Desamparados
La joven María Desamparados salió del trabajo de muy buen humor. Se sentía feliz y ligera y su paso, aunque apresurado como siempre, había perdido su habitual rigidez en aquella cálida tarde de mayo. El viento, suave, le acariciaba los ojos y le secaba las lágrimas provocadas por la irritación tras una larga jornada frente al ordenador. En su garganta latía un lamento precoz, un germen de faringitis que muy probablemente no iría a más. Aún notaba en los glúteos la tensión provocada por la gimnasia del día anterior. Pero, pese a todo, aquel jueves de pura primavera, de frío y calor caprichosos, de sol y de viento, María Desamparados se sentía exultante.
Llamó primero a José, y hablaron sobre los compromisos del fin de semana. Él había pasado la tarde tranquilo, viendo la televisión. Le recriminó tímidamente que no hubiera ido a la modista a recoger su traje. Él prometió sin demasiado entusiasmo que se pasaría al día siguiente, antes de encontrarse con ella en la estación. Más calmada, ella le preguntó por sus padres y por su trabajo. Cuando hablaba, dejaba siempre que resonara la última palabra, prolongándola en una afectada risita que se asemejaba a un gorjeo. Nunca había sido consciente de ello, pero de alguna manera sentía que así demostraba su inquebrantable interés y empatía, tanto a propios como a extraños. En su fuero interno, él detestaba aquel hábito, pero no decía nada. Se limitó a responder mecánicamente y a confirmar que estaría en la estación el viernes a las cinco y media. Tenían tiempo de sobra para llegar a la boda, insistió. Luego dio un bostezo y ambos colgaron.
Un coche pitó con fuerza, y María Desamparados se detuvo. Le faltaba el aliento; había vuelto a forzar el paso sin darse cuenta, y la pausa frente al semáforo le permitió reponerse. Tomó aire, aún con la sonrisa boba de la conversación pegada a su rostro. El gimnasio apareció a lo lejos y sintió un leve temblor en las piernas. Entró, se cambió y se sumergió en la clase de aerobic. Ya apenas le costaba seguir los pasos, y su mente comenzó a danzar al ritmo de su propia música. Dio vueltas una y otra vez a los preparativos de la boda del día siguiente; recorrió con urgencia el trayecto desde la estación a casa de sus padres, y de allí a la iglesia. Dependía de José, pero él no le fallaría; nunca le fallaba. Uno, dos, tres, derecha. Bendito José. Llevaban casi diez años saliendo juntos, tanto tiempo que ya no recordaba quién había dado el primer paso. Tenía un carácter seco como la meseta en la que había nacido, perezoso de día y frío por la noche. Pero su presencia a su lado la reconfortaba y estos días, en ocasiones, lo echaba de menos. Se verían al día siguiente, camino de la boda. Y el sábado, en la masía. Se había olvidado de comentarle que tenían comida familiar. Pero cuando saliera del gimnasio, él ya estaría acostado. Se lo diría mañana; era inconcebible que pudiera oponerse. Dio tres vueltas más y la música se detuvo. Resopló y se apoyó sobre sus fatigados muslos, tratando de dejar la mente en blanco mientras la monitora, implacable, proponía ejercicios de estiramiento. Su amiga Blanca le había sugerido tomar café juntas. Tendría que ser el domingo, tal vez después de la comida con los padres de José. Pero el tren salía a las cinco… Difícil. ¿Y si adelantaban el regreso del sábado? Tendría que llamarla y proponerle algo.
La música se reanudó. Dio dos pasos hacia delante y forzó una sonrisa. La rigidez de su cuerpo había comenzado a extenderse como un cáncer por sus articulaciones y llegaba hasta sus párpados o a la comisura de sus labios; tuvo que concentrarse en el rostro de la monitora para seguir su ritmo. Al fin, la clase acabó, y se secó el sudor antes de encaminarse a la sala de aparatos. Un poco de bicicleta fija sería lo ideal antes de ir a la ducha. Quedaban ya pocas personas en la sala; era tarde. Se montó y comenzó a pedalear. Sus músculos fatigados crujieron. Cómo le gustaba relajarse en aquel sitio después del trabajo. Aún tenía que cenar y hacer limpieza, como cada día, pero le gustaba llegar a casa con la mente totalmente despejada, y con el cuerpo exhausto. Recordaba, divertida, las discusiones que había tenido con José al respecto. Él la acabó obligando a regresar a una hora en la que al menos pudieran cenar juntos. Lo adoraba, incluso cuando sacaba su mal genio a pasear. Pero ya no estaba con ella; había conseguido el traslado un mes antes, y ahora vivía con sus padres, a trescientos kilómetros de distancia. En cierto modo, aquella inesperada soledad le hizo sentir una extraña sensación de libertad, y decidió aprovechar aquellas semanas al máximo, hasta que se materializara su propio paso a la filial y pudiera reunirse con él de nuevo.
Tardó en percatarse de la presencia del chico de su izquierda. Le asaltó lentamente ese hormigueo invisible que provoca una mirada posada fijamente sobre la espalda de uno. Aceleró instintivamente el ritmo de la bicicleta y giró tímidamente la cabeza. Apenas le dio tiempo de entrever su sonrisa, una sonrisa joven, sana, turbadora. No estaba acostumbrada a llamar la atención, pero últimamente había adelgazado mucho, y ella misma percibía un notable cambio en su figura. Escondió la cabeza. La sangre se deslizaba perezosamente por todo su cuerpo, y el latido que recorría sus sienes se impuso al resto de sonidos de la sala. Un dos, un dos, un dos… Tosió y detuvo la máquina. Tal vez debería hacer estiramientos antes de marcharse, pero se le hacía tarde. Tomó la toalla en sus manos y salió precipitadamente, consciente de que él la seguía con la mirada, así como del suave pedaleo, casi reflexivo, con que el joven parecía lamentarse por su marcha.
Cenó distraídamente, dando de nuevo vueltas a su apretado guión del fin de semana. Recogió todo metódicamente y barrió el suelo del salón de estar antes de dedicar unos minutos a la limpieza del baño. Gracias a Dios el trabajo de la semana ya casi había tocado a su fin. Mañana no sería necesario hacer horas extra y podría llegar a tiempo al tren. Se tumbó pesadamente, con un pie fuera de la cama, como de costumbre. Echó a un lado a su querido pero astroso perro de peluche. De repente, recordó que había olvidado la bolsa del gimnasio junto a la puerta de entrada. No podía dejar la toalla húmeda allí dentro toda la noche… La luz aún estaba encendida. Bastaba con hacer un último esfuerzo, un giro en la cama… Caminar unos metros y abrir la mochila… Pero no fue capaz. Nunca tardaba en dormirse, y hoy no fue la excepción. Sucumbió, incapaz de abrir los ojos, mientras su mente exploraba con detenimiento las prendas mojadas de su petate y se anticipaba a la boda del día siguiente. Pensó en su traje, su calzado, el bolso… Luego llegó el vacío, la nada. Le quedaban cinco horas cortas hasta escuchar de nuevo el zumbido perezoso del despertador.
A la mañana siguiente, no pudo concentrarse en el trabajo. No había dormido bien. Le habían asaltado sueños de todo tipo y, contra su costumbre, podía recordar al menos dos de ellos, que la abochornaban. Además, llegó tarde: tuvo que tender la ropa de deporte y revisar la maleta varias veces. Chocaba cómicamente con los quicios de las puertas, y agradecía que José no estuviese allí para recriminarle su falta de sueño. Pasó casi todo el tiempo del viaje dormida, y a duras penas logró reparar en que el tren llegaba a su estación. Se tambaleó al sacar la pesada maleta del vagón y salió caminando, indecisa, al encuentro de José.
El fin de semana salió muy bien. Llegaron a tiempo a la iglesia; José la esperó pacientemente mientras ella se vestía y, sin mediar palabra, la condujo hasta la puerta del templo y partió a buscar aparcamiento. En la ceremonia y el banquete, estuvo correcto. Tenía esa extraña costumbre de no mirar a los ojos de sus interlocutores y aquello, unido a su entrecortada oratoria, le hacía ser más proclive a los breves monólogos que a las conversaciones elaboradas. Saludó brevemente a todos los conocidos de ella, y perseveró en su costumbre de presentarse a alguien cuando todavía estrechaba la mano de otro. No bailó, y permaneció la gran parte de la fiesta en un lateral de la carpa, rondando la barra con aire culpable o saliendo al exterior a respirar el aire fresco y a llenarse el rostro del olor a acacias. Cuando ella volvía a su lado, él sonreía con cierta impaciencia y le aseguraba que sí, que lo estaba pasando muy bien. Entonces, ella regresaba, tras recordar súbitamente que no sabía apenas nada de su prima segunda Adela, la que había tenido un niño hacía tres meses y no había podido venir a la boda.
Al día siguiente, partieron a la masía. La comida con sus padres y sus tíos empezó con retraso debido a las celebraciones del día anterior, y hubieron de posponer el encuentro con su amiga Blanca al domingo. Pasaron una velada muy agradable, y José permaneció la mayor parte del tiempo solo, sentado en una hamaca junto a la fuente del patio central, haciendo como que dormitaba. De cuando en cuando, lo oía lamentarse por estar perdiéndose un partido de algo, pero lo hacía para sí, y nunca del todo en serio. La acompañó en coche a su casa, y se despidieron con un beso fatigado.
La llevó a la estación el domingo y temió que, por tercera vez en el fin de semana, no hablaran apenas en el coche; solo esta vez había reparado en el espesor de aquel inusual silencio. Intrigada, se esforzó por arrancarle una sonrisa.
− Tus padres estaban muy simpáticos. Se mantienen jovencísimos, José.
− Sí, ya lo sé.
− ¿Están contentos de que estés con ellos?
− Sí… supongo.
− Estos fines de semana son atareadísimos. Hay tanta gente por ver… pero la boda del viernes estuvo muy bien, ¿no crees? Nos lo pasamos de maravilla, ¿verdad?
− ¿Cuándo vas a venir? − espetó él secamente, sin apartar los ojos de la calzada.
Ella tardó en encajar el golpe.
− Pues en cuanto me den el traslado, cariño…
− ¿Y cuándo te lo dan? Porque en todo el fin de semana no lo has mencionado ni una sola vez. Y al principio decías que sería casi inmediato…
Ella se excusó, y su voz comenzó a quebrarse, adoptando aquel tono trémulo del final de las frases que él tanto detestaba.
− Pero José, ya te dije que estamos en medio de un proyecto largo… y no puedo dejarlo a la mitad. Pero en cuanto acabe, estoy segura de que me mandan aquí. Yo también estoy impaciente, cariño… pero tengo que hacer las cosas bien.
Él gruñó, y bajó el tono de voz, como hablando para sí.
− Hombre, bien, bien… Si yo estoy de acuerdo, pero ellos también tendrán que hacer las cosas bien, digo yo… porque muchas veces, prometen mucho pero hasta que no dejas las cosas claras…
Ella se sumergió en un silencio culpable y él calló, concentrado en buscar un sitio para aparcar frente a la estación. Nunca la presionaba demasiado. Cuando discutían, José siempre empezaba con tono firme y terminaba vacilando ante lo que percibía como un injusto ensañamiento con ella; sus argumentos se diluían en un hilo deslavazado y acababa agitando la cabeza, como para enfatizar su frustración.
− Ya verás cómo todo sale bien, José.
Él no respondió.
María Desamparados despertó el lunes con un dolor de garganta intenso. No habían hablado la noche anterior. No se atrevió a llamarle, y él tampoco lo hizo. Llevó al trabajo casi por inercia la bolsa del gimnasio, pero esperó no tener que utilizarla. Le ahogaba la culpa de no haber dicho todavía nada en la empresa. Sabía, además, que el momento era propicio, que no había demasiado trabajo y que no pondrían reparo en transferirla a la filial. No supo explicarse por qué le había mentido y, durante todo el día, tuvo dificultad en concentrarse y se vio obligada a quedarse dos horas por la tarde para terminar de programar un formulario que no quería dejar a medio hacer.
Salió casi al anochecer. Llovía, y apenas quedaba un resquicio de luz, ahogado bajo aquella nube negra que parecía envolverlo todo, y empapado por las gruesas gotas que más que caer sobre la calzada, parecían arrojarse al vacío presas de un impulso suicida. Algunas personas corrían de aquí para allá, y ella se limitó a cubrirse con la bolsa y caminar lentamente, tratando de no perder el equilibrio sobre sus botines de tacón. Pensó en tomar el autobús; el gimnasio estaba en la misma dirección que la parada, pero hoy no se veía con fuerzas para hacer ejercicio. No dejaba de preguntarse por qué no había dicho todavía nada en el trabajo. Debería haber sacado el teléfono nada más salir para llamar a José, pero no se atrevió. ¿Qué podría contarle? La lluvia arreció. Los coches pasaban, rasgando los charcos y llenando la tarde de aquel estrépito metálico y húmedo. Se sentía observada mientras caminaba torpemente camino al gimnasio. Ahogada. Culpable. Tomó aire y se detuvo en aquel mismo semáforo. Un coche le salpicó las piernas. Cruzó al fin y se detuvo en la puerta.
Dudó unos instantes, pero finalmente entró. Sus pasos retumbaron en la baldosa del recibidor vacío. Las últimas clases estaban a punto de terminar y en la recepción no había nadie esperando. Dos chicas hablaban y reían al otro lado del mostrador. No les prestó atención. Pasó por el rodillo y se encaminó directamente a la sala de aparatos, presa de una repentina premura. Se plantó frente al cristal y miró al interior. Solo había media docena de personas, algunos haciendo musculación, otros caminando rítmicamente sobre las cintas dispuestas en paralelo, como los bailarines de una coreografía marcial. Había dos bicicletas ocupadas, y en una de ellas vio a aquel chico, el de los últimos días; el de la sonrisa amplia, joven, hambrienta. Pedaleaba con aire pensativo y ritmo fatigado. Parecía tranquilo, y sus labios se curvaban con suavidad en una sonrisa ausente, justo por encima de un pequeño hoyuelo en la barbilla en el que no había reparado hasta entonces. Gotas de sudor punteaban su camisa y brillaban como una nube de estrellas sobre su pelo negro y ondulado. Respiraba acompasadamente, con cierta dificultad. Tosió un par de veces. Al cabo de un minuto, comenzó a reducir el ritmo lentamente. Al fin se detuvo y tocó los mandos del cronómetro que se encontraba sobre la máquina. Entonces, se inclinó para recoger la botella de agua y su mirada se cruzó con la de ella. Vio cómo de la comisura de sus labios emergía una amplia sonrisa que, poco a poco, acabó llenando su rostro; dio un largo sorbo al agua sin dejar de observarla. María Desamparados alejó la mano del cristal, en el que permaneció, testaruda, su huella mojada, y se dio media vuelta precipitadamente. Azorada, se encaminó de nuevo hacia la entrada, y los tacones resonaron en el corredor acristalado con tal fuerza que le pareció que todo el gimnasio se giraba hacia ella, y fruncía el ceño, exigiéndole que se marchase.
Las chicas de la recepción se mostraron algo sorprendidas al verla salir tan rápido, pero apenas le prestaron atención. Fuera, seguía lloviendo. Se quedó de pie junto a la puerta, resguardada por el saliente de la cubierta. Dejó la bolsa en el suelo pesadamente y sacó el teléfono de su bolso. Aún estaba a tiempo; José no se habría acostado.
− José…
− Hola.
− Hola, ¿cómo estás?
− Bien… aquí, recién cenado. En seguida me voy a dormir.
− Muy bien. Me apetecía hablar contigo… salí tarde del trabajo.
Él no dijo nada.
− Está lloviendo. ¿Lo oyes?
− Sí… aquí también ha llovido.
Comenzaba a sentirse enormemente aliviada al escuchar su voz. Incluso el dolor de garganta pareció remitir. Sonrió.
− José, cariño… mañana mismo voy a hablar de nuevo con mi jefe… me prometió que el traslado sería este mes, pero voy a intentar que lo haga lo antes posible…
− Bien… como quieras. Ya me contarás.
Parecía cansado. Pobrecito. Lo estaba reteniendo justo antes de irse a dormir. Pero se sintió aliviada comentándole aquello. Mañana lo diría en el trabajo, sin duda. Sintió como si se quitara un gran peso de encima, como si aquella nube negra desapareciera súbitamente, y diera paso al sol del crepúsculo, débil pero satisfecho.
− Bueno, pues eso… te dejo dormir, cariño. Yo también me voy a casa, que estoy muy cansada.
− Muy bien. Cuídate.
− Lo haré. Hasta mañana, amor.
− Hasta mañana.
Colgó. Respiró el aire húmedo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, y un trueno sonó a lo lejos. La tormenta se estaba alejando. Pero no quería esperar. Saldría rumbo a la parada del autobús, aunque tuviera que mojarse. Sentía que las fuerzas regresaban a sus brazos y sus piernas, y se propuso limpiar la casa a fondo, aprovechando que hoy llegaba un poco antes que otros días. La conversación con José le había devuelto a la vida. Qué amable era siempre. Qué comprensivo. Lo necesitaba, lo necesitaba tanto… nunca se había sentido tan sola desde que se separaron, y aun con todo, nunca se había sentido tan feliz como bajo aquella lluvia perezosa y molesta. Estaba convencida de que pronto volverían a vivir juntos, e incluso pensó que tal vez deberían casarse. Sí, cuando le concedieran el traslado, es decir, muy pronto. Qué bien. Qué felicidad… Al fin se casarían, cuando ella volviera a vivir a su lado. Como siempre habían deseado.
Sí, aquel lunes de pura primavera, de frío y calor caprichosos, de sol, y de viento, y de lluvia, María Desamparados se sintió al fin exultante. Y conforme respiraba la lluvia y el viento, se iba convenciendo de que nada ni nadie sería capaz de robarle jamás aquella felicidad. Esta certeza le acompañó hasta llegar a casa, y aún mucho después. Mientras respiraba el silencio y la soledad de aquel piso en el que nunca lo había echado tanto de menos. Mientras recogía la cena, limpiaba la casa y tarareaba los temas que sonaban en la radio, los mismos que había escuchado una y otra vez en sus clases de aerobic. Al sentir el agotamiento haciendo mella en su cuerpo, y justo hasta el momento en que, con un pie fuera de la cama, la luz encendida, y su mente sobrevolando los pastos eternos de su futura dicha, cayó dormida con una amplia sonrisa en los labios.
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Publicado el: 10-07-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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11-07-2007 a las 00:05
Qué horrible relato. Qué mal escrito… Sobra al menos la mitad. Lo siento.