La buhardilla » Hermanas

Main menu:


La buhardilla

Hermanas

Cuando entré en el local, me sentí de inmediato abrumada por su amplitud y su fría tristeza: parece un desierto de luces oscuras, o las desoladas entrañas de un hombre dormido. Me intimida, y me siento culpable por estar aquí, a estas horas. Pero era imposible encontrarnos en otro momento, y ella insistió en este lugar, diciendo que lo acababa de descubrir y que era literalmente divino. Se sorprendió tanto de que no lo conociera, yo que llevo años viviendo aquí, que no me he ido nunca, de hecho. Pero la verdad es que apenas salgo. Eso tenemos las madres de niños pequeños, que nos resulta muy difícil desprendernos de su órbita. Más bien imposible.
La busco desesperadamente al entrar, temerosa de haber de enfrentarme al vacío yo sola. Ni siquiera he pensado qué es lo quiero tomar. ¿Qué es lo adecuado para un sitio así, a una hora como ésta? Nada alcohólico, por supuesto. Ah, allí está. Menos mal. Me saluda tímidamente, sin despegar de su rostro las gafas ahumadas ni su sonrisa purpúrea y afectada. Nos abrazamos temerosamente, con las caderas a un metro de las mejillas, que se juntan durante un instante.
− Hace cuánto tiempo… Estás igual que siempre.
− Bueno, un poquito más mayor… Tú estás guapísima. Muy elegante.
Se atusa el pelo y sonríe de nuevo. Siempre ha sido nerviosa, pero resulta casi cómico verla mirar tanto a su alrededor, aquí donde no hay nadie que pueda observarla. Parece leerme la mente, porque súbitamente advierte:
− Qué vacío está el bar, ¿verdad? ¿No es una pena?
Me encojo de hombros y le tomo las manos maternalmente, como diciendo: «¿No te basta con tu hermana − tu hermana a la que no has visto hace años?» Pero no me atrevo a preguntárselo, porque tal vez su respuesta sea un «no» culpable, tal vez en verdad añore el tumulto que espera a la noche para manifestarse, o estar sumergida en un mar de cuerpos y de miradas furtivas. Incluso tal vez se imagine a sus pretendientes agazapados en las sombras de las columnas, examinándola en silencio mientras esperan a que la noche les marque el momento de lanzarse a agasajarla.

Me pregunta por mí, por los niños. No nombra a David; es comprensible después de aquel tonto incidente que, no obstante, recuerdo perfectamente. Me costó reunir el valor para comentarle que hoy que me encontraría con ella, y luego me arrepentí de ser tan neurótica. «Ah, ¿está en la ciudad?», fue lo único que dijo, sin apenas despegar los ojos de las páginas de bolsa. No mostró ningún interés, y en cierto modo me sentí aliviada. Aunque es verdad que la presencia de Tina siempre me ha perturbado. Aún recuerdo el desconcierto que me asaltaba cuando la veía jugar con mi padre: él llegaba del trabajo, sudoroso bajo su traje de franela, el único que tenía, y se arrojaba sobre ella, llamándola: «¡fierecilla! ¡fierecilla!» Y los dos se reían, y se revolcaban por el suelo de su habitación. Y yo me quedaba detrás de la puerta entornada, observándolos, esperando a que llegara mi madre y nos llamara para cenar. La verdad es que ella era una monada entonces, y mi padre la adoraba. Creo que era el único capaz de domar a la fierecilla. Pero él nos dejó hace mucho, y no creo que ella haya logrado reencontrarse con él en los hombres que han ido pasando por su vida. Como máximo, alguno habrá sido tan proclive a la bebida como el pobre viejo, pero carecerá de su entusiasmo y de su extravagante locura.

Tina nunca se interesó demasiado por mi vida, por lo que hoy agradezco su curiosidad. Le explico lo que hacen los niños, sus actividades, lo mucho que comen, sus inquietudes indescifrables. Pero en seguida le inquiero sobre ella, y sin apenas darnos cuenta nos sumergimos en el relato de sus viajes, o tal vez de su viaje, pues no parece haber hecho otra cosa desde que partió que ir a aquellos sitios de los que tanto he oído hablar en las cenas de trabajo de David. Su rostro se ilumina y, envueltas en su fragmentado relato, saltamos, como arrastradas por una caprichosa alfombra mágica, del anochecer de Tetuán a la aurora boreal de Laponia y, sin tiempo para apenas reponernos, enmudecemos ante los peñascos que emergen del mar de Vietnam como la cola de un dragón dormido, o nos estremecemos con el latido primitivo de la perezosa sabana africana. Todo aquello pasa por delante de mi rostro asombrado y el local se transforma en un gran escenario por el que discurren pigmeos, elefantes, ruidosos bereberes, intrépidos jinetes mongoles y apocados cazadores suomi. Cual sigiloso ejército zulú oculto entre las sombras, sentimos un hálito que nos envuelve, que es mezcla de comida especiada, agua precipitándose sobre rocas musgosas, habanos en lenta combustión, piel oleosa curtida o un té negro tan amargo como penetrante es su efluvio. Embriagada por aromas que nunca experimenté y envuelta en las palabras soñadoras de Tina, siento al fin, por primera vez, cómo me asalta la envidia hacia mi hermana pequeña, y no puedo evitar compartir con ella este leve resquemor culpable.
− Qué suerte tienes de haber vivido todo eso, Tina. Ojalá yo pudiera contar algo así.
Se queda silenciosa un instante y luego esboza una mueca confundida. Ambas sabemos que no es sino una frase hecha. Nunca habría cambiado su vida por la mía. Tal vez solo quise halagarla, tal vez me precipité a ensalzar lo que es solo un anhelo de justificar su desarraigo. Y ella lo ha comprendido: su tenue sonrisa ya ha comenzado a extinguirse, y el ejército de aromas e imágenes convocado por su efervescente relato se retira de nuevo hacia las sombras, dejando entre nosotras el poso de una inexplicable amargura.
Tina da un sorbo a su copa y yo, sintiéndome extrañamente culpable, mojo los labios en el agua mineral.
− Supongo que, en cierto modo, se lo debo a papá y mamá… − afirma, reflexiva − aunque me gustaría haber podido disfrutar más de ellos. Sobre todo de papá. Se fueron muy pronto.
− Sí…
Cuánto le quedará de aquel dinero, me pregunto. Me muerdo el labio, y constato que ella se ha quedado callada, posiblemente pensando en su padre, idealizándolo, extirpando minuciosamente de su memoria aquellas noches de gritos y abusos de las que nunca hemos hablado, ni nunca hablaremos.
Al cabo de unos segundos, ambas nos interrumpimos:
− ¿Tu marido sigue trabajando…?
− ¿Cuánto tiempo te vas a…?
Nos detenemos, deseando no haber dicho nada, y contenemos la respiración. Me río, y ella se contagia. «Tú primero…», «No, no, tú primero…». Ella me roza el brazo, casi se agarra a él y suspira de alivio. Soy yo quien responde primero.
− Sí, David sigue trabajando en el mismo sitio. Le ascendieron a director de compras hace un par de años, y ahora viaja un poco más, pero no está del todo mal. Compraron la empresa unos alemanes y echaron a un montón de empleados, pero él se salvó. ¿Te acuerdas de Ramírez, el viudo que nos encontrábamos a veces por el barrio haciendo footing, resoplando como una cafetera?
− No, no lo recuerdo…
− Bueno, era del departamento. También lo «jubilaron». Le entró una depresión terrible, pobrecito. David intentó encontrarle algo, pero no pudo ser. Se volvió al pueblo hace un año, y no hemos vuelto a saber de él…
− Vaya.
− Bueno, así es la vida. Ahora David dice que está rodeado de jovencitos, y que todo el mundo a su alrededor habla alemán, pero al menos parece que ya han parado con los despidos, y que están contentos con su trabajo…
Ella parece extrañamente interesada.
− Entonces, si le han ascendido, tendrá más poder en la empresa, ¿no?
No me mira directamente a los ojos, y juguetea con la copa mientras espera a que le responda. De repente, me siento incómoda hablando de David. Me ha venido a la mente aquello, y sospecho de su interés. Pero no, menuda tontería. Es mi hermana, y hace tanto tiempo…
− Pues no sé. La verdad es que no lo creo… él dice que ya apenas tiene autonomía, y se pasa los días mirando la bolsa, comprando y vendiendo. A mí me parece una pérdida de tiempo, y además algo peligroso, pero él está convencido de que así tendrá una ocupación a la que agarrarse, por lo que pueda pasar. En fin, yo no creo que con nuestros ahorros nos dé para hacer gran cosa en la bolsa, pero ya se sabe…
− Una vez conocí a un chico que estaba enganchado a la compraventa de bonos − dice ella con aire soñador −, pero duró poco…
Sonríe un instante y esconde de nuevo su rostro tras la copa.
− ¿No has pensado en trabajar en algo, Tina?
Me arrepiento al instante de haber dicho eso. Si cabe, ella hunde aún más la mirada en su copa antes de responder.
− Sí, tengo alguna cosa en perspectiva… − replica vagamente, y es obvio que no ha empezado a buscar trabajo siquiera − Oye, ¿por qué no me enseñas fotos de tus niños?
− Claro… ¿Sabes? Me han obligado a llevar encima un móvil, así que ahora las guardo en el teléfono, como una moderna.
Ella ríe y me observa estoicamente mientras pulso los botones con torpeza. Tal vez no esté demasiado ansiosa por ver esas fotos, al fin y al cabo. Conforme mi frustración aumenta, ella se acerca y trata de ayudarme, pero no es mucho más hábil que yo, y ambas nos reímos de nuestra inutilidad. Ahora la siento cerca, aún más que en nuestro primer saludo. Empiezo a comprender por qué me ha citado aquí. Tengo la impresión de que oculta su cuerpo tras los cortinajes difusos de la oscuridad. Siempre fue atractiva, pero no bella; su rostro era basto, su nariz muy ancha, los ojos demasiado separados y algo caídos, de modo que siempre parecía estar tramando algo. Y ahora, el maquillaje ha comenzado a cuartearse; el cuello de su camisa está algo gastado y, bajo el perfume, detecto un cierto olor acre. Tenuemente, surcos de cansancio y de desencanto han comenzado a erosionar su fisonomía, que siempre tuvo un aire juvenil y travieso. Ya nunca podrá sonreír del todo, como cuando jugaba con nuestro padre, allá en la casa del pueblo, en los largos veranos de nuestra infancia. Echo en falta su risa de entonces, y ella posiblemente ni siquiera es consciente de que la ha perdido del todo. Me pregunto qué recordaba de mí, y qué impresión le habré dado esta tarde. Esperaba un velado desprecio hacia mí y hacia mi conformismo, pero incluso cuando me contaba sus viajes, la sentí más tranquila, más apagada. Menos afilada. Como un animal temperado por las heridas.
Al fin desistimos de ver las fotos, y guardo el maldito aparato en el bolso.
− Dime, ¿no quieres quedarte con nosotros? Te aseguro de que David y los niños estarán encantados.
Toma aire, y tarda en responder.
− No quiero molestaros… No, de verdad, gracias pero no.
− ¿Dónde estás?
− En un hotelito muy mono. Estoy de maravilla.
La he incomodado: desvía la mirada hacia una mesa del otro extremo del bar. No he visto a esos dos chicos llegar; seguramente lo hicieron mientras nos sumíamos en el relato de los viajes de Tina. Ella parece recuperar su compostura, como sintiendo el alivio de reconocer el terreno de nuevo. Los observa unos segundos y desvía la mirada coquetamente. Los chicos son muy jóvenes, y no reparan en nosotras. Pero a ella no le importa. Siento cómo se escapa de mis manos, y vuelve a encerrarse en sí misma.
− Tina, por lo menos prométeme que vendrás a cenar con nosotros, cuando quieras. Todos los días si quieres. David estará encantado, te lo aseguro. Y así nos cuentas tus viajes.
Se hace tarde. Los niños están a punto de salir del colegio. Ella advierte que miro el reloj.
− No te preocupes. No quiero retenerte.
Comienza a hurgar en su bolso en busca de su cartera, pero no me cuesta disuadirla. Pago por las dos, y le doy un abrazo.
− ¿Me prometes que vendrás?
− Sí, sí. Te lo prometo.
Desvía la mirada hacia los chicos y los examina a través de la bruma que se ha instalado en sus ojos. Camino hacia la puerta y, una vez, allí, antes de que el sol de la tarde me impida distinguir las formas que flotan en este espacio arisco, no puedo evitar girarme para mirarla; tal vez sea, me digo, la última vez que lo hago. Ella se ha incorporado, camina con exagerada parsimonia hacia la mesa de los dos muchachos y saca un cigarro del bolso. Ellos hacen un gesto negativo y ella se vuelve a la barra. Me siento como hipnotizada. La veo caminar hacia el servicio, extremadamente consciente de sí misma, pero incapaz de atraer la atención de los jóvenes, que quizá sean pareja, al fin y al cabo. Lo último que vislumbro de ella es el gesto de secarse una lágrima − o de retocarse el maquillaje, no sabría decirlo − antes de desaparecer tras la puerta del aseo. No quiero quedarme a ver qué hacen ellos. El bar sigue vacío y oscuro, y la penumbra ha comenzado a ahogarme: tengo que salir.

El aire me golpea y me deshace el nudo del pecho casi de inmediato. Siento apremio por ver a mis niños, por escuchar sus historias, ésas a las que nunca presto demasiada atención − pero hoy las necesito. Acelero el paso y rompo a llorar. No le diré a David que ella va a venir a cenar. Tengo miedo de que no lo haga, de que se marche sin avisarnos, como el viejo Ramírez, obeso y viudo, que huyó, y del que nunca volvimos a saber nada. Y también tengo celos, sí. Celos de David, como antes los tuve de mi padre. Ojalá todo fuera más fácil. Ahora que lo pienso, no le pedí su teléfono; tendré que esperar a que me llame.
Pero estoy segura de que lo hará. Lo harás, ¿verdad? Te he echado de menos, Tina. Casi no me he dado cuenta de cuánto te he echado de menos. Quisiera haberte dicho tantas cosas… Tal vez tú a mí también, lo sé. Pero no fui capaz, y ahora ya es tarde. Los niños me están esperando. Ven algún día a cenar. Los conocerás. Reirás con ellos, y los llamarás «fierecillas». Te harán rodar por el suelo, y volveré a escuchar tu risa, mezclada con la suya, a través de la puerta entornada.
Ya llego. Allá el fondo está la verja; me están esperando, con la profesora a un lado. Les tomo de la mano, me enseñan sus dibujos, me envuelven en su verborrea. No tardo en olvidar a Tina. Mi niña. Mi hermana pequeña. Mi dulce, frágil, inocente Tina. Reaparece en mi mente un instante, pero los niños la borran enérgicamente. Y respiro de alivio. Vamos, vamos a casa. No, no estoy llorando, solo se me ha metido una cosa en el ojo. Espera, que me la saco. Yo también tengo hambre, sí. Vamos a merendar. Luego vendrá papá. Y estaremos todos. Toda la familia. ¿De acuerdo? Y jugaremos juntos, un rato. Y nos reiremos. Sois unas fierecillas. Ja, ja, ja. Os quiero. No sabéis cuánto os quiero. Vamos, dadme la mano. Vámonos a casa.

Technorati Tags: , ,



4 respuestas a “Hermanas”

  1. Comentario de Blanca:

    Gracias por tu visita a mi gusanillo. Ya había visto tu enlace en Technorati. Interesante relato, no es fácil meterse en el alma de una mujer.

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Hola Blanca. Leo tu blog hace unas semanas, me gusta mucho… Muchas gracias por tu visita y por el comentario, espero volver a verte por aquí.
    Saludos,
    Rb

  3. Comentario de Mayte Guerrero:

    La familia, caro Ruben, la familia… ¡Cuántas cosas por esconder en cada una! ¡Qué cantidad de velos se van superponiendo con el paso del tiempo! No hay mayor sensación de extrañeza que la que provoca un familiar al que hace mucho que no ves.

    Te sigo. Un abrazo.

    M.

  4. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Gracias Mayte… En este mes de julio tan atareado intento mantenerme a flote, aunque no sea con una pluma demasiado pulida. Me alegro de que te gustase este cuentito de las dos hermanas. La familia es siempre equivalente de secretos y mentiras, sí.
    Un abrazo,
    Rb

Escribe un comentario

Artículos relacionados