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La buhardilla

Amanecer

Despertó y, a su lado, sintió un escalofrío; un aliento vacío, que le dijo que él ya no estaba allí.
Se habrá marchado a trabajar − pensó. Entrevió entonces, surgiendo de la penumbra, los frágiles dedos del alba rozando los muebles, reptando hasta el borde de la cama, acariciando su cuerpo a través de las sábanas. Como cada mañana…
Pero hoy no quería dejarse mimar por la aurora. Aún somnolienta, desplazó su cuerpo hacia el otro lado, y hundió el rostro en la almohada, en busca de un último vestigio de su presencia − sin encontrarlo.

Junto a la ventana, se erguían dos copas vacías, frías y apagadas, perdido ya el brillo y la sensualidad de la noche anterior. Poco a poco, sobre ellas se fue derramando la luz tenue del alba. Una luz azulada, empapada del vaho de enero, frígida y mortecina.
Recordó cómo, años atrás, se sumergía en los brazos de la noche como en los de un amante sin rostro, sin la anticipación ni el desasosiego del día después. Sin que la presencia del día anidase en sus ojos temerosos.
Pero ahora ya no era posible. De día, añoraba el arrebato, la dulce embriaguez de la noche. De noche, corría a esconderse, y notaba su mano temblar, y su mirada, furtiva, observaba el camastro con una mezcla de anhelo y aprensión, de tal suerte que solo el despuntar del alba lograba aplacarla y sumirla en un sueño intranquilo.

Cerró instintivamente los ojos, y se imaginó a sí misma dormida, sintiendo el calor de sus labios junto a su oído. Y creyó escuchar su voz tenue, intentando llegar hasta el fondo de su sueño sin despertarla:
«Me marcho a trabajar. Hasta la noche, mi amor.»
Sonrió, y respondió en un susurro.
«Te he echado de menos. Gracias por volver… Te quiero.»
Una lágrima rodó por su mejilla. Trató de recordar el nombre de esa segunda copa, sin éxito; como respuesta, volvió el dolor lacerante a su rostro, a sus ojos, sus muelas, su nuca. A sus labios, ahítos de besos hambrientos. A su cuello rígido.

De nuevo, echó en falta aquel último nombre que aún recordaba. Arrobada, lo vio aparecer en las sombras junto a la ventana, como cada mañana, indiferente a la luz que, lentamente, se iba apoderando del cuarto. Lo observó largamente, recreándose en sus formas borrosas, evocando el brillo de su mirada, perdido mucho antes de que él se marchara de su lado. Imaginó todo aquello que no había sido, todo aquello que nunca vio en él, y que tal vez nunca existió.
Lentamente, su cuerpo se fue disipando, fundiéndose con el pálido reflejo de la mañana. Ella, luchando contra el sopor, se giró hacia la ventana y entreabrió sus pesados párpados, como tratando de impedir su marcha: en el hueco, las sombras se batían en franca retirada, y en el lugar en el que él debía haber estado, solo encontró un vetusto espejo de pie, oscuro, insondable, arrojando sobre ella su fría y penetrante mirada.

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4 respuestas a “Amanecer”

  1. Comentario de ines:

    Ahora, finalmente, y después de cambiar contraseña y dar un montón de vueltas… puedo llegar hasta ací para decirte que ese cuento es excelente. Es tan … “descriptivo” de lo que uno siente cuando algo así sucede o imagina que puede suceder, que es como ver una película e imaginártelo todo. Esa última parte es estremecedora. Me encantó Ruben, y por favor seguí escribiendo. Todo mi cariño y admiración para vos.
    Inés

  2. Comentario de Rubén Berrozpe:

    Muchas gracias Inés. Aquí sigo escapándome a ratos y buscando cositas en la buhardilla. Espero que sigan gustando.

  3. Comentario de Tina:

    ¡Oh! Lo que no me dijiste el sábado es que tú también tenías blog, pero te pillé. :)

  4. Comentario de Rubén Berrozpe:

    :)
    Los mortales empezamos por abajo y callandito. Un placer verte por aquí, Tina.

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