La bruma
Pasó las dos semanas en pos de la joven esposa de su tío. Había odiado al principio tener que malgastar parte de sus vacaciones en aquel pueblo triste de un par de docenas de casas, castigado por una canícula atroz y la implacable hemorragia de juventud que el tiempo infligía en su invisible parroquia. Pero, desde el primer día, la presencia de T. le perturbó de una manera que nunca había sentido hasta entonces, y convirtió lo que se suponía una segura condena al tedio en un excitante juego de fabulaciones secretas.
La madre de T. vivía a apenas dos manzanas de distancia, en un caserón antiguo al que nunca osó entrar. Pasaba con frecuencia a visitarlos, ya fuera con una bolsa de compra que descargaba metódicamente en el frigorífico o con un arsenal de productos de limpieza, listos para ser empleados con fruición por los más insondables rincones de la casa. Cada cierto tiempo, se detenía y procedía a golpearse el pecho con el abanico para liberarse de su sempiterno sofoco, con tal vehemencia que parecía que fuese a destrozar las varillas en alguno de aquellos furiosos envites. Nunca prestó demasiada atención a su presencia en la casa, y en alguna ocasión la escuchó hablar con T. en la cocina, cuando ya se le suponía dormido en su cuarto, y decía que todos en su familia eran iguales, y su tía le replicaba que solo era un niño, por dios, pero ella insistía, y le advertía de que ella era su madre, y que hiciera el favor de no levantarle la voz. Entonces, cerraban la puerta, y él regresaba precipitadamente a su camastro, en el que reposaba inmóvil, mirando hacia el techo abuhardillado, sintiendo el tacto bochornoso de las sábanas en torno a sus piernas y enfrascándose durante horas en la evocación de todos y cada uno de los rasgos del rostro de T., sus gestos, las proporciones de su cuerpo, su mirada azorada y aquel artificial deseo de agradar que la hacía tan deseable.
Cuando llegó al pueblo, un par de días antes, le avisaron de que su tío estaba de viaje en la China, o en Vietnam − sus padres no estaban seguros, pero de todos modos era muy lejos, y no volvería en otros dos días más como mínimo. Cuando al fin apareció, lo recibió con entusiasmo y una fastuosa invitación a cenar en un restaurante de un pueblo cercano en el que no conocía ni uno solo de los platos de la carta. Pero lo peor de todo fue tener que soportar la presencia de ella constantemente a su lado, tratándole con medida condescendencia y recibiendo el afecto de su marido sin ningún pudor.
Al día siguiente, su tío le invitó a acompañarle al campo de golf en el que se citaba a menudo con algunos de sus clientes. El juego le aburrió sobremanera, y no pudo dejar de pensar en ella en toda la jornada. Cuando regresaron en el coche, le preguntó si le había gustado.
− Si. Mucho.
No dijeron nada más. A la mañana siguiente, su tío se había marchado a otro congreso, esta vez en Cuba, y T. le confirmó que estaría al menos cuatro o cinco días fuera. Cada día, ella se marchaba a la ciudad por sus cursos − algo de patrones, como le explicó una tarde, pero él no entendía gran cosa de todo aquello, y tuvo que hacer esfuerzos para farfullar algo coherente al respecto − y no regresaba hasta la noche. Él pasaba el día fabulando encuentros con ella en cualquier rincón de la casa, evocando su mirada sorprendida y turbada al descubrir súbitamente el deseo desnudo revelado en sus ojos, el miedo ante su intrepidez, la pasión que se apoderaba de ella conforme sus cuerpos se iban acercando…
Solía sacarle de sus pensamientos la llegada de la madre de T., que pasaba por la casa al menos tres o cuatro veces al día, y nunca hacía el más mínimo esfuerzo por entablar conversación con él.
− Ah. Estás aquí.
Tras estas palabras, pasaba de largo y, al cabo de unos minutos, se comenzaban a escuchar sus pasos por el piso de arriba, el impetuoso deslizar de la mopa y el murmullo desafinado de viejas melodías castizas, que no cesaba hasta que abandonaba la casa, y que se interponía constantemente en sus ensoñaciones.
Al cabo de cuatro días, como había predicho T., su tío regresó. Constató que ya llevaba una semana allí, y no había logrado traspasar ni una sola barrera en su esfuerzo por expulsar de su pecho aquella pasión incontrolable que le consumía. Se obligó a sí mismo a ignorar la presencia de ambos en la habitación de abajo y a sobreponerse a las elucubraciones que asaltaban su mente sobre lo que estarían haciendo mientras él se desvelaba pensando en ella. Solemnemente, se prometió a sí mismo que al día siguiente sin falta la haría partícipe de alguna manera de sus sentimientos, y en éstas estaba cuando logró por fin conciliar el sueño.
Dos días después, su tío se ofreció a llevarle en su coche a la ciudad, pues la cruzaba de paso para visitar unas fábricas que se encontraban a un par de horas largas de allí. Le preguntó si tenía teléfono móvil.
− Sí, pero no tengo saldo.
− Ah, bueno, no te preocupes. Toma, cuando estés en la ciudad recárgalo con esto. Por la tarde, cuando vaya a volver, te llamo y quedo contigo en algún sitio para recogerte, ¿de acuerdo?
Aceptó y le dio el número, que el otro apuntó en una servilleta de papel arrugada. Le excitaba sobremanera la perspectiva de pasar el día en la ciudad, después de una semana entera recluido en la urna de cristal que era aquella casa. Pensó de inmediato si no tendría la suerte de encontrarse con T. a la salida de su curso de diseño de moda, y se montó en el coche haciendo esfuerzos por ocultar su agitación.
Paseó por las calles durante todo el día con la efervescencia del eremita que desciende de su montaña por primera vez y descubre que todo es nuevo a su alrededor. El centro urbano era minúsculo, una calle retorcida salpicada de tiendas y puestos de mercado pegada a una plaza de tamaño inverosímil en la que se agolpaban el ayuntamiento, la iglesia y un par de edificios vetustos que parecían a punto de desplomarse. Más allá, las casas ennegrecidas de tres o cuatro alturas brotaban desordenadamente a lo largo de las avenidas marcadas por la irregular orografía de la urbe y la presencia, al fondo, de un par de centros industriales, fuentes de una humareda que cubría toda la zona con una bruma asfixiante. Pero a él todo le parecía hermoso, y no cesaba de escrutar los rostros de los viandantes en busca de alguna señal de la presencia de T., mientras se perdía con alegría por callejas y plazas, vagando sin rumbo entre un extremo y otro de la ciudad.
A media tarde, comenzó a desanimarse y a pensar que tal vez ella no habría acudido hoy a sus clases. En sus merodeos por el centro urbano había identificado un par de academias candidatas a impartir cursos del tipo que ella había descrito, pero su furtiva vigilancia del ir y venir de personas en torno a ambas no dio ningún fruto. Al fin, conforme el calor comenzó a aflojar, su vagar por las calles se tornó remiso y cansino, y terminó por dejarse caer en un banco desierto de una plazucha a la que se accedía por una calle tortuosa y plagada de orines que partía de un arco medio sepultado entre dos andamios de la plaza mayor.
Había dos o tres grupitos más de personas en la plaza, y no les prestó atención al principio, presumiendo que se trataba únicamente de ancianos refugiados a la fresca en aquel escondrijo recóndito de la parte vieja de la ciudad. Solo al cabo de un minuto se percató al fin de la presencia de T. en el otro extremo de la plaza, semioculta tras el barroco surtidor de agua y un solitario árbol moribundo cuyas ramas secas se encorvaban amenazadoramente sobre el banco de piedra. Estaba sentada allí, vestida con unos pantalones vaqueros ajustados, una blusa roja y unos zapatos de tacón alto deslucidos por el polvo y algo deteriorados a fuerza de caminar por el irregular firme del pueblo. Sobre ella se inclinaba un hombre joven al que no conocía: vestía con exagerada elegancia y se atusaba con frecuencia su melena rubia al tiempo que se ajustaba unas gafas de sol demasiado grandes para su delgada fisonomía. Pegado al cuerpo de T., le susurraba constantemente algo al oído, dejando escapar una risita cómplice y apretando con fuerza su talle.
Su primer impulso fue salir corriendo de allí, pero no fue capaz de moverse. Sintió cómo el corazón saltaba de su pecho y apartó la vista casi de inmediato. Durante casi un minuto, permaneció inmóvil de espaldas a ellos, dudando sobre si debía hacer ostentación de su presencia o si tal vez sería más sensato marcharse de forma discreta y tratar de olvidar lo que había visto. Mientras reflexionaba, apretaba los puños hasta clavarse las uñas en la carne y escuchaba su respiración agitada, cuyo sonido temía pudiera llegar hasta ellos, y revelar de este modo su presencia en la plaza.
Justo entonces, sonó su teléfono. Se incorporó de un salto y tanteó nerviosamente su bolsillo mientras la maldita melodía llenaba, exultante, todo el aire que le rodeaba y sacaba a los ancianos, uno por uno, de su profundo letargo. Respondió en un susurro mientras se precipitaba hacia la arcada, pisando a su paso los charcos de pis, que le salpicaron los bajos del pantalón. Justo antes de introducirse por el pasaje, giró la cabeza un instante, y sus ojos se cruzaron con la estupefacta mirada de ella.
− Sí, tío, dime.
− ¿Estás todavía por ahí? Yo llego en media hora. ¿Por dónde andas?
− Aquí, en el centro…
− Vale. Venga, ¿sabes dónde están los cines?
− Sí, creo que sí.
− Pues espérame ahí, te recojo y nos volvemos a casa. A menos que quieras que tomemos un par de cervezas por ahí. ¿Qué te parece?
− No sé… la verdad es que estoy un poco cansado.
− Claro, claro… Bueno, ya lo hablaremos. Espérame ahí, ¿de acuerdo? Yo llego en seguida.
− Vale.
− Hasta ahora, majo.
Colgó. Tomó aire. Se había alejado del centro por calles que no conocía. La garganta se le había resecado y un dolor sordo había comenzado a brotar en el fondo de sus amígdalas. Se apoyó en la pared y resopló. Al cabo de un tiempo, se puso en marcha de nuevo, en busca de los malditos cines, que no recordaba por dónde paraban.
Aquella noche, permaneció despierto en su cuarto, cubierto con la sábana hasta la barbilla, y esperando con desasosiego el momento en que habría de escuchar los pasos desnudos de ella al otro lado de la puerta, y el golpe de sus nudillos que sería el preludio de su entrada y de su explicación contrita, salpicada de un llanto irrefrenable y de suaves caricias que le prodigaría sin apenas darse cuenta, mientras él la consolaba y la iba acercando hacia su cuerpo, hasta acabar envolviéndola en sus brazos. Mientras se sumía en estas entelequias, el dolor de garganta le azotaba a oleadas y su sueño frágil iba lentamente ganando terreno. Escuchó la voz queda de su tío al principio, que parecía hablar por teléfono. Luego, volvió el silencio a la casa y, finalmente, cayó dormido.
A lo largo de los siguientes días, constató que T. le evitaba. Nunca se quedaban solos en casa, y ella siempre volvía tarde, a una hora en que ya estaba en casa su tío o tal vez la madre de ella, que a menudo se quedaba a dormir cuando él estaba de viaje. La víspera de su marcha, ambas se enfrascaron de nuevo en una discusión encendida, y él salió al pasillo para tratar de captar las palabras que ascendían, de manera ahogada, por el hueco de la escalera.
− Todo el año viajando, y cuando vienes aquí, no lo ves ni dos días seguidos…
− Tiene mucho trabajo. No puedes culparle.
− ¿Trabajo? Seguro que es por trabajo. Me gustaría verlo por un agujero, a ver cómo lo pasa en su trabajo.
− No digas esas cosas.
− Digo lo que quiero. Porque eres mi hija. Y porque veo que vives engañada. Te tiene omnubilada, y estás haciendo el tonto.
− Eso no es verdad.
− No me respondas así. Yo no miento. Solo digo lo que veo.
Sintió lástima por ella. Siguieron discutiendo de aquella manera durante un rato, y su madre se despachó a gusto, con su tío, con sus padres, que habían tenido la idea de enviarle allí, sabiendo que él solo sería una carga para ella. Con él mismo.
− ¿Te puedes creer que ni un solo día se ha ofrecido para echarme una mano con la limpieza de la casa, ni con la compra? Se pasa las tardes ahí sentado, mirando a las musarañas, cuando no va tras de ti lanzándote una de esas miradas…
− ¿Pero qué dices? Por favor, mamá.
− Son todos iguales. A mí ya no me engañan en esa familia. Tú aquí haciendo el tonto, la buena esposa fiel, mientras él…
− Mamá, basta.
Se oyeron unos pasos, y un breve exabrupto. Él reculó precipitadamente hacia su dormitorio, cerró la puerta sigilosamente y se deslizó bajo las sábanas con celeridad. Poco después, oyó cómo T. subía por las escaleras y cerraba la puerta de su habitación. Algo más tarde, fue el pesado transitar de la vieja el que resonó por la primera planta de la casa, para al fin desvanecerse con un resoplido y el gemido ahogado del somier de su cama.
Unos minutos después, habiendo reunido el coraje suficiente como para asomarse de nuevo, salió hasta el rellano y oyó los pasos de ella que descendían hasta la planta baja. Poco después, le llegaron sus sollozos provenientes del salón de estar. Ahora o nunca, se dijo. Con mucho cuidado, bajó por la escalera. Cuando entró, la vio sentada en la mesa del comedor, empuñando un vaso de agua y con la mirada perdida en la pared desnuda. Sus ojos hinchados alumbraban con un resplandor húmedo la penumbra reinante. Se sobresaltó al principio, y luego le reconoció y suspiró con alivio.
− ¿Qué haces aquí?
− No podía dormirme.
Resopló.
− ¿Llevas despierto todo el rato?
− No. Solo un poco. Me desperté, y tenía calor. Bajé para tomar algo y te oí… No quería molestarte.
− No me molestas.
Lo observó fijamente a través de las sombras. Él respiró aliviado ante el éxito aparente de su meditada mentira, y se acercó lentamente a ella.
− ¿Me puedo sentar?
− Claro.
Vio cómo se mordía las uñas y contenía el llanto que había dejado brotar con desahogo hasta su llegada. Al fin, le habló sin mirarle.
− Mira, lo que viste el otro día en la ciudad no es lo que parece. La vida es muy complicada, ¿comprendes?
− Sí.
− Solo quiero que sepas que quiero mucho a tu tío. No me juzgues por las apariencias, porque a veces, las apariencias engañan.
Él no respondió.
− En cuanto a mi madre, no le hagas caso en lo que dice. Ya está muy mayor, y solo desea protegerme. Pero a veces se le meten en la cabeza ideas ridículas.
− Ya…
No la escuchaba; pensaba únicamente en el modo de expulsar aquella confesión que le ahogaba en el pecho. Ella seguía mirando al vacío y dando sorbos a su vaso. Se giró y sonrió; parecía sentirse aliviada por su silencio, que interpretaba como un tácito apoyo a su fragilidad en aquella noche aciaga.
− Mira, pese a lo que diga mi madre, yo me alegro de que hayas venido estos días. La vida aquí es muy solitaria.
− Yo también me alegro de haber venido.
La voz se le quebró, y no pudo proseguir con lo que iba a decir. Ella suspiró, aliviada, y se incorporó lentamente.
− ¿Vamos a dormir?
Se acercó hacia él y le acarició el pelo. Él se incorporó y ella se acercó a darle un beso en la mejilla. Cuando notó el contacto con su piel, él se giró hacia sus labios, y ella dio un respingo. Los dos se quedaron mirándose a los ojos, y él leyó en los suyos la incredulidad y un súbito embarazo. Se alejó de él con nerviosismo y se precipitó hacia las escaleras, sin volver la vista atrás ni un solo instante.
− Buenas noches.
Él no respondió. Poco después, oyó la puerta de su habitación cerrarse, sus pasos sobre la tarima y el «clic» del interruptor de la luz. Entonces, todo quedó en silencio.
A la mañana siguiente, sus padres llegaron temprano para recogerle. Ella ya no estaba en casa. Solo la vieja se había quedado para despedirle, y lo hizo secamente, totalmente indiferente, si no secretamente complacida, frente a su abatimiento. Su madre le llenó de besos y abrazos, y se alejó unos pasos para examinarle detenidamente, como si no se hubiesen visto en años.
− Pero si parece que te has hecho un hombre…
− Venga, vamos −insistió su padre, apretujándolo contra sí y dándole un leve puñetazo en el hombro−, que tenemos aún mucho camino. Muchas gracias por todo. Ya hablaré con mi hermano para agradecérselo en persona. Adiós.
Salieron de la casa y montaron en el coche, que alzó una gran polvareda conforme se alejaba de la casa. Mientras atravesaban las calles de piedra y de barro, él volvió la mirada hacia atrás varias veces, esperando verla en alguna esquina, agitando la mano a su paso y regalándole una última mirada cargada de melancolía. Pero no fue así, y finalmente, el pueblo desapareció a su espalda, sumido en la bruma y en la torridez que desdibujaba las formas y su memoria.
Technorati Tags: relato, cuento, literatura
Publicado el: 30-05-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
Comentarios: ninguno
Artículos relacionados
- Cartas a un escritor - El personaje (18-10-2007)
- Zoé (15-10-2007)
- El padre (01-10-2007)
- Cartas a un escritor − El lector (27-09-2007)
- La infidelidad (14-09-2007)



Escribe un comentario