Silencio
Lo primero que escuchó al entrar fue el silencio.
En su ausencia, el silencio había adquirido una textura tan sólida que tuvo que hacer esfuerzos para moverse de un lado a otro. El silencio le golpeaba la cara, le aplastaba los hombros, se introducía en su boca y arrancaba de sus entrañas una náusea trémula y caliente.
Cuando cerraron la puerta, el golpe seco reverberó en su mente y se asemejó a un repicar de campanas al ritmo del pulular de las almas contritas en el purgatorio. De inmediato, sus cuerpos se separaron y comenzaron a arrastrarse por la casa con torpeza y cautela, como el preso que se afana en reconocer los rincones, los muros, el atrezzo de su nueva celda. El silencio se había apoderado de todo, y desdibujaba las formas, que hasta entonces les habían resultado tan cálidas y familiares.
Sonó el teléfono, y el timbre se fue ahogando lentamente. Nadie respondió. Un vecino encendió el televisor y pronto lo apagó de nuevo, como asfixiado por aquel silencio absoluto y perfecto. En una esquina, junto a la cama, aún parpadeaba el comunicador. Se quedó observando fijamente la luz moribunda, alimentada por una pila casi extinguida. Se suponía que las luces se encenderían de nuevo cuando el ruido volviera a flotar en el aire. Si el sonido se transformaba en luz, se dijo, ¿qué era el silencio? ¿Noche? ¿Penumbra? ¿Muerte? La palabra se le pegó a los labios, y ya no pudo desembarazarse de su regusto amargo. No, no era aún de noche, pero, igual que aquel aparatito, sentía cómo la luz de su cuerpo se iba debilitando. Solo que aquella vez no sabía cuándo volvería a encenderse, si es que lo hacía alguna vez.
Se acercó a la ventana. No veía nada. No veía nada. De golpe, el mundo se había vuelto un magma borroso y grisáceo. Imágenes sin sentido, manchas que se presentan sucesivamente ante un desequilibrado. ¿Qué ve aquí? No veo nada, porque se ha hecho de noche, y ya no distingo las formas. Tuvo la tentación de cerrar los ojos, pero no fue capaz. Porque cada vez que lo hacía, el tictac del reloj le invadía, y se figuraba a sí mismo acostado, dormido todavía, mientras, poco a poco, comenzaban a escucharse los pasos apresurados acercándose por el pasillo, la puerta que se abre de golpe, el crujido de los muelles, el tirón desesperado de la sábana, y un grito… un grito penetrante…
No lo reconoció al principio. La segunda vez, abrió los ojos. El aullido, persistente, surgía del comunicador y hendía el aire, abriendo el silencio en canal y desparramando sus vísceras por todo el cuarto. Todo se desangraba a su alrededor, todo, sus entrañas, su vida, la noche, la luz, su cordura. Comenzó a correr, apartando el aire asfixiante a su paso, batiéndose contra la arcada que le aprisionaba el pecho, golpeándose con las paredes. Llegó hasta la habitación contigua y el alarido cesó. Ante sí, solo un hipido, un sollozo ahogado brotaba de la figura de ella, inclinada, exhausta y demente, consumida por el llanto incesante. Tratando de expulsar la muerte que le recomía por dentro. Mirando a la nada. Al silencio. A la oscuridad más absoluta que, como aquel insoportable silencio, se extendía ante ella hasta el infinito desde el borde de la cuna vacía.
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Publicado el: 27-06-2007 en Género: Relato breve, Autor: Rubén Berrozpe.
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