El taller
Al principio, no supo qué decirle cuando ella sugirió entrar juntos a fisgonear al taller.
«¿Tienes miedo?», le había insistido al percibir sus dudas, y él respondió que no, que cómo iba a tener miedo, y accedió de inmediato a llevarla. Pero en su fuero interno, le asaltaba en efecto un temor reverencial a ser descubierto y a tener que enfrentarse a su padre, a quien despreciaba. Por otra parte, no comprendía qué interés podía tener ella en la que el viejo llamaba con sorna «su oficina», y solo se le ocurrió pensar que tal vez estaría poniéndole a prueba. Bien, de ser así la superaría, de eso no cabía duda. Pero antes debía asegurarse de que estarían solos, y para ello hubo de seguir sus pasos durante toda la semana y analizar sus hábitos y correrías por la universidad sin que él advirtiera su presencia. Al mismo tiempo, comenzó a mostrar un cierto interés en su trabajo y, superada la perplejidad inicial, su padre no tuvo reparo en hablarle de sus proyectos, de las técnicas que empleaba, e incluso de llevarle alguna tarde consigo al taller que él ya conocía, pues lo había visitado en numerosas ocasiones cuando no había nadie en la casa.
«Fíjate», le decía, interpretando su absorto silencio como una repentina y tardía fascinación filial por su oficio, «lo importante es comprender que esculpes por eliminación, que lo que haces con la espátula ya no tiene vuelta atrás, ¿comprendes? Con un solo golpe puedes destrozar una vida − porque llega un momento en que todas estas esculturas adquieren vida propia, y dejan de ser simplemente un pedazo de piedra…»
Miraba a su alrededor y, conforme iba pasando las manos pensativamente por sus obras, se sumía lentamente en la melancolía. Pensó lo solo que debía de sentirse allí, siempre encerrado en su taller, pero no se conmovió − era su padre, al fin y al cabo. Tampoco que le arrimara hacia sí, agarrándole cálidamente del hombro, y le hablara al oído como nunca lo había hecho.
«Éste es el trabajo más difícil del mundo. El más difícil. Pero si no lo fuera, ¿qué placer nos reportaría tallar toda esta piedra virgen? Sacar su alma de la escayola, y sentir cómo su mirada te agradece haberla poseído, haber deslizado tus manos por su cuerpo para darle vida… Esto es lo más importante, lo más importante que debes saber»
Sonreía, le restregaba el pelo y vagaba aún durante un rato por aquellas reflexiones constantemente regadas por su inseparable vino tinto, cuyo aroma le envolvía como un efluvio rancio. Mientras, él se batía entre el aturdimiento que sus confesiones le suscitaban y una inexplicable excitación, la que le provocaba la perspectiva de invitarla a pasar una tarde allí, solos ellos dos.
Cuando entraron, ella pasó un tiempo caminando despreocupadamente por entre los enseres y los trabajos inacabados de su padre, retorcidos en poses que parecían suplicar al visitante que los liberara de aquella prisión de escayola. Él la siguió nerviosamente, aterrado ante la posibilidad de que pudieran romper alguna de aquellas figuras si, por causa de un mal movimiento, dieran en tropezar con las sábanas que las cubrían. Insistió en sugerir que se sentaran en algún sitio, pero ella tardó en acceder, y hasta que lo hizo, respondió a sus ruegos con una sonrisa huidiza, que le hería y le estimulaba al tiempo casi tanto como el estremecimiento de su larga falda de volantes.
Llevaban un tiempo postrados allí, sobre aquella bancada quejumbrosa que tal vez no había sido utilizada en años. Ella se agitó en su regazo, y el cambio de postura le hizo percatarse de que se le había dormido la pierna. No dijo nada. La cola de caballo se desparramaba por su pantalón, y tuvo por un instante el impulso de acariciarla, pero lo reprimió de inmediato. Se quedó observando su mandíbula afilada, los poros de la piel en torno a sus fosas nasales, que brillaban tenuemente a la luz de los tubos de neón, la frente ancha partida por aquella marca, casi invisible, que la atravesaba en diagonal a la altura de la ceja izquierda. Desde aquella distancia, constató con azoramiento lo proporcionado de su pecho, y se quedó observando cómo el tórax se expandía y se contraía pausadamente, al ritmo de su aliento ronco. Un acceso de tos seca le sacó de sus pensamientos.
«¿Tienes un pañuelo?», preguntó ella con los ojos enrojecidos, mientras se incorporaba e intentaba aplacar la tos sin demasiado éxito.
Él aprovechó para estirar la pierna y echó la mano al bolsillo.
«Solo el mío. Si quieres te doy una esquina»
«Da igual»
Se secó las lágrimas con la mano. Él esperó a que la tos cediera, conteniendo la respiración. Cuando lo hizo, cambió de postura para acogerla de nuevo sobre sus piernas, pero ella no se movió. Se quedó sentada con la espalda pegada a la pared, cabeceando suavemente, y dejó que el silencio los envolviera durante un tiempo.
«¿Conoces a alguna?», espetó de repente.
Apuntaba a los maniquíes que poblaban la estancia a su alrededor, algunos medio envueltos en plásticos y sábanas, otros postrados en poses inverosímiles, muchos esculpidos solo a medias − un bloque de yeso del que, de repente, surgía un brazo, un pecho, una mano huesuda o una cara torcida en una mueca agónica, como pidiendo auxilio antes de ser consumida por aquella forma primigenia.
«No. Yo creo que son personas imaginarias»
«Qué va. Seguro que utiliza modelos»
«No lo sé. Nunca he visto a nadie entrar aquí»
«Seguro que tiene sus fotos, idiota»
Calló, avergonzado, y se encogió de hombros.
«Pensaba que alguna sería tu madre»
«¿Mi madre? No, no lo creo»
«¿Nunca ha posado para él?»
«Que yo sepa no. Además, siempre está muy ocupada. No creo que tuviera tiempo»
«¿Qué hace tu madre?»
«Es directora de ventas, de algo de ordenadores. Seguramente está de viaje ahora»
«Y tu padre, ¿no la acompaña nunca?»
«No, qué va. Antes solíamos ir a la casa de la playa, los fines de semana. En verano, unos días. Pero ya hace un tiempo que ella se va sola. Bueno, con clientes»
«Qué pena»
«No me gusta el mar. ¿Y a ti?»
«Pues claro que sí»
Él calló. Había escuchado el murmullo de un motor acercándose por la carretera, pero pasó de largo, como una ola que rompe sin fuerza y no llega a mojar la arena. A su lado, ella había alzado la vista hacia la puerta, pasando por encima de él, pero pronto la desvió de nuevo hacia los utensilios que atiborraban el espacio que los rodeaba. Se sacudió la falda y la extendió de nuevo sobre sus piernas, tapando el vacío que se había abierto minutos atrás, y sacándole bruscamente de su arrebato.
«¿Crees que tus padres se quieren?», dijo, y comenzó a agitar las piernas con fuerza. Unas piernas largas, fibrosas, que se estrechaban a la altura de los tobillos y parecía que fuesen a romperse en cualquier momento.
«No lo sé. Sí, supongo que sí»
«Los míos están divorciados. Mi madre se ve con un tipo, creo que él también está separado. Es agente de bolsa, o corredor, o como se llame. Quedan para cenar cuando yo estoy con mi padre, y creo que duermen juntos»
Él tragó saliva.
«Desde que empezaron a verse, mi madre ya no pone tantas objeciones a que yo me vaya a dormir a su casa. Además, yo lo prefiero. Si no fuera mi padre, me enamoraría de él. Es guapísimo»
«Ah»
Él apartó la vista, contrariado, y comenzó a rascarse con furia un picazo de mosquito que le torturaba a la altura de la pantorrilla.
«¿Sabes qué? Yo creo que a tu madre le gustaría mi padre»
Lo observó al fin con aire burlón, mientras él trataba desesperadamente de encontrar algo que decir.
«El otro día mi padre me preguntaba lo que quería estudiar. Siempre pensó que haría económicas, pero yo no estoy segura. A lo mejor hago bellas artes…»
«Yo voy a ser médico»
Contuvo la respiración, como tratando de medir el efecto que había ejercido en ella su súbita confesión. Luego, prosiguió.
«Mis amigos me dicen que sus padres están todo el tiempo preguntándoles lo que van a hacer. Que están hartos de oír siempre lo mismo: haz una ingeniería, estudia arquitectura, o derecho… Así que yo fui el otro día a mi madre y le dije: ‘Mamá, voy a ser médico.’ Y aún me quedan un par de años para decidir, pero a mí me da igual. Me gusta la medicina.»
«Y tu padre, ¿qué piensa?»
«No tengo ni idea…»
«¿No se lo dijiste?»
«No»
Súbitamente, ella se incorporó. Sin mediar palabra, comenzó a deslizarse entre las esculturas, rozándolas pensativamente con los dedos, como una bailarina que se supiera agasajada por aquel coro de miradas hambrientas de vida. Y él se figuró que, a su paso, las estatuas danzaban al compás que ella les marcaba, incluso aquellas a medio esculpir, y que su blanca piel se mudaba en una orgía de colores. Una música invisible inundó el taller y comenzó a girar desenfrenadamente, y desenfrenadamente ella se elevaba, mecida por aquel aliento, y flotaba por encima de la tornasolada compañía de danza. Entonces, reapareció tras un bloque de yeso, que se quedó observando, arrobada, durante un instante. Se trataba de un rostro masculino salpicado de arrugas cuya mirada circunspecta parecía haberse quedado suspendida en el tiempo. Ella cerró los ojos, le dio un beso suave en los labios y sonrió con aire travieso.
«Me he enterado de que hablas a tus amigos de las estatuas de tu padre»
«¿Qué?»
«Que les dices que tu padre esculpe desnudos, y se los describes con todo lujo de detalles. Pero luego nunca les dejas venir a verlos. A nadie»
«Pero a ti te he dejado venir, ¿no?», balbuceó en su defensa.
«Dime, ¿es cierto? ¿Es así como te haces el interesante?»
Se había acercado hasta él y le examinaba con aire socarrón, inclinada levemente hacia él, tratando de escrutar su mirada esquiva mientras hacía oscilar suavemente la falda. Como si aquel aliento mágico, que ahora había adquirido el tono de una ráfaga helada, no se hubiera aplacado del todo.
«No. No es cierto», murmuró sin fuerza.
Ella sonrió, victoriosa, y volvió a alejarse y a dar varias vueltas en torno a sí misma.
«Y si trajeras a tus amigos, ¿les quitarías los ojos de encima? ¿O harías con ellos lo mismo que haces conmigo?»
Él se ruborizó.
«Dime, ¿cuándo vuelve tu padre?»
«¿Mi padre? No sé…»
«¿No está aquí? Creo que a lo mejor me gustaría conocerlo»
No podía imaginar lo que sucedería si su padre llegaba y los encontraba allí. Fuera, anochecía. No podía dejar de pensar que ella había estado recostada sobre su regazo… y ahora parecía escabullirse hasta de su mirada.
«¿Crees que podría venir algún día a ver cómo trabaja?»
«No creo que le guste la idea»
«¿Por qué no?»
«Porque es muy celoso de su trabajo. Le gusta estar solo»
«Y, ¿cómo sabes tú eso?»
Se encogió de hombros.
«Me lo ha dicho»
«¿Y si le sirvo de modelo? A lo mejor entonces me deja acompañarle…»
No supo qué decir. No podía pedirle que se marchara, pero tenía miedo. Miedo a que su padre llegase de un momento a otro, y se pusiese hecho una furia, y le prohibiese volver a entrar allá, y no la volviese a ver. Miedo, especialmente, a que ella hablara en serio.
Ella se acercó. Se sentó de nuevo junto a él. Le tomó la mano y examinó su rostro detenidamente, casi clínicamente. Entonces, le dio un beso en la mejilla y se puso en pie de nuevo.
«Será mejor que me vaya… Gracias por invitarme»
Él no respondió. Solo se giró a tiempo para ver el vuelo de la falda desaparecer tras la puerta y, al oír cómo se alejaba por la escalera, no pudo evitar exhalar un largo suspiro.
Acudió a la universidad varias veces a lo largo de las siguientes semanas, siempre que tenía una tarde libre en el instituto. Se sentía extraño, como si, desde que ponía el pie en el campus, todas las miradas se posaran en él y fueran conscientes de su impostura. Acudía directamente al aula en que él impartía sus clases y escrutaba con la mirada los rostros de los alumnos. Luego, le escuchaba hablar durante unos minutos, pero sus palabras le sonaban huecas, y ya no experimentaba el estremecimiento que le había asaltado semanas antes en el taller, cuando se habían quedado solos y, súbitamente, las barreras entre ambos habían caído.
Su obsesión por ella no cejó, pero le resultó imposible atraerla hacia sí después de aquella tarde que, en su mente, se amplificó hasta convertirse en el paso inmediatamente previo al romance más apasionado que uno pudiera concebir. Le escribió cartas, que rompía casi de inmediato. Fue a buscarla a su instituto, y salía corriendo al ver salir a las primeras chicas por la verja de entrada. Llegó incluso a preguntar por ella a un amigo que sabía era hermano de una amiga suya, pero él aprovechó para burlarse de él y de su embeleso, y no volvió a insistir. Conforme se acercó el verano, fue tratando de olvidarla y se sumergió en sus lecturas sobre epidemiología, antropología, genética y fisiología − que pronto descubrió que le aburrían hasta la náusea.
Siguió visitando el taller, donde al principio examinaba con detenimiento todas las figuras en busca de defectos patentes en su anatomía. Llegó a conocerlas todas de memoria pero, con el paso de los meses, su entusiasmo se fue apagando. Se había disipado además la emoción de aquellas primeras visitas prohibidas, y su padre incluso le alentaba a pasarse siempre que quisiera, preocupado por la aparente fragilidad de su vocación plástica. Terminó por hacer meramente lo que en otro tiempo: deslizarse con extravagante cautela a espaldas de su padre, y detenerse sin más a admirar la belleza evocadora de aquellos cuerpos desnudos. Constató que, a fuerza de verlos, habían perdido en cierto modo su misterioso atractivo y, en ocasiones, no encontró otro aliciente que cerrar los ojos y tratar sin éxito de escuchar la música que había llenado la sala aquella tarde, y que no parecía existir si ella no la engendraba a su paso por entre los desnudos bancos de trabajo.
Una tarde, entró al taller y encontró a su padre trabajando. Llevaba ya unas semanas sin subir, y apenas cruzaron unas palabras. Caminó lentamente por entre los bloques de piedra, preguntándose qué le había traído hasta allí, y deseando no haber decidido sacudirse con aquella visita estúpida el tedio que lo asfixiaba.
Entonces, vio la estatua.
Se trataba de un bloque casi virgen. De él apenas emergían los rasgos de un rostro femenino anguloso, esbozado aún con crudeza, y una pierna estrecha y frágil, mucho más concretada, que flotaba en el aire junto al vuelo de una falda larga. Se quedó observándola durante un tiempo: la pierna se perdía en el bloque de yeso muy por encima de la rodilla y su pose parecía invitarle a abrazarla y sumergirse en una danza extasiada con ella.
Escuchó el resoplido de su padre, que se le acercaba y, sin pensárselo dos veces, salió corriendo de aquel espacio que, súbitamente, se había vuelto irrespirable. Pareció escuchar de fondo una música que surgía de la nada, como si esa figura apenas esbozada se hubiera lanzado a bailar tras su marcha. Pero a él se le antojó una risa macabra, y se tapó los oídos mientras se precipitaba escalera abajo.
No regresó al taller. A menudo tuvo la tentación de acercarse allí con paso furtivo, de noche, armado con un punzón, decidido a acuchillar sus obras, a lacerar toda aquella carne falsa, a arrancarles sus almas y exponer su engaño. Pero no se sentía capaz de enfrentarse a ella, a aquella forma embrionaria que era a quien más ansiaba mutilar. Más que nunca, trató de evitar a su padre, y pasó tanto tiempo como fuera posible lejos de su casa. El dolor, sin embargo, no se mitigó, y fue tal vez lo único que no transpiró por sus poros en aquel tórrido e interminable verano.
Una mañana, su padre se enfrentó a él. Nunca lo había hecho. Nunca le había reprochado su silencio. Pero no le pilló por sopresa; llevaba ya varios días observándole, midiendo sus reacciones a los breves comentarios que le lanzaba como globos sonda cuando se encontraban por la casa. Sopesando los motivos de su despecho.
«¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas? Joder. Con lo ilusionado que parecías con lo de la escultura… ¿Te he hecho yo algo, o qué?»
Los bufidos siguieron durante un rato, y él los esquivó como mejor pudo. Miraba el reloj de tanto en tanto, mientras permanecía sumido en un obstinado silencio, pero ambos sabían que nadie le estaba esperando, y que sólo tenía prisa por que aquello acabara.
«Coño, qué raro estás», resopló al fin al cabo de varios intentos sin respuesta. «A lo mejor debería mandarte unos días con tu madre…»
«¡Pues a lo mejor sí, y le cuento lo que haces aquí!»
Le respondía así, en su imaginación, mientras el otro le examinaba durante unos segundos eternos y cerraba la conversación con un suspiro y un golpe al diario.
Salió esa misma mañana a la calle, de nuevo sin rumbo fijo, cansado de aquella rutina de huida constante. Deseando no haberla conocido nunca. Se preguntó si su padre habría logrado mantener con ella aquel equilibrio del que tanto presumía, si no habría errado al esculpir sus rasgos, obligándole a abandonar su empeño, o a empezar de nuevo. Pero no era posible. Solo había una oportunidad de moldear a alguien, y su padre manejaba la cucharilla con una destreza inigualable.
«Hola»
Se giró bruscamente, y la vio a su lado, como aparecida de la nada.
«Hola»
Iba vestida con una camiseta de tirantes y un pantalón corto. Por debajo, asomaba un bañador de dos piezas, que se transparentaba a la altura del pecho. Se tapaba los ojos con la mano, y torcía la boca en una mueca que intentaba ser amistosa.
«¿Adónde vas?»
«No lo sé. A dar un paseo, supongo. ¿Y tú?»
«Pensaba tomar el tren para ir a la playa.»
Se quedó allí, quieta, sin decirle nada. Él miró hacia atrás; su casa había desaparecido en la distancia, oculta entre los árboles. Ella alzó la vista un instante hacia allá, y en seguida la apartó.
«¿Qué haces por aquí?»
«Mi madre vive la Floresta. ¿Sabes dónde está?»
«Sí. Abajo, al otro lado del río, ¿no?»
«Exacto. Ya llevo con ella un par de semanas»
«Ah»
«Discutí con mi padre. Por eso me vine aquí. Y además, está más cerca del mar»
Se sucedió un largo silencio. Pasó un coche, y ambos se hicieron a un lado. Dejaron que el sonido del motor se hundiera en la lejanía, ahogado por aquella calima que parecía aislarlos en medio de una bruma líquida. Sintió el picor del sol sobre su frente; hacía mucho calor, mucho más que cuando había salido de casa.
«Bueno, ¿entonces te vienes o no?», le espetó bruscamente, y se quedó observándolo con una expresión impaciente, como a un hermano pequeño al que hay que explicarle todo. Él no reaccionó, y ella hizo un ademán de marcharse sin él, pero cambió de idea, se giró y le tomó de la mano.
«Venga, vamos»
«De acuerdo», respondió él al fin.
Y se puso en marcha, sin poder contener una tenue sonrisa, apenas un paso por detrás de ella.
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Publicado el: 08-06-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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