Pandora
Cuando abrió la caja, sintió un escalofrío al pensar que aquello era todo lo que le quedaba de su padre. En ella se amontonaban papeles, recortes de periódico, fotografías amarillentas, cartas y certificados de estudios: una pobre cosecha para una vida intensa y apasionada, que ya nadie echaba de menos. Todo el resto lo habían tirado; habían vendido la casa junto con sus cuadros y sus muebles, habían abandonado precipitadamente el barrio que recorría a diario camino de la facultad, habían dejado de entrar al local en el que se tomaba cada mañana un café con muy poca leche y leía ávidamente el diario que el dueño guardaba con celo para que él lo estrenara. En apenas unas semanas, dieron la espalda a sus amistades, se escabulleron de las miradas inquisitivas de los vecinos y recibieron con mal fingida impaciencia las condolencias de sus numerosos compañeros de trabajo. A punto estuvieron también de deshacerse de aquella desgastada caja rebosante de viejos papeles sin valor alguno, pero en un arrebato de atípico sentimentalismo, Frank decidió hacerse con ella y, tras arrancarla de las manos temblorosas de su madre, la guardó en el fondo del armario de su habitación, alejándola de su vista mientras esperaba un momento más propicio para examinarla, o tal vez para deshacerse de ella definitivamente. No volvió a tomarla en sus manos hasta muchos días después, una tarde de lluvia en que todos los recuerdos de semanas atrás parecían deshacerse perezosamente, arrastrados por el agua.
Mientras comenzaba a hurgar entre los papeles, oyó un llanto descompuesto procedente de la cocina. Su madre sollozaba; no había dejado de hacerlo desde que pasó todo, semanas atrás. No era un llanto de tristeza, sino más bien una manifestación de histeria. Su vida se había desequilibrado de manera demasiado intensa, demasiado repentina. No le dolía la ausencia de su marido, pero sí el vacío, la incertidumbre. Roto su timón, que la había conducido con mano de hierro hacia una vida cómoda y miserable durante años, el futuro vacilaba y se escoraba constantemente, amenazando con volcar y llevarla consigo al fondo de las aguas. Y la evocación de aquella mancha de sangre en el suelo de la calle la atormentaba: se le antojaba la imagen de un espejo roto cuyas grietas hendían su carne cada vez que se asomaba a él. Todo había sucedido de noche, y ella, que siempre se había sumergido con fruición en la voluptuosidad del crepúsculo, había pasado súbitamente a odiarlo, a temerlo y a combatirlo. Solo se acercaba a los ventanales dos veces al día; al alba, para abrir las persianas de par en par, y al atardecer, momento en que los cristales negros desaparecían tras las cortinas y la luz de las lámparas se desparramaba por toda la casa; no dejaba ni una sola sin encender. Agotada por el paso de noches bajo la mirada de las bombillas y envuelta en el lacerante murmullo del televisor, Dolores se tambaleaba por la casa durante el día, y cada golpe con las paredes le arrancaba un suspiro ahogado. Había adelgazado mucho, y parecía que en cualquier momento fuese a descomponerse y a caer al suelo, rota en mil pedazos. Pero siempre se reponía, y seguía viendo pasar los días, sin saber muy bien por qué lo hacía, ni cómo llenarlos.
Él había dejado su piso compartido hacía semanas, y se había instalado en su nueva casa, aquel hogar sucio y confuso, sometido a la luz de una tarde que nunca acababa. Había regresado para proporcionar a su madre la compañía que tanto necesitaba, y no era capaz de prever cuándo terminaría aquello. El llanto de su madre le enervaba y le resultaba incomprensible, una vez pasada la conmoción inicial. Él se había prohibido a sí mismo derramar una sola lágrima por su padre, y hasta entonces había cumplido su juramento a rajatabla.
Lo primero que vio fue una foto del viejo. Estaba muy joven; tal vez la habían sacado en el día de su graduación. No era nadie entonces, solo un estudiante. Pero ya albergaba aquella mirada afilada, implacable, resuelta a alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Mientras examinaba aquel retrato, creyó volver a escuchar sus gritos, su voz grave e intimidante que se imponía en las disputas sin ceder un milímetro. Todavía ahora, cuando se despertaba a mitad de noche bajo la luz de las lámparas, creía por un instante escuchar sus pasos al otro lado de la puerta, y se arrebujaba bajo las sábanas para no haber de enfrentarse a su porte severo y altivo, a su menosprecio de la inmadurez o de la alegría espontánea. Recordaba haber discutido con él muchas veces, pero había olvidado los motivos y el contenido de cada disputa; se presentaban ante él como escenas de cine mudo, en que el padre, inmóvil en el centro del salón, increpaba a su hijo díscolo por su comportamiento infantil, y éste terminaba por marcharse dando un silencioso portazo. Aquella había sido la tónica de su relación. Tal vez, se dijo, había olvidado las palabras para protegerse contra el dolor, y ya solo quedaban recuerdos mudos, vacíos, discusiones frías en blanco y negro semejantes a aquella fotografía agrietada.
Los recortes de revistas científicas le recordaron su pasión desmedida por su trabajo. Nadie en la casa se interesó demasiado por sus investigaciones, sus premios ni su creciente prestigio, al menos hasta que Toni entró en la facultad de medicina siguiendo sus pasos. Poco después de aquello, reparó en que su padre comenzaba a emerger con cierta frecuencia de su habitación, con el único objetivo de preguntarle por sus estudios. Quería saber los nombres de todos sus profesores y asentía pensativamente cuando le escuchaba mencionar el de alguno de sus compañeros. También le recomendaba lecturas de los más diversos temas, le amonestaba cuando no estudiaba lo suficiente y le asesoraba muy a su pesar sobre las especialidades que consideraba que tenían más futuro. Nada de aquello había sucedido años atrás, cuando él había comenzado a estudiar su filología. Las agrias disputas previas a su decisión se habían disipado en el momento en que entró en la universidad, y a partir de entonces ya solo recibió de él silencio e indiferencia.
Muchos papeles eran simplemente recortes de periódico. Hacían referencia a premios recibidos, congresos a los que había atendido, investigaciones en las que había participado. Guardaba también algunas páginas de la publicación de medicina de la universidad, del boletín del colegio de médicos, de revistas especializadas. Vio siempre resaltado con marcas de rotulador rojo el fragmento que hacía referencia a él, pero Frank no comprendía nada de lo que allí se decía, ni se sentía en absoluto orgulloso de la polivalencia que había mostrado el viejo a lo largo de su vida. Luego estaban las cartas: muchas eran de compañeros, que le felicitaban por un premio o le hacían partícipe de sus proyectos de investigación, con la esperanza de obtener su beneplácito, o tal vez de despertar su curiosidad. Sin duda era un hombre respetado entre los suyos. Su vida era la medicina, y su familia había sido la víctima sacrificada en el altar de su ambición. Suspiró, y arrojó un papel a un lado tras estrujarlo con impaciencia. Escogió al azar una nueva carta; la dirección estaba escrita a mano, con letra elegante de trazos voluptuosos. No llevaba remitente; la examinó con cierta indiferencia antes de abrirla y disponerse a leerla por encima, esperando encontrar otra nota sobre un congreso, una investigación, un premio, una beca. Sin embargo, la primera palabra le golpeó como una bofetada y, desconcertado, se revolvió en la silla, adoptando súbitamente una postura erguida y absorta. Al cabo de un par de líneas, volvió a examinar el sobre y la letra del destinatario, que era idéntica a la de la carta. Tomó aire, y ahogó un murmullo de desaprobación. Entonces, volvió a sumergirse en su lectura, empezando por el principio.
«Francisco,
Cariño, ¿cómo puedes escribirme lo que dices en tu última carta? Tuve que releerla varias veces, y no daba crédito a mis ojos. No entiendo cómo puedes seguir manteniendo esa vida que te roba el optimismo y te sume en la depresión. Ya hace mucho tiempo que hablamos de esto y no quiero insistirte en vano. Pero recuerda que tu vida es tuya y de nadie más, y que sólo tú tienes derecho a decidir si eres feliz o infeliz. Me comentas que has dejado de dormir en la habitación de tu mujer, y que apenas hablas con tus hijos porque no te sientes capaz de sobreponerte a la hostilidad que muestran hacia ti. Sufres mucho por tus hijos, cariño, y lo comprendo. Pero recuerda que sus vidas son suyas, y que llegará un momento en el que, hagas lo que hagas, se alejarán de ti. ¿Realmente tienes que insistir en mantenerte a su lado con tu habitual testarudez, intentando encender en ellos un rescoldo de cariño que hace tiempo que se extinguió? No sufras más, Francisco. Libérate. Confiésales lo que sientes, el desgarro que te produce pensar que tus sentimientos pueden alejarte de ellos. Diles que los quieres, que no quieres perderlos. Demuéstrales que eres una persona capaz de amar. Sé que, a primera vista, puedes parecer un hombre serio, taciturno. Sé que muchas personas no pueden acceder a ese calor que late en tu interior, a esa pasión por la vida que te embarga. No sabes cuán afortunada me siento a veces por sentirme amada por una persona tan especial como tú. Porque sé que me amas, incluso cuando me despierto en medio de la noche, sola, y me asaltan las dudas. Pero sé que acabarán disipándose: lo presiento, y no pierdo la esperanza de tenerte a mi lado. Recuerda que tus hijos verán en ti a un ser humano mucho más vulnerable, más accesible, si tratas de recomponer tu vida. Puedes pensar que tu marcha les haría daño, a Dolores, a Frank, al pequeño Toni. Pero yo solo creo que el daño se lo haces ahora a diario, igual que a ti mismo. Te respeto. Te quiero. Sé que solo buscas lo mejor para los tuyos. Búscalo también para ti, mi amor. Sabes cuánto tiempo te llevo esperando, y voy a seguir haciéndolo, todo el tiempo que haga falta. Sigo estando ilusionada, y confío mucho en ti. Pero por tu bien, por el nuestro − amor mío, haz algo.
Un beso,
Laura»
Leyó varias veces aquella insólita carta y, súbitamente, en su mente el ruido de la lluvia comenzó a transformarse en un murmullo acompasado y molesto, similar al de un oleaje inquieto en medio de la noche. Cuando la dejó sobre la mesa, notó que le temblaba la mano, y se tapó los oídos para intentar desprenderse de aquellas palabras («te quiero», «una persona tan especial como tú», «diles que los quieres»…) que la mar de fondo de aquella misiva parecía arrastrar hacia él, amenazándole con ahogarlo.
Rebuscó entre los papeles y los esparció sobre la mesa. Apartó a un lado las cartas y, entre ellas, encontró más de treinta escritas con la letra elegante y aristocrática de aquella misteriosa mujer. Examinó los matasellos; hubo de forzar la vista para distinguir algunas fechas, ya que la tinta se había ido apagando con el tiempo. La que acababa de leer databa de unos diez años atrás, y la había tomado al azar del centro de un paquetito en el que toda la correspondencia de aquella mujer permanecía cuidadosamente ordenada, separada del resto por un hilo rojo grueso. Tomó en sus manos la más reciente; ocupaba solo media cuartilla. La miró de refilón y volvió a introducirla en el sobre. Recorrió primero con detenimiento las cartas anteriores, leyendo desde la primera a la última con creciente fascinación. Se enfrascó en aquella tarea indiscreta durante horas y no reparó en la llegada de la noche, que su madre anunció con el encendido de las lámparas y con su caminar revigorizado por toda la casa. Al distinguir la luz procedente del pasillo, pegó la cama a la puerta y siguió leyendo aquel carrusel de cartas optimistas, arrebatadas, llenas de planes de futuro, de una pasión cálida y tormentosa a duras penas contenida. Aquella mujer, una eminente profesora de la facultad de medicina de la que su padre había hablado de pasada en alguna ocasión, las había escrito a lo largo de más de quince años. A partir de los titubeos iniciales, que mostraban su desconcierto y un cierto sentimiento de culpa, pasaba súbitamente a desencadenar su afecto, su apasionamiento por él, su breve momento de locura en el que no existen los límites ni los abismos. Las palabras se atropellaban, saltaban del arte a la filosofía, analizaban con el mismo apasionamiento la biología, el amor o la religión, se hundían con desparpajo en su investigación médica y en sus desengaños personales en busca del auxilio de su confidente, y al fin declaraban, una y mil veces, que lo amaba, que lo amaba como a nadie había amado, y que no podía imaginar el mundo sin él a su lado.
Esto fue al principio; paulatinamente, Frank constató que las cartas se fueron espaciando, y las fórmulas se tornaron manidas, vacías, tristes. Ella le habló primero de su divorcio, frío y doloroso, y después fue dejando a un lado su discreción inicial y comenzó a pedirle que hiciera lo propio, que rompiera su matrimonio e iniciaran una vida juntos. Le echó en cara su cobardía, su sentido de la responsabilidad hacia su familia, su obsesión por sus hijos, por un futuro que ya no estaba en sus manos. Le aseguraba que él ya había hecho por ellos todo lo posible, que su mujer no tendría problemas en educarlos, que podría seguir viéndolos y transmitiéndoles su amor, su dicha por vivir con alguien que realmente le hacía feliz. Le insistió una y otra vez y su tenacidad, no correspondida, fue hundiéndose en la amargura. Las cartas se tornaron cada vez más esporádicas. Sus declaraciones de amor acabaron ahogadas en una triste letanía, tal vez un desengaño que nunca llegó a materializarse del todo. Releyó aquella carta temprana, la primera que había caído en sus manos, y volvió entonces a la última de todas, aquella nota garabateada a toda prisa, sin la cuidadosa caligrafía de las anteriores. El papel estaba arrugado, y el sobre rasgado por varios sitios.
«Francisco,
No puedo entender que no me respondieras a la última carta que te envié. No creo haber sido dura contigo, no quise hacerte daño. Pero nos conocemos bien, y sé que no habrás interpretado nada que yo no haya dicho.
Me siento triste. La soledad me ahoga. No, no pienses que voy a pedirte de nuevo que vengas a mi lado. Ya he perdido la esperanza, y me preparo para enfrentarme a este desamparo en los años que me quedan, que son los años de la enfermedad y del miedo. Sé bien que sientes algo parecido, pues tú también temes a la muerte. Pero tú no estás solo, y no voy a juzgar tu decisión; sólo sé que tendré que enfrentarme al futuro sin ti, y renunciar a mis sueños de llenar este vacío que creé a propósito para acogerte en él. La luz que he seguido durante estos años ya no está; tú decidiste apagarla, para no perder lo que tienes. No fuiste valiente, y lo respeto. Todos tememos al futuro. Yo también, ahora más que nunca.
Me voy de la ciudad; me ofrecieron un puesto de investigación en L., que me permitirá dar también unas clases, mejorar mi inglés y mantenerme en contacto con la juventud, que es lo más importante − sobre todo para mí, que al contrario que tú, no tengo hijos. Conocía la oferta antes de hablar contigo por última vez, pero no quise decirte nada para no presionarte. Tu silencio me ha dado finalmente libertad para recomponer mi vida, alejarme de ti y quién sabe si intentar olvidarte. Tal vez sea un poco tarde para eso, pero ya soy mayor, y no creo que mi cerebro tenga dificultad en ir desprendiéndose de todos sus recuerdos, los más felices, y también los más desdichados.
Adiós, Francisco. No te dejo mis señas. Sabrás encontrarme, si quieres. Pero no albergo esperanzas. No hay otra vida después de esta, lo sabes tan bien como yo. Las decisiones que tomamos o no tomamos son definitivas. Vivamos con ellas, y tratemos de ser felices. Te lo deseo con todas mis fuerzas, aunque no sea a mi lado.
Laura»
Volvió a examinar el timbre. La carta estaba sellada un 11 de noviembre. Su padre había muerto dos semanas después. Buscó entre los papeles alguna nota posterior, un borrador de carta, algo. Pero no había nada. Seguramente no hacía falta.
Notó que el papel temblaba en su mano, y amenazaba con precipitarse al vacío, y lo agarró con fuerza; la carta se estremeció. No pudo seguir cumpliendo su promesa. Primero se le nublaron los ojos, luego estalló en un llanto entrecortado, profundo y profundamente consciente de sí mismo. Se tapó el rostro con aquel último vestigio del secreto que su padre había guardado con más celo y se inclinó sobre la mesa, como intentando ocultarse de su propia mirada. Entonces, salió del cuarto y comenzó a apagar las luces de la casa, para que nadie pudiera verle, y lloró, solo y sumido en la penumbra, durante toda la noche.
Por la mañana, la caja seguía observándole en silencio; no dejó de hacerlo nunca. Sin embargo, no lo hizo ya con la mirada afilada de su padre, sino con ojos grises y abatidos, como la lluvia que aún seguía cayendo en la calle. Guardó las cartas celosamente, igual que los títulos universitarios, los recortes, los premios. Todo. No le contó a nadie lo que había descubierto. Con el tiempo, dejó la casa de su madre y se marchó a vivir solo. La caja viajó con él, y en su interior, enterradas bajo una pila de papeles muertos, sintió el latido de las cartas que, aún enamoradas, suspiraban por aquella vida perdida hacía años.
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Publicado el: 19-07-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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