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The Remains of the Day

The Remains of the Day - Book Cover The Remains of the Day - DVD Cover«It seems increasingly likely that I really will undertake the expedition that has been preoccupying my imagination now for some days.»

Así empieza el moderno clásico de Ishiguro, y me atrevería a decir que esta intrigante primera frase establece las claves de todo lo que vendrá después. Pues la novela relata, más aún que un viaje exterior por la campiña inglesa, el viaje interior de un hombre enfrentado a la naturaleza crepuscular de su profesión − en conexión con una evolución social que lo ha convertido, muy a su pesar, en una prescindible pieza de museo −, a sus recuerdos y a las decisiones, tanto profesionales como personales, que lo han conducido hasta su situación actual, que es mezcla de nostalgia y de miedo al futuro, a esos restos de la tarde que se desvanecen en medio de la soledad y de un casi total ostracismo.

No soy crítico literario, y por ello no puedo aportar gran cosa a la abundante y sesuda colección de reseñas de quienes realmente, por formación y experiencia, están realmente capacitados para diseccionar las obras de los grandes autores. Por el contrario, mi escasa formación humanística se ha centrado en el ámbito audiovisual y, en concreto, en el de la música y el cine. Por ello, si he decidido sumergirme en reseñas de este tipo ha sido únicamente con el fin de aportar un enfoque diferente, aquel que, como en la historia de las dos ovejas que mascan un rollo de película cinematográfica al tiempo que rememoran el sabor del libro, pone la obra literaria frente al espejo de su adaptación cinematográfica.

En el caso que me ocupa, he de decir para empezar que mi primera aproximación a la obra fue a través del filme de James Ivory. Por ello, mi lectura, años después, de la obra en que estaba basado se vio fuertemente condicionada por las imágenes previas a que me remitían los ambientes y personajes descritos en el libro. Sin embargo, y pese a tratarse de una adaptación particularmente fiel de éste, encontré una diferencia fundamental entre filme y novela, y es especialmente pertinente dada la diferente naturaleza de ambos medios. En concreto, el libro está narrado prácticamente en su totalidad en primera persona, y todo en él se nos revela a través del monólogo de Mr. Stevens y su rememoración de los años dorados de Darlington Hall. Sin embargo, al contrario de lo que sucede en la voz narrativa clásica, el monólogo de Mr. Stevens no es siempre del todo honesto, o más bien cabría decir que oculta entre sus pliegues numerosas dobles lecturas, frustraciones y pensamientos sugeridos, proporcionando en conjunto una riqueza al relato escrito que, lógicamente, se pierde en gran medida en la narración audiovisual, mucho más objetiva y condicionada por el naturalismo de las imágenes.

Esta voz en off insincera que, al contrario que sucedía con el narrador clásico, en quien el espectador depositaba una confianza absoluta, es proclive al engaño e, incluso con mayor frecuencia, al autoengaño, remite a algunas de las obras del cine moderno, como es el caso de La collectionneuse, de Eric Rohmer, en la que nos hallamos a menudo ante la tácita obligación de interpretar precisamente lo opuesto de lo que afirma la voz introspectiva del protagonista. Huelga decir que este juego supone un profundamente estimulante ejercicio mental, al que es muy proclive Rohmer, y en el que se sumerge Ishiguro con fruición a lo largo de toda la novela y que posiblemente, constituye uno de sus elementos más logrados.

Frente a ello, el formato cinematográfico, sin perder un punto de vista centrado en gran medida en el personaje de Stevens, decide reforzar la presencia de Ms. Kenton, quien, al contrario de lo que sucede en la novela, deja de ser durante gran parte del relato una imagen mental matizada por la memoria selectiva de Stevens y se convierte en un personaje de carne y hueso, cuya historia y frustraciones pasan de ser sugeridos a ocupar el centro de la escena en determinadas fases del metraje. Ello obliga al cineasta a dar un cierto peso a personajes marginales, como es el caso de Mr. Benn, cuya presencia en la parte final de la narración, justo antes del encuentro entre Ms. Kenton y Mr. Stevens, resulta cuando menos chocante. Tal vez, podría conjeturarse, existían otras maneras de insinuar el contexto en que se desarrolla la vida matrimonial de Ms. Kenton en el momento de su encuentro final con Mr. Stevens, pero en todo caso, cabe respetar por ortodoxa y lógica la decisión del cineasta, aun constatando el riesgo de dilución de un relato que necesita mantenerse fuertemente centrado en Stevens para garantizar el máximo efecto dramático.

De la misma manera, el enfoque de este último encuentro es muy diferente en la narración escrita y en el relato cinematográfico. Resultó para mí una sorpresa constatar el modo en que Ishiguro culmina su curva dramática con una significativa elipsis, de tal manera que el tan anticipado encuentro es en principio soslayado, para posteriormente proporcionarnos una exposición resumida del mismo. El efecto que esto tiene en el lector es demoledor, ya que, súbitamente, el encuentro con Ms. Kenton pasa a convertirse en uno más de los recuerdos de Stevens, y de alguna manera, en una etapa más de su frustrado viaje al interior de sus constantemente reprimidos sentimientos y anhelos. Al contrario, la tensión se mantiene en la narración cinematográfica hasta el momento en que Ms. Kenton parte (en la excelente escena de la parada el autobús) y, aunque el efecto de la copresencia es sin duda intenso en el formato audiovisual, no logra acercarse a la súbita melancolía lograda en el libro con esta expresiva elipsis. Muy apropiadamente, Ishiguro permite a su personaje principal reponerse en silencio durante dos días completos antes de cerrar con indisimulada tristeza el relato, y cuando lo hace, convierte a Stevens en testigo de una pública celebración de la tarde, cuyo simbolismo no deja, en cierto modo, de poder interpretarse como un modo de enjugar su fracaso a través de la aceptación serena de su realidad crepuscular, y de reconciliarlo con su pasado.

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