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La buhardilla

La musa

Avancé entre los árboles, en pos de tu sombra. Sin volver la mirada, sentí cómo mis huellas se desvanecían a mi espalda, y la bruma cayó sobre mí, envolviéndome con sus dedos entumecidos.

Frente a mí, la espesura cerraba los ojos al sol, y el viento eran voces que flotaban, surgiendo de la nada, y se hundían de nuevo en el silencio. Allá al fondo, tu cuerpo adoptaba las formas de arbustos, de zarzas, de algún animal furtivo que trota por entre el follaje, evitando encontrarse conmigo. A mi alrededor me observaban los pinos, combados por la humedad y la tristeza, perdidos en sus reflexiones. Muy pronto el murmullo se fue disipando, y ya solo quedaron mis pasos.

Agotado, me acosté en un húmedo lecho de hojarasca. Cerré los ojos y, muy lentamente, me fui hundiendo en tus brazos. Tu voz me llamaba, y tus labios helados rozaban mi cuerpo. Me hiciste el amor, o tal vez era un sueño dentro de otro sueño. Mi reino es la noche, temblaba tu voz, y mi sangre el delirio que nubla tu mente. Nunca me abandones, y yo siempre estaré a tu lado.

Desperté; de tu perfume acuoso ya solo quedaba una lágrima, indecisa, suspendida al borde de mis labios. La probé: era salada. La luz de la aurora brotaba a través de las hojas, quebraba tu aliento, y borraba tus huellas. Me desperecé, entumecido, evitando cruzarme con tus ojos llorosos, que me suplicaban desde las sombras. Mientras caminaba, el letargo fue dando paso al murmullo constante del viento. Al fin, la luz lo inundó todo, y pronto te olvidé, como un sueño se olvida al llegar la mañana.

Hasegawa Tohaku - Shorin-zu-byobu

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