La madre
La primera vez que su amiga Adela se lo propuso respondió nerviosamente que no. En primer lugar por los niños. ¿Qué ejemplo les daría marchándose sola a un lugar al que les había prohibido acercarse multitud de veces? Pero, por otra parte, no estaba segura de lo que pensaría su marido de aquella idea, ya que él rara vez aprobaba sus escapadas al curso de acuarela ni a sus sesiones de yoga, que calificaba despectivamente de «esparcimiento premenopáusico». Además, no se le antojaba, en principio, un plan apropiado para dos mujeres casadas de su edad. Así que le respondió que no. No, no puedo, fueron sus palabras. Y la otra sonrió y replicó, claro, lo entiendo, y volvió a sonreír. Y allí acabó todo, o al menos eso pensó en aquel momento.
Al día siguiente, pasó junto a su casa y detuvo el motor para saludarla. Había estado tentada de pasar de largo, y de inmediato le invadió un cierto desasosiego, un nudo en el pecho que se anticipaba al efecto que tendría rechazar de nuevo su proposición. Pero Adela solo sonrió y habló del tiempo, del bochorno que no abandonaba la orilla del lago, de los cuidados que su jardín requería, y entonces la invitó a pasar a tomar café, pero ella replicó que no podía, que tenía prisa porque aún le quedaban por hacer las compras en el centro, y también debía limpiar la casa. Le explicó que esta semana le había fallado la chica y que de todos modos limpiaba fatal, así que no se había perdido demasiado, aunque tendría más trabajo que de costumbre, y quería acabarlo antes de ir a recoger a los niños a clase. Y cuando dijo aquello se mordió la lengua, pues recordó que la chica de la limpieza era hispana como ella, y temió haberla ofendido. Pero la otra se limitó a sonreír, y le dijo que era una lástima, pero que, por favor, pasara algún día a compartir con ella un café, que estaba deseosa de enseñarle la casa, y por supuesto ella respondió que así lo haría y supuso que no era más que un formalismo, y se sintió aliviada porque había logrado evitar aquel tema que le recomía por dentro. Se montó, pues, de nuevo en el coche y arrancó precipitadamente.
No había terminado de acostumbrarse a aquel país. A sus distancias eternas. A su aislamiento, o al modo en que todo parecía deslizarse ante sus ojos con desgana, como atravesado por una bruma que desenfocaba el tiempo. Desde el primer momento, su marido se había sumergido en una absurda obsesión nostálgica, en una especie de inmersión afectada en la esencia del territorio, que lo había empujado a adquirir aquel ridículamente caro y quejumbroso Corvette del 61 que ahora conducía. Las escasas veces que compartían el coche, se obcecaba en acompañarse de viejas melodías de Bob Dylan, Nick Cave, Tom Waits o Neil Young, que eran, según sus palabras, la voz del asfalto abrasado que se deslizaba bajo sus pies. Le habría replicado que todo aquello le parecería una tontería solemne, pero en el fondo prefería aquella música al silencio, por lo que se limitaba a insistir en lo inapropiado de aquel vehículo para llevar a los niños a cualquier lado. A ello, él replicaba sin demasiado ímpetu que, si los chicos necesitaban el coche, muy pronto no tendrían problema en conducirlo ellos mismos. Y ella se enfurecía, y le obligaba a prometerle que no permitiría a sus hijos montarse en el auto sin su aprobación, y mucho menos para ir a alguna fiesta en la que pudieran beber y hacer tonterías y luego tener un accidente, y que ella no se lo perdonaría y que, en todo caso, antes preferiría vivir sin coche, incluso en aquel horrible lugar en el que no podía llegarse a ningún sitio andando, antes que ver cómo sus hijos se mataban estrellándose contra un árbol a las dos de la madrugada del día de su graduación. Y él le pedía que se calmase, y afirmaba que él no había hablado en ningún momento de dejarles el coche para que se fuesen de fiesta, y añadía que no podía escuchar la música si ella seguía desgañitándose. Apartaba entonces la vista, y murmuraba algo para sí, mientras ella se mordía el labio y se agarraba con fuerza a la manija de la puerta.
Le sorprendió sobremanera, por tanto, que él diera su beneplácito a aquella sugerencia extravagante que Adela le había formulado unos días antes, y que le animara a realizarla. La verdad es que sentía lástima por ella. Era joven, dinámica, entusiasta. Nunca la había visto quejarse de nada, ni juzgar a los otros, poniendo en cuestión sus defectos ni justificando sus desventuras. Ni siquiera en el caso de su marido, que llevaba, según le confesó con un velado desánimo, más de dos años haciendo vida a sus espaldas con otra persona. Le sorprendió que lo mencionara, pues ella ya lo sabía de oídas y de hecho la conocía: se trataba de una chica joven, hija de un empresario de la ciudad, a la que había visto en un par de ocasiones plantada a la puerta de una boutique de moda o sentada en la terraza de una cafetería. Tal vez, se decía, esperaba a que alguien la recogiera para ir a cenar a un céntrico restaurante, mientras se ajustaba el talle o se retocaba despreocupadamente la línea del pintalabios: una pátina de un tono profundo, ardiente, que brotaba en torno a su boca como una herida sangrante en el centro de su tez lechosa.
Se resistió al principio con obstinación. Su marido se esforzó en convencerla de que aceptara, haciéndole ver la parálisis en que se había sumergido su vida desde que se mudaron, pero ella replicó que aquello no había sido idea suya, y los reproches mutuos acabaron ahogando la disputa y sumiéndola en un resentido silencio. Él certificó su capitulación con un portazo y, casi de inmediato, comenzó a escucharse a Tim Buckley gorjeando su lúgubre melancolía en la puerta del garaje. El coche derrapó y se alejó, tal vez con la intención de demostrarle lo sencillo que era salir de casa durante unas horas. No volvió hasta bien entrada la madrugada. Ella se encontraba tendida en la cama hacía tiempo, pero había sido incapaz de conciliar el sueño.
«Voy a llamar a Adela para proponerle salir juntas un día»
Se oyó un resoplido, y un halito alcohólico fue empapando el aire de la habitación, hasta adherirse a las sábanas con avidez.
«Me parece bien»
Se dejó caer con torpeza y gruñó mientras se deslizaba a su lado. Ella se arrebujó y tiró de la sábana, aún dándole la espalda. A los pocos segundos, él se había dormido.
La propia Adela pasó a recogerle, y su marido la despidió en la puerta, cortando de raíz sus intentos de regresar para comprobar que no se había olvidado de nada, y muy especialmente la cena de los niños. Se había vestido de forma discreta, y como solo adminículo de maquillaje, deslizó en el bolso un lápiz de labios transparente que había comprado aquella misma tarde, para aplicárselo en el coche de camino al bar. No logró decantarse por un calzado enteramente adecuado, y acabó recurriendo a un zapato plano desgastado que le resultaba especialmente cómodo, oculto bajo la pernera de unos viejos vaqueros holgados.
Llegaron más rápido de lo que esperaba y, aturdida, se sumergió tras la espalda de Adela en aquel ambiente cargado en que solo distinguía a una docena escasa de mujeres dispersas por las mesas y los taburetes, rodeadas por un ejército de hombres de clase manifiestamente baja. Ellos la intimidaban. Ellas, sin excepción, habrían podido ser sus hijas. Suspiró. Pensó que aquello podía haber sido una mala idea, y su mente voló a su marido y sus hijos. Pero entonces sintió el tacto cálido de su amiga, que le agarraba suavemente del brazo y le conducía a la barra, y se tranquilizó. Tardó en decidir lo que deseaba tomar, y acompañó el Manhattan de Adela con un simple zumo de piña.
«Me alegro tanto de que al fin te hayas decidido a venir… Me apetecía mucho salir algún día de casa y poder relajarme un poco. ¿A ti no?»
«Sí… supongo que sí»
Forzó una sonrisa; no deseaba dar la impresión de haberle acompañado contra su voluntad. Sentía, además, que había de corresponder al afecto que Adela le había prodigado hasta entonces, y a su contagioso optimismo.
«Mi marido también me insistió mucho. Él dice que nunca salgo»
Posiblemente no había sido una buena idea sacar el tema de los maridos, pensó de inmediato. Pero Adela no pareció verse afectada, y replicó con su habitual buen humor.
«Sí… eso mismo me decía a mí James continuamente. Es curioso, pero ahora que estamos separados, es cuando más siento la necesidad de salir y divertirme. Y aunque me lo encontrara por ahí en un bar, ¿sabes? Me daría igual»
Su rostro esbozó una mueca maliciosa y dio un leve toque a su copa, como para celebrar aquella travesura compartida. Esto le hizo sentirse algo más desinhibida.
«En realidad lo que más me preocupaba eran los chicos…»
«Pero bueno… ya son mayorcitos, ¿no es cierto? ¿Qué edad tienen? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete?»
«La mayor tiene quince y el pequeño trece»
«Pues estoy segura de que ellos están más contentos de verte salir de casa de lo que piensas»
«Espero que no…»
«No, mujer, no lo digo en ese sentido…»
Rió nerviosamente.
«No, no, claro. Te comprendo. Pero es que, bueno, siempre pienso que debo darles ejemplo. Y el mundo está tan lleno de peligros… No sé qué pasaría si de repente les diera por empezar a tomar alcohol a esta edad. Posiblemente acabarían enganchados a las drogas, o algo peor»
«Pero no… No seas tan negativa. Si son unos niños encantadores, muy lindos y muy inteligentes»
Sonrió, complacida.
«Ya. Pero en este sitio, tan nuevo. Sin apenas amigos… Seguro que son capaces de hacer cualquier cosa por ser reconocidos y aceptados, allí, en el High School. Y se oyen tantas cosas…»
«Pero la mayoría son falsas. Son leyendas urbanas, mujer…»
«No sé qué pensar. Mi marido me dice que me preocupo en exceso, pero es que no soporto pensar que les pueda pasar algo…»
«No seas negativa, mujer. Estarán muy bien. Y seguro que ven con buenos ojos que su mamá salga un poco por ahí, y se divierta»
Sonrió, apenas convencida.
«Ya verás cómo mañana, al despertarte, te ven más contenta, más relajada… más linda»
Le rozó la mejilla con la mano, y ella se estremeció. Adela sonreía, siempre sonreía. A menudo la reconfortaba. Ahora, casi se sentía acosada por esa sempiterna mueca que adornaba sus labios carnosos. Tal vez ella tuviera razón con respecto a los niños. Pero no estaba segura.
«¿Sabes qué?», prosiguió su amiga, adoptando súbitamente un tono pudoroso, «Siempre me quedé con las ganas de tener un niño, de poder disfrutar de lo mismo que vos… aunque fuera de James. Me da igual. Lo mismo que si fuera sola. Seguro que en algún momento acabaría encontrando a la persona adecuada para educarlo, y para protegerlo… ¿no crees?»
Se sentía algo confundida, pero su maternal confesión no dejó de tener un cierto efecto emotivo sobre ella.
«Por supuesto…»
«Sí, es algo que se ha quedado aquí…», apuntaba al corazón, «pero no lo suelo comentar, porque me pone triste»
Sonreía abiertamente, como tratando de conjurar sus demonios. Era una chica muy guapa. ¿Cómo es que no había encontrado a nadie de su edad para resarcirse de su fracaso? No osó preguntárselo, y súbitamente, sintió cómo ella le rozaba la mano.
«Bueno, aún eres muy joven, Adela…»
Lo dijo mecánicamente, mirando a la mesa. La otra se ruborizó.
«Gracias… Tus niños estarán muy bien, ya lo verás… Eres una madre maravillosa…»
Sonrió, adulada, y algo confundida. Adela le miraba fijamente a los ojos, mientras acariciaba su mano; la alzó y la besó suavemente, apretándola contra sí. Aquel gesto le provocó un escalofrío. Apartó el brazo instintivamente y desvió la vista hacia la barra. Un hombre las examinaba en silencio desde la distancia. Al ver que ella se giraba hacia él, dio un sorbo a su cerveza, sin dejar de observarlas.
«¿Estás bien?»
Ella tomó el bolso nerviosamente en sus manos, y esquivó su mirada.
«Me gustaría irme a casa, la verdad»
«¿Tan pronto? ¿Por qué?»
Se encogió de hombros.
«No sé, no dejo de pensar en los niños. No te preocupes. Llamaré a un taxi»
«No, por dios. Ni se te ocurra. No te lo permito. Te llevo»
Salió la primera, seguida de Adela. Se montaron en el coche y recorrieron, sumidas en un pesado silencio, parte del camino. En la noche cerrada, la atmósfera de las calles se tornaba distinta, más tensa, más oprimente. El espacio parecía achicarse, pero el coche lo atravesaba pesadamente, como sojuzgado por la oscuridad y el silencio.
«No quise incomodarte. Lo siento»
«No pasa nada… No estoy acostumbrada a este tipo de salidas. La culpa es mía. Soy yo quien lo siento»
Notó su mirada posada en ella intermitentemente, y apartó la vista, fijándola en la lobreguez del margen de la carretera. Al fin llegaron a su casa, y abrió la puerta del coche antes de que el motor se hubiera detenido.
«Muchas gracias por traerme… Siento que haya sido tan corto»
«¿Te veré mañana en el curso de pintura?»
«No sé… tengo muchas cosas que hacer en casa. Mucha compra, y los chicos salen pronto de clase. No sé si podré»
«Bueno, pues nos vemos pronto, entonces»
«Claro»
Comenzó a alejarse. El coche permaneció parado hasta que se introdujo en la casa. Ya dentro del recibidor, oyó cómo arrancaba y se alejaba suavemente calle abajo.
La televisión estaba encendida. No era del todo habitual: su marido era más proclive a pasar las horas previas a acostarse sumido en la lectura o en la escucha de un disco de country, que ella personalmente detestaba. Pero esta vez llegó a sus oídos la voz del locutor deportivo, comentando los avatares de aquel encuentro que a nadie en la casa importaba.
«¿Ya estás aquí?»
«Sí. Nos volvimos pronto. El sitio era bastante aburrido»
«Vaya. Cuánto lo siento»
«¿Los niños?»
«Se han quedado en casa de un amigo, jugando a la consola… Acabo de hablar con ellos, los traerán en coche dentro de media hora»
«Ah… muy bien»
Se sentía cansada. Él no se había acercado a recibirla y fue ella la que se inclinó sobre él para darle un beso, mientras él apagaba el televisor. Brevemente, sintió como si le envolviera un perfume desconocido, un hálito dulzón oculto entre los pliegues de su camisa. Ella portaba encima el tufo a tabaco del bar, y pronto éste impregnó toda la sala y arrastró consigo aquel breve espejismo.
«¿Qué estabas viendo?»
«Nada… Un partido. Lo puse para desconectar un rato. Me dolía la cabeza»
«Ya»
Pasó junto a ella y fue recogiendo los restos de la cena que habían quedado junto al sofá. Ella se quitó el abrigo, mientras lo escuchaba trajinar en la cocina.
«Vete a dormir si quieres. Ya me quedaré yo esperando a los chicos»
«Sí, la verdad es que estoy muy cansada. Me voy a la cama»
«Muy bien»
Se acercó a la cocina a despedirle, y aspiró el olor de su piel mientras le besaba de nuevo. Nada. Tal vez solo habían sido imaginaciones suyas. Subió lentamente hasta el cuarto, y se dejó caer sobre la cama. Se sentía extraña, humillada, deseosa de no ver a nadie, de no salir de casa − tal vez nunca más. Menuda tontería, se dijo, mientras comenzaba a recorrer torpemente los pasos del ritual nocturno que, incluso en aquella casa extraña, habría podido ejecutar con los ojos cerrados. Cuando apagó la luz, fue incapaz de dormirse, y escuchó a los niños entrar por la puerta, hablar brevemente con su padre y subir a su cuarto. El calor de la cama fue muy lentamente calmándola, y el saber que todos estaban en casa la reconfortó. Se preguntó cómo habrían pasado la velada, y qué habrían pensado de ella. Tal vez se habían sentido extrañados, o decepcionados, pero no les daría la oportunidad de volver a juzgarla. Recordó que al día siguiente tenía multitud de cosas que hacer, incluido el arreglo del traje de Laura y, mientras se sumergía con satisfacción en la perspectiva de aquellas tareas domésticas y en la planificación de su fin de semana, fue esbozando una tenue sonrisa, que no la abandonó hasta que el sueño, al fin, la arrastró suavemente a su seno.
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Publicado el: 16-06-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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20-06-2007 a las 07:16
¿ nuevo en la blogosfera ? bienvenido ! sera duro para ti encontrar lectores en un formato mas bien largo, la gente pasea, saltea, pasa y apenas para y lee una pantalla o dos. pero de todos modos..exito ! traductor ? era una de las profesiones de borges, de cortazar, de tantos
20-06-2007 a las 10:14
Hola rebecca,
Muchas gracias por tu visita.
Me contento con ejercitarme y que alguien pueda echar una ojeada de cuando en cuando. Sé que es un blog atípico, pero es lo que me sale.
Tienes mucha razón con respecto a la atención fragmentada - y esto no solo aplica a Internet. Cada vez se ven más series de televisión y menos películas, que son demasiado largas… Nuestra mente funciona al ritmo del mando a distancia (o control remoto), saltando de aquí para allá caprichosamente. Es lo que hay, es la modernidad. Ya redescubriremos la lentitud cuando se nos acabe el petróleo y haya que volver a las bicicletas, ¿no?
¡Un saludo!
Rb
20-06-2007 a las 22:18
vivo en un sitio donde la lentitud no es un logro, sino una epidemia. creo que el lector no es que no tenga tiempo, carece de compromiso aun consigo mismo y por eso no lee o lee de a saltos o lee poco
21-06-2007 a las 01:21
En efecto, utilicé la palabra ‘lentitud’ de un modo poco acertado y algo tópico. Yo diría que ‘fragmentación’ y (como tú comentas) ‘falta de compromiso’ son conceptos que definen mejor la actitud hacia la lectura y el consumo cultural en general. Sin duda, tampoco el uso habitual de los blogs ha sido el de canalizar manifestaciones culturales. En realidad, la mayoría son bastante fragmentados y sufren de este mismo problema de falta de compromiso por parte del escritor - en definitiva, sirven al tipo de sociedad que los lee. Pero no trato de decir que un estilo sea mejor o peor, qué va. Disfruto mucho leyendo bitácoras de temáticas y formatos diferentes. Algunas son más prolijas, otras más escuetas. Me gusta que tengan compromiso con lo que escriben, eso sí.
Mi admirado José Luis Guerín habla de la fragmentación y la falta de compromiso (aplicados al ‘género’ audiovisual) en una interesante entrevista que encontré hace unos meses aquí: http://www.pulpmovies.org/entrevistas/guerin.html
Gracias otra vez por tu comentario. Un saludo, rebecca