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Intermedio para dos (o tres)

Entró en aquel foro como Paco, y la resonancia del nombre le mutó de inmediato en un personaje soez, trasnochado, machista y repugnante. Insultaba por sistema a sus iguales, alternando la mofa grosera con una aparente hiperactividad que dejaba a todos sin respuesta ante el deslumbrante y complejo despliegue audiovisual de sus diatribas. Fue objeto de burla, admiración, hastío, amenazas, varias expulsiones − que le hacían regresar con renovados bríos − y, finalmente, fue simplemente segregado con la ayuda de un desinterés más o menos generalizado.
Cansado de interpretar siempre aquel papel, creó entonces a Natalia. La dulce y sensata Natalia. Natalia, a sus ventipocos años, hablaba con desenvoltura y lucidez de todo tipo de temas, exponía sin pudor sus opiniones, sus gustos, incluso una calculada y sugerente parcela de su intimidad, que reverberaba con fuerza en las mentes de todos aquellos que se cruzaban con ella, y la agasajaban sin apenas percatarse de ello. Las palabras de Natalia, presas del temblor imperceptible de la pantalla, emanaban un aroma a lozanía, a inocente arrebato, a pieza de barro aún húmeda, sugerente en sus formas y ansiosa por sentir el tacto del buen alfarero sobre su cuerpo. Pocos eran capaces de mostrarse indiferentes al aliento sensual de Natalia y ninguno, pese a las puntuales muestras de desprecio recibidas y las dudas manifestadas en voz queda sobre su verdadera identidad, se sustraía en su fuero interno al deseo de poseerla.
Nadie sabe cómo sucedió, pero amaneció un día en que Paco percibió el interés suscitado por su alter ego, y comenzó a sentirse recorrido por un resentimiento que le mortificaba hasta la agonía. Lentamente, comenzó a proyectar sus dardos más ponzoñosos sobre Natalia y a provocarla con todo tipo de obscenidades, y no cejó hasta verla caer en sus redes. Harta de fingir indiferencia, de responder a su vejatoria insistencia con la contención y la mesura que la caracterizaba, de ver cómo su imagen era presa de los más esperpénticos epítetos (bruja, chupapollas, tragalefas, calentorra, zorrita, griegoadicta y otras lindezas semejantes) y de que los persistentes castigos del administrador no hicieran mella en la inquina de Paco, terminó por ceder, y acabó enfréntandose a él.
Aquel choque de trenes y sus encendidos intercambios constituyeron sin duda un gran espectáculo de fuegos artificiales, que deleitó a su auditorio y ardió como un fuego primigenio durante semanas. Natalia demostró ser mucho más mordaz en sus réplicas y contrarréplicas de lo que muchos se habían figurado al tratar con ella, y en numerosos testigos cundió el desconcierto sobre su verdadera identidad. «Ya te lo dije», parecían afirmar algunos al asistir a la transformación de la dulce Natalia, y no pocos de entre ellos se pusieron del lado de Paco en aquella disputa absurda, mientras los que más la habían adulado, por término medio, callaban.
Al cabo de un tiempo, sus dos creaciones fueron expulsadas del foro. En cierto modo, se sintió aliviado, pues aquel combate entre Paco y Natalia le extenuaba. Por primera vez, sopesó seriamente la posibilidad de no regresar más a aquel punto de encuentro, de cubrir a sus criaturas con una silenciosa capa de olvido y buscar una nueva ocupación para sus horas de tedio. Se acostó y, conforme su mente fatigada se enfrentaba a la penumbra y al silencio, constató que ambos seguían a la gresca, indiferentes a sus ruegos y a su agotamiento. Sus voces encendidas, las saetas sangrantes que veía volar ante sí, su pugna por la preeminencia, que se le antojaba un elemental combate por la supervivencia, lo mantuvieron despierto toda la noche y, conforme el alba brotaba, como una lluvia de unos y ceros que se colaba a través de los huecos de la persiana, pudo constatar que no existía el día ni la noche en aquella reyerta, que no cesaría hasta que uno de los dos fuese sacrificado y sus restos expuestos a la vista de todos.
El castigo, cuya tímida magnitud tal vez reflejaba el cierto apego a Natalia aún reinante en la comunidad, expiró varios días más tarde. Los dos regresaron, y también lo hizo Toni, su más reciente creación, a quien erigió en árbitro de una disputa que no tardó en encenderse de un modo más agrio que nunca.
Toni era, en pocas palabras, un tipo irresistible. Su oratoria transmitía confianza, autoridad, una impronta de infalibilidad que era casi imposible de cuestionar y que, al mismo tiempo, no abrumaba a sus iguales, sino que los invitaba al consenso, siempre debidamente auspiciado por él. Bajo su discreción aparente se escondía, visible para todos, una aureola de triunfos, una voluntad implacable, tal vez un impulso trágico que resultaba atrayente como un imán, pues no hacía sino reflejar los anhelos más íntimos de cada uno, aquellos que nadie se sentía con fuerzas de hacer realidad. Nadie salvo Toni.
Al principio, su intervención en aquella guerra de desgaste fue discreta, y se limitó a sobrevolar las trincheras y a dar agua a los contendientes. Pero pronto comprobó cómo Paco se esforzaba por arrastrarle hasta el barro, hasta el campo de batalla, deseoso de constatar de qué lado se inclinaba a la hora de esquivar las balas y las dentelladas. Expuesto a la implacable fuerza destructiva de aquel cruzado de la vulgaridad, por primera vez Toni se mostró incapaz de imponer una mediación efectiva basada en la sensatez y la compostura, y ésta se tornó cada vez más impaciente y roma. Así, envalentonada por el menguante efecto de las amenazas de Toni, la verborrea delirante de Paco alcanzó el paroxismo, y la retahíla de injurias que profería a cada momento acabaron por deslizarse hacia el terreno de las bravatas, la intimidación o las amenazas, cuya impunidad hacía estremecerse a todos los testigos de aquel combate a tres bandas. Finalmente, Toni calló, incapaz de contener la furia desbocada de Paco. Natalia lo había hecho muchos días atrás. Paco percibió la victoria al alcance de sus dedos, y se dio un leve respiro antes de clavar las uñas en los cadáveres de ambos. Desde aquel momento, no habría nadie capaz de plantarle cara, se dijo. Aquel triunfo era definitivo.
Esta vez fue expulsado él solo, y el castigo fue ejemplar. Se le impidió acceder a las páginas del foro, a todas, y se dictó una orden de alejamiento tanto de Natalia como de Toni, por la que varios miembros de la policía secreta del foro se encargaron de velar con notable éxito. No pudo regresar hasta meses después y, cuando lo hizo, no encontró rastro de ninguno de los dos. Preguntó por ellos y solo fue objeto de mofa. Se habían fugado, se decía allí. Poco después de impuesto su castigo, se habían lanzado a ridiculizarlo durante días, sometiendo su mezquindad a escarnio público y cosechando con ello un notable aplauso. Muy poco después, aburridos de aquel linchamiento, habían declarado en público su amor (para decepción de algunos de los más veteranos del foro) y se habían marchado de allí sin decir a nadie adónde iban. Poco le duró su incredulidad: sus palabras aún flotaban como una calima que se va a apagando lentamente, en las páginas semienterradas del foro. Y también los improperios que le habían dedicado, y que rezumaban, más que ansia de venganza, el desprecio y la burla que solo se reservan a un ser inferior.
Tardó en asimilar aquello. Hizo sus pesquisas, pero sin éxito. Las más veces, se mofaban de él en su cara, otras le conducían a sabiendas por pistas falsas. Exhausto y ajeno a las provocaciones, dejó de intervenir ni de interesarse por lo que dijeran otros. Se sumió en el silencio, en aquel silencio que, desde que había dejado de escucharla por las noches, se le antojaba insoportable y, casi de manera irremediable, resolvió aquel sinsentido de la única manera posible: el suicidio.

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