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La buhardilla

El dinero

Al principio se había sentido intimidada por las luces intermitentes, por las voces, los gritos. Por la suciedad. Le asombraba la indiferencia de quienes pasaban a su lado sin volver la vista, como si todo aquello no fuera con ellos. A su alrededor, las siluetas furtivas de las veteranas la escrutaban desde las sombras con mirada displicente, pero nadie se acercaba a hablarle. Muy probablemente, eran presas de la desconfianza, que enjugaban con un cierto desprecio burlón ante su manifiesta falta de experiencia. Ella tiritaba bajo su largo abrigo, y arrojaba de cuando en cuando una mirada nerviosa a su reloj, o se ajustaba temblorosamente la fina línea de carmín en torno a la comisura de los labios; al contacto con la lengua, el regusto intenso y, a su parecer, repulsivo, del barniz penetraba en su boca y torcía su rostro en una breve mueca aprensiva.

Ya había sentido los ojos clavados sobre su figura la primera vez que pasó por allí, un día en que sus pasos la habían conducido involuntariamente por callejuelas que le resultaban casi del todo desconocidas. Su inicial desconcierto se tornó en turbación confome reconocía el lugar, y ganaba consciencia de las inquisitivas miradas que le prodigaban los hombres desde las esquinas o a través de los vidrios mugrientos de las tabernas. Apenas duró unos minutos, pero su tránsito por aquella calle recóndita quedó marcado a fuego en su mente, y no le abandonó durante mucho tiempo, ni siquiera a lo largo de las noches que pasaba desvelada mientras, a su lado, escuchaba con indisimulada aversión la respiración ronca de su marido.

Tardó unas semanas en regresar. La primera vez se limitó a recorrer de nuevo la calle de un lado a otro, aparentando ser presa de algún urgente cometido que la conminaba a dejarse caer por allá. En secreto, examinó las reacciones de los allí presentes y, en un arrebato de atrevimiento, se detuvo frente al ennegrecido cristal de una tienda de muebles usados para atusarse el pelo. Constató que su gesto había tenido el efecto deseado de atraer las miradas de algunos posibles clientes y, súbitamente ruborizada, apretó el paso calle abajo.

Honestamente, nunca se le ocurrió pensar en el dinero. Aterrada en el fondo ante su atrevimiento, se acabó estableciendo en la calle con mal fingida timidez y, tal vez gracias a ello, su presencia no llegó a provocar la airada reacción que cabía esperar en aquel mundo tan competitivo y plagado de envidias. Agazapada en una esquina sucia en que el hedor a orina y basura en descomposición resultaba especialmente intenso, pasaba las mañanas esquivando las punzantes miradas de sus compañeras y deseando, en el fondo, encontrarse muy lejos de allí. Las más veces, alejaba al ocasional cliente con la ayuda de un obstinado y desafiante silencio, mientras en secreto, su mirada rebosante de anhelo le suscitaba un indescriptible azoramiento. Cuando al fin, presa de la vergüenza y de una cierta grima, aceptaba entregarse a uno de ellos, se mostraba incapaz de regresar a la calle más tarde. Las primeras veces, llegó a pasar semanas alejada de allí, prometiéndose a sí misma entre sollozos que nunca volvería a caer en semejante deshonra. Con el tiempo, no obstante, fue superando inconscientemente sus miedos y, al fin, reunió el valor suficiente para comenzar a exigir a sus clientes el pago por sus servicios.

Pronto, aquel dinero comenzó a convertirse en un problema. No podía decirse que su posición económica fuera desahogada. Ya hacía años que la cuestión del aumento de categoría de su marido había desaparecido del orden del día durante la cena, junto con la propia conversación, y el vacío había sido finalmente llenado por el reconfortante murmullo de la televisión. Solo en ocasiones, cuando el tiempo entre dos contratos tendía a dilatarse de modo inquietante − cosa que, desgraciadamente, sucedía con cada vez mayor frecuencia − su marido, eufórico y aturdido por un desmedido consumo de alcohol en las horas centrales del día, se lanzaba a rememorar a su lado los tiempos en que había de rechazar encargos debido a la sobrecarga de trabajo, aquellos años − afirmaba con orgullo − plagados de jornadas de doce, catorce, incluso dieciséis horas, en que nunca faltaba de nada en su casa.

En efecto, no eran los crecientes malabarismos financieros, se decía a sí misma una y otra vez, los que le habían empujado a asumir aquel sórdido rol. Gastaba el dinero casi de inmediato, eso es cierto, y la nevera estaba manifiestamente más llena de lo habitual. Pero en general, la nueva situación la sumía a menudo en el desasosiego, y aquel obsesivo temor a despertar sospechas le oprimía el pecho durante las noches, superando incluso a la repulsión que sentía hacia el hombre que yacía, acostado y apestando a alcohol, a su lado.

Cuando llegó a casa aquella tarde, supo de inmediato que algo no marchaba bien. Reconoció la voz de su marido, que hablaba con su hijo en el cuarto de estar. Parecían jugar a algún juego, pero el niño, evasivo, apenas participaba. Conforme ella entró, corrió a recibirla, y se abrazó a sus piernas desnudas.
− ¡Mamá!
El otro se incorporó pesadamente y bramó desde la distancia.
− D. ¿Quieres irte a tu cuarto?
Pero él no se movió de su lado. Ella le acarició y le habló suavemente, mientras, por el rabillo del ojo, veía a su esposo acercarse con paso vacilante.
− Anda, vete a tu cuarto. Tu papá y yo tenemos que hablar.
Él la observaba con ojos suplicantes. Súbitamente, sintió un tirón y vio cómo una mano curtida lo arrancaba de su lado y lo arrastraba por el pasillo , indiferente a los alaridos impotentes del niño. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Se dio media vuelta y se revolvió instintivamente dentro del abrigo, mientras escuchaba sus pasos airados, que regresaban a la sala de estar.
− ¿Dónde has estado?
Ni siquiera había tenido tiempo de darse una ducha, de despegarse del cuerpo el hedor a orines, a calle, a sudor − a sexo. Comenzó a temblar espasmódicamente. Cuando se giró, lo descubrió inclinado sobre ella, los ojos inyectados en sangre. No le dio tiempo a retroceder. Él le agarró el brazo con fuerza, y sus intentos de zafarse le provocaron un dolor indescriptible. Respirando hondo, se fue preparando inconscientemente para lo que hubiera de llegar. En el fondo, pensó, se sentía aliviada, ahora que todo había salido a la luz. Retorciéndose, arrimó lentamente su cuerpo al de él, y trató de esbozar una mueca afligida.
− Puedo explicártelo…
− Dame la cartera.
Su mirada era firme, despiadada. Se sorprendió a sí misma pensando en el niño, que estaría escuchándolos desde la puerta. Instintivamente, rebajó el tono de su voz.
− No puedo… si no me sueltas el brazo…
Él aflojó lentamente la presión. Cuando ella se zafó, comprobó con disgusto que todo el cuerpo de él era presa de un temblor enfermizo. Con su rostro pegado al de ella, no podía evitar aspirar su fétido aliento, tal vez más cargado de alcohol que nunca.
− ¡Date prisa!
Introdujo la mano nerviosamente en el bolso, mientras sus piernas trémulas se tambaleaban sobre los zapatos de tacón alto. Pero él no parecía interesado en examinar su figura, las finas medias que asomaban, sugerentes, bajo su abrigo largo. Su carmín. Su cabellera suelta, ondulada. Cuando al fin comprendió lo que había venido a buscar aquella tarde, el motivo de su inesperado regreso, las lágrimas brotaron con violencia, manchando de azul sus mejillas. Una arcada ascendió por su cuello y envolvió su saliva con un regusto amargo.
Nerviosamente, él tomó la cartera en sus manos y extrajo todos los billetes, los billetes que no habían estado allí cuando salió de casa, aquella mañana. Sin mediar palabra, dio un par de zancadas en dirección a la puerta, y la abrió sin volver la mirada hacia ella. Un portazo. Sus pasos trabados que se apresuraban escalera abajo. Con la respiración ahogada, se apoyó en la ventana y lo vio salir del portal y alejarse con paso incierto e impaciente. Al tanto, desapareció calle abajo. Todavía sentía el intenso latido en su pecho, y un punzante dolor taladraba sus sienes. Se enjuagó una lágrima amarga que se había deslizado hasta la comisura de sus labios y se dejó caer, agotada, sobre el frío piso de terrazo. Su pie golpeó sin querer la cartera vacía y el bolso se deslizó por su brazo, derramando por el suelo los frascos y tubos de su maquillaje. Ella hundió la cabeza en el pecho y, aún atenazada por la asfixia que oprimía su garganta, comenzó a sollozar tenuemente, ajena a la mirada asustada que el niño arrojaba sobre ella desde el umbral de la puerta.

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