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Una visita inesperada

Su rostro había quedado grabado en su mente desde la primera vez que la vio, con una intensidad que ya apenas recordaba haber sentido en los últimos años. A lo largo de los primeros días, inconscientemente, su reconfortante sonrisa quedó unida para siempre a aquel sol asfixiante de septiembre, a un jazz secuestrado por una ruidosa y extravagante percusión étnica que apenas lograba tapar el silencio de las horas centrales del día y a los reflejos de la tarde en el agua de aquel recinto en que todos los presentes se esforzaban por aparentar ser felices.

Desde el primer momento, le había resultado difícil seguir escribiendo en aquel aséptico lugar de retiro al que gustaba referirse con el título de purgatorio, para contrariedad de las enfermeras que supervisaban con enérgica aplicación todos y cada uno de sus movimientos. Sin embargo, cuando M. llegó, su bloqueo desapareció súbitamente, y muy pronto comenzó a sentir el apremio por dar forma escrita a aquel flujo incansable de anhelos y reflexiones que, en el fondo, solo aspiraban a expresarle su creciente apasionamiento por ella.

Muy pocos de los allí presentes, ya fueran pacientes o miembros del personal, habían ni siquiera oído hablar de él, y podía contar con los dedos de una mano los que recordaban el título de alguna de sus novelas. Para su desmayo, ella no fue una excepción, y los tímidos intentos de despertar su interés hacia su obra escrita toparon con una afectuosa aunque inquebrantable indiferencia. Ello, no obstante, no le desalentó. Pasados los primeros días de su estancia allí y apagada la estrella de la novedad que su díscolo comportamiento suscitaba en aquella lúgubre familia de cuerpos marchitos, comenzó a mostrarse selectivo en el trato humano y a obligarse a una rutina que le permitiera seguir escribiendo, al tiempo que, azuzado por su sugerente sonrisa, se esforzaba por pasar tanto tiempo al lado de M. como humanamente le fuera posible. Su propuesta de extender el turno vespertino de la rehabilitación con el fin de poder servirse de la ayuda de ella para trabajar en su próxima novela se topó inicialmente con una cierta resistencia entre la gerencia del balneario. Sin embargo, a ella no pareció importarle el aumento de carga de trabajo, y muy pronto accedió a transcribir, con diligencia pero no entusiasmo, lo que él le dictaba en los breves recesos de sus ejercicios.

A lo largo de los días, se fue sumergiendo con fruición en el sugerente juego de las variaciones, más o menos veladas, construidas en torno a aquella historia de amor especular que su imaginación engendraba en torno a ambos. En aquellos descansos, su mente, habitualmente anestesiada por el tedio y la rutina de la gimnasia, se excitaba súbitamente con la perspectiva de sugerir a M. su irrefrenable deseo, minuciosamente codificado a través de una falsa tercera persona que deambulaba por los meandros de su propia inseguridad, ora asomándose al abismo de una insinuación amatoria, ora recluyéndose en las sombras de su enfermedad y el frío desencanto de la razón. Entre tanto, ella tomaba las notas con experta presteza, mientras respondía a sus frecuentes miradas con una sonrisa cálida pero distante.

Para su sorpresa, se escuchó a sí mismo, al contrario de lo que era su costumbre, no escatimando realismo y apasionamiento en las escenas de amor de sus personajes, en las que se adentraba con irreprimible arrebato. Su yo racional, entre tanto, escrutaba los gestos de M. en busca de una reacción, ya fuera espontánea o meditada, a la escucha de aquellos pasajes. Sin embargo, apenas logró arrancar de sus labios mas que una tenue mueca embarazada y algún que otro mordaz comentario sobre la torridez de su prosa. A él le bastó con aquello, no obstante, para interpretar sus ademanes como el tímido germen de un inminente deshielo, y para animarle a seguir moviendo los resortes de aquel juego en que la creación, que nunca había sido del todo sincera, se había tornado una burda herramienta para la seducción. Gradualmente se fue volviendo más osado, y muy pronto, todo acabó girando en torno a aquel momento de la tarde en que era capaz de declarar su amor por una mujer joven, cada día de un modo diferente, y siempre oculto tras la reconfortante pantalla protectora de su enrevesada prosa.

Por fin, una tarde, ella dejó de acudir a su cita diaria. Una vez repuesto del desconcierto inicial, se armó de valor para preguntar por ella en la gerencia del balneario, pero solo supieron responderle que había dejado el trabajo de un día para otro, y se había marchado. No se contentó con esto, y tras varias pesquisas y un uso calculado de su natural encanto con las compañeras de M., logró al fin hacerse con sus señas personales.

Si su cuerpo impedido le hubiese permitido entonces escribir con desenvoltura sin necesidad de recurrir a un copista, sin duda se habría lanzado a inquirirle por su precipitada marcha y, con fingida congoja, a preguntarse retóricamente si acaso sus encuentros habían tenido algo que ver en ello. Sin embargo, no tuvo más remedio que esperar a que sus entumecidos brazos recobrasen gradualmente su movilidad con la ayuda de la rehabilitación, en la que se sumergió de inmediato con renovado ímpetu. Con el paso del tiempo, comenzó a garabatear torpemente frases aún ininteligibles sobre las que vertía sus atormentados pensamientos y, finalmente, fue capaz de redactar una carta completa con mano temblorosa. Ya para entonces, su enfado inicial se había visto sustituido por una templada nostalgia, y su apasionamiento por una cierta combustión lenta que, a pesar de todo, seguía consumiéndole por dentro a lo largo de las interminables jornadas de forzado encierro. Alentado por su recobrada independencia, siguió escribiendo una carta tras otra, relatando su gradual recuperación y la vida en el balneario y, de tanto en tanto, dejando entrever en forma de velado reproche el vacío que su marcha le había dejado. No dejaba, además, de intentar atraerla hacia la literatura, y de servirse de todos sus trucos poéticos para seducirla desde la distancia. Con el tiempo, el silencio de M. le volvió más osado. Pronto aquel monólogo epistolar se acabó convirtiendo en su única producción literaria, y en una obsesión enfermiza, que le acompañaba a lo largo de todo el día y, a menudo, de noches rotas en pedazos por su excitación. Por fin, acabó suplicándole noticias suyas, mezclando un enfado fingido con los rescoldos de su incontrolable apasionamiento.

Al cabo de meses, recibió al fin una carta de M. Apenas contenía una nota garabateada en una cuartilla cuadriculada, en la que aseguraba encontrarse «feliz y bien», y no hacía mención alguna a su correspondencia. Junto a ella, una fotografía tomada en un parque, en un día de sol deslumbrante, en la que ella miraba a la cámara mientras se tapaba los ojos, y el viento jugaba a alborotar su pelo. Parecía en efecto, feliz y, con desazón, constató que jamás recordaba haberla visto sonreír de aquella manera, tan despreocupada y radiante.

Su terapia duró aún unas semanas más. No volvió a recibir cartas de ella, y el alivio que le había suscitado inicialmente fue muy lentamente disipándose, hasta desaparecer del todo. Su fotografía le acompañaba constantemente en su cada vez más obsesiva reclusión y, gradualmente, su sonrisa franca pareció tornarse una mueca burlona que le desafiaba, le humillaba, le atormentaba. Le anunciaron que pronto podría volver a su casa, pero no sintió sino una amarga indiferencia ante su inminente «liberación». Sus cartas se volvieron ásperas, insultantes; comenzó a romperlas de modo sistemático y a deslizarse con resignada indiferencia hacia un sombrío y obstinado silencio.

Fue entonces cuando le anunciaron aquella visita. No había tenido ninguna en los meses que había pasado allí, y no las esperaba. Pensó en M., pero pronto desechó la idea. En cuanto a su exmujer e hijos, había perdido todo contacto con ellos hacía años, por lo que, finalmente, no pudo sino conjeturar que se trataría de algún admirador que tal vez había seguido su rastro hasta allí. No tenía interés por ver a nadie, pero la insistencia de las enfermeras fue demasiado tenaz, y terminó por obligarle a salir al jardín, con la intención de deshacerse cuanto antes de aquel irritante e inoportuno visitante.

La vio entrar y, al principio, no la reconoció. La perplejidad inicial se disipó al fin cuando ella avanzó con resolución hacia él y tomó sus manos entre las suyas.
− Me enteré hace poco de que estabas aquí. Un diario comentó que estabas muy recuperado de la apoplejía, y que tal vez pronto podríamos ver una nueva novela tuya en las librerías…
Sonrió. Ya apenas recordaba su rostro. Habían pasado demasiados años; había dejado de confiar en que volvería a verla, mucho tiempo atrás. Y la herida se había curado, o al menos eso creía. Estaba muy hermosa.
− Mienten − rió, y se sorprendió al escuchar el sonido de su propia voz − no he escrito prácticamente nada. Me dedico a ver pasar los días junto a mis iguales.
Señaló disimuladamente a los otros pacientes que, dispersos por el jardín, conformaban una especie de lúgubre comitiva de almas.
Ella le rozó el brazo tímidamente.
− No estás tan mal. ¿Puedes mover los brazos?
Su sonrisa era burlona, pero sugerente.
− Claro.
La abrazó, aprovechando para descargar levemente el peso de su cuerpo fatigado sobre ella. Al contacto con su rostro, cerró instintivamente los ojos. Su mente voló hacia otra noche, otro tiempo. Dos personas tan diferentes… Los dos hemos mudado la piel, ¿verdad? Varias veces. Sonrió para sí amargamente, y sintió como si aquel abrazo no fuera a acabarse nunca, y que flotaba en medio del vacío.
La había dejado marchar entonces. Qué cambio había experimentado con el tiempo. Se había vuelto mucho más osado y, como consecuencia, lucía ahora las cicatrices de numerosas heridas − muchas más que entonces. Se preguntó si aquello era una buena señal, un síntoma de haber, cuando menos, vivido. Pensó brevemente en M., pero pronto la alejó de su mente. Pareció que, súbitamente, los últimos meses no hubieran existido, que su amargo aislamiento no hubiese sido más que un mal sueño. Aspiró el perfume que le llegaba desde su cabello, y sintió como si retrocediera décadas en el tiempo.
Se habían besado furtivamente, aquella noche, muchos años atrás, antes de detenerse y de alzar un dique de emergencia contra aquel deseo que a duras penas lograban contener. Eran otros tiempos, y todo estaba por perder. Al contrario que ahora, que prácticamente ya no le quedaba nada, y que solo notaba que el tiempo se le escapaba entre los dedos, más veloz que nunca.
Nunca como entonces la había deseado tanto.
− Te he echado de menos…
Ella sonrió. Pero solo fue durante un tiempo. La había olvidado, después. Prácticamente del todo. Las preguntas se agolpaban en su cabeza, y ella parecía responderle con aquel ademán evasivo y coqueto, que apenas había cambiado.
Fue ella la que finalmente le ayudó a zafarse, y lo acompañó hasta uno de los bancos de la explanada, para que pudieran hablar con recogimiento en un rincón discreto. Ambos se sentaron, y permanecieron mirándose a los ojos durante unos segundos. Vio entonces que otros ancianos los observaban con curiosidad, y se sintió súbitamente incómodo.
− Vamos a mi cuarto… Te prometo que no haré nada.
− Como si pudieras…
Cuando entraron, él se recostó en el sofá, agotado. Ella se quedó observándolo desde la distancia. No era capaz de comprender por qué había venido en su busca, y no dejaba de preguntárselo, y de inquirirle en silencio por su presencia allí, buscando la respuesta en sus ojos esquivos. Pero había venido…
Al cabo, ella interrumpió el hilo de sus pensamientos.
− Dime, ¿qué has hecho todo este tiempo?
Le habló de sus hijos, de lo último que había sabido de ellos, y de sus carreras. Se sentía más cómodo hablando de otros que de sí mismo. Supuso, además, que ella sabría de su trabajo por los periódicos. Cuando le preguntó por su vida, ella se mostró asimismo evasiva. Pronto se sumergieron en un espeso silencio. Ella estaba pensativa. De alguna manera, sintió que la magia del primer momento había desaparecido conforme se habían quedado solos, tal vez para no regresar. Lo que era más, por algún motivo, supo que ella ya solo sentía una cierta premura por alejarse de allí. Por fin, la vio posar la mirada brevemente sobre la fotografía de M.; no había reparado en ella hasta entonces.
− ¿Quién es? ¿Una enfermera especialmente bonita, tal vez?
− Tú lo has dicho…
Esbozó una sonrisa guasona; ella se mordió el labio − como solía hacerlo, pensó, y esta vez observó que le proporcionaba un aire juvenil que le favorecía. Tal vez ése era el momento de preguntarle por qué había venido… de jugárselo todo a una carta. No podía retenerla con sus torpes manos pero, ¿y con la palabra? ¿No había percibido ella su estentórea soledad? ¿Por qué ninguno de los dos se atrevía a abrir su corazón, a lanzarse en los brazos del otro y a pedirle que le rescatase?
Al fin, vio cómo ella se incorporaba lentamente, y se ajustaba el bolso en el hombro.
− Tengo que marcharme.
− ¿Estás segura?
Asintió suavemente.
− Sí.
− Saldré pronto de aquí. Volveremos a vernos, ya lo verás.
− Claro. No te levantes.
Lo besó en la mejilla, y volvió a sonreírle. Pero pudo leer en sus ojos la convicción de que aquella visita había sido una mala idea. Y sintió que se escapaba de sus manos, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Dejó de escribir a M., y ya no recibió ninguna otra misiva suya. Con el tiempo, sus rasgos se fueron difuminando en su mente, y terminó por romper aquella horrible fotografía, que le daba la amarga impresión de estar observando a un fantasma, una sombra sin alma que le sonreía, satisfecha por haberle herido, por haberle engañado.

Aún sentía la desazón que le había dejado aquella primera y última visita en el balneario, tan inesperada y punzante. El dolor le ayudó a terminar su novela, que cosechó un éxito considerable. La crítica la definió como su esfuerzo más notable de las últimas décadas, y muchos hablaron de la redención de un hombre que había sido víctima de sus propios excesos y de su propio éxito. De un coágulo cerebral, habría sido quizá más preciso afirmar. Y de su soledad.
A menudo pensó que, en algún lugar, ella habría leído su novela y, al contrario que M. − y que tantas otras antes de ella − le habría leído la mente casi en cada frase, en cada personaje. En cada juego de espejos. La imaginó sonriendo para sí, y tal vez preguntándose si él no estaría escribiendo solo para ella. Durante unos meses, concibió aún esperanzas de tener noticias suyas. Pero ella no llamó, y conforme los compromisos de la promoción se fueron espaciando y aquella fugaz vorágine fue fundiendo a negro, volvió a sentir el silencio a su alrededor, tal vez más intenso que nunca. Él ya había escrito su libro, pensó. Y había lanzado su grito de auxilio, que no había sido respondido. Ahora, ya solo le restaba prepararse para, en medio de aquella soledad voraz, olvidarla por segunda − y última − vez.

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2 respuestas a “Una visita inesperada”

  1. Comentario de John Leslie Jr.:

    Me ha gustado mucho como has expresado la idea de intentar conseguir a una mujer armado únicamente con palabras, primero escritas (”No dejaba, además, de intentar atraerla hacia la literatura, y de servirse de todos sus trucos poéticos para seducirla desde la distancia”) y luego expresadas (”No podía retenerla con sus torpes manos pero, ¿y con la palabra?”) aunque finalmente estas no las utilizase.

    Tambien la idea de utilizar la literatura como vehículo de expresión primario: “Él ya había escrito su libro, pensó. Y había lanzado su grito de auxilio, que no había sido respondido.”

    Resumiendo, que me ha gustado bastante. ¡Sigue asi!

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Gracias Iñaki.

    Me gustaba la idea de empezar un relato con una subtrama que de repente es desplazada por otra y convertida en algo banal en cuestión de unos instantes. Pero desde luego, el personaje sigue siendo el mismo cínico en ambas.

    Un abrazo, te veo por aquí.

    Rb

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