El candidato
Había venido presagiando aquella crisis desde hacía años. No solo su empresa, otras muchas también habían cerrado en los últimos meses y, pese a la euforia divulgada desde los medios oficiales, muchos afirmaban que el pesimismo estaba ganando terreno en la calle, y que incluso se oían reproches velados a su Presidente en algunas tertulias de bar. Al fin, tomó la determinación de partir sin demora al extranjero, donde, dada la fortaleza económica de la Europa occidental, no tardaría en encontrar un empleo. De este modo, afirmó mientras cargaba junto a su esposa las dos pesadas maletas en el coche, sortearían las penurias de aquella inminente recesión económica y, al mismo tiempo, agradecerían no haber sido testigos de la galopante pobreza que pronto se extendería por las calles de su ciudad como la purulencia de una repentina metástasis. Solo los bancos sobrevivirían a aquello, reflexionaba para sí mientras conducían por la estrecha y tortuosa carretera camino del paso fronterizo. Los bancos aguantan siempre, pase lo que pase. Desgraciadamente, ninguno de los tres era banquero.
El pequeño pasó casi todo el viaje durmiendo. De tanto en tanto, entreabría un ojo, se desperezaba, constataba que nada había cambiado a su alrededor y se sumía en un lamento agónico que les obligaba a detenerse durante una hora en el arcén para llenar su diminuto estómago. El sol apretaba, y él se secaba el sudor con su pañuelo astroso, que plegaba concienzudamente antes de devolverlo al bolsillo de su desgastado pantalón de pana.
«Así no vamos a llegar nunca», gruñó, dirigiéndose a nadie en concreto.
Ella siguió acariciando la frente lechosa del niño, que había caído dormido en su pecho, y sonrió tiernamente.
«Seguro que, cuando lleguemos, nuestra habitación ya está ocupada. Estoy convencido de que no nos la guardan…»
«¿Les llamaste para avisarles de que tardaríamos?», inquirió ella, sin el más mínimo atisbo de reproche.
«Se lo di a entender, sí», farfulló él, «pero no me fío»
«¿Quieres que paremos después y llamemos para asegurarnos?»
Él jugueteó con las cuatro monedas mugrientas de venticinco pesetas que jugaban a enredarse entre los pliegues del viejo pañuelo, y miró al infinito antes de responder.
«No, mejor no. Que el niño se despierta, y entonces seguro que ya no llegamos. Si vemos que tardamos mucho, podemos dormir en el coche»
«¿En el coche?»
«Así saldremos antes mañana», se defendió, evitando su mirada. «Mira qué guapo está…»
Apretujó torpemente la pantorrilla fláccida del bebé, y éste esbozó una mueca somnolienta de desagrado.
«Es precioso…», respondió ella, embelesada.
«¿Ya ha terminado? ¿Seguimos?»
Se montó sin esperar la respuesta y aguardó unos instantes a que su espalda se acostumbrara de nuevo al sudoroso respaldo. El coche arrancó al tercer intento, renqueó y expulsó la gravilla hacia los lados, alzando una gran polvareda. Una parte se coló en el interior del habitáculo por las ventanillas abiertas, y sumió al niño en un acceso de tos seca. Poco después, gracias al murmullo del motor y al aire que les golpeaba la cara, su berrinche se fue calmando y pronto volvió a quedarse dormido.
Cinco meses más tarde, regresaba por la avenida Louise, caminando encogido en su fino tabardo y su traje de franela, cuyo pelo cardado le irritaba la piel de los muslos y le obligaba a frotárselos con pudorosa insistencia. Casi había olvidado los nombres de aquellos dos chicos que habían pasado la última hora diseccionando desapasionadamente su vida con la ayuda de un bolígrafo rojo. Uno era largo, enjuto, de ojos maliciosos de los que colgaban dos profundas bolsas carnosas. Hablaba atropelladamente, deteniéndose de cuando en cuando para dar una calada a un pitillo apestoso. Le bombardeaba constantemente con preguntas en un francés que a duras penas entendía, y a menudo le interrumpía para pasar a otra cosa, lo que suscitaba en su ánimo una indescriptible zozobra. El otro, un albino de enormes gafas ahumadas y resplandeciente papada, era tal vez más joven, y apenas hablaba. Se limitaba a observarle, especialmente al principio, y a realizar metódicas anotaciones con el bolígrafo rojo. Resoplaba por el calor de una calefacción implacable, y en ocasiones se servía de aquel folio presidido por su descolorida fotografía para abanicarse el cogote.
«De modo que es usted contable, ¿no es cierto?», ladró el primero, sin dejar de desplazarse nerviosamente de un lado a otro. Fuera, sonó un teléfono, y ambos se detuvieron un instante para escuchar la conversación de la recepcionista. Colgó poco después, y ellos se giraron, como recordando que él aún seguía allí.
«Sí… exacto. Tengo el título universitario, además»
«Perito en gestión comercial… ¿Ese título existe?»
«Es del 67… Además, en España…»
Se quedó a media frase, sin saber cómo proseguir en francés. El tipo silencioso se encogió de hombros y trazó un garabato en la hoja.
«Tuve una mención, Cum Laude», insistió, «El señor catedrático, Don Melquiades Sánch…»
«Ya. Dígame, ¿a qué se dedica ahora?»
Lo explicó de la mejor manera posible, tratando de enlazar los tumbos que había ido dando en la vida con la ayuda de una idealizada pero tortuosa filigrana lógica. Soslayó los empleos de un par de jornadas, o aquellos que le resultaban especialmente humillantes. Los otros, los adornó con la convicción y la seguridad en sí mismo del comercial que ha pasado los últimos años cubriendo de galas su triste discurso.
Mientras hablaba, el hombre joven se desabrocho el primer botón de la camisa, se aflojó la corbata e hizo un gesto de desgana. El otro seguía caminando de aquí para allá, sin mirarle apenas: ora permanecía mirando por la ventana, ora tomaba en sus manos el papel arrugado, lo examinaba durante un segundo, alzaba la vista hacia el silencioso reloj de pared y volvía dar cuatro zancadas nerviosas.
«Es consciente de que la situación ahora mismo no es buena, ¿verdad?», le interrumpió bruscamente conforme se sumergía en la descripción de su enésimo empleo de administrativo contable, esta vez en el turno de noche de un aparcamiento de St. Agathe, al norte de la ciudad. Los dos jóvenes se cruzaron una breve mirada y esperaron impacientemente a que respondiera.
«Bueno. Yo estoy convencido de que mi perfil… y con mi experiencia, y mi entusiasmo… mi capacidad de…»
«… de adaptación, sí», terminó el tipo larguirucho. «Guardaremos sus datos, no se preocupe. ¿Ha dejado el número de teléfono?»
«Sí, está ahí, en la primera página. En letra grande»
El otro echó una ojeada distraída al papel y lo volvió a dejar sobre la mesa.
«Bien. Le llamaremos… Ha mirado en otras partes, ¿no es cierto? Disculpe mi indiscreción…»
«Bueno… yo…»
«Se lo recomiendo. Siento ser tan directo. Pero con la crisis, todo esfuerzo es poco… No lo tenemos fácil»
«Sin duda, le entiendo. Yo mismo predije que la crisis llegaría, hace años, ¿sabe? Todas las señales macroeconómicas…»
«Hasta luego, monsieur… hum, monsieur Valiente. Le llamaremos»
«Muchas gracias. Para cualquier duda, ya saben…»
El otro le despachó con un gesto y dio tres zancadas más, luego otra, y una calada al cigarro. El gordo bostezó y se recostó en el asiento. Comenzaron a hablar entre ellos sin esperar a que él saliera.
El aire de la calle le golpeó como una bofetada, en contraste con el asfixiante bochorno que imperaba en la oficina. Se frotó las manos y se arrebujó en el abrigo. Sentía la garganta reseca y el estómago vacío. Tal vez alejándose de la avenida podría encontrar un local apropiado para detenerse a tomar algo y reflexionar sobre sus posibilidades tras aquella entrevista. No había ido tan mal; le habían dicho que le llamarían, y sin duda eran hombres de palabra. Todos en Europa lo eran, al contrario que en su país. Se preguntó cuánto tardarían en citarle − tal vez un par de días, o un par de semanas, quién sabe. Él no permanecería ocioso, en cualquier caso. No había que confiarse.
En una callejuela, encontró un bar semivacío en el que un par de viejos sorbían cansinamente sendos vasos de vino rancio. Pidió un botellín de agua, pero solo tenían del grifo, así que optó por tomarse un café bien caliente. Se lo sirvieron con dos sobrecitos de azúcar. Vertió la mitad de uno en la diminuta taza y lo plegó cuidadosamente, deslizándolo discretamente junto al que no había abierto en el bolsillo de su pelliza.
Mientras agitaba pensativamente la cucharilla, se lanzó a reflexionar sobre la entrevista. Tal vez no había puesto demasiado énfasis en su versatilidad, en su capacidad de adaptación. Era evidente que mostraba una gran disposición para aprovechar las oportunidades y para acomodarse a todo tipo de ámbitos, como su experiencia profesional demostraba. Era muy posible que ambos se hubiesen percatado de aquello, y sin duda lo habían valorado positivamente. Dio un sorbo al café; estaba frío, pero aun así lo envolvió con sus manos. Su trayectoria, sin duda, reflejaba una mayor y más rica experiencia que la de esos jovencitos arrogantes recién salidos de la universidad a los que veía caminar con prisa de aquí para allá, embutidos en sus trajes grises y alzando una mano, en la que habitualmente portaban un sobrio maletín de piel, para llamar la atención de un taxi. Además, era más resistente, había visto más mundo. Creyó haber demostrado su entereza a lo largo de toda la conversación, sin dejarse intimidar por sus trucos y su fingida impaciencia, y sonrió para sí; pronto se encontraría frente a frente con el director de la sucursal, y allí no habría lugar a dudas de que él era la persona adecuada para aquel puesto de ventanilla al público. Miró el reloj y lo acercó a su oído. No se había desembarazado de la costumbre de contar las horas hasta las diez de la noche, pero esta vez no tendría que ir corriendo a casa a cenar para luego marchar al trabajo. Aun así, tal vez debería pararse en la tienda a comprar judías y un par de patatas. Sacó las monedas del bolsillo y contó lo que le quedaba. No tenía suficiente. Pidió otro café. Se lo dieron con un sobrecito, y lo vertió entero en la taza. Hundió la cucharilla en aquel brebaje aguado y amargo. Seguro que, por aquel trabajo, le pagarían el equivalente de setenta mil pesetas al mes, o tal vez más. Lo primero que haría sería comprarse otro traje nuevo, sin duda. Se rascó la pierna. Tal vez debería haber vuelto para comentarles que no consideraba el sueldo una prioridad, sino la posibilidad de aprender, de servir al cliente y a su empresa dando lo mejor de sí mismo. Sabía que la clientela del banco apreciaría su porte, su sentido común, su experiencia. Sin duda, era el candidato ideal. Dio otro sorbo al café. Un viejo se levantó y se marchó; el dueño arrastró los pies en dirección a la puerta, bajó la reja unos centímetros y se quedó detrás de la barra, observándole de refilón. Él pagó y salió poco después.
Fuera, el viento había girado y se abatió, implacable, sobre él nada más dar dos pasos. El gabán le protegía a duras penas y la humedad se adhería a su cuerpo, colándose a través de la urdimbre de su apolillado traje. Decidió volver a la avenida principal, y lanzarse a caminar desde ahí. Cuando llegó a la esquina de la agencia de contratación, miró hacia arriba y vio luz en la ventana. Creyó discernir incluso una figura desgalichada paseando de un lado a otro, retorcida sobre un cigarrillo casi extinguido. Sonrió y se detuvo. El viento le hizo estremecerse, y recordó la imagen del joven del bolígrafo, tratando de zafarse del calor bochornoso con la ayuda de su résumé. ¿Por qué no subir de nuevo? De este modo evidenciaría un interés notable en aquel puesto, y una extraordinaria disposición que sin duda crearía una impresión muy favorable en los dos muchachos. Trazó con premura las líneas de lo que les diría, y de cómo abordaría su inicial sorpresa, mientras se frotaba las manos, pisaba con fuerza el embaldosado y se daba golpes en la pelliza para librarse de la pegajosa humedad. Sonrió ante su audacia, y volvió a alzar la vista hacia el ventanal.
No vio a la mujer acercarse, y tan solo reparó en su mano, que rozaba brevemente su gabán antes de alejarse de nuevo. Permaneció inmóvil unos instantes, mientras ella le prodigaba una mueca compasiva y aceleraba el paso. Echó la mano al bolsillo, y al notar el tacto frío del metal, se lanzó en pos de ella.
«Madame. ¡Madame! Non, non… pero… vous vous trompez…»
La vieja se giró un instante, temerosa, y siguió caminando, haciendo un gesto con la mano como para desembarazarse de un moscardón obstinado.
Sacó la moneda e hizo un tímido ademán de devolvérsela.
«Señora… se equivoca… c’est un erreur…»
Ella respondió algo en flamenco. Varias personas se habían vuelto hacia ellos, y lo observaban con suspicacia. Se giró hacia la ventana y vio una figura inmóvil, recortada contra la luz de los tubos de neón, con la mirada fija en la calle mientras se abanicaba con una revista. Se dio media vuelta y deslizó la moneda en el bolsillo disimuladamente.
«¡Mierda!»
La mujer se alejó con premura y él permaneció un tiempo encogido junto a la pared, con los ojos fijos en el suelo. Lentamente, las otras miradas se fueron despegando de su cuerpo y los viandantes siguieron pasando a su lado, desviando levemente su trayectoria conforme llegaban a su altura. Tardó unos segundos en recobrar la compostura y salió precipitadamente rumbo a su casa; aún le quedaba casi una hora de camino, y el frío apretaba.
Cuando entró al edificio, lo primero que oyó fue el llanto del niño mezclado con el estrépito del televisor del vecino, que tapaba con su griterío el crujido de los ochenta y pico desgastados escalones que le separaban de su estudio. Tras cerrar la puerta y sacudirse el agua del pelo, la vio surgir de las sombras de la habitación, envuelta en una manta gris. Sonrió, y le dio un beso.
«Qué frío tienes… No te he oído llegar»
«Acabo de entrar. He traído un poco de verdura para la cena»
«Muy bien»
Dejó la bolsa sobre el fregadero y frotó el vaho del cristal. La luz de la farola iluminó tenuemente la mesa escritorio, y pronto comenzó a verse salpicada de lágrimas de agua congelada que se reflejaron temblorosamente en las grietas de la madera.
«¿Tiene frío?»
«Justo acaba de ponerse a llorar. Me eché un rato en la cama. Estaba muy cansada; me dolía la espalda»
Se quedó de pie, observando cómo ella tomaba al niño en sus brazos. El bebé se calló al sentir el contacto con el cuerpo tibio de su madre. Ella lo besó tiernamente y se lanzó a susurrarle al oído cosas sin sentido.
Al cabo de un tiempo, se giró hacia él.
«¿Qué tal la entrevista? ¿Te dan el trabajo?»
Él suspiró. Sintió el tacto rugoso de la moneda de veinte céntimos que le habían devuelto en la verdulería y apartó la mirada.
«No. No me lo dan. Me han dicho que soy demasiado mayor»
«¿De verdad?»
Asintió.
«Lo siento cariño… No tienen razón. Pero alguien te dará un empleo, algún día. Ya lo verás»
«Sí, lo sé. Sé que puedo ganar dinero, incluso aunque no sea un joven recién titulado»
«Por supuesto que sí. Y entre tanto, tenemos lo que gano yo… Tú no te preocupes»
Sonrió, y le dio un beso en la frente. Él volvió a manosear la moneda, y se enjuagó una lágrima que se le había condensado en el párpado a causa del frío.
«¿Por qué no te echas un poco más? Ya me quedo yo con el niño hasta la hora de cenar»
«¿Estás seguro?»
«Claro. Vamos, échate un poco»
Bostezó. Dejó el niño en sus brazos y le dio un beso en la mejilla.
«Te quiero»
«Vamos. A dormir»
La vio desaparecer tras el biombo que separaba el camastro del resto de la habitación, y escuchó el lamento de los muelles bajo su peso. No se quitó el abrigo; aún tenía frío. Apretó el cuerpo del niño contra el suyo, y se sentó pesadamente en la quejumbrosa butaca.
El niño gruñó, molesto por el inexperto abrazo de su padre. Durante un tiempo, le obligó a esquivar las manotadas traviesas que le propinaba, a medida que los ojos fatigados del otro iban adquiriendo una vidriosidad mortecina. Poco después, vio brotar de ellos las lágrimas, impacientes como la primera tormenta de otoño después de un verano asfixiante. El niño, indiferente a todo, siguió golpeando a su padre, y éste se sumergió en una mezcla de risa y de llanto, y acabó hundiendo el rostro en el vientre blando y atónito de su hijo, temeroso de que ella pudiera oírle y despertarse.
Nunca había visto a su padre descomponerse de aquella manera, y mucho menos tan cerca de él. Calló durante un instante, presa de la confusión y, al ver que aquel llanto convulso no cesaba, concluyó que era un nuevo juego y dejó escapar un chillido eufórico para llamar su atención. Se agarró entonces con fuerza a su bufanda hasta arrojarla al suelo, pero el otro no se inmutó y siguió gimoteando. Excitado por aquellos ruidos que le resultaban tan familiares, estalló entonces en una carcajada, seguida de un gorjeo juguetón, y comenzó a hacer fuerza para librarse de la férrea y desesperada presión del viejo, igual que otras tantas veces había hecho con su madre. Siguieron jugando durante un buen rato hasta que, agotados, padre e hijo cayeron dormidos, conjurando con su torpe abrazo la gélida atmósfera de aquella primera noche de invierno.
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Publicado el: 19-06-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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21-06-2007 a las 20:22
Desde luego es un verdadero placer leerte.
21-06-2007 a las 21:59
Muchísimas gracias, Marta. Y por el enlace, muy especialmente. Espero poder seguir escribiendo con regularidad - ¡es muy adictivo! Y si gusta, aún lo es más.
Saludos,
Rb