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La buhardilla

Una decisión meditada

Había conocido a M. apenas dos años antes, en una fiesta. Su hermano F. trabajaba por aquel entonces con ella en una oficina del laboratorio de empresas, junto a la plaza del Ayuntamiento. Otro compañero de trabajo había organizado la fiesta en su piso y, en aquella bochornosa tarde de finales de junio, F. acudió personalmente con su coche a recogerle a su casa, tal vez receloso de su natural tendencia al aislamiento y a no cumplir sus promesas. Él siempre se ocupaba de buscarle maneras de llenar su tiempo, de ayudarle a abrirse al mundo, según sus palabras. Reconoció que nunca se había atrevido a oponerse a su infantil entusiasmo y a sus deseos de apoyarle y protegerle, pero nunca se lo agradeció. En el fondo, prefería estar solo, matando el tiempo o, las menos veces, componiendo algo en el ordenador, aunque se cansaba pronto de aquel exigente proceso que nunca daba resultados visibles. Echaba de menos la compañía de otros, sin duda, pero al mismo tiempo había constatado que las personas tendían a decepcionarle con el tiempo, y en términos generales trataba de protegerse contra aquella sensación de ahogo que le abordaba cuando, en medio de un evento social, perdía hasta cierto punto la capacidad de desaparecer súbitamente, y había de mantener dolorosamente las apariencias durante horas que se le antojaban eternas. De hecho, siempre acababa lamentando haber cedido a las presiones de F. y, se dijo con desazón, aquella vez no sería una excepción.

Muy al contrario, la fiesta lo sorprendió gratamente. Estaba claro que su hermano le había hablado a M. de él −que no a la inversa− y muy pronto se vio impresionado por el inusual y discreto interés que ella mostraba por su música y sus gustos, y constató algunas notables coincidencias que le provocaron un indisimulado entusiasmo. Al final de la noche, M. le rozó el brazo para despedirle y le prodigó una sonrisa que parecía invitarle a volver a verla.
Comenzaron a salir juntos unas semanas después. Solía verla a la hora de comer, siempre que ella no tuviera demasiado trabajo o no hubiese tenido que viajar por motivo de alguna presentación o reunión de seguimiento. En aquellos encuentros diarios, ella le desmenuzaba con cierto entusiasmo sus vicisitudes en la empresa, pero pronto perdió el interés en sus temas laborales, y aprendió a dejar discretamente la mente en blanco mientras ella desgranaba sus jornadas en galeras en aquella multinacional que acababa de contratarla. Luego, la recogía a la salida del trabajo y trataban de demorar en lo posible la hora de separarse. En ocasiones, accedía a regañadientes a acompañarla a su casa para cenar; la presencia de sus compañeras de piso le turbaba, y nunca se sentía del todo cómodo invadiendo aquel espacio ajeno en el que era, en cierto modo, el centro de atención. Las veces que lograba que fueran a cenar juntos, no obstante, era ella la que pagaba, sin rechistar y sin mostrar ningún atisbo de irritación; habia que reconocerle que siempre actuó con delicadeza ante su evidente y humillante situación de inferioridad respecto a ella, pero a pesar de todo, la sensación no era agradable, y dejó de insistir al cabo de unas semanas. A los pocos meses de salir juntos, aprendió a percibir cuándo se encontraba especialmente cansada, y a decir lo justo para poder retirarse con premura sin necesidad de subir a su piso. Esos días, acababa cenando solo, encerrado en su cuarto con su ordenador. Hablaban una última vez antes de acostarse, pero él no encontraba gran cosa que contarle, y todo acababa convirtiéndose en una farsa ritual en que ambos jugaban a seguir conquistándose desde una distancia que ya no existía.

Fue entonces cuando ella propuso ir a vivir juntos, y él aceptó. Alquilaron un pequeño ático en un piso antiguo de tres alturas, sin ascensor y alejado hasta cierto punto del ruido del tráfico. Apenas entabló relación con un par de vecinos, y éstos pronto se acostumbraron a su silenciosa presencia en la finca a lo largo del día. Uno de los cambios positivos que pudo percibir fue el final de sus desplazamientos diarios a su oficina; se trató de una evolución espontánea no acordada entre ambos, que le permitió canjear sus encuentros diarios a última hora de la tarde por una lenta espera en el piso mientras veía deslizarse perezosamente la tarde ante sus ojos. De cuando en cuando, tomaba una instantánea del atardecer a través de su ventana, y se la enviaba a ella por correo electrónico: siempre la misma imagen, sin ningún mensaje que la acompañara. Ella respondía cariñosamente y, en ocasiones, aprovechaba para recordarle la necesidad de comprar alguna cosa que había notado que faltaba en la nevera.
No hablaron del dinero en ningún momento, y él se limitó a hacer algún tímido esfuerzo por desarrollar su vocación musical de un modo algo más sistemático. Sus reticentes avances se convertían, en su conversación con ella, en fabulosos proyectos que demostraban su voluntad de reequilibrar su asimétrica condición de pareja, y ante los que ella mostraba invariablemente un sincero entusiasmo. Al cabo de un par de meses de mudarse, ella le matriculó, como regalo por su cumpleaños, en un curso de sonido y composición por ordenador. Le asaltó entonces un sentimiento contradictorio, de gratitud al tiempo que un cierto resquemor, pero finalmente se resignó a probar: las clases se impartían a apenas diez minutos andando de su piso, al fin y al cabo. Allí conoció a B., y juntos montaron el grupo con otro chico que éste último conocía de sus años en la universidad.

Pasaron meses ensayando, componiendo algunos temas juntos en improvisadas jam sessions, o simplemente fumando y dejando pasar el tiempo. Con los primeros conciertos, llegaron las primeras sensaciones, algo totalmente diferente, una energía que le recorría el cuerpo y le hacía saltar con una extraña vitalidad, muy diferente al habitual amodorramiento en que flotaban sus días hasta entonces. Este impulso crecía conforme avanzaba la actuación, y era indiferente a lo exiguo de su público, que rara vez superaba las dos docenas de personas, y en el que nunca faltaba su hermano F. ni algunas de las amigas de M. Sus excompañeras de piso no acudieron ni una sola vez a verle, y casi sintió alivio por ello. Con el tiempo, se agarró a aquello como su única tabla de salvación contra el tedio y, después de cada una de sus esporádicas actuaciones, acudía nerviosamente al lugar en que M. le esperaba, crecido por una extraña sensación de superioridad espiritual que pronto se disipaba. Ella le recibía con un beso y las mismas palabras, siempre:
− Ha estado muy bien. Muy chulo, cariño.
Hablaban brevemente con B. acerca de sus planes, de las cosas que no habían salido bien, de ideas de nuevas canciones o de lo que tenían que mejorar en el futuro. Ella permanecía ajena a la conversación, o en ocasiones se giraba a hablar con F., que siempre se acercaba a felicitarle. Poco después, ambos se marchaban, y él se quedaba tomando unas copas y ayudando a montar los amplificadores en la camioneta de B., que le acercaba a casa a una hora en la que M. ya había logrado, pese a su insomnio crónico, conciliar el sueño.

Meses después de su primera actuación, perdieron al batería, el amigo de B., que se marchaba al extranjero a estudiar un doctorado. Les costó encontrar un sustituto, y el resultado, desgraciadamente, no estuvo a la altura del original. Se estancaron en el mismo repertorio, que tocaban de una manera más o menos rutinaria, y acudían a los ensayos sin la ilusión creativa de antaño. Cuando terminaban, se disolvían en silencio, citándose para dos o tres días más tarde, sin encontrar gran cosa que contarse más allá de repasar perezosamente los planes para el próximo concierto. No obstante, pronto constató que aquel contratiempo no afectaba a la electricidad que seguía recorriendo su cuerpo en las actuaciones, y que era su motor, y el único motivo razonable que le impelía a mantenerse a bordo de aquel proyecto. Cada vez más, en los ensayos, cerraba los ojos y dejaba que esas mismas sensaciones le invadieran y le hicieran flotar; finalmente, acabó viviendo en aquel limitado repertorio como en la comodidad de un cálido hogar en el que hubiera dejado pasar los últimos años, y del que reconociera todos los rincones.
M. siguió acudiendo a cada uno de sus conciertos, no así su hermano F., con quien perdió hasta cierto punto el contacto. Tras cada actuación, ella permanecía silenciosa, y casi de inmediato, se disculpaba y se marchaba a casa a dormir, no sin antes felicitarle de nuevo y darle un beso que le permitía fijar su mirada en él durante unos segundos, con un cierto gesto inquisitivo que nunca llegó a comprender del todo. Entonces, se despedía lacónicamente de los otros y dejaba un billete en la barra antes de alejarse con caminar presuroso.
Una noche, en casa, le hizo un comentario extraño.
− Hace tiempo que no me envías fotos desde la ventana.
Al principio, no supo qué responder. Tenía razón, desde luego.
− Bueno… supongo que es porque muchas tardes estoy ensayando en el taller. Y cuando vuelvo, ya se ha hecho de noche.
− Claro.
Sonreía, y seguía lavando la lechuga, mientras él se enfrascaba en una secuencia de acordes de guitarra particularmente puñetera. Ella no insistió, pero con el tiempo, su hermetismo fue en aumento, tanto en sus esporádicos contactos a lo largo del día como cuando coincidían por la noche en casa. En una ocasión, fue a recogerla al trabajo como había sido costumbre meses antes, pero apenas encontraron nada que decirse en el camino de vuelta y, cuando llegaron, ella se excusó y se metió en la cama, aduciendo un intenso dolor de cabeza.

Llegó al fin el día de aquella actuación. Llevaban varios meses preparándola, presos del desasosiego a causa de la reputación del local, y tratando de convencer a todas sus amistades y conocidos de la importancia que para ellos tenía su presencia en aquel concierto. En realidad no depositaba grandes esperanzas en él, pero la perspectiva de tocar ante un público algo más amplio se le antojaba, por qué no admitirlo, excitante. B., por su parte, mostraba un gran entusiasmo ante aquella oportunidad de salir de lo que él denominaba «su círculo vicioso de absoluto ostracismo» y, con gran dificultad y una inusual franqueza, había logrado convencerles de la necesidad de componer un par de nuevos temas con que sorprender a su público habitual, y romper de paso con aquel «bloqueo creativo» que amenazaba con condenarlos a la parálisis.
No vino tanta gente como esperaban, apenas cuarenta o cincuenta personas. Entre la penumbra del local, reconocieron a la mayoría de ellos. B. no podía ocultar una amarga contrariedad, que descargaba furiosamente contra su guitarra y le hacía transpirar con profusión, aunque el bochornoso ambiente del local también contribuía a ahogarles en aquel diminuto escenario.
Al fondo de la barra, M. les observaba con la misma expresión abstraída que le había visto adoptar en otras ocasiones. Súbitamente, a mediados del concierto, vio aparecer a una de sus antiguas compañeras de piso, y ambas se fundieron en un largo abrazo, para a continuación enfrascarse en una animada conversación. De alguna manera, su presencia y la absoluta indiferencia que M. mostraba súbitamente hacia la música que surgía del escenario le desconcentraron, y la magia de las otras noches desapareció por completo. Las dos chicas charlaron animadamente durante varias canciones, pero, poco a poco, el semblante de M. fue derivando hacia una expresión seria, casi abatida. Al cabo de un tiempo, vio cómo su amiga la envolvía en un largo abrazo y se lanzaba a arengarla con vehemencia. Pero para entonces, M. se había sumido en un mutismo casi absoluto, y solo respondía a su argumentación con una sonrisa ausente.
Tocó el resto del concierto de un modo más o menos mecánico, ajeno a la creciente frustración que, a su lado, provocaba frecuentes aunque inapreciables fallos en la ejecución de B. Sentía una especie de disociación entre la música y la realidad y, de una manera extraña, se sentía molesto tocando, como ansioso por que aquel ruido intrusivo le abandonara, por que volviera el silencio. Vio que, finalmente, M. se despedía de su amiga, que le dio un beso y volvió a abrazarla antes de salir del bar. De nuevo sola junto a la barra, M. desvió la mirada un par de veces hacia el escenario, pero el resto del tiempo quedó pensativa, bebiendo lentamente del vaso y fijando la vista en un punto indefinido de la pared.

Bajó poco después de terminar. El público se había dispersado, y apenas quedaba una docena corta de personas en el bar.
− ¿Te ha gustado el concierto?
Ella forzó una sonrisa, y le respondió con voz ahogada.
− Sí.
− Me alegro…
Hubo un largo silencio. Imaginó que B. estaría recogiendo los trastos, y posiblemente de muy mal humor, pero no se sintió con ánimos de ir a ayudarle.
− ¿Sabes? Creo que me voy a buscar un trabajo.
Ella le miró, sorprendida.
− ¿De verdad?
− Sí. Creo que sí.
Ella no respondió. Se mordió el labio un par de veces, y bebió del vaso, que seguía casi lleno.
− Dime, ¿has tenido la idea ahora, o…?
− No. Llevo tiempo pensando en ello, de verdad.
La realidad es que le había venido a la mente justo en aquel momento. De hecho, tuvo la impresión de que alguien, un omnipotente ser invisible, le había puesto las palabras en la boca, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Se sorprendió a sí mismo al escucharse, y su desconcierto se dejó traslucir en forma de un nerviosismo que ella interpretó como fruto de una decisión meditada.
− No tienes por qué hacerlo, de verdad…
Le acarició la cara. Él se zafó suavemente.
− No, sí que quiero hacerlo.
− ¿Y tu música? Tienes que seguir tu sueño…
− En realidad, no me convence demasiado. Ya llevamos mucho tiempo haciendo lo mismo. No lo veo claro. Y el mercado es una mierda.
− Yo solo quiero que tú seas feliz, ¿me oyes?
− Claro.
− Haz lo que tengas que hacer, lo que sientas que es lo correcto. Y yo te apoyaré.
Sus ojos ansiosos le buscaban mientras le acariciaba el brazo suavemente. Temblaba y contenía una sonrisa llorosa.

Aquella noche, hicieron el amor por primera vez en meses. Cuando terminaron, intentó conciliar el sueño, sin éxito. A su lado, ella dormía profundamente. Escuchó su respiración acompasada durante horas, sus carraspeos, sus pesados movimientos conforme se deslizaba entre las sábanas. Su cabeza era un continuo ir y venir de ideas contradictorias, de preguntas sin respuesta, de miedos y espectativas poco atrayentes. Deseó estar lejos de allí, deseó ser capaz de volver atrás en el tiempo, de deshacer los últimos años y volver a escribir en la página en blanco. Pero no fue capaz de cuestionarse lo que había hecho. Buscó reafirmarse observando el cuerpo semidesnudo de ella, que yacía tumbado a su lado, pero solo halló en su interior una total apatía, la misma que se había instalado entre ambos como una espesa niebla desde hacía meses; la misma que había sentido esa noche durante el concierto. Poco antes del amanecer, cayó él mismo en un sueño intranquilo; tratando de huir de la luz que se había empezado a colar entre las rendijas de la persiana, se agitó nerviosamente en sueños y musitó un par de frases incomprensibles mientras ella se levantaba y caminaba hacia la puerta. Por un instante, recobró la consciencia lo suficiente como para ser capaz de farfullar una somnolienta despedida. No lo hizo, y se limitó a permanecer inmóvil, de espaldas a ella, ajeno a la larga mirada arrebatada que ella le prodigaba desde el otro lado del cuarto, justo antes de cerrar suavemente la puerta a su espalda.

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