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La buhardilla

El diario

Aquella calurosa tarde de junio, Torcuato López se sentó en un banco de madera vacío sobre el que se proyectaba, indecisa, la sombra moteada de un par de abedules. Tras alzar tímidamente la pernera del pantalón a la altura de las rodillas, extrajo minuciosamente un puñado de tabaco del bolsillo de su chaqueta, lo lió y se lanzó a fumar el improvisado canutillo con parsimonia.
Con el calor, la urdimbre de la lana le irritaba la piel y le producía un prurito intermitente, especialmente a la altura de los muslos. En ocasiones, su mano salía despedida, como guiada por una voluntad invisible, y frotaba con fruición la desdibujada raya central de la pernera. Solo entonces su calmosa porte parecía quebrarse durante un instante, asaltada por aquel secreto arrebato, y de la punta de su pitillo brotaba un esputo de ceniza fría junto a unas briznas de tabaco, que se desperdigaban por la tela o se precipitaban directamente al vacío. Torcuato permanecía entonces paralizado, observaba el cigarro con detenimiento, constataba que aún latía una trémula llama en su punta y lo acercaba de nuevo a sus labios con rictus circunspecto. Aquel breve incidente, junto con la relajante calada, devolvía a su mente el sosiego perdido, y el escozor quedaba de todo olvidado.

No se percató al principio de la presencia de su compañero. Se había sentado a su lado, en la zona del banco más castigada por los rayos del sol vespertino y las caprichosas formas del follaje. Se abanicaba el rostro con un diario arrugado que crepitaba rítmicamente en su mano, y de cuando en cuando echaba mano a una gorra marinera con que se tocaba su arrugada calva, secaba esta última con la manga de su camisa y volvía a protegerse la frente del sol, rematando su ritual con un suspiro apocado.
− Cada vez llega más pronto el verano… No quiero pensar lo que nos espera en julio y agosto – comentó Torcuato con decisión, y filtró una breve mirada bajo sus espesas cejas en dirección a su compañero de banco.
− Pues sí.
El diario siguió lamentándose con su acompasado vaivén, y Torcuato volvió a examinar al anciano con mal disimulado interés. Era corto de estatura, enjuto, de gesto cansado aunque complacido. Estaba sentado en pose nerviosa, y sus huesudas rodillas emergían descaradamente, muy juntas, como queriendo romper la tela de su desgastado pantalón de lino. Había otros bancos vacíos, pero este hombrecillo parecía preferir su compañía a la solidez de las sombras que poblaban el centro del parque. De allí les llegaban los gritos de la niñería, concentrada en torno a las coloridas formas de madera que poblaban el pabellón de juegos. Esta zona del parque era sin duda más tranquila. Torcuato dio otra calada y expulsó el humo con decisión, girando levemente la cabeza para no incomodar a su nuevo interlocutor.
− Sí. Este calor es insoportable − insistió −. No me extraña que todo el mundo se vaya de vacaciones en estas fechas. No hay quien soporte la canícula, aquí en la ciudad, ¿no cree?
El otro asintió mecánicamente, y Torcuato dio una honda calada al pitillo, cuya llama vaciló y terminó por extinguirse. Azuzado por la receptividad del anciano, carraspeó y prosiguió:
− Luego dicen todos que no llegan a final de mes. Sin embargo, todos los años por estas fechas, ¡todo el mundo se marcha a la playa! Y yo siempre me pregunto, ¿cómo lo harán? Si tanto les ahogan las deudas, si tan difícil les resulta llegar a ahorrar cuatro reales, ¿cómo es que de repente todo el mundo puede permitirse marcharse un mes entero de vacaciones con toda la familia, incluidos el apartamento, las cenas en restaurante, los caprichos de los niños…? La verdad es que no entiendo cómo es posible que se hable de crisis continuamente y luego nos encontremos con esto. Simplemente no lo entiendo.
Resopló, irritado, y vio cómo el otro se ajustaba la gorra y se secaba de nuevo el sudor.
− La verdad es que tiene razón − concedió el anciano sin convencimiento. Torcuato apuró su cigarro, que ya solo dejaba en su boca un sabor a hojas agrias humedecidas por su saliva. El prurito volvió a aparecer y, sin soltar la colilla, Torcuato se rascó furiosamente la pierna.
− Claro que la tengo. Lo que pasa es que cada vez vamos a peor. Para empezar, cada vez se trabaja menos. Antes sabíamos bien lo que era el sacrificio. Un hombre trabajaba para sacar adelante a toda su familia, y no nos pasábamos el año dándonos caprichos constantemente, como al parecer se estila ahora, ni yéndonos de vacaciones a la menor ocasión. Y las mujeres lo mismo: se quedaban en casa y cuidaban de los niños, y bien realizadas que se sentían haciéndolo, pues es bien sabido que forma parte de su naturaleza, ya sabe, los genes y todo eso. Sin embargo ahora, uno diría que el uso hoy en día es desentenderse de los hijos apenas han venido al mundo, y tratar constantemente de que sean otros quienes se ocupen de ellos. Y, ¿para qué? Para poder trabajar en algún puesto de secretaria de poca monta que les permita gastarse su dinero en trapos que luego acabarán poniéndose solo una o dos veces, antes de cansarse de ellos…
Torcuato interrumpió su soflama para rascarse denodadamente el muslo, incapaz de soportar por más tiempo el escozor. El anciano parecía seguir escuchándole con cierta atención, si bien no le miraba directamente a los ojos. Su rostro, sometido a los tenaces rayos del sol vespertino, había adquirido la tonalidad del marisco a la plancha. El diario seguía oscilando metódicamente, y solo se detenía de tanto en tanto para cambiar de mano.
− En fin − insistió Torcuato, alentado por el silencio obsequioso del otro − ¿ve usted esos niños?
− Ajá…
− Pues me apuesto mi vida a que son todos unos consentidos. Lo que no es mucho decir, porque así son todos los niños hoy en día, pero usted ya me entiende. Y es que lo que nos faltaba es que, justo ahora que las madres no parecen tener un minuto para dedicar a sus hijos, o tal vez no desean hacerlo porque sus carreras profesionales les resultan más interesantes que su maternidad (fíjese usted qué tontería y qué mala señal para nuestro futuro), pues como decía, solo nos faltaba que comiencen a difundirse esas absurdas teorías que claman en contra de un buen azote que, como usted sin duda sabe bien, cuando es dado a tiempo es la mejor cura contra la falta de respeto y la mala educación. Pues nada, ahora va a resultar que a los niños no se les puede tocar un pelo porque se les traumatiza y les arruinamos la vida… Dígame, ¿tiene usted nietos?
− Sí… tengo dos, de mi hija − respondió el otro, no pudiendo ocultar un cierto tono de comedido entusiasmo al hablar de su progenie − a veces me toca cuidarlos, pero lo hago con mucho gusto…
− No me cabe duda, caballero − sonrió brevemente Torcuato − es imposible no enternecerse con esa expresión de la vida tan germinal, tan pura, muy especialmente cuando se trata de nuestra propia estirpe… pero no me negará usted que habrá sentido en ocasiones el impulso de propinar una buena tunda a alguno de esos niños cuando la situación lo requiriera, y no habrá tenido más remedio que contenerse, constreñido por la actual usanza, que desdibuja los conceptos de educación y diluye la autoridad… Pero claro, parece que preferimos educar a niños consentidos, caprichosos, inmaduros, egoístas y tiranos, y así nos va…
El picor se estaba volviendo insoportable. El anciano había regresado a su mutismo, y la tenue sonrisa se había esfumado de su rostro. Los gritos de los niños llegaban hasta ellos con inusual intensidad, y se interponían en su conversación, quebrando la paz que los envolvía e incrementando la irritación de Torcuato y − no le cabía duda − también la de su amable compañero.
− Desde luego, todo va a peor − resopló poco después, animado por una ráfaga de aire que ya parecía presagiar la llegada del crepúsculo −. En mis tiempos, fíjese usted, para conceder crédito a un cliente casi era necesario conocerlo desde hacía décadas, y cuando digo conocerlo me refiero a su historial de ahorro, su empleo y su trayectoria, sus hábitos de consumo y, en términos generales, su seriedad en el pago de las deudas y su austeridad en el gasto, y por tanto la capacidad de enfrentarse a cualquier imprevisto. Todo ello tenía que dar una imagen intachable porque, de lo contrario, el préstamo no se concedía. ¿Se da cuenta? Sin embargo, hoy en día… se le da crédito a cualquiera… Y además, ¿sabe qué? En los bancos, a la hora de cubrir los puestos de atención al cliente, ya no se valoran los conocimientos, la experiencia, la fidelidad a la empresa, la intuición o el sentido común. Ya no se aprecia al buen empleado, al que conoce bien lo que pasa en el barrio, lo que piensa la gente y en qué se gasta el dinero, o cuándo lo necesita realmente y para qué. No, ese tipo de empleados parece que sobren, y que se tenga prisa por quitárselos de encima, fíjese usted. Ahora, solo interesan los vendedores, los comerciales sin escrúpulos, sin importar que no conozcan el producto ni tengan la menor noción de economía. ¡Qué más da todo eso! − rió amargamente − Solo quieren que sean jóvenes, y buenos vendedores. Chicos de ésos que se educan hoy en día en la abundancia, y que solo aspiran a conseguir un extra a final de mes, sin importar a quién le venden qué tipo de producto, para poder gastárselo rápidamente en alcohol, o en drogas, o en gasolina… Una vergüenza.
− Desde luego… − suspiró el otro.
− Perdone mi indiscreción pero, ¿podría decirme a qué se dedica, o se dedicaba usted, si es que ya está retirado?
− ¿Yo?
− Sí, ya sabe… su oficio… Me llamó la atención su aspecto pulcro… No es normal hoy en día ver hombres que mantengan una cierta dignidad en el vestir. Muchos parecen hallarse enfrascados en una competición de mal gusto, como si la ciudad fuera la extensión del salón de su casa y todos tuviéramos que ser testigos de su indecoroso atuendo doméstico…
El anciano se ajustó de nuevo la gorra y se alisó la camisa de tergal, de la que se antojaba difícil averiguar el color original, posiblemente un azul pálido que ya había virado a un gris resignado.
− Bueno, yo era vendedor… agente de seguros.
− Ajá… Pero bueno, en su profesión es normal requerir unas ciertas dotes comerciales. Quiero decir, está en la naturaleza del puesto, ¿no es cierto?
− Sí, claro, claro…
El viejo no parecía encontrarse del todo cómodo, y cada vez volvía la vista con mayor insistencia hacia el pabellón de juegos, del que padres y madres habían comenzado a sacar a su descendencia, contribuyendo así a un cierto apaciguamiento de la cálida atmósfera del parque.
− Lo cual no quita − insistió Torcuato, exaltado − que un buen corredor de seguros debe conocer bien la situación de sus clientes, ¿no es cierto? Quiero decir, sus particularidades, su problemática, sus necesidades concretas en un momento dado. Porque lo fundamental en el negocio de la seguridad es precisamente garantizar la confianza de sus clientes, ¿no es cierto?
− Claro − dijo el otro distraídamente, y visiblemente nervioso.
− Sin duda. Para ello es preciso ser una persona íntegra, un hombre de principios. Alguien que pone al ser humano por delante, al contrario de lo que sucede en esta sociedad de hoy en día, que solo aspira a utilizarlo, a exprimirlo, a manipular sus sentimientos y embaucarle con la perspectiva de nuevas necesidades a las que no es posible renunciar… todo ello, con el único fin de satisfacer los caprichos infantiles de una especie humana en constante degradación… Ya le digo, cada vez vamos a peor… Cada vez a peor.
El anciano había comenzado a golpearse con fuerza con el diario, cada vez más afectado por los calores vespertinos y sin duda impresionado por la vehemencia del discurso de su compañero. Hizo un ademán de incorporarse y Torcuato suspiró profundamente, lo que detuvo en seco el ademán del otro.
− Sí… la vida está muy difícil… muy difícil − se lamentó, con la mirada perdida en la gravilla frente a sus pies.
Se sucedió un largo silencio. El movimiento del improvisado abanico cesó, y los gritos de los niños se extinguieron casi del todo. Tras unos segundos de titubeo, el anciano se puso en pie con toda la presteza que su incipiente artritis fue capaz de reunir, y se dirigió con cierta afectación a Torcuato, sin apenas mirarle.
− Discúlpeme… tengo que ir a recoger a mis nietos.
− Por supuesto… ha sido un placer hablar con usted, caballero.
Torcuato sonrió ampliamente, y vio cómo el otro se daba media vuelta y daba dos pasos.
− ¡Disculpe!
El viejo se detuvo.
− ¿No habrá leído ya por casualidad el diario? Quiero decir, si no le importa que yo… Ya sabe, para informarme de lo que pasa en el mundo.
El anciano dudó. Apenas recordaba el astroso fajo de papel impreso que seguía portando en la mano. Torcuato se había inclinado hacia él, y extendía una mano en una pose cómica, casi suplicante.
− Sí, claro… Tome.
Lo dejó sobre el banco y salió caminando como alma que lleva el diablo.
Torcuato tomó el diario en sus manos y se recostó unos minutos, aprovechando para respirar el aroma de la tarde, con el sol ya casi oculto tras la quebrada línea de los edificios y las antenas de televisión, y mecido por el fresco murmullo de las hojas. Se respiraba ya ese leve aroma de rocío que precede al crepúsculo y que a veces permanece suspendido en el aire hasta el amanecer. El viento de poniente estremecía las ramas y la tierra comenzaba a empaparse de aquella triste humedad que el sol, moribundo, ya no era capaz de mitigar. Ya apenas quedaba luz para leer el diario, de modo que lo tomó en sus manos, ordenó las hojas y lo plegó cuidadosamente. Entonces, se incorporó y se lanzó a caminar hacia la verja de entrada del parque, en la que aún vio demorarse a dos niños y a un perro callejero, que jugaba a intentar atrapar el balón mientras ellos lo increpaban. Pasó de largo junto a ellos y emprendió el bien conocido camino hacia la estación. El aire era frío, sin duda. Ya hacía rato que había desaparecido de sus labios el reconfortante regusto del cigarrillo, y la conversación con el amable anciano había quedado ahogada por el viento; agitadas por él, las ramas de los abedules crujían y se inclinaban amenazadoramente sobre su encorvado traje de lana.

Vio aparecer la estación a lo lejos. Se detuvo en un banco a unos cien metros de las dársenas y, minuciosamente, comenzó a deslizar las hojas de periódico por el interior de su camisa, hasta recubrir por completo su torso. No se quitó la chaqueta del traje en ningún momento. Cuando terminó aquella laboriosa operación, permaneció aún unos minutos inmóvil, sentado en el banco, su figura hierática recortada contra la cada vez más tenue luz del anochecer, que en aquella parte sucia y deprimida de la ciudad tenía la virtud de enmascarar los brochazos de miseria dispersos por aceras, bancos y portales. Una ráfaga de viento le causó un escalofrío. A lo lejos, comenzaban a vislumbrarse algunas luces temblorosas, posiblemente procedentes de las bombonas de gas dispersas en torno a los bancos más apartados de la vieja estación. Un murmullo de voces llegó hasta él, junto a algún grito suelto, risas ahogadas, una tos compulsiva. Todos aquellos sonidos familiares le envolvieron como el cálido y rugoso tacto del papel de periódico, proporcionándole una extraña sensación de protección y cotidianidad. Suspiró. Sí, hoy iba a ser una noche fría. Pero afortunadamente, el verano estaba a la vuelta de la esquina, y eso se notaba; incluso en las voces, que apenas discutían, y tal vez incluso celebraban con ronca alegría y con sus improvisadas candelas la pronta llegada del solsticio.
Torcuato pensó en aquel hombrecillo de la gorra marinera. Qué simpático, y que amable había sido al entregarle el periódico. Guardó un par de páginas en el bolsillo, por si tardaba en conciliar el sueño. Se rascó la erupción de la pierna por última vez. Se ajustó el traje cuidadosamente y se atusó los cabellos con la ayuda de un tímido esputo y de un pequeño peine oculto en el bolsillo de la camisa. Entonces, se lanzó de nuevo a caminar, algo encogido por el reuma y por la creciente humedad, y no tardó en mezclarse con las luces y las voces quebradas de aquel gremio olvidado de la madrugada.

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