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La buhardilla

El viaje

Déjenme que me presente. Mi nombre es Sebastián Morales de Chaulieu y, como el lector perspicaz habrá observado, soy hijo de padre español y madre francesa, cuestión ésta que, como pronto quedará patente, ha influido poderosamente en mi dilatada carrera, así como − por qué no mencionarlo − en mi ya crepuscular vida sentimental, de la que no aportaré más detalles de los estrictamente necesarios con el fin de atenerme a las normas básicas de cortesía dictadas por la modestia y la buena educación.

Y es que uno siente que su tiempo va llegando poco a poco al ocaso cuando comienza a percibir lentamente la bruma apropiándose de sus primeros recuerdos, de entre los que siente que se desvanecen caprichosamente determinadas fechas y nombres que antaño nos resultaran afectuosamente familiares, cual lejanos reflejos de una costa cuya línea quebrada ya apenas vislumbramos en la distancia desde nuestra solitaria barcaza. Mas son precisamente estos difusos recuerdos a los que nos vemos obligados a aferrarnos cuando echamos la vista atrás con el simple fin de gozar del reconfortante aliento que solo una vida plena y satisfecha puede proporcionar.

Sé bien que el lector casual que por mor del destino esquivo haya posado sus ojos sobre estos renglones trazados con mano temblorosa no habrá podido menos que llegar a la conclusión de que mi profesión no es otra que la de escritor. Y en efecto, se tratará de una sospecha atinada, pues es sin duda a la escritura a la que he dedicado gran parte de mi vida, y es en la patria francesa donde he cosechado mis éxitos más colosales, y cálidos al tiempo, cual si del reconocimiento de unas pocas amistades escogidas se tratase en cada momento, incluso en aquellos en los que mi nombre era aclamado en las portadas de las principales publicaciones literarias del país.

Fue entonces, recuerdo… sí, era allá a finales de la década de los cincuenta, o tal vez de los sesenta… Fue entonces, digo, cuando, coincidiendo con el cénit de mi fama en los círculos literarios de la ciudad del Sena, decidí instalarme en los aledaños de la hermosa y augusta avenida consagrada al ilustre Mariscal Ferdinand Foch. Aún recuerdo la señorial entrada a la mansión, con su imponente reja metálica adornada de una delicada hiedra cuidadosamente dispuesta a lo largo del muro meridional de la casa. Y en efecto, preocupado por los efectos negativos que una reclusión súbita y extrema pudiera ejercer en mi trabajo y en mi ya por entonces frágil salud, tomé entonces la decisión de instalarme en una mansión de varias plantas, en la que pudiera conjugar mi gusto por la soledad con el esporádico aunque enriquecedor encuentro con un grupo selecto de inspiradoras personalidades de la élite intelectual y moral de la ciudad, que es como decir de Europa.

Qué hermosa mansión… En efecto, cuando la recuerdo, no me cabe duda de que sus muros fueron testigos mudos de los años más fructíferos de mi carrera, años en los que no cesé de recibir halagos y reconocimientos, tanto de colegas como de editores y de los diversos estamentos sociales y culturales de la sociedad francesa. Así, colmado de agradecimiento y de un creciente sentimiento de deuda para con aquellos que habían convertido mi vida en la encarnación del sueño de cualquier hombre dedicado al arte, y en mi caso a las letras − que como es bien sabido constituyen el sustento del alma ilustrada y sensible −, decidí redoblar mis esfuerzos por corresponder a mis incondicionales seguidores y dar forma a una antología que no solo encumbrara a mi persona sino al propio nombre de la ciudad que me había acogido y elevado a los altares. Para ello, decidí instalarme en una humilde habitación del rez-de-chausée de la casa, donde mis pensamientos y mi inspiración se vieran menos afectados por las distracciones propias de espacios más amplios y de los grandes ventanales con vistas a la majestuosa avenida, ya por entonces convertida en frenética travesía por la que, encarnados en un creciente parque motorizado, bullían el progreso y la modernidad.

Fue en aquella, he de decir paradójicamente, humilde estancia donde vieron la luz algunas de mis obras de madurez más encumbradas y emblemáticas, como Luces del crepúsculo, Ciudad de invierno, o − cómo olvidarla − la galardonada Lluvia del alma, novela que, en palabras del gran ensayista y poeta A. G., cuya memoria atesoro y a cuya obra debo sin ninguna duda gran parte de mi actual madurez como artista, «constituye un fiel reflejo de éste nuestro querido pueblo francés, cuyo aliento optimista hinche las velas de nuestro progreso sin por ello padecer la enfermedad del olvido y la indiferencia, dolencias éstas presentes con funesta asiduidad en las sociedades modernas».

No obstante mi notoriedad, fui adquiriendo conciencia en aquellos años de un levemente molesto efecto colateral de la entrega absoluta a mi obra; así, conforme mi abnegación, alimentada por el constante éxito y una cada vez mayor autoexigencia, alcanzaba las cotas propias de los Rimbaud, Aragon o Nerval, fui constatando un progresivo divorcio entre la que indudablemente constituía la más sublime realización espiritual e intelectual a que un hombre puede aspirar en vida y la involuntaria privación de las más fundamentales necesidades terrenales. Así pues, llegué a ser testigo con el tiempo de ocasionales comentarios vertidos por mis más cercanas amistades sobre la dejación y el descuido en que se encontraba mi morada y, al cabo de un tiempo, creí oportuno hacerme con una ocupación alternativa que me permitiera mantener un tímido contacto con el mundo exterior, sin cuyo latido ningún hombre es capaz de construir un mundo interior a la altura de los grandes maestros de la literatura universal. Así pues, años después de mi llegada a la mansión, fui testigo de la partida de algunos de mis antiguos vecinos, y de la llegada de otros nuevos, sobre los que debo afirmar con pesar que, en ocasiones, me resultaba ardua tarea identificar los rasgos más elevados de la noble dimensión humana, la única capaz de enriquecer y ampliar el ya por entonces complejo mosaico de mis reflexiones humanístico-literarias. Al tiempo, constaté una relajación de las normas de cortesía y de discreción hasta entonces imperantes en los de mi clase, de tal suerte que a menudo había de interrumpir mis meditaciones para atender los requerimientos de algún huésped o visitante desconcertado e impaciente postrado ante la majestuosa pero escasamente obediente verja de entrada a nuestro edificio.

Fue entonces cuando, favorecido por mi inmersión involuntaria en los círculos sociales de la aristocracia europea, pude conocer, aunque fuera de oídas, a algunas de las grandes personalidades de la cultura y de la política, propietarios, en ocasiones desde hacía décadas, de las mansiones de nuestro entorno más inmediato. Así, se me presentó la oportunidad de relacionarme con el legendario matador de toros M. S., cuyas hazañas en los ruedos de España y Latinoamérica habían llegado incluso a oídos de la menos pasional sociedad parisina. O el misterioso multimillonario D. K., cuya fortuna era sin duda motivo de ardiente interés − y envidias − en medio mundo. O qué decir de personalidades como el gran jeque R. F., principe heredero de la casa de Saud, o G. M., extraordinaria mujer y rostro universal de la casa real monegasca, cuyas recepciones constituían la más fastuosa demostración de excelencia y buen gusto de todo París.

Cierto es que no todos mis vecinos podían presumir de una vida interior envidiable a la altura de su imagen de opulencia y esplendor. Y no es menos cierto que, con el paso del tiempo, y a raíz de un renovado interés en las menudencias de la vida en mi aristocrático vecindario, llegué a ser depositario de algunos secretos de alcoba que habrían sido capaces de derribar gobiernos, así como de acceder a las pruebas de costumbres más bien laxas entre aquellos hombres y mujeres que, en apariencia, constituían la más alta expresión de la condición humana, y un modelo a imitar por las clases más humildes. No cabe duda de que a aquello contribuyó una especie de ocupación circunstancial a la que había dado en dedicar mis horas con el fin de favorecer tales pesquisas, y que al mismo tiempo me permitía mantener un contacto más fraternal con los ocupantes de mi edificio, que no dudaban en prodigarme todo tipo de información y rumores sobre nuestros vecinos, al tiempo que me manifestaban su gratitud − especialmente en las más señaladas festividades − agasajándome con multitud de obsequios de los que no dudaba en deshacerme de inmediato por puro sentido del pudor y − por qué no decirlo − con un cierto embarazo ante la confusión provocada por mi extravagante situación.

A pesar de las crecientes exigencias de mi tapadera, fui no obstante capaz de mantener un ritmo de producción literaria notable, si bien, por aquel entonces, mis muy diversas obligaciones y un cierto germen de fatiga vital me impedían acudir con la frecuencia que hubiera deseado a las celebraciones con motivo de la publicación de mis novelas, así como a los tan gratificantes eventos de firma de libros a los que recordaba haber asistido con la turbación propia de un adolescente ante su primera cita, apenas unos años atrás. No fue, sin embargo, la acumulación de obligaciones la que provocó los cambios que, años más tarde, darían lugar a este viaje que hoy emprendo, sino una lenta y progresiva agudización de una leve y benigna dolencia reumática que, no obstante su insignificancia, era capaz de interponerse hasta cierto punto en mi rutina literaria en los largos e inclementes inviernos de la capital. Así, acuciado por mi médico personal, y reacio en principio a alterar mis costumbres de un modo tan drástico y elemental, fui gestando lentamente en mi interior la idea de trasladarme a un clima más benigno, donde pudiera proseguir con mi trabajo en un entorno más favorable a mi bienestar y a mi inspiración.

He de decir que la revelación de mis intenciones generó una gran congoja en mis amables vecinos, que de imediato manifestaron su disposición a hacer lo posible para retenerme a su lado, ya fuera mejorando las condiciones de habitabilidad de mi apartamento (incluida su integración en el sistema de calefacción central del edificio) o descargando de mis hombros algunas tareas que, cegado por mi progresiva sumersión en la exploración de la condición humana, había asumido tal vez con excesivo entusiasmo. No obstante, para aquel entonces, he de decir que mi decisión estaba prácticamente tomada, y amén de unas breves gestiones con el consulado y un par de llamadas telefónicas a ciertos familiares lejanos que no dudaron un instante en poner a mi disposición una habitación de su mansión señorial en la costa − sin duda, estimé, halagados ante la perspectiva de acoger bajo su techo a una leyenda viva de la literatura universal −, encontré escasos motivos adicionales que me retuvieran en París.

Así fue como decidí abandonar definitivamente el lugar que tantas satisfacciones me había procurado, y es en este punto en el que debo, muy a mi pesar, posponer de manera temporal mi relato, dado que las vicisitudes de mi marcha reclaman toda mi atención. Según me han comentado mis entrañables colegas y vecinos, los Vizcondes de S., su doncella se presentará en breve para traerme dos viejas maletas a modo de obsequio personal de despedida, con el fin de facilitarme el transporte de mis preciadas posesiones − si bien no me cabe duda de que una gran parte del espacio de las mismas quedará ocupado por libros de gran valor sentimental para mí, entre ellos algunos de mis manuscritos más relevantes. Del mismo modo, y pese al amable ofrecimiento de los Vizcondes de proporcionarme un pasaje en un compartimiento de litera, he decidido finalmente procurarme una plaza de tercera clase en el tren nocturno París-Cerbère, sin duda seducido por la posibilidad de sumergirme en las vidas de la gente común en busca de aquellos rasgos de la condición humana más puros y esenciales que a menudo escapan a nuestro escrutinio en los más nobles ámbitos.

A través de una breve correspondencia con mis amables anfitriones, he llegado a hacerme una idea del tipo de alojamiento reservado para mi persona en España, y he de confesar que me siento halagado ante su hospitalidad y la servicial deferencia con que han respondido a mi natural inclinación por la sencillez y la austeridad, puesto que, ya en una carta anterior, había manifestado mi voluntad de reducir las posibles distracciones al mínimo, así como mi disponibilidad absoluta para cualesquiera labores de mantenimiento de la casa que tengan a bien asignarme como compensación por su generosidad. Comprendo además que su silencio en lo referente a mi posición y prestigio dentro del ámbito de las letras no se debe a otra cosa que a una natural modestia y deseo de no abrumarme con un exceso de atenciones antes de mi llegada, dado que las personas que disfrutan de su discernimiento y posición muestran una natural inclinación a comprender el carácter susceptible y retraído de los grandes autores de nuestro tiempo. Al mismo tiempo, soy consciente de que su emplazamiento relativamente apartado de las grandes metrópolis españolas dificulta hasta cierto punto su contacto con los principales círculos culturales del país, en los que resulta mucho más plausible conjeturar que mi nombre y mi obra ocuparán el lugar que legítimamente les corresponde.

He terminado mis preparativos, pues, y me dispongo a encaminarme hacia la Gare de Montparnasse, donde me espera − y he de confesar al respecto una zozobra difícil de aplacar − la primera etapa de mi nueva vida. Palpando el bolsillo de mi holgado gabán, creí adivinar hace unos instantes la presencia de una cierta cantidad de dinero que posiblemente olvidé allí en medio de la confusión y el desorden provocados por mi marcha, y pensé que tal vez un análisis más minucioso de mis recursos monetarios me habría permitido evitar las incomodidades de mi humilde pasaje nocturno. No obstante, no tardé en apartar tales pensamientos de mi cabeza, sumido en la turbación y en una prematura nostalgia ante la inmediatez de mi partida. Tal vez mi único consuelo sea saber que viajo hacia una segunda juventud, rumbo al reconocimiento de un público casi inexplorado, y que pronto podré revivir en España los éxitos y el prestigio que tanto han marcado mi vida en los últimos años.

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2 respuestas a “El viaje”

  1. Comentario de Elena:

    Qué bueno. Pintura de personalidad a la Rubén y a la García Márquez. Pinceladas de colores, como la cita de “AG” y la expectativa (¿racional?) sobre el futuro hogar.

    Uno se queda con ganas de más :-)

    ¿Has vivido en Francia?

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Elena,
    Qué placer leerte.
    No, no he vivido en Francia, pero hubo una época en que pasaba con frecuencia por París, de visita a mi hermano, que sí vivía allí.
    Como puedes imaginar, el retrato de S. Morales está basado muy libremente en una persona real, o en la mezcla de varias. Me alegro de que te gustara. ¡Nos vemos por aquí!

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