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La buhardilla

Deseo

− Dime, ¿por qué nunca sonríes?
Estaban sentados, unidos en un extraño y distante abrazo, sobre la gruesa alfombra de la habitación. Su cercanía la turbaba, y escrutaba su rostro en busca de algún signo de desasosiego o de anhelo, mientras se esforzaba por hablarle en un tono despreocupado.
− ¿No hay nada que te ilusione? Que te haga reír, o llorar… ¿No hay nadie…?
Calló, ruborizada. Él no pareció percatarse de aquel repentino vacío, de aquellas palabras que no había osado pronunciar, que se habían quedado flotando, invisibles, entre ambos. Cuando respondió, lo hizo en su habitual tono inexpresivo.
− Ya he vivido todas las historias en mi cabeza. He perdido el interés por todo… la ilusión de encontrar algo nuevo. Cualquier cosa.
Ella le acarició suavemente el cabello, mientras sentía el aliento de su respiración acompasada bajo su pecho. Por fuera, su cuerpo era cálido. Pero por dentro… A pesar de doblarle la edad, pensó, en muchos sentidos, seguía pareciendo un niño.
− Y, ¿si hubieses sido otra persona? ¿Nunca sentiste curiosidad por ver todo a través de los ojos de alguien diferente?
Resopló suavemente. Nunca había logrado arrancarle más que algún que otro parco balbuceo, siempre infinitamente más breve que aquel. Normalmente, permanecía inmóvil, sumido en sus pensamientos mientras ella acogía su cuerpo en sus brazos. Entonces, al cabo de unas horas, estiraba sus entumecidas piernas y se despedía secamente, como ansioso repentinamente por alejarse de ella.
− Tal vez − replicó suavemente, cortando el hilo de sus pensamientos − pero no es posible.
Era un ser extraño. Taciturno. Hermético. ¿Cómo podría expresarle aquel irrefrenable deseo que sentía por hacerle el amor? Desde el primer momento, acercarse a él había sido como penetrar en un páramo desnudo en el que el viento soplaba a ráfagas heladas, impidiéndole avanzar en ninguna dirección. Él apenas mostraba interés por ella, ni consuelo por su compañía, en las tardes que pasaban juntos. Y, a pesar de todo, no se sentía capaz de alejarse de él. Su mirada perdida y sombría le atraía como un imán.
− Tiene que haber algo que no hayas pensado. Tal vez no hayas sido capaz de volver la mirada atrás y deshacer todos tus pasos, para rehacerlos de nuevo en otra dirección.
− Tal vez…
Posó sus ojos sobre ella, un instante. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué hoy, súbitamente, la hacía partícipe de sus confidencias? Notó un leve temblor en sus brazos, y estrechó su cuerpo con más fuerza, mientras le hablaba en susurros al oído.
− Dime, si pudieras volver atrás en el tiempo, ¿cambiarías algo?
Él no respondío. Pasó tanto tiempo que ella tuvo miedo de que él hubiera regresado a su habitual hermetismo. Sus manos se habían quedado heladas. Las juntó, rodeándolas con las suyas, y las besó tiernamente. Justo entonces, él carraspeó.
− Si, supongo que, tal vez…
Se detuvo, y bajó la cabeza. El silencio se hizo insoportable, y ella comprendió que, por primera vez, a él también le ahogaba su ominosa presencia. Instintivamente, envolvió su cuerpo con fuerza, y él cerró los ojos.
− Ven. Vamos a hacer el amor.
Él no respondió. Se dejó hacer mientras ella lo desnudaba y llenaba su cuerpo con sus caricias, mitad indecisas, mitad anhelantes.
− Mi niño…
Él cayó sobre ella y, para su sorpresa, la besó nerviosamente en el cuello. Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo y le arrancó una tenue sonrisa – comprendió que, también para él, era la primera vez. Mientras apretaba los dientes para soportar el dolor lacerante, su mente jugó a volar hacia atrás en el tiempo, a deshacer sus pasos y a crear una realidad diferente, en la que ella no lo habría conocido, y ahora no estaría allí. Como él, había vivido tantas veces aquel momento en su mente… pero al fin, el deseo la había empujado a entregarse, y repentinamente, aquella inexistente vida paralela que solo unos minutos atrás aún no existía le suscitó una inexplicable melancolía. Una lágrima se deslizó por su rostro; apartó la mirada, mientras él alcanzaba su clímax. Constató, contrariada, que el deseo se había extinguido por completo, y solo un dolor ahogado persistió en su interior una vez todo hubo terminado, provocándole una ligera náusea. A su lado, él había caído dormido; evitó posar sobre él la mirada mientras se vestía y, precipitadamente, salió del cuarto, incapaz de pensar en nada que decirle más adelante, si alguna vez volvían a encontrarse.

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