La fiesta
Llegué a la fiesta hace tiempo, y este intenso dolor de cabeza me ha perseguido casi desde el primer momento.
¿Por qué vine aquí? Ya no lo recuerdo. Pero, ¿qué habría hecho si no? Él se ha separado de mí, casi nada más entrar. Me insistió tanto antes de venir… ¿Por qué se aleja ahora? Estoy sola. No es posible estar más sola que rodeada de gente que no conoces y a los que no importas lo más mínimo. Ni siquiera me ven, pienso. Veo a L., mi amiga. Me aferro a ella, desesperada, pero pronto se aleja riendo. El murmullo incesante penetra en mi mente. Me hiere. Me atraviesa. Observo los rostros, los cuerpos anónimos pero perfectos, encerrados en este espacio diminuto. Sonríen, pese al ahogo, al calor insoportable. Pese al humo que atormenta al aire y me obliga a entornar los ojos, y que hace que todo a mi alrededor se vuelva borroso y sombrío. Sus figuras difusas se desplazan y en ocasiones sus bordes se mezclan y vuelven a alejarse. Busco un patrón que me explique sus movimientos, que revele cómo logran mantener este orden aparente. Relaciones, miradas, deseos. Pero el dolor de cabeza es demasiado intenso, y acabo cerrando los ojos y conteniendo unas lágrimas que a nadie le importan.
Se oyen gritos: en la cocina, alguien ha desparramado vísceras de pescado por la encimera, provocando la hilaridad generalizada. Caminan torpemente, las manos manchadas de sangre, bramando idioteces. Varias chicas gritan. De un cuarto, vuelve mi amiga L. y otra chica que no había visto hasta hoy. El labio superior rezuma sangre, y ésta no es fingida. Se ríen y bailan. He decidido beber, pero con la mezcla, ya he perdido la cuenta, y todo me da vueltas. Sonrío. Floto en el aire y, si no fuera por la migraña, me dejaría caer, convencida de que alguien me recogería antes de tocar suelo.
¿Quién me sostiene? ¿Quién me ha rescatado? No sé si te conozco. Vamos, ven conmigo. Hay un cuarto allá atrás. No, no me importa. No sé quién eres. Vamos a pasarlo bien. Todo esto es un sueño, al fin y al cabo.
No sé de qué me hablan, pero sonrío y bebo. Alguien grita. Sobre la pared, las imágenes proyectadas vuelven a repetirse en un bucle infinito; trato de adivinar qué representan, como sombras de un juego, o láminas que esgrime friamente el psicoanalista, ansioso por condenarte a la toma perpetua de tranquilizantes. Alguien dijo que son ampliaciones al microscopio. Pero yo no veo nada. Algo fluye, de repente. Tal vez sea sangre. Una nube. Un gusano. Una gota de agua de mar… Alguien estaba a mi lado, pero de nuevo me encuentro sola. ¿Por qué te has ido? ¿Por qué? No sé quién eres. No sé si te conozco. Pensaba que sí. Incluso confiaba en ti. Pero ahora ya no estoy tan segura. Todo es turbio, sucio, incomprensible. Como esas imágenes ampliadas tantas veces que dejan de tener sentido.
Alguien me ha tocado. Me acaricia. Cierro los ojos. ¿Eres tú? La música duele. Me estremezco con sus manos frías. Él interpreta algo diferente. Sonríe, y me lanza una oleada de su fétido aliento. Noto un estertor. Aléjate de aquí. No quiero mirarte, ni sentirte. Aparta la mano. Me das asco. Eres mierda. Me besa, se aleja. ¿Qué me ha dicho? Algo de volver a vernos… Parezco aturdida, lo sé. Pero por dentro, solo quiero que todo desaparezca. Las luces, las voces. La música. Imágenes, y palabras. Solo añoro el silencio, el vacío, la nada. Volver a empezar. Una explosión en medio de un tiempo inexistente. Un instante de un fulgor insoportable, una convulsión. Fuerzas que me arrancan en mil pedazos, en todas las direcciones. Me expando; me enfrío. Sueño. La energía, invisible, fluye por mi interior. Pero no existe ya el dentro, ni el fuera. Solo oscuridad.
Vuelvo a abrir los ojos. Todo se ha vuelto un magma. Ya no hay individuos, figuras, cuerpos independientes. Todo es un fluir constante, que se funde con la luz, el sonido. El dolor. Todos son uno, como en una extraña comunión animista. La ciudad se resquebraja bajo el impulso del yo, pero aquí, en el país en que nada es verdad, sigue existiendo el nosotros. Suelto una risotada para mí misma. Menuda ocurrencia. Nosotros. Nosotros vivimos. Reímos. Lloramos. Bebemos. Fumamos. Follamos. Dormimos. Hablamos. Vomitamos. Perdemos. Fluimos. Sufrimos. Morimos. ¿Quiero seguir aquí? ¿Por qué no me he marchado? ¿Qué me retiene? Lo busco. Está allí, en una esquina, casi no lo distingo. Ha tomado algo raro, y no me ve. Sonríe, vacío, mostrando deseo, o tal vez repugnancia y hastío. No quiere mirarme, hace como si yo no estuviera aquí. Si esto es una fiesta, ¿qué estamos celebrando? De repente, se oyen gritos, de excitación, tal vez. ¿De dolor? Alguien está desnudo. Dos personas, luego, muchas más. Me agarran del brazo; me caigo, y me golpeo el hombro, mientras, como en cámara lenta, vuelvo la mirada hacia él. Me observa, pero sus ojos enrojecidos me atraviesan, y su indiferencia me quema como el hielo. Ya no siento el brazo; a la altura del hombro, un dolor penetrante. Me recuesto, pero alguien se acerca, y de nuevo siento esa mano fría que me aprisiona. Lloro. Grito. Luchando contra el dolor, arqueo el cuerpo y trato de agarrar la botella. Se cae con estrépito, y yo también. Todo se ha parado. No, la música suena todavía, y las imágenes siguen parpadeando, sumidas en ese bucle enfermizo que las obliga a mostrarse ante mí hasta el infinito. Con los ojos entrecerrados, parezco encontrar el sentido en el fondo de mi memoria. Todos se han vuelto hacia mí. Por favor, sacadme de aquí. Por favor. Despojadme de este vacío. Del dolor de mi yo. Quiero ser vosotros, nosotros. Fundirme, dejar de sentir el tormento y flotar, flotar en este sueño. Y sentir que es real, y que no estoy solo deseando que lo sea, que no soy consciente de haber contratado el servicio de sueños para relajarme.
Las imágenes se vuelven borrosas. El bucle prosigue. El dolor de cabeza − solo un leve efecto secundario, dicen − se hace más intenso, y mis ruegos siguen sin verse atendidos. Los asistentes a la fiesta permanecen inmóviles, como congelados, observándome con una expresión estupefacta petrificada en sus rostros. No se puede controlar los sueños, me digo a mí misma. Porque, al final, siempre los secuestra el inconsciente. Los miedos. La insatisfacción. El deseo. El deseo de sentir dolor. Intento relajarme, y espero a despertar. Ante mí, todo fluye. La sangre. Una nube. Un gusano. Una gota de agua de mar. Una lágrima. El aire. El silencio. Solo el tiempo se ha detenido. Es extraño, me digo. ¿Cuánto he de esperar, si el tiempo ya no existe? Aturdida, tiemblo pensando que tal vez algo ha fallado, que este bucle infinito es realmente eterno, que nunca saldré de este sueño. Que tal vez esté condenada a ser observada en silencio por estas figuras sin alma, averiadas, vacías, por toda la perpetuidad. No puedo soportarlo, y cierro de nuevo los ojos, y trato de ignorar el dolor. Temblando, pido auxilio con voz ahogada, y espero. La música prosigue, y a través de los párpados, distingo la luz intermitente del bucle de imágenes que se desliza, implacable, ante mí. Ahogada por un tormento que nunca se aplaca, que nunca cambia − que es mi nuevo estado natural, me digo, resignada −, me pregunto si el tiempo volverá a brotar alguna vez, si despertará al fin para romper esta insoportable parálisis, esta quietud que eterniza un dolor invisible, irreal. Y cuando lo haga, me pregunto si todo será una explosión, si saldré despedida en todas las direcciones, y si cubriré con mi sangre doliente y exhausta todo el universo. Esperando a que lo haga, en esta extraña fiesta que acabó en tragedia, me siento al fin Dios, y sonrío. Ya no soy nosotros − me digo − mas, en este sueño, todo lo que existe soy yo.
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Publicado el: 19-05-2007 en Autor: Rubén Berrozpe, Género: Relato.
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