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Esperanza (II)

Este relato comienza aquí: Esperanza (I)

Se anunciaba la noche más fría del invierno. Esperanza había sido enterrada esa misma tarde en el camposanto anexo a la capilla por petición expresa del padre Amador, que había manifestado públicamente su deseo de conceder el perdón, a título personal y como humilde pastor de su iglesia, a la desventurada pareja. Su gesto se ganó de inmediato el favor de los parroquianos, que coincidieron en alabar su magnanimidad en los corrillos formados tradicionalmente en la víspera del Año Nuevo. La ceremonia tuvo lugar de inmediato, en presencia del decrépito enterrador, que se golpeaba constantemente el tabardo de piel de oveja para despegarse de la humedad mientras aguardaba con impaciencia el final de los salmos y ceremonias, del párroco y su nueva ayudanta, una joven medio retrasada llamada Felicidad, y de un par de grajos fisgones posados sobre las hundidas lápidas del extremo meridional del terreno, allí donde el muro de la capilla ejercía de parapeto contra el insistente viento del norte.
Cuando terminó, el párroco se demoró en las obligaciones rituales de la sacristía, y salió al presbiterio a preparar brevemente la misa del día siguiente. Vio entonces entrar a Teodosio a la nave central y arrodillarse en el borde de un banco, a varias filas del descolorido retablo y el altar, que a estas horas no era sino un bloque de piedra desnuda agrietada por la humedad. Murmuraba y hundía el rostro en sus manos, suspirando con regularidad, no se sabe si por arrepentimiento o por el efecto de aquella ingrata postura y de la atmósfera helada del templo sobre su galopante reuma. Permaneció así un buen rato, antes de reparar en el sigiloso paso del párroco rumbo a la sacristía; le salió entonces al paso con toda la ligereza que era capaz de conjurar su cuerpo marchito, y con aire afligido, le pidió la confesión, que le fue concedida con parco entusiasmo.

El padre Amador contemplaba, impaciente, el rostro agrietado del campesino a través de la rejilla, que parecía descomponer el discurso de Teodosio en una inconexa retahíla de reflexiones contritas, latigazos de resentimiento y embrolladas interpretaciones de las Escrituras. Cada cierto tiempo, el inculto aldeano regresaba a sus más recientes blasfemias, al agravio que había vertido sobre su Pastor a la puerta de su casa, y se golpeaba la frente suavemente contra la celosía mientras rogaba con abatimiento que le concediera el perdón divino.
«Mis arranques de ira no son deliberados, padre, sino un efecto de mi sufrimiento. No sabe cuánto he sufrido, padre. No se lo puede imaginar. Dígame, ¿quién me va a reponer ahora a Esperanza? ¿Quién? Si ella era la mujer más buena que ha habido bajo la faz de la tierra … pero usted la conocía bien, así que sé que me comprende. ¿No es cierto, padre? Debe usted perdonarme, que simplemente no sabia lo que decía, que era lo mismo que dijo Jesucristo en la cruz mientras le abrían el pecho… Perdónalos Padre porque no saben lo que dicen… Y es que yo he leído las escrituras, padre. O más bien me las he hecho leer. Cada noche le pedía a Esperanza que me recitara un fragmento, y ahora ¿qué voy a hacer sin ella? Yo ya no estoy a tiempo de aprender a leer. La echo tanto en falta, padre… tanto …»
El sacerdote se revolvía en su asiento acolchado, cuyas aristas se le clavaban en el cóccix con ensañamiento. El otro, al oír el crujido de la madera, parecía despertar de un letargo profundo, y alzaba la vista un instante, dejando entrever a través de la reja sus ojos vidriosos, ávidos de indulgencia.
«Lo sé, padre, lo sé. Ni siquiera sé hablar. Le hago perder aquí el tiempo en esta noche tan especial. Pero entiéndame, padre… yo no odio a mis semejantes, no detesto a los que difunden habladurías sobre mí por las calles del pueblo. Bueno, solo en ocasiones me siento dolido, como cualquier otro buen cristiano… ¿Acaso a usted no le afecta que digan cosas terribles de usted a sus espaldas? No, pero eso es imposible, porque usted es un alma pura, y sin embargo yo soy un miserable, una oveja negra en el rebaño del señor, en este valle de lágrimas, y es que yo lloro cada noche, padre mío… cada noche, al sentir la ausencia de Esperanza, mientras otros me siguen crucificando como a nuestro señor Jesucristo, que dios lo tenga a su lado, por los siglos de los siglos…»
«… amén», remató el sacerdote.
«Sí, lo reconozco padre, hay veces en que me siento débil, y no puedo soportar los rumores a mis espaldas, y rezo por que los que me desean dolor y se mofan de mi enfermedad sean castigados con un reuma aún peor que el mío, o la muerte de un familiar cercano, así de miserable soy… les deseo lo mismo que ellos a mí, y sé que no está bien, porque ya dijo Moisés que pusiéramos la otra mejilla cuando nos golpeaban, pero ¿cómo es posible hacerlo después de que te han dado con el palo cien veces y aún no tienen suficiente? Es muy duro, padre, muy duro, que hablen de uno a sus espaldas constantemente y que digan cosas tan terribles. Y ya me lo decía Esperanza, no les hagas caso, no hagas caso a lo que dicen, que son todo tonterías. Y esto era antes de que empezaran sus delirios, infeliz… Pero ¿qué voy a hacer ahora sin sus consejos, sin su voz tranquila, su santa paciencia…? Mire, éste va a ser mi primer Año Nuevo sin Esperanza, y ¿sabe lo que le digo? Casi prefiero morirme antes que tener que despertarme sin ella a mi lado…»
Se sumió en un sollozo luctuoso, ahogado, y el sacerdote no pudo menos que conmoverse ante aquella escena patética, ante aquel hombre despreciable tan necesitado de exponer las vísceras de su humillación para desprenderse del veneno que lo consumía.
«Teodosio… Teodosio, hermano. No te maltrates a ti mismo. Es bueno que hagas acto de contrición, pero no es preciso caer en la flagelación ni el escarnio a uno mismo. Yo te comprendo bien, Teodosio. Comprendo lo difícil que es adaptarse a la vida después de haber sufrido un cambio tan repentino y tan doloroso… siempre lo he comprendido, y te he compadecido. Y nunca te juzgué con severidad, Teodosio.»
«Qué bueno es usted, padre»
Estiraba los dedos a través del enrejillado, como deseando alcanzar su cuerpo y contagiarse de su piedad.
«Todos hemos tenido que enfrentarnos en alguna ocasión a situaciones para las que Dios no nos había preparado, Teodosio. Dices que te hieren las maledicencias, y te comprendo, pues yo mismo hube de superar la desconfianza inicial cuando vine de la ciudad a sustituir al viejo párroco Severo, que Dios lo tenga en su seno… Y tal vez no lo recuerdes, pero a mí mismo me resultó dolorosa al principio la aclimatación a este pueblo, a sus gentes, a su desconfianza, a su riguroso invierno… y no menos por el hecho de que provenía de la ciudad, como es bien sabido, y no estaba habituado a las habladurías sobre mi aspecto juvenil y distinguido, sobre mis ropajes, que aquí se consideraban signo de ostentación, de desprecio hacia mis parroquianos… y también al modo en que me observaban las mujeres… Teodosio, todo esto no es fácil. No obstante, yo intenté no odiarlos sino amarlos a todos, a todos por igual, y mantenerme recto en mis sólidas creencias, a pesar de lo complejo que se me antojaba aquello, tan lejos de mi tierra, tan aislado de la civilización, tan despojado de todo elemento de esparcimiento… Aquí hube de aprender a vivir como un asceta, Teodosio, cosa que nunca había hecho, y el cambio fue duro, y no siempre sentí que mi Dios me proporcionaba las fuerzas necesarias para perseverar… Para un hombre que, aun dentro de la Iglesia, ha vivido la actividad y el solaz de la gran ciudad, créeme que la vida en el campo es difícil…»
La voz del párroco se había convertido en un hilo de voz, en un deslavazado relato de sus reflexiones más íntimas. Teodosio seguía aferrado a la celosía y, súbitamente, interrumpió el hilo de pensamientos de su interlocutor y exclamó entre hipidos:
«¡Pero si yo no le he puesto la mano encima jamás! ¡Jamás le he tocado un pelo a Esperanza, mi dulce Esperanza…! ¿Comprende? ¿Me comprende? Necesito que al menos alguien me crea… y usted es el único a quien puedo recurrir, porque todo el resto del pueblo me odia…»
Explotó en un llanto desconsolado, y el párroco suspiró, incapaz de recordar de qué le había estado hablando en el momento de la interrupción. Le ahogaba la falta de aire en aquel cuchitril y, repentinamente, sintió lástima y hasta un leve poso de repugnancia por aquel hombrecillo que se había descompuesto ante él como una vieja desquiciada – por aquel hombre astroso, desfigurado y miserable, cuya alma era tan fría y frágil como la bruma de aquel persistente invierno. Sintió que se le formaba un nudo en el pecho, y le despachó con un par de frases de consuelo aderezadas de un cierto tono místico, que había constatado era la receta perfecta para mitigar las penas de sus pobres fieles. Le absolvió a través de la reja y lo vio levantarse y salir caminando, aterido y cojo, por entre los bancos, hasta desaparecer tras la puerta del templo.

Al cabo de unos segundos, él se llegó a su vez lentamente hasta el portalón y lo cerró con llave. No se fiaba todavía de Felicidad para aquellos cometidos. La asfixia no lo abandonaba, y decidió salir por la puerta de la vicaría para relajarse un minuto en el camposanto. Se quedó allí de pie, hundiendo la vista en aquella negrura desesperanzada que, inexplicablemente, le proporcionaba un alivio cercano al éxtasis. Poco a poco, la bruma se fue introduciendo entre los pliegues de su sotana, y deshizo los nudos que le atenazaban el pecho. Exhaló pesadamente el aire de sus pulmones, y hurgó en el bolsillo interior de su ropón. Con mano temblorosa, extrajo un saquito de tabaco barato y una hoja de papel arrugado. Procedió a apretar un puñado y lo lió con presteza, a pesar del agarrotamiento de sus dedos. El humo y la nicotina no tardaron en reconfortarle. Apoyó instintivamente la espalda contra la piedra y se quedó observando en silencio el quebrado perfil de las lápidas que se adivinaba entre la penumbra y los jirones de la bruma.
El crujido de los goznes anunció la aparición de Felicidad; la luz proveniente de la vicaría le cegó un instante, y le hizo apartarse instintivamente de la pared.
«Eres tú… Hola, Felicidad, ¿qué deseas?»
«Ya he te… te… terminado de limpiar la sa… sa… sa… sacristía, pa… pa… pa… padre. ¿Quiere q… q… que apague las velas antes de ma… ma… ma… ma… antes de irme?»
Protegido por la penumbra, él la examinó de arriba abajo. Sus medidas estaban bien proporcionadas, aunque tal vez le faltaba un poco de pecho, que su insulso vestuario ayudaba además a disimular. Sus labios se torcían en una mueca desagradable, producto sin duda de sus constantes esfuerzos con aquel irritante tartajeo; sin embargo, su voz era bonita, sugerente, salvo cuando se trababa; entonces se convertía en un gorjeo cargante. Su inocencia, además, no menos que su evidente virginidad, resultaba enormemente sensual. No la conocía apenas, todavía. Pero su servidumbre en la iglesia no había hecho sino comenzar. Sonrió.
«No hace falta, Felicidad. Muchas gracias. Hasta mañana»
Ella hizo ademán de alejarse. Pero él la llamó de nuevo.
«Felicidad… Dime una cosa. ¿Cómo vas a celebrar el fin de año?»
«Pues… co… co… co… co… como siempre, padre. Solo tengo a mi ma… ma… ma… a mi pobre madre. No habla ni se mueve, po… po… pobrecita. Tengo que cuidarla…»
«Es verdad. Lo había olvidado… Dale recuerdos de mi parte, Felicidad. Buenas noches…»
«Buenas noches, pa… padre»
Ella hizo una genuflexión y volvió a cerrar la puerta. Él permaneció mirando hacia allá durante unos instantes, con una sonrisa boba pintada en sus labios. Una súbita ráfaga de viento desperezó la niebla a su alrededor y extinguió su cigarro. Volvió a encenderlo con parsimonia, y dio una calada profunda, satisfecha. Comenzó a caminar por entre las lápidas con suaves pasos de baile. Poco más allá, se detuvo y volvió su mirada a la piedra dormida, a la tierra recién escarbada, a las ramas caídas que coronaban la pobre fosa sin ningún nombre grabado. Sus pies se sumergieron en el suelo mullido, y la humedad empapó sus sandalias de cuero. Dio otra calada al cigarro y exhaló un suspiro.
«Adiós, Esperanza», susurró suavemente, casi con ternura, y arrojo el cigarro al suelo.
Una súbita ráfaga le provocó un escalofrío. Mucho más relajado, se encogió en su sotana y, mientras reflexionaba sobre las nuevas perspectivas del año que estaba a punto de inaugurar, se dio media vuelta y se adentró de nuevo en la iglesia.

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3 respuestas a “Esperanza (II)”

  1. Pingback de La buhardilla » Esperanza (I):

    […] Este relato finaliza aquí: Esperanza (II) […]

  2. Comentario de Elena:

    Atrapante. (Además aprendí palabras nuevas, como con cada cuento tuyo ). ¿El apóstata confesándose? ¿Y escuchando confidencias del párroco? Original. Detalle llamativo para una ex-adoctrinada: el enrejillado para la confesión de hombres (q’en mis tierras se confiesan -confesaban?-cara a cara). ¿O habrá cambiado hace….?

  3. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Hola Elena,

    Muchas gracias. Las confesionarios, al menos en España, solían tener en sus laterales sendas celosías a la altura del rostro del penitente arrodillado, que permitían una cierta separación entre confesor y confeso, incluso una cierta intimidad para el acto más íntimo de todos. Me atrevería a decir que esta rejilla ha sido motivo de innumerables momentos de la literatura y el cine. Es un elemento visual y simbólico muy potente.

    Un saludo,
    Rb

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