. Todo a su alrededor parece anunciar este afán de protección, de acogida. Se trata de un país frío, y esto se hace evidente pese a estar en agosto. Las casas lo anuncian desde el exterior; quieren agradar al viajero. No son simplemente receptáculos en los que dormir; son lugares cálidos, acogedores, en los que cualquiera podría sentirse a salvo de un exterior que, más que inhóspito, parece sumido en un llanto perpetuo.
Mientras fuera llega la noche, apagando el color verde de las colinas desnudas y los robledales, de tal modo que solo permanece el verde artificial de las luces y de los semáforos (pero no es lo mismo), dentro, los pasajeros dormitan. Solo una pareja habla. Son una mujer mayor, y una chica joven. Hablan español en susurros, pausadamente, tal vez como casi nadie lo habla ya. Parecen haberse impregnado de la lejanía, haberse hecho conscientes de su insignificancia en su trayecto hasta aquí. El viaje, la tristeza del paraje, la noche inminente, todo invita al susurro, a la melancolía. Comentan las cosas pequeñas de su viaje, lo que observan a su alrededor. La mayor apunta recuerdos de su infancia, lo que hace pensar que fue una emigrante, y ahora regresa al país que la acogió. Pero la joven, y su novio, que duerme algo más allá, no se sabe a qué vienen. Tal vez a reemplazarla. O solo a acompañarla en su regreso, en el regreso al escenario vacío. Siempre es triste ver que los actores de tu juventud se han marchado, y solo quedan las tramoyas. Siempre es mejor hacerlo acompañado, acompañado por alguien a quien puedas contar lo que ves allá, con la ilusión de que tus palabras lo hagan realidad, al menos durante un instante.
A lo lejos, sobre una colina, despuntan una serie de luces rojas que parpadean de forma desordenada. Durante un tiempo, las dos mujeres elucubran sobre su origen, o su significado. Tal vez sean casas, dicen sin mucho convencimiento. O tal vez las luces de un aeropuerto. Les asombra su extraña ordenación, su presencia en medio de la nada, como asombrarían a los ojos de un niño, y mantienen los suyos fijos allá, pues ya no queda apenas nada que ver en la negrura del paisaje.
El pasajero que viaja delante suya agita entonces la mano, se gira y les explica en español que se trata de molinos, o «aerogeneradores», como se les llama ahora, y quería añadir que las luces alertan a aviones y avionetas de su presencia de noche, pero parece sentirse culpable por su repentina intrusión, y se da la vuelta sin agregar nada. Las dos mujeres, en efecto, callan, como súbitamente conscientes de que hay alguien que ha escuchado toda su conversación, y eso les quita las ganas de hablar. Tardan un minuto en olvidarse de ello, pero la noche ha caído, y sus voces mueren también, tras un intento vano de recuperarse. El pasajero se agita y come un caramelo, mirando hacia la ventanilla, y a la inminente frontera, marcada por una estación de servicio y luces amarillas que agreden a su vista. El autobús se desliza en silencio a través de los puestos abandonados. Ya no se escucha nada, y él se siente culpable. Cuando llega a destino, desciende y olvida de inmediato a las dos mujeres, sus vidas, su conversación. Se marcha con prisa y entra en su hotel, cansado y algo malhumorado por ser un extraño, por tener que esforzarse con la lengua ajena y por la afectada cordialidad de los que le rodean. Solo un día después recuerda algo que pensó varias veces en aquel corto trayecto: recuerda que ha de escribir sobre ellas. Pues hubo algo misterioso en sus voces, en las voces que le acompañaron en aquel primer día en la tierra incógnita, y casi sin quererlo, le fueron contando una historia truncada, sugerente, privada.
Apagué la llama tenue de aquella conversación solo porque quise aportar certeza sobre algo que hasta entonces era un misterio, y tal vez por algo más. Pensé que tal vez esta historia banal encerraba una lección apropiada para un aspirante a escritor, y por eso la comparto aquí, con todo su misterio o su insignificancia.
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Publicado el: 16-08-2007 en Género: Relato breve, Autor: Rubén Berrozpe.
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