El mar
I
Era solo un cuadro de ésos que cuelgan en las paredes de las mansiones. En la mansión de mi tía Ángela, ahora me acuerdo. Colgaba en uno de sus cuartos, una sala grande, ostentosa y fría, llena de retratos aquí y allá… y también de lienzos sin enmarcar. La casa era un laberinto de habitaciones, unas detrás de otras, llenas de muebles, de lámparas, de mosaicos, de ricos tapices. Sillones orejeros flanqueando mesas de patas doradas, grandes salones llenos de luz, salones sombríos cubiertos de polvo… Jugábamos al escondite, y siempre acabábamos en uno de éstos, haciendo esfuerzos para no toser, conteniendo la respiración, mientras los lejanos sonidos del trajín diario se iban tornando muy lentamente, poquito a poquito, un tenue murmullo. Lo estoy escuchando ahora mismo: un sillón que cruje, unos pasos lejanos, el piano de mi tía Ángela, tocando escalas, una tras otra… y ya fuera, el viento que agita las olas, las risas lejanas de mis hermanas…
Los cuadros han vuelto a la vida. Me fijo en aquel, en aquel del cual os hablaba. No es más que un lienzo agrietado, decolorido: solo un paisaje adusto de tonos grises. El cielo, plomizo, se acerca cargado con una tormenta. Bajo las nubes, dos niñas juegan en una pequeña cala. El viento agita sus cabellos, viene del mar y agita su pelo. Es un viento frío, es del norte; lo noto en mis piernas. Está cambiando; venía del este, pero ahora es del norte. Hace frío.
II
Fue algo así como un grito, un lamento profundo que surge de las mismas entrañas del silencio, y se va alimentando de éste… atraviesa los muros, se empapa en el viento del norte, el que viene del mar… inunda la noche rasgando el hielo que flota sobre nuestros sueños… los rompe, los estremece con su llanto helado… e igual que vino, desaparece.
− No, madre, yo no estaba allí… La perdimos antes, a media tarde… No sé dónde estaba… La perdimos jugando al escondite.
Me revuelvo en sueños. Algo ha pasado. Me he despertado… No, sigo dormido. Nada ha sucedido. O quizá me equivoque. Mañana sabré qué ha sido.
Hace frío. Me puse la colcha anoche… venía el viento del norte, el que te cala los huesos… Eso tiene el mar, el aire es muy húmedo. Pero esta noche me puse la colcha. Sabía que el viento giraría en cuanto se fuese el sol. Siempre lo supe… nadie sabe cómo lo hago, pero lo cierto es que siempre lo supe.
Ahora me estremezco. ¿Dónde está la colcha? Sigo dormido, no quiero despertarme, pero tengo frío. Los pies se me han quedado helados. Trato de mover los dedos, pero no lo logro… no me responden. Yo… tengo frío, pero no es el viento. El que viene del norte, el que te cala los huesos… Pero no es él.
Están gritando por la casa. Creo que es mi madre. Pero no estoy seguro. Tampoco sé si es un sueño; si lo fuera, no quiero despertarme. Tengo mucho frío… el suelo está frío… y hay polvo por todas partes.
Allá al fondo está el cuadro. Yo estuve una vez allí, de pequeño. En el mar… Mi padre se perdió allá… pero de eso hace ya como un tiempo. Fue cuando estábamos con su hermana, la que toca el piano… Vivíamos allí, en su casa, la que está al lado del mar… junto al mar, igual que en el cuadro.
(«Estaba bajo la arena, envuelta en una colcha gris… Las aguas la sacaron fuera…»)
Mi padre se quedó en el mar. Decía que el mar era el cielo, por eso era azul… y que la tierra era como un infierno… como un castigo para los hombres. Pero eso ya fue al final, cuando se volvió loco. Se pasaba horas en el mar, desde que el sol despuntaba hasta que, ya rojo, las aguas se lo tragaban, muy poquito a poco. Mi padre ya nunca decía nada, sólo lo del cielo y lo del infierno. Quería que el mar se comiese el mundo, y a veces miraba las olas con ansiedad, como esperando que no se volviesen atrás al llegar a la tierra.
(«Susurra… susurra porque está furioso… porque sólo quiere llevarnos dentro. No te despistes, él sólo quiere llevarnos dentro…»)
Pero el mar respira, va y viene… y no puede comerse el mundo. O al menos, eso pienso yo. A veces, cuando el viento es del norte, parece que vaya a devorarlo todo… las aguas se tornan un animal furioso, se agitan y chocan con violencia contra las rocas. Van advirtiendo a los hombres que cualquier día pueden llevarse todo al fondo de las aguas… y acabar con sus estúpidas vidas, con toda la escoria y la podredumbre que hay en el mundo.
Algo así decía mi padre, y lloraba al mirar al mar, a veces durante horas.
Los gritos se acercan. Parece que vienen del cuadro, o quizá del pasillo. También se escucha el sonido del mar. Es como un tenue aliento que viene flotando hasta mis oídos… está respirando… lo noto intranquilo, es el viento. Mañana no va a parar de llover, viene una tormenta. Pero el mar no se comerá al mundo. Porque esto es un sueño, y en los sueños nunca pasa nada.
− ¡Daniel! ¿Dónde estás? ¿Me oyes?
Es mi madre, o la tía Ángela. Me llaman. Pero no saben que estoy escondido. Tengo que esconderme; son las reglas del juego. Me he escondido, y mi hermana también.
Todos quieren a Lara. Ya es la segunda. Porque antes hubo otra Lara… pero eso fue al poco de venir aquí. O al menos eso me dijo la tía Ángela. La primera murió, como al poquito de nacer, antes incluso que la bautizaran en el pueblo. Dicen que es por eso que mi padre se volvió loco. Ya nunca decía nada, sólo aquello del mar, del cielo y del infierno… cosas de locos. Más tarde, dejó su trabajo, y ya nos quedamos a vivir aquí, muy lejos del pueblo. Porque mi padre no estaba en su sano juicio, y el resto ya no podíamos volver atrás.
Ahora me acuerdo: es la cala del cuadro. Y hay una niña jugando; su risa llega hasta mí. Estoy escondido, nadie puede verme.
− ¡Daniel…! ¡Daniel…! ¿Has visto a tu hermana?
No debo salir de aquí; es un sueño, y si salgo, despertaré… y no quiero despertar, porque cuando lo haga, voy a echar en falta la colcha, y el viento del norte me está calando los huesos… lo noto, me duelen las piernas. Pero es porque llevo un rato escondido, sin mover ni un dedo. Los miembros se me entumecen. Ya no los siento; la sangre no me circula.
Ahora puedo escuchar el viento: se agita y golpea los flejes de las ventanas, y emite un silbido agudo al colarse por las rendijas bajo las puertas. Algo aterrador. Aunque yo no le tengo miedo… en realidad, sólo me preocupa el hecho de que tengo frío… tengo tanto frío…
Mi padre murió unos meses despues de que Lara se fuese de nuestro lado. Lo llevaron las aguas, y el mar siguió respirando… y la vida siguió adelante… y al cabo del tiempo, nosotros nos fuimos de allí, de vuelta al pueblo, con nuestra madre.
− ¡Daniel! ¿Has visto a tu hermana?
(«La he visto, sí que la he visto… se había escondido. Estaba escondida… pero la he encontrado…»)
− No, madre, no he visto a Lara.
III
Siempre tengo estos sueños. Es por culpa del cuadro. Lo tengo ahí delante, en mi cuarto: una cala, y el viento que agita las aguas. Las olas golpean contra la arena; quieren tragarse el mundo, pero eso es imposible, o al menos eso pienso yo. La cala, desierta, resiste una y otra vez los bruscos envites de la marea. Ni el viento del norte puede con la tierra.
Mi madre quiere que los traperos se lleven el cuadro; a veces no repara en él, pero al cabo, siempre acaba volviendo la vista, y diciendo lo mismo:
− Ese cuadro, a ver cuándo lo tiramos a los traperos.
Pero yo no le dejo. Sé que es el cuadro el que le hace llorar… bueno, son los recuerdos, es porque el cuadro es de tía Ángela. Y al contemplarlo, uno cree escuchar el mar, el mar que respira, y el viento que viene del norte. Es un viento helado, que te cala los huesos.
A mí tampoco me gusta tener estos sueños. Tener siempre el maldito lienzo delante, siempre, al acostarme, y al alba también. Me hace pensar en Lara… pero no la primera, la que se murió… la otra. También me hace pensar en padre. Cada noche, sueño con ellos… están en el cielo… los dos. Y el mar respira, y las olas siguen reptando con parsimonia sobre la arena mojada. El mar… que es el cielo, que en pinceladas, nos deja su tenue rastro al rozar la tierra. Porque, a fin de cuentas, si el sol se muere al caer al mar… ¿acaso no sigue estando en el cielo?
Quizá mi padre tenga razón. Es el viento del norte, que nos vuelve locos. Es el viento, el que viene del mar.
El mar, siempre el mar.
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Publicado el: 14-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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