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La buhardilla

La momia

Cuando su marido − que, en realidad, nadie sabe si existe − está en el trabajo, ella pasa las horas caminado por las amplias avenidas de la ciudad. Su rostro transparente resplandece en un mundo lleno de penumbra, de bajeza, de fealdad, y todos se vuelven a contemplarla. Admiran su fragilidad, y enmudecen con su belleza.
De tanto en tanto, un hombre la sigue, como ése que hoy camina tras ella. Es un tipo de estatura mediana, algo entrado en carnes, de mirada esquiva escondida tras unas gafas cuadradas de montura gruesa. Lleva un zurrón al hombro y encorva la espalda levemente al andar. Cuando ambos se detienen en el semáforo, él permanece a un par de metros de la calzada, y espera nerviosamente a que la luz verde se encienda y acabe con el ahogo que le provoca la presencia de ella, abstraída e hierática, a apenas unos pasos de él.
Poco después, ella se sienta en el centro de una terraza desierta, tras enderezar una de las muchas sillas que reposaban luctuosamente como un ejército de soldados dormidos sobre las mesas vacías. Él pasa de largo y da vueltas nerviosamente en torno a la cafetería, para acabar sentándose en un extremo de la terraza, junto al borde de la acera.
Un camarero enjuto le observa con suspicacia al principio pero, dubitativo ante la presencia de ella, se resigna al fin y le toma nota. Él se aferra a su bolso como intentando protegerse de un aire helador que le cala los huesos. La observa en silencio, y recurre a una ajada libreta para aparentar una cierta actividad, mientras da sorbos lentos al café, que muy pronto se enfría. Hojea las páginas de la libreta y, de cuando en cuando, hace alguna anotación al azar. Ella sigue fumando, mirando a la nada, y él se pregunta constantemente qué hay detrás de esa elegante indiferencia, de su pose de autosuficiencia, tal vez saciada de monotonía.
Conforme pasa la tarde y las luces se encienden a su alrededor, comienza a pensar que ella le está esperando a él, y le asombra aún más si cabe su aparente despreocupación. Tal vez soporta el frío tan bien porque ella misma está helada por dentro, se dice. Mas no puede dejar de mirarla, y de desearla, y todo su cuerpo tiembla al pensar que ella no se moverá a menos que él se levante primero. Tiene miedo; no quiere perderla, pero es incapaz de intuir lo que piensa solo observando su frío rostro de porcelana. Al tanto, se vuelve hacia el camarero, que le examinaba con irritación desde la puerta, y le pide la cuenta. Pero, incluso entonces, ella no hace ademán alguno.
Al fin, se incorpora pesadamente, guarda la libreta en la bolsa, desentumece las piernas y se lanza a caminar calle abajo. Poco después, al girar la cabeza, comprueba con cierto desasosiego que ella, en efecto, le sigue. No puede volver a su casa, se dice a sí mismo, donde sus ancianos padres le están esperando sin duda, hundidos silenciosamente en sendas butacas del salón de estar, y con el único acompañamiento del televisor en las largas horas que preceden a una noche cada vez más breve. Tal vez, pasado un tiempo, uno de ellos comente que hoy tarda en llegar, y el otro responda que sí, que en efecto es extraño, y allí se acabe todo. Pero no escucharán el sonido de sus pasos subiendo por la escalera, su aliento ahogado, la llave que gira en la cerradura, ni su lacónico saludo al pasar a su lado. Porque hoy él camina por la ciudad, sin rumbo fijo, volviendo de cuando en cuando la mirada nerviosamente hacia atrás, abrumado por la presencia de esa misteriosa deidad que hoy, quién sabe por qué, se ha encaprichado con él, y sintiendo cómo una creciente inquietud se apodera de su cuerpo.
Poco más tarde, se decide al fin y entra en el hostal, uno pequeño y sombrío que tal vez, se dice a sí mismo, se utilice para aquel fin inconfesable que le llena de desasosiego. Con voz quebrada, pide una habitación para una hora, y el recepcionista no hace comentario alguno. Simplemente lo examina brevemente de pies a cabeza con fría profesionalidad, antes de girarse para recoger la llave. Mientras firma, ella llega hasta su lado, y ambos caminan hacia el ascensor sin dirigirse palabra alguna. El empleado observa a la extraña pareja conforme se alejan, y deja escapar una breve mueca de desconcierto, antes de volver a sumergirse en la revista erótica que hojea cansinamente durante horas en la penumbra de su cuchitril.
Al fin entran a la habitación. Todo sucede tan rápido que apenas le da tiempo a percatarse de que los nervios del principio le han abandonado del todo.
− ¿Por qué me has seguido? − le espeta después de hacerle el amor. De alguna manera, se siente vacío, como si el gesto impasible que observa en el perfil de ella le robara la euforia, y se pregunta si tal vez lo mejor fuera cerrar los ojos para no ser testigo de esa mirada perdida que le hiela la sangre. Pero, si no puede observar su rostro perfecto, ¿qué le queda entonces?
Ella no se gira, ni sonríe. Sigue ajena a todo lo que la rodea, al apolillado colchón que abraza, a través de las sábanas sucias, su cuerpo desnudo, al papel agrietado sobre la pared, a las manchas de humedad que brotan en curvas concéntricas desde las esquinas del techo, a las voces de las prostitutas que llegan hasta ellos desde la calle, buscando entre los paseantes a algún extranjero borracho al que poder someter con el pobre hechizo de sus devaneos. Indiferente al mundo, cuya fealdad no le afecta. Indiferente a él, que solo hace unos minutos tenía la impresión de poseerla, y ahora se pregunta si acaso no es solo una alucinación.
− Para robarte el alma − susurra ella por fin. Da una profunda calada al cigarro y responde a su mirada desconcertada con un largo silencio.
Él se queda sin habla. ¿Quién es esta mujer? Por mucho que la observa, no logra acceder a su interior, ni atravesar su hermetismo. Pero en realidad, se dice a sí mismo, nunca lo intentó. Quiso conquistarla desde fuera, poseer su belleza y quién sabe si no abandonarla después. ¿No será que ella lo sabía desde el primer momento? Súbitamente, tiene frío, y duda entre arrebujarse en las sábanas o salir de la cama para recuperar su ropa. Los goznes de la ventana no paran de gemir con el viento que se cuela bajo las rendijas de la madera, y a él, de repente, le parece que un aire helador llene todo el cuarto, aprisionándole el pecho. Comprende por fin que, al igual que en la cafetería, ella espera a que él salga primero. Pero esta vez no es para seguirle, sino para expulsarle. Al igual que entonces, sabe que no hay nada que pueda hacer contra su voluntad, contra su belleza, que Baudelaire describió como un monstruo enorme, ingenuo, espantoso − y lo es. Se incorpora y se viste a toda prisa. Cuando se gira hacia ella, su cuerpo le evoca al de una momia, un espíritu helado que supura tedio por sus heridas y que, incapaz de salir de su cascarón perfecto, busca quien la rechace y, al no encontrarlo, los devora a todos, y nunca se sacia ni siente la dicha de ser deseada. Al fin, él abandona el cuarto, olvidando en su interior la bolsa, que contiene su agenda, su diario, sus reflexiones. No la echará a faltar hasta más tarde, cuando, agotado por la carrera, haya llegado al fin a su casa y comprenda que ella se ha quedado, tal vez, con su bien más preciado, y tal como le dijo después de entregarle su cuerpo, con una parte de su alma, si no con toda ella.

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5 respuestas a “La momia”

  1. Comentario de Mayte Guerrero:

    Estupendo relato: intrigante, sutil, desasosegado. Me gusta mucho tu forma de escribir. Te seguiré de cerca. Un fuerte abrazo.

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Muchas gracias Mayte. Me animas a seguir trabajando en esta bitácora que es un poco mi taller de escritura particular. Bienvenida y hasta muy pronto.

  3. Comentario de John Leslie Jr.:

    Hey a mi tambien me ha gustado mucho, de hecho me la estaba imaginando en forma de corto mientras lo leia y podria encajar. Saludos

  4. Comentario de John Leslie Jr.:

    Por cierto, ¿por que ese titulo?

  5. Comentario de Rubén Berrozpe:

    El personaje de ella tiene algo de Nefertiti, ¿no es cierto? Además, creo que incluso al final el narrador habla de cómo su cuerpo le hace pensar en el de una momia embalsamada, lo que nos da una idea de la repugnancia que siente por haberle hecho el amor en aquel lugar - yo diría que el relato parece indicar que es su primera vez y, una vez ha pasado, todos los elementos de la realidad que había ignorado mientras la perseguía caen sobre él como una losa y hacen que salga corriendo rumbo a la seguridad de su poco excitante vida con sus padres.

    Sea como sea, el personaje de ella no es real, sino una figuración, una idea. No es un relato de personajes, aunque tal vez el de él tenga algo más de interés así como, en mi opinión, las dos apariciones breves, del camarero y el recepcionista. He de confesar que solo era un ejercicio de escritura en un día en el que no se me ocurría gran cosa. Como decía Millás en un artículo reciente, me levanté con la intención de escribir Guerra y Paz y me salió esto.

    Un saludo, Iñaki.

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