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La buhardilla

Anestesia

Aquel día, mientras observaba el rosario de corros murmurando pésames bajo la umbrosa arcada del cementerio, se preguntó cuándo había dejado de afectarle la permanente presencia de la muerte a su alrededor.

Se mantuvo al margen durante prácticamente toda la ceremonia, a una cierta distancia de la familia. Su mirada se desviaba sin darse cuenta hacia un grupo cercano, una docena corta de adolescentes que se alejaban juntos del crematorio. Con las miradas fijas en el suelo, apenas intercambiaban alguna que otra palabra ahogada, y la historia que su silencio sugería le pareció mucho más estremecedora que la que le había traído hasta allí. Solo al final de los ritos, cuando ya los familiares comenzaban a dispersarse y algunos incluso respiraban tímidamente de alivio y se ajustaban los cinturones de sus apolillados trajes, reunió al fin fuerzas para acercarse a la viuda y oprimir levemente su hombro mientras profería un escueto «lo siento». Ella apenas lo miró a la cara. Afortunadamente. Recordó que algunos de sus compañeros le habían intentado disuadir de su intención de acudir al entierro, y probablemente tenían razón. Pero él no había sido capaz de esconderse, de refugiarse en la cuidadosamente trabajada indiferencia que aquella muerte le provocaba. Y, antes de acudir a la barbacoa que su amigo J. había organizado con ocasión del aniversario de su hija R., había decidido dejarse caer por allá. Tan pronto como vio el grupo dispersarse, respiró hondo, aceleró el paso y se montó en su Mercedes. Los chicos se habían marchado. Ya no le quedaba nada que ver allá. Y no se sentía mejor; tal vez todo había sido, en el fondo, una mala idea. Arrancó, y oyó el chirrido de las ruedas que anunciaban su marcha − un sonido, pensó, tal vez poco apropiado para los aledaños de un camposanto.

Un shock anafiláctico. Qué horrible palabra. Todo había salido mal. Como no podía ser de otra manera. La emergencia. La súbita reacción. La adrenalina suministrada con prisas, y luego, al fin, el paro cardíaco, y la angustia que parecía haber detenido el tiempo, como en un mal sueño, conforme en las mentes de todos iba tomando forma aquella posibilidad inverosímil que nadie osaba mencionar.
Lo recibió M. en la puerta exterior. Se había vestido de hada, y los polvos de talco, dispersos por todo su rostro y su ropa, le daban un aire entre etéreo y astroso. Se quitó de la cabeza la idea de la muerte al verla, y logró arrancarse a sí mismo una sonrisa.
− Qué guapa estás… Vamos a ver a tu amiga. ¿Lo estás pasando bien?
− Mira. Mira lo que me han dejado, papá. Es una varita mágica. La puedes extender y, si pulsas este botón, graba lo que dices. ¿Quieres escuchar lo que hemos grabado?
− Claro que sí. ¿Dónde está mamá?
− Está allí, en el porche. ¿Vienes a ver cómo nos grabamos?
− Ahora mismo voy, cariño. Voy a saludar a tu madre, y en seguida estoy con vosotras, ¿de acuerdo?
− Vale.
La dejó mirando hacia el suelo y agitando distraídamente su varita mágica. Su mujer le ajustó meticulosamente el traje antes de recibir de él un beso fugaz.
− ¿Tienes el regalo de la niña? − le inquirió secamente.
− Pensaba que habrías traído tú algo.
− Pero si habíamos quedado en que tú te encargarías…
− Lo siento.
− Vete a decirle a tu amigo, si quieres, que te has olvidado del regalo de su hija.
Suspiró.
− ¿Hay algo de beber?
Pero ella ya se había alejado, y aceptaba una copa de mano de uno de los invitados, el padre de una niña al que ya había visto en alguna otra ocasión. No recordaba su nombre. Qué más da. Buscó a J. con la mirada; tal vez se encontraba dentro de la casa, atendiendo a sus huéspedes. Pero él prefería mantenerse allí, en aquel lugar protegido de la molesta brisa al que solo llegaba flotando el tenue murmullo de una conversación lejana y los gritos de los niños. Se sirvió un whisky con hielo, y esperó pacientemente mientras descansaba la vista en sus juegos; las amigas de M. corrían por el jardín en todas las direcciones mientras una de ellas, los ojos tapados, contaba a toda prisa hasta cien con la frente apoyada en el tronco de un árbol. Entre tanto, tres chavales, ajenos a todo, jugaban con sus respectivas consolas, sentados en una bancada junto a la piscina, mientras una niña, esforzándose por no pisar un disfraz de bruja demasiado grande para su edad, les espiaba alternativamente por encima del hombro. Absortos en la pantalla, los tres balanceaban rítmicamente las piernas, como controlados por los dedos de un misterioso e invisible marionetista.
Dos copas más tarde, vio al fin a su amigo salir de la casa. Saludó tímidamente y dio un trago a su vaso. Pensativamente, arrastró un hielo con la lengua y comenzó a degustarlo y a sentir cómo le quemaba al fundirse en su boca. Entonces, tomó aire y se estremeció con la súbita sensibilidad de su paladar aturdido.
− No estás mal aquí… ¿Quieres algo?
− Claro. Un whisky.
− ¿Has llegado hace mucho?
− Ná… solo un par de copas.
El otro dejó escapar una risilla cómplice, y comenzó a servirle un nuevo vaso.
− Hey. Usa este mismo.
− Marchando…
En el otro extremo del jardín, su esposa seguía charlando animadamente con aquel tipo. De repente, solto una carcajada y se apoyó suavemente en su brazo. Entonces, giró levemente la vista, y él la apartó bruscamente. Tomando en su mano la copa que J. le ofrecía, echó un trago largo y pensativo.
− Mmm… gracias.
− ¿Ya has visto a las nenas?
− Ah… sí, están preciosas. Por cierto, creo que mi esposa y yo la hemos cagado con el regalo de tu hija. Un malentendido. Lo siento.
− No pasa nada. ¿Estás bien?
− Sí. Claro.
− Fenómeno.
Pronto llegaron otros invitados a violar aquel excelente puesto avanzado con su presencia y su ruidosa conversación. No conocía a casi ninguno de ellos, ni hizo un gran esfuerzo por corresponder a su tenue interés. El alcohol le había comenzado a nublar la mirada, y le hacía oscilar entre un silencio abstraido y una súbita y desenfadada explosión de risa como respuesta a cualquier ocurrencia que llegara a sus oídos. Tras varios intentos frustrados de conversación, pronto constató que había vuelto a quedarse solo en medio de toda aquella gente, y se concentró en su vaso, que siguió rellenando con metódica diligencia.
− Papá, ¿no vienes a vernos?
− Oh, perdona, cariño. Lo había olvidado. Ahora voy.
Se incorporó pesadamente.
− Disculpadme.
Nadie se giró. Solo su amigo lanzó una breve mirada a su mano, en la que aún empuñaba un recién empezado Jack Daniels − está vez sin hielo. Echó un trago antes de seguir a su hija, que tiraba de su manga con impaciencia.
− Vamos a ponernos aquí, y encendemos la minicadena, y al mismo tiempo enchufo el micrófono, ¿vale? Y entonces R. y yo cantamos, y el resto bailáis, ¿de acuerdo?
− ¿Y yo no puedo cantar?
Era una niña de baja estatura, gordita. Era china, o de algún otro país asiático. No parecían conocerla de antes de aquel día, y no perdieron tiempo en salir al paso de sus tímidos avances.
− No cabemos todas. Solo hay un micrófono. Vamos a grabar, ¿vale?
Las observaba, divertido, mientras daba sorbos breves al vaso, esforzándose por extender la duración de su copa en la medida de lo posible.
− Y, ¿por qué no os turnáis para cantar? −sugirió tímidamente.
− Pero eso sería un lío…
Le daba lástima esa pobre niña adoptada; sin duda era un sentimiento paternalista, una falsa compasión por alguien que, a pesar de todo, seguía siendo visto como un invitado pobre a su próspera sociedad. Como un accidente.
− Vamos a empezar, va…
Al principio, se habían afanado en enseñarle todo pero, sumidas ya en su particular proyecto y sus disputas infantiles, habían olvidado prácticamente que él estaba allí, y sus opiniones no tenían ya el peso de las de un adulto, sino las de un molesto voyeur.
Caminó lentamente hacia la puerta que daba al jardín y posó la mirada sobre los corros de adultos, cuyas conversaciones llegaban, confusas y entrecortadas, hasta sus oídos. ¿Dónde había visto eso mismo hoy? No quiso pensar en ello, y se acabó la copa de un trago, como si ello le permitiera dejar de conectar neuronas. Podando axones, ja ja. Posó de nuevo la mirada sobre su mujer. Seguía hablando con aquel fulano. ¿Cuánto tiempo llevaban ya? Ella le apretaba el brazo y reía, mientras él hacía aspavientos y se inclinaba levemente hacia delante para escucharla. Súbitamente, ella volvió la vista, pero esta vez, él no la apartó. Ella se tornó seria, tal vez desafiante − no sabría decirlo desde aquella distancia. Al tanto, volvió a sonreir, y escuchó con interés lo que el otro le murmuraba al oído.
Dejó el vaso en una repisa y penetró en el corro de niñas con torpeza.
− M. Vamos. Coge tus cosas. Nos vamos a casa.
− ¿A casa? ¿Por qué? Pero si es muy pronto…
− No discutas. Vamos.
− Jo… No quiero…
El resto de niñas le observaban con desasosiego y un temeroso respeto. M. se resistió al principio, pero pronto cedió.
− Papá… me haces daño…
Le soltó el brazo. Su mano temblaba y ella, en todo caso, ya había comprendido que su decisión era inapelable.
− Venga, entra en el coche. Yo voy a por mamá.
Le pasó su abrigo.
− Nos vamos.
− ¿Qué?
− Es tarde. La niña tiene colegio mañana. Tenemos que acostarla pronto. Venga, vamos.
− Pero…
Vio que la sangre le había subido a la cabeza, pero ella se contuvo. Se despidió secamente del tipo y le siguió con paso furioso. No quería hacer una escena, o tal vez prefería dejar que fuese él quien hiciese el ridículo. Cuando llegaron a la verja, él dirigió un gesto vago hacia el grupo de J.
− ¡Gracias! ¡Hasta luego!
No le respondieron. Montaron en el coche, y él se puso al volante. Trató de concentrarse. No medía bien las distancias. Pronto salieron de la urbanización, y en aquel habitáculo cerrado, el espeso fluir del alcohol comenzó a retumbar en sus sienes, lo que le obligaba a redoblar sus esfuerzos por mantener la atención fija en la línea discontinua. Respiró hondo, mientras avanzaban por la carretera estrecha, flanqueada por pinos. El sol atravesaba las ramas y le deslumbraba de manera intermitente, obligándole a entornar los ojos con frecuencia.
A su lado, ella había suspirado un par de veces, ruidosamente, como invitándole a decir algo. Detrás, M. se limitaba a contener las lágrimas y a mirar por la ventanilla.
− ¿No te da vergüenza haber hecho el ridículo así?
− No quiero hablar de ello.
Notó cómo lo atravesaba con la mirada, enfurecida.
− Pues yo sí. ¿A qué coño ha venido ese súbito arranque de celos? ¿Eh? Te pasaste la fiesta como una ameba, bebiendo en un rincón − parecías un autista. Te olvidas el regalo de la hija de tu amigo, y encima te tomas la licencia de asaltar su mueble bar…
− Déjalo correr, ¿de acuerdo?
Ella se giró, sorprendida.
− ¿Qué lo deje correr?
− Ya te lo he dicho. No quiero hablar de ello.
− Pero, ¿quién te crees tú para decirme de qué puedo o no puedo hablar?
Suspiró. Ella insistió.
− Primero llegas tarde, y te olvidas del regalo. Y luego montas ese numerito… Dime, ¿a qué viene todo esto? ¿A qué viene ponerte a beber como un insociable y, de repente, las prisas por marcharnos, sin importante lo que puedan pensar los demás? Y sin importarte el hecho de que M. pueda estar divirtiéndose con sus amigas…
− Tú también estabas divirtiéndote.
− Eres un cerdo, ¿sabes? Escudándote en la niña, en que tiene que acostarse… ¿No te da vergüenza? Si ni siquiera sabes a qué hora se acuesta.
− Mira, he tenido un mal día en el trabajo, ¿de acuerdo?
− Claro, el trabajo. Ahora lo comprendo. Siempre el trabajo. Porque si no es el trabajo, es una urgencia, y si no, una clase, o un artículo que tienes que revisar, o una conferencia, o una cena con tus compañeros… o tus compañeras… ¿Y yo qué? ¿Eh? ¿Y nosotras qué?
Las lágrimas le saltaban a los ojos, y su voz había comenzado a quebrarse.
− ¿Pero quién te crees que eres para decirnos lo que tenemos que hacer, si hace tiempo que has desertado de tu propia casa, y de tus responsabilidades?
− ¿Quieres dejar de gritarme?
Su súbito tono violento la pilló desprevenida. Tras ellos, M. comenzó a sollozar.
− Pero, ¿cómo te atreves a…?
Aturdido, volvió de repente la vista hacia el frente y pegó un volantazo en el último momento. A su espalda, el sonido penetrante del claxon les siguió mientras su Mercedes, perdido el control de la dirección, iba a la deriva rozando los pinos que discurrían más allá del arcén y acababa frenando entre la vegetación, levantando tras de sí una gran polvareda. Las ruedas derraparon y los airbags saltaron, golpeando sus rostros como una bofetada.

Tardó en recuperar la conciencia completa de lo que había sucedido.
− ¿Estáis bien? M. ¿Estás bien?
La niña, aturdida, rompió a llorar. Se giró; estaba ilesa. Su mujer, desorientada, se echó la mano al pecho e hizo un leve gesto de dolor.
− ¿Estás bien?
− Estoy bien.
Suspiró. Apartó la molesta tela blanca de su cara y salió del coche.
− ¿Todo bien? ¿Os duele algo?
− No te acerques.
Vio que su esposa envolvía a la niña en sus brazos, mientras le observaba con aprensión. Suspiró, tratando de sobreponerse al intenso dolor de cabeza. Todo estaba pasando tan rápido. Vio que su mujer hacía esfuerzos por calmar a M., que seguía sollozando, y le susurraba al oído palabras de ánimo con dulzura, y una cierta congoja que se esforzaba en ocultar. Dio varias vueltas en torno al coche, sin saber qué decir.
− Escucha. Lo siento.
− No digas nada.
Un coche pasó a su lado y redujo algo la velocidad, pero luego volvió a acelerar.
− Mira. Coge el coche. Yo no puedo conducir. Luego iré. Necesito despejarme.
Ella siguió hablando con M. La niña estaba bien, pero era casi imposible calmarla. Le costó convencerla de volver al coche. Entre ambos, lograron sacar la rueda de la zanja y ponerlo en marcha.
− Lo siento…
− No tengas prisa por volver.
Su respuesta quedó ahogada por el sonido del arranque del motor. Las ruedas chirriaron con fuerza y él se echó a un lado. En apenas unos segundos, se habían alejado por la carretera, y él se quedó solo, con la espalda recostada contra un pino de los que flanqueaban el arcén, tal vez el que había estado a punto de matarlos. Todo le daba vueltas, y en la boca, aún sentía el regusto amargo del whisky que ascendía, implacable, desde su garganta. No siempre funciona la anestesia, se dijo una y otra vez. No siempre funciona. Se agarró las sienes con las manos y trató de llorar, de expulsar aquella angustia que le oprimía el pecho desde la mañana. Emitió poco más que un gemido forzado, y volvió a tomar aire en silencio. Pensó en los jóvenes que había visto salir del crematorio, en cómo se habían dispersado en silencio, sin energías, súbitamente subyugados por la alargada sombra de la muerte. Muerte, hija de puta. Miraba hacia el frente, pero no veía nada. Ante sus ojos, solo se mostraba su abatimiento, la sensación de fracaso y el deseo, o más bien la necesidad, de abrir su vida en canal y extraer todo aquello que se había emponzoñado con el paso de los años, y cuyo hedor repugnante le ahogaba.
Pensó en M., y sintió lástima. Qué horrible final para una fiesta de cumpleaños. ¿Cuánto tiempo le quedaba hasta comprender al fin que aquel mundo no era como ella lo imaginaba? Ella no lo sabía, pero el reloj estaba en marcha, y su tiempo avanzaba, implacable − como el de todos ellos. Suspiró, y tomó una piedra en la mano, arrojándola lejos de sí. Trató de poner la mente en blanco, de respirar hondo. De pensar qué le diría a su esposa al volver. O qué no le diría. De armarse de fuerzas para volver al hospital al día siguiente, sin que las imágenes del cementerio o de aquel estúpido accidente le atormentaran a cada instante. Al fin, se incorporó y fue dando algún que otro paseo para desentumecer las piernas, mientras observaba cómo el sol se iba hundiendo detrás de los árboles. Esta vez, los destellos de luz no le molestaron; el punzante dolor de cabeza había casi desaparecido, y los rayos del sol de la tarde le envolvieron con suavidad, sin juzgarle, sin volverle la espalda. Los buscó tras las ramas, y dejó que le acariciaran el rostro, mientras, inconscientemente, las lágrimas brotaban por fin por debajo de sus párpados y se deslizaban lentamente por sus mejillas.
Tal vez fue aquella fragmentada imagen crepuscular la que, por primera vez en todo el día, le proporcionó algo de paz. Solo necesito algo de paz − Sólo necesito dejar de sentir miedo, miedo a vivir, o a morir. Aspiró hondo y, con la mirada fija en los haces dorados que, agitados caprichosamente por la brisa, se colaban a través de las hojas, fue dejando pasar los segundos, los minutos, las horas. Por fin, ya casi de noche, salió al paso de un coche y consiguió que el conductor accediera a acercarlo al bar más cercano, desde donde pidió un taxi para volver a su casa.

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