La buhardilla » La chispa

Main menu:


La buhardilla

La chispa

Todo pasó por su mente, como un destello, en un solo instante.
La verdad, tenía que reconocer que las cosas no le habían ido mal en la vida. Después de una mala elección profesional y una quiebra que no consiguió sortear y que lo dejó sin empleo cuando D. tenía apenas unos meses, logró reengancharse con la ayuda de un conocido a un escasamente atractivo puesto de gerencia financiera, que no abandonaría hasta 30 años después. Observando a sus hijos, comprendió que los aires de la volatilidad profesional habían comenzado a soplar demasiado tarde para él, y que, por mucho que se hubieran ensañado con su statu quo, no habían podido con su sólida posición, construida día a día, piedra a piedra, en los despreocupados años del empleo vitalicio. Como consecuencia de ello, había sido capaz de retirarse apenas cumplidos los 60, y todo ello, unido a su aparentemente excelente estado de salud, lo había convertido en la envidia − y la excepción − de un barrio que, en apenas unos años, había visto envejecer a marchas forzadas.

Muchas veces pensó que aquel primer lunes sin pisar el aparcamiento de la empresa y sin beber su insípido café de máquina había constituido en la práctica el primer día hábil de su divorcio. Sin embargo, ya casi habían pasado quince años desde que S. se marchara precipitadamente de su lado, apagando con un violento portazo a las cuatro de la mañana su frágil ilusión de felicidad compartida. Lentamente, los detalles de su postrera discusión, cuya vívida persistencia laceró su memoria durante meses, se habían ido diluyendo en su mente, hasta llegar a provocarle una casi total indiferencia. Al fin y al cabo, siempre supo que aquel primer momento de debilidad no había sido lo que había emponzoñado su relación, sino la mentira que le había sucedido. La mentira que no había llegado a tiempo de atajar, antes de que entrara a pudrir su matrimonio, como una metástasis que liquida toda esperanza de remisión.
«Puedo ser la mujer de un marido que comete una tontería. Pero de ahí a perder la confianza en ti, a preguntarme si volverás a serme fiel… Por supuesto que duele, ¿acaso no lo has pensado nunca? Pues duele… duele cada noche, cuando me acuesto contigo y te oigo respirar, mientras yo veo pasar las horas, incapaz de conciliar el sueño. Y mientras me pregunto si esa serenidad se alimenta lejos de mí, en tus viajes de negocios, mientras yo me consumo esperándote… ¡Sí, no me digas nada! ¡No me hables! No quiero escucharte…»
Ya no recordaba mucho más, y se preguntaba si, influido por los caprichos de la memoria selectiva, había comenzado a alterar las palabras, o a mezclar frases a causa de la percepción borrosa de culpa que había dado pie a todo. Al fin y al cabo, pensaba, ella apenas había hecho referencia a la verdadera causa de su ruptura. Que no era sino el hecho de que él había ido en su busca, en pos de B., varios meses después de haberse visto sorprendido por su fogonazo, por el súbito destello de su mirada hambrienta. Que, en el fondo, había construido una mentira sobre su infidelidad. Y que lo había hecho de un modo premeditado, consciente de las consecuencias. Que se hubiera odiado a sí mismo y hubiera terminado por convertir su aventura en un tormento no le descargaba de culpa. Tal vez ella no había querido abordar los detalles de su fugaz promiscuidad, sabedora de que sus excusas resultarían aún más dolorosas de soportar que un silencio cargado de sobreentendidos. Tal vez. Sea como fuere, tras apenas dos horas de tenso monólogo, salpicado intermitentemente por sus vacilantes monosílabos, y con la ultrajada observación de que ahora podría hacer todos los planes que quisiera para «tirarse a todas las compañeras de trabajo que se le pusieran a tiro», S. abandonó la casa. Solo tiempo después comprendió que todo había estado escrito desde hacía semanas, y que S. simplemente había aprovechado el receso escolar para enviar los niños a dormir a casa de su madre, con el fin de facilitar la ruptura. Pero para entonces, ya poco importaba.

Tal vez lo más humillante de toda aquella experiencia era la frialdad y el sinsentido con que contemplaba desde la distancia aquella fugaz aventura, y el bochorno que le provocaba aquel apasionamiento adolescente capaz de descomponer en cuestión de días el delicado equilibrio construido a lo largo de sus años de relación con S. Una relación que, sin llegar a embriagarle, se había erigido en una cálida y reconfortante barrera frente a la soledad, y que apenas le exigía nada a cambio − nada que no fuera capaz de producir cuidadosamente en pequeñas dosis, en cualquier caso. Así, conforme las expectativas de total plenitud se habían ido disipando, y el contacto físico con S. se había ido reduciendo a un goteo y finalmente se había extinguido del todo, comprendió que aquel cómodo parapeto, felizmente adormecido por el paso del tiempo y la complejidad de la estructura que lo rodeaba, solo podría quebrarse de mediar una hecatombe.
Entonces se había encontrado con ella, con B., y aquel primer instante de total desconcierto y de un súbito y apenas controlable resurgimiento del deseo sexual le había pillado totalmente desprevenido, y había puesto en evidencia la fragilidad de su castillo de naipes. Igual que ahora veía revelarse, al mirar a los ojos de aquella desconocida, la más profunda y punzante imagen de sí mismo, y la más patente prueba de su soledad.

Sostenía el cigarro en la mano, y no parecía afectada por su turbación, o en todo caso, tal vez la confundía con una reacción natural a su tenue y perfecta sonrisa. La reacción de un anciano abordado por una adolescente. Casi podía contemplarse a sí mismo desde el exterior, ofuscado, precipitándose a complacer su banal petición. Sintió una profunda oleada de repulsión y, en el fondo, quiso darle la espalda, incapaz de enfrentarse a aquel espejo deformante, a la rememoración de su propia impotencia que latía encerrada en el fondo de aquella mirada inexpresiva e impaciente. Pero al mismo tiempo, su mano había comenzado a rebuscar en sus bolsillos, y sus labios pronunciaban palabras entrecortadas, tan excesivamente solícitas como vacías de contenido.

De alguna manera, vino a su cabeza la anterior − y única − ocasión en que una mujer se había acercado a él mientras bebía, varios años atrás, en aquel mismo bar. La esbelta muchacha había surgido como de la nada, y se había detenido junto a la mesa en que él hojeaba un diario despreocupadamente, ritual que ejecutaba con matemática periodicidad para pretender dar una apariencia de contenido a su ociosa e interminable tarde de sábado.
«¿Me puedo sentar? No hay ninguna mesa libre…»
Apuntaba con la mirada al resto del bar, que, en aquel momento, se encontraba, en efecto, inusualmente lleno. La creía haber visto en la barra sentada, bebiendo, tal vez media hora antes. Sospechó de inmediato, pero sin apenas contenerse, se vio a sí mismo sonriendo y mostrando el asiento con condescendencia.
Ella se había sentado con desenvoltura, prodigándole una calculada sonrisa. Tras cruzar las piernas de un modo que no habría pasado desapercibido a nadie, y mucho menos a él, comenzó a fumar un cigarrillo con parsimonia, girando su largo cuello de forma ostensible y moviendo suavemente la mano de tanto en tanto para alejar el humo de la mesa.
«Perdona, ¿te molesta?»
El tuteo, tan imprevisto como fuera de lugar, le arrancó una media sonrisa.
«Por supuesto que no»
Mentía: apenas habían pasado unos meses de la operación para extirpar el tumor (benigno, decían) de su pulmón izquierdo, y el humo del tabaco seguía provocándole una indescriptible náusea. No obstante, se había visto obligado a controlar su impulso en aquel hábitat hostil que, al fin y al cabo, se había convertido en su tabla de salvación en las interminables horas de su ocioso retiro, al tiempo que en su más sangrante sala de tortura.
Tardaron poco en llegar a un acuerdo, y ella se agarró firmemente a su brazo conforme se alejaban del bar. A un par de manzanas de distancia había un hotel discreto, sugirió ella. Y en efecto, pronto se toparon con su tenebrosa y maloliente entrada, semioculta entre tiendas de souvenirs e irrespirables restaurantes para turistas. Fue entonces cuando comenzó a sentir la arcada ascendiendo por su esófago, y, apenas cruzado el umbral de su habitación, dio un bandazo y la apartó de un golpe, para acabar reculando espasmódicamente hacia la pared del pasillo.
Ella se sobrepuso casi de inmediato, y fue a ver qué le pasaba.
«¡Déjame en paz!», le gritó, y notó cómo su voz ronca perdía su fuerza casi de inmediato, ahogada en la espesa penumbra y los pliegues de la roñosa moqueta.
«¡Déjame en paz! ¡No eres más que mierda, y yo también!»
Consumido por la náusea, no pudo evitar ensañarse con ella, y mientras aullaba, sentía cómo el aire seco y cargado llenaba sus pulmones doloridos, e irritaba su tráquea.
«Pero qué coño… ¿te has vuelto loco?»
La arrojó lejos de sí, y ella perdió el equilibrio, golpeándose contra el marco de la puerta.
«¡Hijo de puta!» gruñó débilmente mientras se esforzaba por incorporarse.
Pero él ya se había arrastrado por el pasillo y, tambaleándose, descendió por la carcomida escalera y salió del edificio.

Nunca antes había intentado comprar el amor, y ya nunca volvió a hacer la prueba. Le resultaba imposible enfrentarse a aquella humillante mirada, a aquellas caricias calculadas que se alimentaban de su soledad, de su vacío. Ya en tiempos de S. se había propuesto dejar las barreras alzadas, no cruzar las rayas que su mente marcaba, como guardianes de su estabilidad y de su cordura, con el fin de que al menos algo siguiese teniendo sentido. Y ahora era lo mismo. No quiso fracasar de nuevo; con B, solo había perdido a su esposa. Ahora, ya solo podía perderse a sí mismo.

Pasó varios meses sin volver al bar, temeroso de las posibles represalias de que podía ser objeto. Un tiempo más tarde, comenzó a examinarlo desde la distancia, para asegurarse de que ella no volvía por allá, tal vez acompañada por algún chulo sediento de venganza. Por fin, con el paso del tiempo, fue recobrando el coraje para entrar de nuevo, y, conforme fueron pasando los meses, acabó olvidando el episodio casi por completo.

«No era más que un puto infierno, te lo digo yo. Una prisión. Me ahogaba. Sobre todo, cuando los chicos se fueron. Entonces, todo empeoró. Nos pasábamos el día gritándonos. Al final, tuve que empezar a pasar días enteros fuera de casa. Incluso comía en el restaurante, con tal de no tener que soportar su mirada de reprobación durante media hora seguida. Entonces, empezó a quejarse del dinero que gastaba, y a sugerir, si tanto me gustaba estar fuera de casa, que me buscara otro sitio para vivir…»
Había estado hablando con J. esa misma tarde, antes de la aparición de la muchacha. O más exactamente, le había escuchado hablar por los codos sobre su tema favorito, a saber, su divorcio. Tal vez era aquello lo más cercano al concepto de amigo que era capaz de imaginar, si bien su papel en aquellas conversaciones era prácticamente siempre el de mudo interlocutor. No le gustaba exponer su propia miseria de un modo tan explícito, ni allí ni en ninguna otra parte, pero era consciente de que su habitual presencia en el bar como confidente de J. convertía a sus silencios en una muestra tácita de simpatía y en la aceptación de sus paralelismos.
«Total, desde que la mayor se casó y tuvo el niño, mi esposa se volcó con ella, y dejó de prestarme la más mínima atención. Y un día que le comenté que nuestra casa en el pueblo se había quedado vacía todo el verano, ¿sabes lo qué me respondió? Que sus hijos eran lo primero y que, si quería, podía irme a la casa yo solo a pasar mis vacaciones. No te jode…»
Los dos ya llevaban bebidos varios martinis, y habían pasado al Jack Daniels. Con alcohol en el cuerpo, el tiempo pasaba mucho más rápido y los detalles minúsculos se esfumaban de su vista de un modo gratificante. Pero, al mismo tiempo, su ánimo se sumía paulatinamente en el abatimiento que no le abandonaría hasta muchas horas después, cuando, tumbado en su cama, viera las horas deslizarse penosamente mientras él luchaba contra el insomnio y un cada vez más punzante dolor en el pecho.

Entonces, mientras pensaba sobre sus sombrías perspectivas para aquella noche, llegó ella y, súbitamente, el tiempo pareció detenerse.
«Perdone, ¿tiene fuego?»
Se volvió para encontrarla de pie junto a él, un cuerpo liviano y perfecto que sostenía un cigarro en la mano con elegancia mientras le obsequiaba con una sonrisa despreocupada. Sin apenas saber lo que hacía, comenzó a palpar mecánicamente sus bolsillos, totalmente abrumado y confundido por el inusual acontecimiento. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, toda su vida pasó por delante de sus ojos en apenas unos segundos, mientras, aterrado ante la posibilidad de no ser capaz de responder a su ruego, se esforzaba por sacar el mechero del bolsillo. Al fin lo consiguió, junto con las llaves y un puñado de monedas, que cayeron al suelo con estrépito.
«Oh. Lo siento…»
«No, no pasa nada. Espere, yo las recojo»
Hizo ademán de inclinarse, pero ella ya se había adelantado y había tomado el llavero en sus manos. Recogió las monedas también y dejó todo encima de la barra. Entonces, se inclinó hacia él empuñando el cigarro en su boca, y cerro los ojos. Él aspiró lentamente el perfume que emanaba de su cabello y, envolviendo su mano en torno a la de ella, accionó el mechero. La chispa saltó, pero el gas no prendió.
Tras varios intentos, la chica volvió a abrir los ojos.
«Vaya…»
«No, no pasa nada…»
Suspiró, y trató de esbozar una sonrisa sosegada.
«En fin… ¿sabes? La verdad es que ya no fumo»
Ella rió, y su risa le pareció la música más dulce y desenfadada que había escuchado en años.
«Gracias de todos modos»
Le guiñó un ojo y se dirigió a la única mesa ocupada de todo el bar, donde un par de mocetones con aspecto de obreros de la construcción bebían cervezas mientras miraban la televisión y, de cuando en cuando, soltaban algún improperio o compartían una risa tosca. Uno de ellos le encendió el cigarro; la chica le regaló una breve aunque dulce sonrisa, y se alejó con premura, ajena a las miradas que ellos posaban sobre su esbelta figura.
De camino a la puerta del bar, pasó por su lado, y él alzó la mirada para saludarla. Pero ella no reparó en su presencia, y salió precipitadamente del local.

La voz de su amigo, que no había dejado de escucharse en ningún momento, le recordó que, tal vez, solo habían pasado unos segundos desde que ella apareciera para pedirle fuego.
«¿Sabes que no me quiere dejar ver a mis hijos? ¡Joder! Si tienen más de treinta años… ¿Es que no pueden escoger por sí mismos? La muy hija de puta… siempre poniéndolos en mi contra.»
Echó un largo trago a su whisky, y con un leve ademán, pidió al camarero que lo rellenara, cosa que éste hizo con profesional precisión y premura.
«Y el otro, que dice que no quiere comprometerse, que solo quiere divertirse, y tener dinero para sus caprichos… Pues qué coño, me parece bien… así al menos podrá disfrutar sin que nadie le joda… Los chicos hoy en día no se comprometen a nada, y me parece bien…»

El monólogo de J. se había vuelto entrecortado y espeso. Con la mirada fija en su vaso, que agitaba rítmicamente, parecía explorar cíclicamente y de modo enfermizo los recovecos de su mente, ajeno a la presencia de otras personas en el bar.
Por su parte, él dejó lentamente de escuchar a su amigo, y con la risa de ella aún impresa en su mente, pensó en sus propios hijos, y en aquel sentimiento que apenas era capaz de sobrellevar, y que era sin duda mucho peor que el desprecio o el odio: la indiferencia. Ya apenas recordaba la última vez que había hablado con ellos, y ya no esperaba que volviesen a interesarse por su vida, más allá de la fría cordialidad que habían mostrado justo tras su operación, unos años atrás, y que pronto se había esfumado.
Estaba solo, pues, y, huyendo del recuerdo de sus hijos, volvió a ver el rostro de ella ante sí, aquella dulce desconocida de aspecto despreocupado y arrebatador que, por un solo instante, le había hecho despertar de su letargo. Y en aquel momento, aún ofuscado por los efectos del alcohol, pensó − tal vez de manera irracional − que daría cualquier cosa por tener la oportunidad, después de tanto tiempo, de comprometerse por algo. Algo que realmente valiera la pena, más allá de una chispa que surge, te quema durante unos instantes y, finalmente, se acaba apagando. Algo que fuera capaz de parar el tiempo y, quizá, que encerrara en su seno la fuerza necesaria para detener la anodina deriva en que su vida se había convertido.

Technorati Tags: , ,



Escribe un comentario

Artículos relacionados