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Después del mediodía

La casa se encontraba al final de una carretera sinuosa y empinada. Pese a las indicaciones de L., me costó orientarme, y me perdí un par de veces por sendas que no conducían a ninguna parte.
Cuando llegué, la vi en el jardín, caminando de un lado a otro, sumida en sus pensamientos.
− Pensaba que ya no vendrías − me espetó al advertir mi presencia, dejando escapar una breve sonrisa. Llevaba puesto un traje largo, blanco, y el pelo suelto, alborotado por el viento, jugaba a menudo a ocultar su rostro. Hizo el ademán de recogérselo, pero en seguida retiró la mano, y encendió un cigarrillo.
− No es fácil llegar hasta aquí − objeté.
− Te tomaba el pelo… ¿Te gusta?
Empezó a caminar sin esperar a que llegara a su altura, y fue entonces cuando alcé la vista por primera vez para contemplar la casa. La mansión, lúgubre y degradada por el paso del tiempo y la lenta invasión de la hiedra, las grietas y la humedad, parecía resignada a una lenta descomposición. Silenciosa como un gran ataúd, me dije a mí mismo. Miré de reojo a L., que se había detenido al fin y había cruzado los brazos, aspirando reflexivamente el humo del cigarrillo. Fue entonces cuando percibí su mirada afligida, posada en los vidrios quebrados de la vieja casa, y comprendí por qué me había hecho venir.
− ¿Crees que se puede hacer algo?
− ¿Qué quieres hacer?
Se encogió de hombros.
− Le tengo cariño. Pasábamos mucho tiempo aquí, de niños. Jugábamos al escondite dentro de la casa. Era enorme; bueno, al menos nos lo parecía. Otro día te la enseñaré por dentro.
− Claro.
Miraba hacia el frente, totalmente absorta, como hurgando en sus recuerdos.
− Parecía más grande, entonces. Y el jardín… era como si no existiera el mundo más allá de él…
Caminábamos uno junto al otro, esquivando torpemente la maleza. En un momento, tropezamos, y ella se agarró a mí instintivamente. Se soltó de inmediato, y se sacudió la broza del vestido.
Al fondo del jardín, aún quedaban en pie un par de columpios oxidados. L. se sentó en uno de ellos y se quedó allí con la mirada perdida, meciéndose lentamente.
− Luego − prosiguió − pasaron los años, y fuimos viniendo menos. En el fondo, creo que a mis padres no les gustaba la casa; solo venían por nosotros.
− Estaba apartada…
− Tal vez si hubiera… si hubiéramos…
Pero ahora ya es tarde. ¿O no?
El viento la acunaba suavemente y, en cierta manera, parecía devolverla a la infancia. Sin perder su mirada azorada, sonreía coquetamente durante un instante, y luego volvía a adoptar un semblante sombrío.
Sobre nuestras cabezas, rechinaban acompasadamente los goznes del columpio, como el aliento entrecortado de un anciano consumido por el tiempo.
¿Por qué me has hecho venir?
No podía dejar de observarla, y las preguntas se acumulaban en mi cabeza; en forma de voces, que parecían llegar de la casa, o del viento, o de la misma hierba. O de un trueno lejano, que había escuchado al llegar hasta aquí.
No lo sé
Estoy loco por ti.
No digas tonterías.
Súbitamente, se irguió; el columpio gimió y comenzó a oscilar espasmódicamente, mientras ella se alejaba con paso apresurado. Unos metros más allá, se detuvo, dándome la espalda.
¿He dicho algo que te molestara…?
No, no, qué va…
Ya no miraba a la casa. Noté que me estaba esperando. La lluvia había empezado a caer con fuerza, con la caprichosa imprevisión de las tormentas vespertinas de verano. Vi cómo un escalofrío le recorría el cuerpo; pero permaneció inmóvil mientras la envolvía con mi chaqueta.
− ¿Por qué no te refugias dentro?
− No quiero entrar… todavía.
− De acuerdo.
La giré hacia mí. Se me había hecho tarde; había perdido el sentido del tiempo. Me examinó lentamente, como adivinando mis pensamientos. La lluvia salpicaba su rostro y ahogaba su tenue sonrisa.
− Tengo que marcharme − suspiré.
− ¿Volverás mañana?
− Claro. Así te ayudaré a retirar la maleza.
− No tienes por qué.
Me sentí miserable. Sabía que al día siguiente tendría que llevar a M. al parque de atracciones, y que no podría mantener mi promesa. Entonces, percibí el deseo en su mirada, por primera vez desde que nos encontramos. Avergonzado, me di media vuelta y me alejé apresuradamente.
− Hasta mañana − musité, girándome a medias. Ella me observó a través de la lluvia, y agitó suavemente la mano.
− Hasta mañana.
Sonreía, esta vez sin reservas. Empapado por la lluvia, entré en el coche precipitadamente, y encendí un cigarro. Antes de alejarme carretera abajo, fijé la mirada en el columpio de L., que había dejado por fin de balancearse. Volví la mirada bruscamente, y arranqué el motor.

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3 respuestas a “Después del mediodía”

  1. Comentario de Mayte Guerrero:

    Lo reconozco: me encanta tu blog. Si me permites la osadía, seguiré entrando en la buhardilla a escondidas y revolveré entre los papeles. Hoy me has invitado a una hermosa casa en un relato de suposiciones más que de certezas, esencia de la literatura. Y pienso qué haríamos los que escribimos sin esos edificios con alma que dibujamos a nuestro antojo, quizás porque quedan lejos de nuestra realidad. ¿Por qué tendemos a ubicarlas lejos de cualquier parte? ¿Por qué los que las habitan esconden más que las buhardillas? No son sino una prolongación física de sí mismos. Una casa como personaje. Quien más quien menos ha caído en ese suculento truco.
    Enhorabuena, un abrazo.

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Muchas gracias de nuevo…
    He recibido algunos comentarios muy alentadores recientemente sobre el blog, y estoy muy animado para seguir trabajando en este cuaderno que en el fondo es un taller en el que me ejercito a la vista de todos.
    Este relato está basado en anotaciones que había realizado mucho antes de poner en marcha la bitácora, tal vez por ello es fácil intuir que hay algo bajo la punta del iceberg, cosa que en muchos relatos breves no sucede, y como consecuencia sufren de un tratamiento algo plano. La idea original era más ambiciosa, así que tal vez el material que aún guardo me dé pie a volver a estos personajes más adelante, a la casa escondida tras esa carretera sinuosa (a la que, solo con ser invitado, parece que te conviden a algo especial) y al jardín abandonado y consumido por las zarzas que se me antoja tan sugerente.
    Un saludo,
    Rb

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