Misión de paz
El recluta Pedro Blanco había llegado a aquel extraño país varios meses atrás. Al principio, todo le había parecido inmenso y vacío: un manto ondulado de huertos y hayedos salpicado de viviendas torcidas de las que brotaban, solitarias, hilachas de un humo negrísimo. Al fondo, se distinguía la línea grisácea del río, que permanecía helado gran parte del invierno. Pese al barro y la niebla, el paisaje era melancólico y hermoso, pero sus habitantes, que deambulaban constantemente frente a su puesto de vigilancia, no apartaban apenas la vista del suelo. El sol jamás les sonreía a través de las nubes; parecía haberlos olvidado del todo.
Durante los primeros días, anotó en un diario todas las cosas nuevas que desfilaban ante sus ojos. Los perros famélicos que se acercaban constantemente para jugar con sus compañeros de brigada. El repicar constante de campanas. Las niñas, de ojos esquivos y melancólicos, que se apresuraban en la distancia dos veces al día a través de un sendero embarrado, bordeando huertos y un bosquecillo, antes de desaparecer tras la loma de la ermita ortodoxa. Al cabo de un tiempo, llegó a la conclusión de que, en este país, las niñas no maduraban, sino que simplemente envejecían. Su morbidez se endurecía y toda su vestimenta se tornaba gris y mugrienta. Su piel perdía entonces aquella luminiscencia virginal y adoptaba un tono correoso, oliváceo. De golpe, parecían pasar de flotar en el aire a hundirse en la tierra.
Rezaba a menudo por aquellos seres taciturnos cuyas grises y desesperanzadas vidas habían interrumpido con su llegada, si no las había violentado ya antes la guerra. Algunas tardes, después de su turno de guardia, se acercaba a la semiderruida capilla que atravesaba el sendero de las muchachas y descollaba en lo alto del promontorio. Se detenía allí para examinar el terreno a través de los somnolientos jirones de bruma, y se sentaba a fumar un cigarrillo sobre una piedra suelta del camposanto. En alguna ocasión, divisaba a una o dos de las niñas del pueblo que se aproximaban por el sendero, y las saludaba con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza. Al reparar en su presencia, ellas bajaban la vista y se adentraban en los matorrales para evitar cruzarse con él.
Una tarde de marzo, vio a un anciano enjuto y reseco salir de la capilla arrastrando una pequeña azada y un rastrillo. El vicario se detuvo al ver al soldado sentado en postura contrita frente a las lápidas, y dudó si seguir con sus planes o retroceder y encerrarse de nuevo en el templo. Pedro percibió su presencia, le saludó y le ofreció un cigarro. El otro frunció el ceño y musitó un juramento en su idioma.
− ¿Cigarette? ¿Tabaco?
Pero el viejo no respondió. Se limitó a agitar nerviosamente el brazo, como conminándole a que se alejara. Entonces, se giró y cerró la puerta de la ermita a su espalda.
Pedro bajó por el camino. Hacía días que había dejado de escribir en su diario. El deshielo había convertido al pueblo en un lugar algo menos sombrío que durante el invierno, aunque en el aire seguía flotando un silencio tembloroso y expectante. Sus ojos se habían acostumbrado a la luminosidad de la nieve y los espacios amplios − en definitiva, al vacío. Miraba a lo lejos, a las tierras que tenía prohibido pisar, y le parecían igual de somnolientas y malhumoradas que el pequeño pueblo cuyo puente protegían. Algunos de sus compañeros afirmaban que aún debía de haber cuerpos bajo las aguas, cadáveres de los últimos combates, antes de que el río se helara y se firmara el alto el fuego. No habían podido confirmar los rumores hasta entonces, y no estaba muy seguro de querer hacerlo.
Mientras caminaba de camino al barracón, vio a varios soldados haciendo gestos a un campesino frente a la desvencijada valla que delimitaba su parcela. Parecían hablar de manera amistosa y, superando a duras penas el recelo del viejo, le entregaban algún producto insignificante: un poco de café, o unas cajetillas de tabaco. Desde la ventana les observaba un rostro diminuto y blanquecino, como el de un espectro. Al cabo de unos segundos, alguien tiró de la niña desde dentro de la casa, y ésta desapareció en la penumbra. Los soldados se alejaron poco después. Aquella escena se repetía con cierta frecuencia, y Pedro se había acostumbrado a ella, aunque normalmente se mantenía al margen de los intercambios con los parroquianos. La consigna era intentar ganarse la confianza de los lugareños sin lesionar su orgullo; sugerían un trueque con el excedente de producción de sus huertos y de su ganado, si lo había. Ellos adelantaban productos «de lujo», como vino, café, cigarrillos, y trataban de entablar relación con las familias y ayudar de esta forma al deshielo en el pueblo y a la aceptación de su custodia. Al principio, sus intentos de aproximación habían sido baldíos pero, poco a poco, los hombres habían comenzado a aceptar sus regalos. Rara vez, no obstante, entregaban algo a cambio, y no mostraban gratitud alguna hacia los soldados. Ahora que pensaba en ello, nunca había visto a ninguno fumar fuera de sus casas.
Los jóvenes caminaron rumbo al barracón, a unos pasos de distancia de él; no le habían visto descender por el sendero. Hablaban entre ellos a voces y, de tanto en tanto, estallaban en una risa grosera. Se interrumpían constantemente, lo que le impedía captar todo lo que decían: hablaban de mujeres. Pedro frunció el ceño. Consideraba que pensar en el sexo femenino era una distracción innecesaria, muy especialmente en su oficio y habida cuenta la responsabilidad que recaía sobre sus hombros; todas las noches rezaba a Dios para que le alejara de la tentación. Éste era tal vez uno de los motivos por los que no se mezclaba apenas con los miembros de su compañía, especialmente en las horas de ocio. Prefería permanecer solo, leyendo o escribiendo sobre sus experiencias en el pueblo o, las más veces, rezando en silencio frente a las iglesias y observando a mujeres y niñas acudir a misa. Tal vez también por ello era capaz de comprender mejor el porte orgulloso de sus habitantes, unidos a Dios a través de la tierra y del trabajo. Para ellos, los soldados extranjeros eran tal vez un mal necesario en aquellos tiempos de guerra, el pesticida que acaba con la plaga, pero también con parte de la cosecha. No querían nada de ellos, solo que hicieran su trabajo y se marcharan. Nunca se ganarían su afecto, porque los propios soldados nunca mostraban hacia ellos un aprecio auténtico; su actitud era condescendiente y humillante. Todos eran hijos de Dios, se dijo, pero en aquel pueblo azotado por la guerra y el largo invierno algunos parecían serlo más que otros.
Llegó al barracón, se presentó al capitán y charló brevemente con él. Cuando salió, el otro se quedó allí bebiendo y escuchando el murmullo vacilante de la radio española, con las botas apoyadas sobre la desvencijada mesa de su despacho. Sabía que el capitán le apreciaba; no era un mal hombre, pero se aburría solemnemente. Pasó cerca de las literas de los soldados, y los oyó susurrar, tal vez aún excitados por la conversación que habían mantenido en el camino de vuelta. Se echó sobre su catre y trató de conciliar el sueño. El frío reinante ayudaba a pasar las noches; le obligaba a arrebujarse en la manta, y le hacía olvidar el picor que le provocaba la urdimbre y el dolor que atenazaba sus dedos helados. Cayó un par de veces en un sueño ligero que, al despertarse, le hizo sentirse aún más cansado. Al fin, se incorporó y se calzó de nuevo. Necesitaba dar un paseo. Algo le inquietaba, algo que había creído oír decir a sus compañeros. No estaba seguro. Se ajustó la chaqueta y el tabardo y salió del barracón golpeándose la espalda.
Tardó un tiempo en acostumbrarse a la oscuridad. A lo lejos, se escuchaba el aullido de lobos, tal vez proveniente de los bosques del otro lado del río. Todo el resto estaba en silencio. Una brisa suave agitaba las ramas de los árboles, y el murmullo se asemejaba al crepitar de una hoguera lejana. La noche no era fría; no helaría durante más de dos o tres horas. La primavera llegaba, también a aquel valle en el que a veces parecía que solo existiese el invierno.
Al fondo, le pareció ver una luz temblorosa procedente de la loma sobre la que se erigía la ermita. Parpadeaba tenuemente, como un fuego fatuo. Dudó un instante y finalmente se decidió a emprender el camino hasta allá en la oscuridad, ayudado solo por la tenue luz de la luna que empapaba las nubes y caía flotando, ya casi sin fuerza, sobre la tierra. Mientras se aproximada, comenzó a escuchar voces y risas, y algún que otro improperio. Para cuando llegó a la oxidada verja del camposanto, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Sin embargo, permaneció oculto tras una lápida, cuyo tacto frío y húmedo le estremeció, y observó la escena paralizado, demasiado confundido como para intervenir. Había al menos tres soldados, todos de su compañía, y una chica joven, una niña de las que atravesaban aquel mismo sendero a diario mirando hacia el suelo y levitando entre las zarzas. Solo los mozos hablaban, reían, se burlaban de ella, mientras uno apuntaba con la linterna a su cuerpo espectral, a las piernas huesudas y entumecidas extendidas sobre la hierba helada y a su rostro silencioso, un rostro blanco del que se escapaba una mirada triste y aterida por el frío.
− Vamos, vamos, vamos… Alégrate un poco, cariño… Alégrate un poco.
− Joder, no parece que le guste mucho, ¿no?
− ¿Es virgen?
− No… no lo creo… ¿no viste cómo me miraba su padre? Seguro que ya le ha enseñado todo lo que tiene que hacer…
− Cariño… ¿No te ha dicho papá que te portes bien con nosotros, y que nos hagas felices?
Los otros rieron.
− Vamos… sonríe un poco, guapa… Así, sonríeme… Tenemos muchos regalos, ¿sabes? Muchos regalos para ti, y para tu papá…
− ¡Sobre todo para ti!
Los dos que estaban de pie estallaron en una gran carcajada. El tercero comenzó a acelerar sus movimientos. Pedro apartó la vista. Siguieron burlándose de ella. La joven no oponía apenas resistencia. Imaginó que estaría llorando. Pensó en salir de su escondite e imprecarles por su comportamiento, y entonces divisó la luz, procedente de la capilla. Una luz tenue, temblorosa. Alguien había encendido una vela, y le pareció distinguir el perfil de un rostro que observaba la escena a través del ventanuco. Era el viejo que había visto emerger esa misma tarde de la vicaría. Pensó que saldría a detenerlos, o que se apartaría, presa de la repulsión. Sin embargo, no hizo ni lo uno ni lo otro. Permaneció inmóvil, contemplando la escena, mientras a su alrededor las voces se tornaban aullidos, no muy diferentes de los que había oído proferir a los lobos. El viejo se acercó al ventanuco aún más, consciente de que los jóvenes le daban la espalda. La luz palpitaba. El joven tumbado en el suelo rodó hacia un lado, y la chica no se movió; siguió mirando al cielo, como esperando ver la luna emerger finalmente de entre las nubes. No lo hizo; sobre su rostro lívido solo descendió la luz de la linterna, que la cegó un instante, y el rostro de un nuevo soldado, insensible y hambriento.
Pedro se dio media vuelta y se precipitó sendero abajo.
Al día siguiente, pidió hablar con el capitán. Lo recibió a media tarde, con una gran sonrisa, y cerró la puerta a su espalda. Pedro le contó todo lo que había visto, mientras el otro le observaba con una expresión grave, sin bajar los pies de la mesa. Cuando Pedro terminó, dio un suspiro profundo, miró al techo y dejó caer las piernas suavemente. Juntó las manos y las apoyó sobre la mesa. Abrió la boca para decir algo, pero entonces cambió de opinión y se incorporó. Comenzó a pasear de un lado al otro del cuarto, y cuando al fin se dirigió a Pedro, lo hizo desde su espalda y con un tono de voz conciliador y apenas audible. Apoyó el brazo sobre su hombro para reforzar su argumentación, y Pedro sintió como si, a través de sus dedos, le robara el alma. Dejó de escucharle al cabo de un minuto y hubo de contener el llanto, apretando las manos. Salió del despacho poco después, aturdido y mareado.
El capitán le había dado dos días de permiso. No quería quedarse en el barracón, de manera que tomó su diario, un lápiz y se encaminó en dirección opuesta a la de la ermita, hacia el río. Llegó hasta el borde de la zona de influencia de su batallón; a su derecha, al fondo, podía ver el puente, patrullado por sus compañeros. Se sentó en un lecho de hojas humedecidas, protegido del viento por un bosquecillo de abedules que comenzaba justo allí, en el margen del poblado. Bajo sus pies, el cauce helado del río comenzaba a verse surcado de algunos tímidos hilillos de agua, que gorjeaban con alegría. Permaneció largo tiempo mirando hacia allí, perdido en sus pensamientos. Rezó a Dios, una y otra vez, y le recriminó su indiferencia y la maldad que había deslizado en el corazón de los hombres. Sobre el hielo quebrado del río, creyó ver una y otra vez el rostro de aquella joven, un rostro lívido, resignado, casi el de un cadáver. Pensó en las niñas que recorrían cada día el sendero tortuoso de la capilla, aquellos fantasmas que desaparecerían, igual que la nieve y el hielo, al final del invierno. Abrió su cuaderno y comenzó a releer las páginas enteras que les había dedicado. Las descripciones de sus rostros, de su caminar, de cada uno de los encuentros que había tenido con ellas, de sus cuerpos esbeltos cargados de melancolía. Cuerpos infantiles, detenidos en el tiempo, aún cargados de pureza. Lentamente, sus rostros comenzaron a formarse ante él. Sus ojos llorosos lo observaron a través del hielo quebradizo, y parecieron recriminarle que no hubiese hecho nada para protegerlas. Conforme su mirada se nublaba por el llanto, creyó ver a todas las niñas del poblado materializándose en el fondo de las aguas, observándole desde su tumba y esperando, al fin, que el deshielo las arrastrara corriente abajo, alejándolas de aquel pueblo muerto con la llegada de la primavera.
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Publicado el: 01-08-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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