La cena
Antes de acudir a aquella cena, Pedro nunca había sentido ningún aprecio hacia las amigas de su novia. Bea no solía insistirle para que la acompañara; él se sentía más cómodo en su ambiente, con sus amigos, y rara vez penetraba en el ámbito social que la rodeaba. A la inversa sucedía igual: en las raras ocasiones en que Bea entraba en el mundo de Pedro, el abismo que los separaba se hacía patente y molesto, y la obligaba a mantener una incómoda actitud maternalista. Él, por su parte, simplemente detestaba a su grupo de amigas: detestaba sus pisos caros pagados a medias por sus familias, sus bolsos de marca comprados en un viaje a China o Vietnam, sus sonrisas de maquillaje a cualquier hora del día. Y también detestaba a sus maridos, cuyos rostros no recordaba; pero sí sus camisas planchadas, sus zapatos negros y sus todoterrenos pagados a plazos.
Según afirmaba Bea, sus amigas le preguntaban por él a menudo. No era de extrañar: Pedro, al fin y al cabo, era bien parecido. Su cara recta, afilada, se asentaba sobre un cuello y unos hombros anchos y oscurecidos por el sol. Todo el resto del cuerpo era proporcionado; ni demasiado frágil ni demasiado recio. Parecía como si un delineante hubiese trazado con esmero el perfil de sus brazos, sus piernas, su torso. Su mirada era oscura y mohína, pero muchas mujeres habían creído encontrar una llama secreta que latía en el fondo de ella; Bea había sido, hacía tiempo, una de ellas, aunque posiblemente ya no lo recordaba. Para sus amigas, sin embargo, saltaba a la vista que Bea podía ser feliz simplemente dejándose vencer por el sueño sumida en su abrazo.
Pasó la mayor parte de la fiesta pegado a Bea, escuchando las conversaciones cruzadas de ellos y ellas, que rara vez se mezclaban ni despertaban en él el más mínimo interés. Hablaron durante largo rato de dinero; los oyó discutir con entusiasmo sobre la mejor manera de conseguir mucho en el menor tiempo posible, ya fuera a través de operaciones especulativas que no comprendía o mediante turbias redes de contactos y comisiones. Se le escapaba el significado de casi todo, salvo del hecho de que ninguno estaba más cerca que él de poder tocar con sus manos aquellos pingües beneficios imaginarios. Conforme avanzaba la velada, sintió cómo le ahogaba su complejo de inferioridad; fue tornándose más y más invisible a los ojos de los demás, y se refugió en el desprecio que sentía hacia ellos.
Las chicas tardaron más en mostrarse indiferentes hacia él. Cuando cesaron las previsibles preguntas sobre su rutina y gustos, que respondió sin mirar a nadie en concreto, el combustible de la conversación se agotó. Poco a poco, todas establecieron charlas paralelas que no le incluían. Finalmente, se vio a sí mismo flotando entre dos aguas, totalmente ignorado por todos y con el único consuelo del tacto cálido de la piel de Bea, que hablaba con alguien de espaldas a él. Fue entonces cuando Silvia tomó en sus manos varios platos y se encaminó hacia la cocina, sonriéndole a su paso.
Pedro dudó. Se hizo finalmente con varios vasos y se incorporó. Movidos por un resorte invisible, los demás se levantaron también, y rompieron los vínculos invisibles que habían entretejido a su alrededor.
En la cocina, Silvia comenzaba a enjuagar la vajilla y a arrojar las sobras al cubo de la basura cuando los demás comenzaron a regresar a la sala de estar. Oyó a Bea decir: «Deberíamos ayudarla», y comenzó entonces a recoger los platos que Silvia dejaba sobre la encimera y a introducirlos en el lavavajillas. Silvia se mostró sorprendida al principio, y le regaló otra sonrisa extrañamente bonita. Luego comenzó a indicarle el modo en que debía organizar platos, sartenes y vasos.
«Desde luego, tu chico es un encanto», oyó comentar a una de las amigas de Bea desde la sala de estar. Bea no dijo nada. Mientras, Silvia le preguntó algo de lo que ya habían hablado antes, y él respondió a trompicones. Habló de sus aficiones, de los partidos de fútbol que jugaba los miércoles con sus amigos. De las tardes de sábado en la bolera, y del campeonato en el que estaban inscritos, gracias al cual pronto tendrían que viajar a Madrid. A Madrid, ni más ni menos.
«Oh. Eso debe ser muy divertido», replicó ella mientras sus manos se ralentizaban y le pasaban una copa sucia.
«Bueno. Sí, está bien», se encogió de hombros. «El año pasado quedamos segundos de la liga de consolación. Lo bueno es que nos dieron un trofeo, en vez de quedar últimos o penúltimos de la fase final… Ya decía yo que era casi mejor que nos eliminasen…»
Ella soltó una risita, y él se contagió.
«Y en tu trabajo, ¿no te ponen ninguna pega?»
«No, qué va. Me pillo dos días de vacaciones. Además, cuando uno en la empresa falla, solemos pasarnos curro entre los colegas.»
«Qué bien. Yo no podría hacerlo.»
«¿Dónde trabajas?»
«En una tienda de ropa de niños. ¿Sabes dónde está el hipermercado de la calle Francia?»
«Sí… creo que sí…», replicó él dubitativamente. En realidad no tenía ni idea.
«Pues yendo hacia allí desde esta casa, una calle antes de llegar, a la derecha. Está justo en la esquina.»
«Ajá.»
«Sí… normalmente estoy con la dueña, pero hace unas semanas se puso de parto y ahora estoy sola. No te imaginas cuánto me agobio cuando entran varias personas a la tienda a la vez…»
«Uf… sí, qué pasada, ¿no?»
«Sí, es una pasada. Y luego tengo que mantener el inventario, y cerrar caja cada día, y llevar las cuentas a final de mes… No te imaginas lo agotada que llego cada día a casa.»
«Vaya mierda.»
Ya apenas se pasaban platos; él la observaba, absorto, asintiendo suavemente, mientras ella hacía gestos de fastidio y hastío.
«Estoy pensando dejármelo, porque le he dicho a la dueña mil veces que me ponga a alguien para echarme una mano, y ella siempre dice que sí, que sí, que sí, pero luego es que no, que no, que no. ¿Sabes?»
«Guau. Y a ella, ¿le queda mucho para volver?»
Tomó un vaso con la mano y una gota rezumó hasta su pantalón.
«Uy, perdona.»
«No pasa nada.»
Ella se sonrojó e hizo un leve ademán de ayudarle a secarse, pero se detuvo al instante, y se sonrojó aún más.
«Pues cuatro meses de baja, imagínate. Como tenga que pasar dos o tres meses más así, me muero.»
«Ya te digo.»
«En fin, no sé, vamos… que me lo estoy pensando seriamente. Lo que pasa es que en casa me aburro un montón, y Alex anda siempre de viaje, así que es un rollo…»
Recordaba a Alex. Era un tipo alto, calvo, cuidadosamente afeitado. Su rostro risueño y lleno de dientes contaba chistes constantemente, cuando no describía en detalle su trabajo de consultoría que, por lo que parecía, era bastante absorbente, por más que imposible de explicar, y además daba mucho dinero. Por supuesto, siempre hacía mucho hincapié en el dinero, y cuando lo hacía, Silvia sonreía de manera ausente. Cuando no hablaba, Alex revisaba constantemente su móvil o apuntaba algo en la pantalla con diestras estocadas del lápiz de plástico. Entonces, en un instante, su rostro se tornaba de nuevo afable, y se abalanzaba sobre el primer retazo de conversación que encontraba. Se apoyaba en él para contar alguna anécdota de su trabajo, posiblemente ya expuesta a los demás en alguna ocasión, y todos reían educadamente. En toda la velada, Alex no había apenas hablado un solo instante con Silvia, y solo de cuando en cuando le había prodigado un beso distraído en el pelo, sin interrumpir el flujo de su conversación ni de su mirada.
Silvia había intentado explicar el trabajo de Alex desde su punto de vista, que era tal vez aún más confuso que el del propio Pedro. Él esbozaba una sonrisa forzada mientras recibía de sus manos el último vaso, y rozaba sus dedos a cámara lenta.
«Sí… fíjate que me prometió cuando nos casamos que bajaría el ritmo, y hace ya casi tres años…», suspiró. «Pero nada, su trabajo le encanta, qué le vamos a hacer.»
Torció el rostro en una mueca soñadora, y suspiró de nuevo, como tratando de llenar el silencio que había caído sobre los dos de repente. Tomó en sus manos una bayeta y comenzó a pasarla por la encimera y la vitrocerámica con cierto ímpetu y escasa destreza.
«Y qué viaja… ¿más por el extranjero o por España?»
«Uf… yo qué sé… Por todas partes. Yo ya no le pregunto.»
Soltó una risita nerviosa. Pedro desvió la mirada brevemente hacia el salón de estar y luego de nuevo hacia la espalda quejumbrosa de Silvia.
«Espera, te ayudo. ¿Tienes otra bayeta?»
«No sé… mira ahí abajo, bajo el fregadero… creo que la chica las deja ahí…»
«A ver… sí, aquí hay una.»
Pasó a su lado y rozó su espalda. Recogió con diligencia las migas de la encimera y comenzó a ordenar los trastos sin alzar la vista, con una vehemencia casi cómica. Ella se detuvo y lo observó durante unos segundos.
«¿Dónde me has dicho que jugáis al fútbol?»
«Pues… en un campo que hay detrás de la estación de trenes… ¿Sabes dónde están haciendo las casas nuevas?»
«Sí… sí… me suena.»
«Pues por ahí. Vamos, se ve nada más llegar, a la derecha de la estación, mirando desde el aparcamiento.»
Había hecho gestos con las manos, como si lo estuviera viendo allí mismo. Ella sonrió de nuevo, y cada sonrisa parecía más sugerente, más limpia y sincera que la anterior.
«No está demasiado lejos de aquí, ¿verdad?»
«No… no demasiado.»
Volvió a centrarse en la limpieza. Sacó brillo a la encimera, a la grifería. Cerró el lavavajillas, y tomó la fregona en sus manos, mientras Silvia permanecía inmóvil, con la espalda y las manos apoyadas en el frigorífico, sonriendo a su espalda con calidez.
Entonces llegó Bea, y pareció que el sonido de la animada conversación de la sala entrara de nuevo en la cocina, arrastrado por ella.
«¿Qué tal? ¿Cómo vais aquí?»
Silvia se sobresaltó.
«Muy bien… muy bien. Hemos recogido todo en un plis. Tienes un novio que es una joya…»
«¿Ah, sí?», replicó Bea.
Pedro se detuvo un instante, y siguió fregando.
«Bueno, vamos al cuarto de estar, ¿no?», sonrió Silvia, «que aquí ya hemos terminado.»
«Yo termino de pasar el mocho y ahora voy», gruñó él.
«Venga, pásalo y te vienes con los demás. Vamos, Silvia.»
Bea pasó el hombro por detrás de su amiga. Cuando terminó, Pedro apagó la luz y caminó con cierta aprensión hacia la sala, de la que emergía un muro de voces y de desaprobación. Nadie reparó en su llegada, pero de cuando en cuando, notó que tanto Bea como Álex le prodigaban una mirada distraída. Silvia, por su parte, pasó el resto de la velada charlando animadamente con una amiga, y constató que su sonrisa era la más triste y bonita de toda la habitación. Bebió dos cervezas en soledad, sin ni siquiera ser consciente del tacto de la piel de Bea, que antes le había resultado tan reconfortante. Se fueron poco después y, en el beso que intercambió con Silvia, no flotaba ninguna promesa: fue seco y frío, sin mirarle a los ojos, como el que se da a un desconocido.
Bea dejó de hablar de sus amigas durante un tiempo. Más que nunca, sus vidas transcurrieron por sus respectivos caminos, y él regresó a su rutina y a sus partidos de fútbol que nadie acudió a ver desde las bandas. Bea se encontraba casi siempre acostada cuando él llegaba a casa: entraba a trabajar una hora antes que él, y a menudo solo se encontraban a media tarde; en ocasiones, no la veía en todo el día. Cuando él se deslizaba en su lado de la cama, solo la oía resoplar y moverse de espaldas a él. Sus sábanas estaban frías, y se dormía antes de sentir cómo se templaban al contacto con su cuerpo cansado.
Pasaron tres meses. Había notado un tirón en el gemelo durante el partido de aquella tarde, y regresó un poco antes que otros días. Vio a Bea levantada, sentada frente al televisor. Había dejado su libro a un lado, y cambiaba de canal sin dar tiempo a ver gran cosa de ninguno. Apagó el receptor cuando él entró a la sala de estar.
«¿Recuerdas a Silvia y Alex?», le espetó sin darle casi tiempo a saludarla.
«Pues sí… los de la cena de hace unos meses, ¿no?»
«Sí… Nos han invitado a todas las amigas a cenar otra vez este sábado, con maridos… ¿Podrás venir?»
Él no era un marido. Técnicamente. Pero lo comprendió. Sintió un cierto rubor en el rostro y dejó la bolsa en el suelo.
«Sí… supongo que sí.»
«¿No tienes partida de bolos con tus amigos?»
«Pues… no sé. Pero puedo preguntarles. Y de todos modos puedo salir antes si hace falta…»
«Vale. Fenómeno. Pues les digo que iremos.»
Él recogió su bolsa e hizo ademán de volver hacia su cuarto. Se sentía animado y con hambre. Esperaría a que ella se fuera a dormir y vería algo en la tele con una cerveza en la mano.
«Por cierto…», la oyó comenzar mientras caminaba hacia la puerta. Se giró. Bea le observaba fijamente; empuñaba el mando en la mano y lo agitaba nerviosamente, como si estuviera a punto de apuntarle con él y obligarle a cambiar de canal.
«Hemos estado tomando café con Silvia esta tarde. Nos dijo que está embarazada de ocho semanas. Está exultante.»
Pedro guardó silencio. No sabía muy bien qué decir. Los ojos de Bea se habían humedecido, y le observaron con insistencia mientras él hurgaba en sus bolsillos, tal vez en busca de una respuesta.
«¿No te parece estupendo?», insistió ella.
«Sí… sí… claro. Me parece genial. Ya llevaban mucho tiempo casados, ¿no?»
«Sí. Más de tres años.»
«Pues eso.»
Los dos permanecieron unos segundos en silencio. Ella parecía buscar algo en su mirada, y él la esquivaba. Movió nerviosamente la pierna, y volvió a notar el dolor que ascendía tímida y lentamente por su gemelo. Al fin, Bea se giró y volvió a encender el televisor. Se recostó pesadamente y dejó escapar un suspiro.
«Pues nada… me imagino que el sábado lo celebraremos. Me alegro de que vengas, la verdad.»
No dijo nada más. Él permaneció un tiempo allí, de pie, mirando el televisor, pero ella no volvió a girarse.
«Bueno, me voy a dejar las cosas y a ducharme», dijo al fin Pedro con voz temblorosa, y se dio media vuelta, chocando con el marco de la puerta en su camino. Solo le respondió el murmullo inconexo de la televisión. Pedro se alejó por el pasillo y, por primera vez, se preguntó si ella era realmente feliz a su lado. Pronto se quitó ese pensamiento de la cabeza, y también a Silvia, y aquella cena, a la que no acudiría. Al fin y al cabo, detestaba a sus amigas. Y a sus maridos. Sus sonrisas vacías, sus conversaciones prepotentes sobre dinero. Sus muebles oscuros y sus sofás de cuero blanco. Ellos no tenían nada de aquello, y eran más felices que ninguno de ellos. O al menos lo habían sido, en alguna ocasión. Eran una pareja feliz, sí, y no estaban obsesionados por todas aquellas tonterías a las que todos daban tanta importancia: dinero, matrimonio, hijos. Suspiró de alivio y se recostó en la cama. Se quedó tumbado un tiempo, y esperó a que el dolor del gemelo remitiera, sin éxito.
Desde el salón de estar, siguió llegando hasta él el ruido del televisor, incesante y molesto. Acabó por entrar en la ducha solo para alejarse de él y poder sentir el placer de recuperar su ansiada soledad, y el silencio. El agua se llevó consigo sus preocupaciones, y también el recuerdo de Silvia. Tenía partida de bolos aquel sábado, afortunadamente. Al fin y al cabo, nunca había acudido a aquellas cenas. La última vez fue una excepción; Bea lo comprendería. Se duchó. La televisión seguía encendida. Fue directo a su cuarto y pronto cayó dormido. Bea vio que no pasaba por la cocina y apagó el televisor muy poco después. En el cuarto, escuchó la respiración profunda de Pedro. Se metió en la cama y suspiró: tardó en dormirse varias horas, pero al fin lo consiguió, algo irritada por su extraña actitud. La noche se llevó consigo todas las emociones, y el día siguiente fue como todos los anteriores. No volvieron a hablar de aquella cena, a la que ella acudió sola, sin que nadie le preguntara por Pedro. Silvia estaba radiante, y Alex hacía chistes, igual que siempre. Cuando hubo que recoger la vajilla, todos se prestaron voluntarios, y Silvia permaneció sentada en el cuarto de estar, flotando sobre su mirada orgullosa y acariciando suavemente su vientre, en el que a duras penas se distinguía la forma de una nueva vida.
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Publicado el: 27-07-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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