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Esperanza (I)

Muchos en el pueblo se extrañaron de que, tras una vida de abusos y mal disimulada repulsa hacia su mujer Esperanza, el viejo Teodosio Berdugo le manifestara una entrega rayana en la devoción en su lecho de muerte. Y es que las circunstancias en que ésta se produjo no pudieron ser más embarazosas. La pobre Esperanza, que toda su vida había sido una santurrona y no tenía parangón en su abnegada dedicación a los ritos de la eucaristía, se sumió repentinamente en un delirio blasfemo que desconcertó a propios y extraños. Según afirmó el párroco con desaliento tras examinarla, Esperanza había sido presa de un efluvio arcano procedente del exterior, un humor mortal que no tardaría en consumirla sin atender a sangrías ni a plegarias. Resultaba evidente, añadió piadosamente, que en ocasiones ni siquiera estar en gracia de Dios era garantía suficiente de protección frente a los contubernios de Belcebú. Dicho esto, hizo la señal de la cruz, acercó su mano al rostro macilento de la moribunda mientras recitaba apresuradamente un ininteligible avemaría y ahogó un suspiro. «Nuestro señor Jesucristo te acogerá a su lado, pobre infeliz», gimió lánguidamente a modo de despedida. Teodosio no alzó la vista, tal vez remordido ante el comportamiento obsceno de aquella mujer desdichada con quien llevaba treinta años compartiendo techo y mesa. Simplemente escuchó los pasos húmedos del padre Amador alejándose rumbo a la vicaría y los ladridos del viejo chucho Gabriel, que lo persiguió un trecho con canina devoción, sin cesar de corretear y mordisquear los bajos de su sotana.

A nadie se le escapaba que Teodosio había maltratado siempre a Esperanza con ensañamiento. Y entre los hombres del pueblo, no eran pocos los que opinaban que, así como el perro hambriento caza mejor, la mujer apaleada es más proclive que la bien mantenida a la leal servidumbre hacia su marido; por tanto, concluían, él no hacía sino lo más apropiado a su discernimiento y posición. Esperanza, entre tanto, callaba; y este mismo silencio obstinado fue el que provocó que nadie, ni siquiera su marido, fuera capaz de discernir las causas de su repentino desvarío. De entre las numerosas y extravagantes teorías que circulaban al respecto, la más popular, por más que inverosímil, era la que afirmaba que había caído presa del enamoramiento hacia un forastero, quien, como cabía esperar, no la había correspondido. Esta pasión incontrolable, tan impropia de un alma ignorante y beata como la de Esperanza, era constante motivo de chanza en los corrillos de parroquianos que, con metódica diligencia, se apostaban por las esquinas del pueblo al despuntar del alba, permaneciendo allí hasta la extinción de los últimos rescoldos grisáceos de la jornada. Con cierta malicia, algunos afirmaban que no hacía falta un príncipe azul para alejar a Esperanza de un espantajo como Teodosio, cuya mirada bizca, su espalda combada a causa de la artrosis y su manifiesto analfabetismo eran desde siempre objeto de burla en su entorno. Pero, en realidad, nadie otorgó demasiada credibilidad a aquella historia, y muy pronto acabó convirtiéndose en la chirigota con que se adornaba su por otra parte penoso deterioro.
Todo cambió, no obstante, aquel día en que Esperanza decidió improvisadamente abandonar su lecho fúnebre a las cuatro de la mañana y, desnuda como dios la trajo al mundo, se lanzó a deambular por las calles nevadas del pueblo clamando a los cielos que ella era la Virgen María, y ofreciendo su bendición a aquellas almas puras que tuvieran a bien librarle del peso de su castidad. Teodosio hubo de arrastrarla literalmente de vuelta a su casa, pero el daño ya estaba hecho. Los más allegados a la pareja, que hasta entonces habían mantenido un irregular régimen de visitas, más impulsados por la compasión hacia la enferma que por la amistad, no volvieron a acercarse a ellos. Al mismo tiempo, por el pueblo se extendió la idea de que la brutal violencia que él había ejercido sobre Esperanza durante años era la culpable de aquel irreparable delirio, si no su bien conocida falta de fervor religioso. Teodosio dejó prácticamente de salir a la calle, y se sumergió en un velatorio constante y obsesivo, como buscando en su encierro una especie de amparo frente a las habladurías de los feligreses. No obstante, su reclusión no hizo sino incrementar las especulaciones, y hubo quienes incluso acudieron al padre Amador solicitando, indignados, la excomunión de aquel hombre implacable y cruel, que no había tenido reparo en arrastrar consigo en su impío fanatismo − ya que era sabido que nunca acudía a misa − al alma ingenua y pura de Esperanza. La casa fue en varias ocasiones objeto de ataques con huevos y cabezas de aves, y muchos comenzaron a evitarla, como si en ella tuviese su morada el mismo Satanás.

Unos días después de la visita del joven sacerdote, Teodosio oyó unos pasos que se acercaban a la casa; el ladrido de Gabriel lo alertó y le hizo alzar la cabeza del lecho y desembarazarse de la férrea opresión que ella ejercía sobre sus manos heladas. Esperanza volvió una mirada extraviada hacia el cuerpo de su esposo conforme éste se incorporaba y se desentumecía, y exhaló un vaho exhausto y blanquecino acompañado de un gorjeo inaudible.
«Viene una visita»
Ella suspiró.
«Dios ya no me ama… Me ha abandonado. Solo me queda esperar la muerte», susurró penosamente.
«Déjate de dioses, Esperanza. Te pondrás bien muy pronto, ya lo verás. Yo vuelvo en seguida, ¿de acuerdo?»
Teodosio dio un par de pasos y recibió al padre Amador en la puerta con los brazos cruzados.
«Buenos días…», saludó éste tímidamente.
«¡Gabriel! ¡Venga, p’adentro…! Maldito perro»
Arrancándolo de entre los pliegues del hábito del visitante, Teodosio propinó al chucho un puntapié en dirección a la casa, y éste dio un aullido que reverberó en los jirones de bruma deshechos al paso del joven prelado.
«¿Qué quiere?»
«Avemaríapurísima, hermano Teodosio… ¿Cómo se encuentra la enferma?»
«Muy bien. ¿Qué más quiere saber?»
El joven sacerdote tragó saliva, confundido ante la agresividad del bizco campesino. Mientras pensaba en algo que decir, estiró el cuello tímidamente, y sus ojos se hundieron en la mortecina penumbra del recibidor. Creyó distinguir la sombra de la muerte aguardando junto a la puerta, y apartó la vista.
«¿No sería posible verla? Tal vez mi presencia la reconforte…»
«Le aseguro que su presencia no le reconfortará en absoluto, don Ministro del Señor…»
Su tono de voz atrajo la atención de algunos ancianos, que permanecían inmóviles, sumergidos en parte en la bruma, como austeros peñascos en medio de un lago congelado. Se oyó el rechinar de una puerta, no muy lejos de allí. El padre Amador tartamudeó y comenzó a manosear el rosario que brillaba en torno a su cuello.
«Créame… créame que no le entiendo, hermano»
«No me llame hermano. El único hermano que tengo murió hace diez años, atropellado por un tractor. Usted no es de mi familia»
«Pero todos somos hermanos a los ojos de Dios…»
Alguien carraspeó. A lo lejos, se escuchó el golpeteo de cascos y el rechinar de un carro que se acercaba por la pendiente empedrada.
«Mire, ya estoy harto de sus liturgias y bienaventuranzas, ¿me escucha? Harto. A ver si nos dejan en paz de una vez, que bastante daño le han hecho ya a mi esposa…»
«Pero, Teodosio…»
«¡Que no! ¡Que no me diga más! Si ella no se hubiera pasado la vida barriendo iglesias, rodeada de santos y de reliquias y escuchando salmos a todas horas, no habría perdido el juicio. Y ahora, después de arruinarle la vida, me viene contando historias de hermanos, de santos, de alientos divinos y resurrección…»
El carro se detuvo. El párroco se había vuelto lívido, y Teodosio bramaba, sin control alguno sobre sus actos. Todo el pueblo les escuchaba, y contenía la respiración.
«… y, ¿sabe qué le digo? ¡Que me cago en su resurrección! A mí no me engaña usted, que yo sé bien que no hay Dios, ni Diablo, ni Infierno, ni nada. ¡Todo es una mentira, un engaño! Lo único que quiere es mujeres que le barran la casa gratis, fieles que le entreguen sus ahorros a cambio de decirles cuatro tonterías… ¡Pues conmigo no cuela! ¿Me escucha?»
«Teodosio, por Dios… recapacite»
«No, recapacite usted… y piénseselo muy bien antes de volver por aquí, no vaya a ser que le lluevan piedras del cielo»
Una mujer murmuró, indignada, en la lejanía. El cura carraspeó, nervioso, y miró hacia atrás.
«Comprendo que está muy afectado por la enfermedad de su esposa… Veré de regresar en un mejor momento… Transmita mis bendiciones a la enferma»
Teodosio no respondió, pero su mirada era furibunda y resuelta. Dejando caer los hombros y presa de un leve temblor de piernas, el prelado dio media vuelta y se fue sumergiendo en la niebla, que lo acogió en su seno como a un espíritu que vaga sin rumbo por el purgatorio. Gabriel exhaló un gemido ahogado, y Teodosio le dio una coz seca. A su alrededor, la bruma se quedó empapada de su abjuración publica, y de las miradas que habían quedado posadas, como hipnotizadas, en el umbral de la puerta y en su celador. Poco a poco, los viejos se fueron incorporando, surgieron de las sombras como almas en pena, y se arrastraron hacia el interior de las casas en silenciosa comitiva. Finalmente, la calle quedó desierta, y Teodosio volvió a entrar en el caserón, cerrando la puerta de un golpe.

Los días siguientes, Teodosio mantuvo una reclusión absoluta, y nadie lo vio siguiera arrimarse a los ventanucos de la casa Berdugo, cuyos postigos permanecían obstinadamente cerrados. Cada día más consumido por la frugalidad de sus víveres y el contacto constante con la moribunda, Teodosio se limitó a acompañarla día y noche en contrita actitud, hasta el momento en que el espíritu trastornado de la pobre ayudanta del párroco brotó de sus labios cansados y se evaporó entre la bruma de la habitación.
Él, al ver que ella había ascendido a los cielos, cerró sus ojos suavemente y le dio un beso en la frente helada.
«Adiós, Esperanza»
Parecía, en efecto, la Virgen María, con los brazos recogidos sobre su pecho y aquella expresión inocente de dicha absoluta que solo la muerte había conseguido imprimir en su rostro demacrado. Conteniendo el llanto, Teodosio deslizó la sábana sobre su cuerpo y, tras hacer la señal de la cruz, abandonó el cuarto.

Este relato finaliza aquí: Esperanza (II)

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2 respuestas a “Esperanza (I)”

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    […] posibilidad de partir mis relatos más largos en dos, tres, cuatro fragmentos. Esto ya sucedió con Hermanas, que dividí en dos partes debido a su extensión y también porque la narrativa no se resentía, e […]

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