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La buhardilla

Lara

Ella dijo que todos los tíos jóvenes le parecían idiotas. Lo dijo para animarle, hace días, antes de encontrarse con él de nuevo, en la fiesta. O tal vez pensaba así realmente. Tal vez fue un momento de espontánea franqueza, una fuga que pronto atajó. Un fogonazo.
Llegó a la puerta, llamó. Hacía frío. Ella sonrió al verle, le hizo pasar, aceptó un beso en la mejilla, soltó una risa forzada. Luego comenzó a evitarle. Ponte cómodo, hay bebida en la cocina. Espera, me llaman. Estúpida fiesta. Pero no. Era él el estúpido. Lo supo nada más entrar, cuando rozó su mano, y ella se alejó, como si le abrasara el contacto con su piel.
Ella le agarra la mano. Le hace daño. Sus manos tienen la fuerza de un cadáver. Se agarra a su cuerpo, a su espalda. Comienzan a dolerle los brazos, y ha de detenerse un instante para tomar aire. El calor es asfixiante, pero la mirada suplicante que se ve obligado a evitar no es la de un cadáver. Su sudor no es el de un cadáver. Su sexo no es el de un cadáver.
Olía a flores. Cuando se acercó hasta él y le lanzó su aliento al oído y pegó su mejilla a la suya durante un instante. Su sonrisa olía a flores. Pero alguien abrió entonces la puerta de la sala de estar, y el cuarto se llenó de ruido, y de humo. Tal vez lo primero fue el humo, o tal vez el ruido. O ambos. El ruido tiró de ella, la arrastró, la alejó de él. La perdió en la penumbra, y ya no volvió a encontrarla en toda la noche.
En el patio trasero, alguien había levantado una hoguera. Algunos saltaban con una copa en la mano, perseguidos por las lenguas de fuego. El fuego sonreía. Y el humo llenaba la noche de reflejos. De sombras, de fantasmas. Podría no estar allí, y nada cambiaría. Seguiría la música, la risa, el griterío. Todos esquivándole en la oscuridad, mientras él se afanaba en buscarla.
«¿Sigues buscándola?»
«¿Buscándola? ¿A quién?»
«A Lara»
«Estaba mirando a los que saltan por encima de la hoguera»
«No hay nadie saltando»
Se alejó. No sabía quién era. Una más de las que le observaban, y reían con cierto descaro desde la penumbra. No distinguía bien sus rostros, solo veía ante sí el de Lara. Pero ella no estaba allí. ¿Dónde estaba?
«¿Enciendo la luz?»
«No, por favor. Espera. Estoy tenso. Perdóname»
De todas maneras ella enciende la luz. Él cierra los ojos instintivamente, y lucha por no perder su imagen. Pero se está alejando, y ni tan siquiera la oscuridad la retiene a su lado. Trata de recordar su figura, aquella tarde, cuando la invitó a su casa. A la casa abandonada, perdida al final de la carretera. Hacía frío. Se había apoyado en él, y su pelo olía a flores.
No habían hablado de aquella fiesta. Ni de arquitectura, ni de sus clases. Solo habían hablado de aquella casa, de los veranos que Lara había pasado en ella. Y se habían mirado a los ojos. Y se habían deseado. Y entonces la lluvia había comenzado a caer sobre ellos, repentinamente.
Le había invitado a regresar, al día siguiente. Pero no volvió.
«¿Quién le ha invitado?»
«Creo que ha sido Lara»
«Me da un poco de lástima»
«A mí no. ¿A qué coño ha venido?»
«Déjalo, pobre. Seguro que se está aburriendo como una ostra»
«Pasándoselo de puta madre. Carne fresca, primera fila de platea»
«No seas mala»
«Nos vamos arriba, ¿vienes?»
«¿Qué vais a hacer?»
«Volar con los angelitos»
Risas. Las miradas furtivas le abandonaron al fin, y él suspiró.
Subió las escaleras. No sabía por qué lo hacía. De alguna manera, sentía a cada paso, a cada escalón, que no era bienvenido, así que tal vez se tratase simplemente de una pose desafiante, de un tipo de venganza. El alcohol le quemaba en la garganta, y las piernas le pesaban, y le arrastraban escalera abajo.
La escalera desembocaba en un pasillo estrecho, lleno de cuerpos inertes recostados sobre la pared. Las piernas se entretejían por el suelo como un matorral de zarzas. El humo era denso. Nadie se volvió a mirarle. La encontró a la salida del baño. Reía como una poseída, se ajustaba la falda, aspiraba con fuerza y se hundía en otra carcajada. Le pareció odiosa, repugnante. Apestaba a aliagas, a rastrojos quemados. Caminó hacia ella decididamente, indiferente a las quejas ahogadas que brotaban de la vegetación a su paso. La agarró, la arrastró escalera abajo. La sujetó firmemente, contra la pared.
«Tengo que hablar contigo»
«¿De qué?»
«Pero, primero, quiero que pienses en el aquí, y el ahora. Quiero que dejes de pensar en lo que quiera que sea que estés pensando»
«¿Y en qué estoy pensando?»
«No sé. Tal vez en tus clases. O en tus alumnos. O en tus alumnas. En cualquier cosa menos en mí y en lo que está pasando aquí»
«¿Y qué está pasando aquí?»
Ella aprieta los dientes, y se reprime. Ya es suficiente sarcasmo, es hora de aflojar la cuerda. Si no, podría pasar algo malo.
«No estoy pensando en nada. Dime, ¿qué te pasa?»
«No. ¿Qué nos pasa? O mejor, ¿qué te pasa a ti?»
«¿A mí?»
«Hace meses que no hacemos el amor»
«Acabamos de hacerlo»
«¿A eso le llamas tú hacer el amor?»
Se calla. Suspira. Va a volver a hablar. Ya no hay nada que la detenga. Va a ser una noche larga. A su lado, se escucha el tic tac del despertador, que es testigo de este silencio afilado, sangrante. Ni siquiera escucha su respiración, porque el murmullo rítmico del reloj lo tapa todo. Tal vez si se girara para mirarla − pero permanece de espaldas a ella, con la vista fija en los dígitos fosforescentes, y el rumor del metrónomo se adentra en su mente, y le marca el ritmo al que, poco a poco, su matrimonio se desangra.
Podía oír el reloj de la cocina, tic tac tic tac tic tac. Podía oír las risas provenientes del salón de estar. La música. Un grito repentino, seguido de una carcajada. Sonaban como llamaradas de un fuego declarado por toda la casa. El vino se arrastraba por su garganta, y le ardía el reflujo, que le recordaba que no se había tomado el protector gástrico. Siguió bebiendo, casi por inercia, hasta casi acabarse la botella. Era un buen vino, y no lo había compartido con nadie. Una lástima.
Las voces llegaban de todas partes, y de ninguna. Comenzó a dolerle la cabeza. Tal vez con algo de nieve pudiese arreglarlo. ¿No habría nadie en aquella fiesta que pudiese ayudarle? Miró a su alrededor, y vio que todos le observaban. Desde la penumbra. No podía verlos, pero sentía que le observaban. Una chica se acercó y le dijo algo. Él sonrió y se aprestó a ayudarla. Era simpática, sus labios brillaban en un rojo ardiente, y vestía una falda corta deshilachada de la que emergían dos piernas delgadas y muy bronceadas, y un calzado estridente. Era una muñeca perfecta, se dijo, y perfectamente olvidable. Quisiera ser capaz de proponerle algo, pero se dio de bruces contra su sonrisa condescendiente. Se calló, y ella salió.
«Gracias», susurró a su oído antes de marcharse, y le dio un golpecito en la nalga.
Alguien rió a lo lejos, fuera de la cocina. Él vertió con prisa el resto de la botella en el vaso. Rebosó, y salpicó la encimera. Mierda.
Posiblemente tenía razón. Todos los tíos son unos idiotas. Quisiera estar con ella en su casa, allá arriba, en la colina. Retirando las zarzas. Dejando pasar las horas sin hablar. Lanzando de cuando en cuando una mirada a su cuerpo, a aquel cuerpo frágil que no estaba preparado para ese tipo de trabajo. Cosechando de ella una sonrisa fatigada, un suave roce con su mano, su peso liviano que se apoya sobre él durante un instante, una promesa no pronunciada. Espera. Está bajando por la escalera. Ríe. Mira hacia aquí fugazmente. La sonrisa se hiela en su boca, y echa un trago a su vaso. Se aleja hacia el salón de estar, y saluda a un chico. Se besan. El vino le quema en la garganta. Tal vez no ha debido beberlo tan rápido. Debería salir de allí, pero ha de pasar por la sala de estar, y no se atreve. Mierda. Mierda, otra vez.
Entró un chaval joven. Todos eran chavales jóvenes, y éste era igual que los demás. Eran todos iguales, y jóvenes. Éste se tambaleaba, como los demás. Disfrutaba perdiendo el sentido del equilibrio. O haciendo como que lo pierde, se dijo. Abrió la nevera, tomó algo de jamón de un paquetito de plástico y lo apretujó torpemente entre dos rebanadas de pan.
«Ssssh. No se lo digas a nadie, ¿vale?»
Soltó una carcajada, que se asemejó a un esputo. Le importaba una mierda que él dijera algo o no. Tal vez le resultaba cómica su presencia allí, tan lejos de todo. Tal vez lo confundía con alguien lo suficientemente borracho como para permanecer solo, alejado de todos, y admiraba en cierto modo su borrachera, que se le antojaba auténtica, auténticamente inmunda. Por eso se reía.
Él echó un trago a su vino. Un vino bueno, que no había compartido con nadie.
«¿Qué llevarás a la fiesta?»
«Un vino. Un vino bueno. Vendrán profesores. Es una celebración de final de trimestre»
Ella no se lo ha preguntado. ¿Por qué ha tenido que explicarlo, como excusándose por adelantado? Ella dijo que vendrían profesores, que era una tradición. Es mi primer trimestre, tengo que acudir. Por ella. Por mí. Por nosotros.
«¿Estás segura de que no quieres venir?»
«No»
A veces quisiera volver a ser joven. No, qué tontería. Bastaba con mirar a su alrededor para convencerse de lo contrario. Ahogó una risa y se centró de nuevo en su copa, que agitó con parsimonia. El reloj seguía sonando, tic tac tic tac. Tomó otro trago del vino. Estaba caliente. La echó en falta entonces. Ahora sí comenzaba a echarla en falta. Echaba en falta su voz, su mirada, su vacío, que ya no quería compartir con él. ¿Cuándo dejó de buscarle? Ella y yo. Solos. Los demás no están. Solo nosotros. En su casa. Su casa vacía. Como aquel día, una semana antes. Juntos en el jardín. Y él la acarició, anochecía, y ella se escabullía, unos pasos. Uno, dos tres, cuatro. Entonces, se detuvo. Y se quedó de espaldas a él, pensativa, bajo la lluvia. No citó la fiesta entonces, pero le dio un beso para despedirle. El primero. ¿Volverás mañana?, le dijo. Y él respondió, sí. Le mintió. Y aun así, le invitó. Tenía que venir. Por ella. No podía dejar de venir.
Entraron en la biblioteca. Sus padres tenían una biblioteca, de esas antiguas, que hace tiempo que nadie pisaba. Eso le había dicho. Una biblioteca llena de volúmenes decorativos. Un distintivo de clase. Una gilipollez.
Entraron, y olía a muerte. A aire inerte, infecto. De ése que te ahoga, y te roba la vida, y te transforma en un libro muerto que nadie lee. Él se puso a buscar algún cadáver, algún lector incauto atrapado por la atmósfera exánime de la habitación. Examinó las butacas y escudriñó bajo las mesas y ella, divertida, le preguntó qué demonios hacía. Así que él se lo contó. ¿Por qué no abren las ventanas, y dejan que les golpee el aire del exterior?
¿Por qué no abrimos las ventanas, y salimos huyendo, Tú y Yo?
«No podemos abrir», dice ella. Fuera está lloviendo.
«Me estoy ahogando aquí dentro»
Da igual. Mientras tú estés aquí. Cuando entré, todo olía a enfermedad y a podredumbre, a papel húmedo en descomposición. Pero ahora huele a flores.
Ella se giró y se quedó mirando hacia el fuego. Como aquella vez. Lara. Lara. ¿Por qué me has hecho venir aquí? ¿Quieres que me marche? ¿Me quieres?
«¿Me quieres?»
«Claro que te quiero»
«Entonces, ¿por qué no me haces el amor?»
Ella lo observa durante un instante, el que tarda en responder. Cierra los ojos antes de que él responda.
«He tenido mucha tensión todo el trimestre»
Su rostro era una bruma rojiza que reflejaba los rescoldos de un fuego apagado hace días. Miraba al suelo, absorta. Su falda se agitó por una ráfaga de aire. Estaba preciosa. Le habría hecho el amor allí mismo.
Ella se giró. Sabía bien lo que estaba pensando.
«¿En qué estás pensando?»
«En nada»
«Tenemos que resolver esto. Si no, no sé si podré seguir adelante»
«¿Qué quieres decir?»
«Sabes muy bien lo que quiero decir»
«Me parece mentira que estés hablando de esto»
«Estoy harta de no hablar de nada. Del silencio»
A su alrededor solo había silencio. La sala estaba vacía. Tal vez él sería la primera víctima de la biblioteca, cuando se quedase sin aire, cuando el dolor seco que inundaba sus pulmones se volviese insoportable. Sacó un par de libros de las estanterías. Gimieron en sus manos al abrirse. No habían sido tocados en años. Se preguntó si agradecían ser rescatados del ostracismo o si, por el contrario, simplemente habrían preferido que el tiempo los dejara morir, sin que él interviniera para intentar salvarlos. Tal vez era imposible resucitarlos. Y a él no le quedaban energías para hacerlo. Solo pensaba en ella. Seguía esperándola. Se había asegurado de que ella le viese pasar rumbo a la biblioteca. Era un sitio discreto, a donde no llegaba la música. Allí podrían estar solos.
Pero ella no apareció. Igual que no había aparecido arriba, en el pasillo, cuando había visto volar a sus amigos. Pero él no llevaba alas. Descendió por la escalera, flotando al principio, luego tambaleándose. Entró en la biblioteca. Y se puso de nuevo a pensar en ella, pero su imagen se había vuelto turbia. Se estaba desvaneciendo.
«Lo que no puedo soportar es que estés pensando en otra cosa»
«¿A qué te refieres?»
«A que estés pensando en otra persona»
«No estoy pensando en ninguna persona»
«En mí al menos no»
«No me refería a eso»
Se gira. Ahora los dos se dan la espalda. La oye sollozar. Ya es demasiado tarde, se dice. Deja por un instante de escuchar el ruido del metrónomo, al que se ha agarrado para mantener la cordura, y se vuelve hacia ella, y desliza la mano por su cuerpo. Ella se retuerce en un gesto brusco. El cuarto huele a sudor. Y a hiel.
Permaneció todo el tiempo de espaldas a la puerta, agudizando el olfato, esperando advertir el aroma a flores en cualquier momento. Pero ella no entró. Sintió que se le acababa el aire, y dejó el libro ajado sobre la mesa. Vaciló, y al fin lo tomó en sus manos de nuevo y salió de allí.
En el salón de estar seguía la música. Era ya solo un zumbido sordo, casi extinto. Las luces, exhaustas, temblaban a su paso. Creyó verla al fondo, retorcida sobre alguien en la penumbra.
Se retuerce en la penumbra, sobre sí misma. Llora abiertamente. Fuera, sigue lloviendo.
«Dime, ¿qué hiciste en su casa?»
«¿En qué casa?»
«Ya sabes de lo que te hablo. Fuiste a verla a su casa. ¿Estaba sola? ¿Estaba sola, esperándote? ¿Montasteis una buena fiesta?»
Suspiró. Giró el pomo de la puerta. Le golpeó una ráfaga de viento. El viento había virado, ya no era tan frío, pero sí más húmedo. Estaba empezando a llover. Se agarró al libro con desasosiego, como a una pieza de su cuerpo que estuviera a punto de desprenderse, y se arrebujó en el abrigo. Miró hacia atrás una vez más. Ella no estaba allí, pero aún oía las risas, lejanas, ahogadas, flotando en el humo y en la penumbra. Cerró la puerta a su espalda, y aceleró el paso.
Había ido a verla a su casa. A su casa, allá, al final de la carretera. Estaba sola, esperándole. Hablaron, caminaron juntos, Sintió su aliento a su lado, y su sonrisa olía a flores. Y no pudo quitársela de la cabeza, desde entonces.
«Fui a su casa, y la fiesta era una mierda. Así que me volví. Eso es todo»
«Ya»
Él suspira, y sigue observándola, agarrándose a su espalda con la mirada. Esperando que diga algo más. Perdiendo la imagen de Lara, que se desvanece en su mente, muy lentamente. Y no hay nadie para reemplazarla.
Al fin, al cabo de un tiempo, ella apaga la luz. Se arrebuja en las sábanas. El aire huele a hiel. Y a silencio. Y a páginas secas, deterioradas por el tiempo. Se estremece en las sábanas, y su aliento ronco y entrecortado, que no huele a flores, flota entre los dos hasta el alba, cuando él termina por dormirse. Solo entonces, ella rompe a llorar.

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