El cello
− No puedo seguir hablando contigo −dijo ella− me duelen las muñecas.
Vio fruncirse su ceño, apenas durante un instante. Adoraba ese gesto de extrañeza, de contenida impotencia. Adoraba su fragilidad oculta, su necesidad de ella.
− Mi concierto… ¿Ya no lo recuerdas?
Él no respondió. Como de costumbre. Una súbita ráfaga de aire le puso la piel de gallina. Luego volvió el silencio.
Al cabo, lo oyó al fin carraspear.
− Dime, ¿qué sientes al tocar el cello?
La pregunta le sobresaltó.
− No lo sé. Es difícil de explicar…
− Inténtalo.
No estaba segura de querer hablar de ello. Él la observaba ahora, podía sentirlo. Al fondo, casi de perfil, pudo entrever a ambos, sus cuerpos quebrados por el espejo roto, como retratados en un Juan Gris − allí tendidos, sobre la cama.
− Siento… que lo necesito. Que ambos nos necesitamos.
− ¿Qué quieres decir?
− Bueno… yo lo tomo en mis brazos, y la música surge. No es suya, ni mía, solo es algo que existe, que nace cuando nos juntamos… De algún modo, supongo que necesito escuchar esa música de cuando en cuando.
Él calló. Tal vez no esperaba algo así. Tal vez…
− Pero también me gusta abrazarlo, subir y bajar por el mástil con suavidad, o precipitadamente, y escuchar su voz ronca cuando lo acaricio.
Sintió cómo él se agitaba sobre su regazo.
− ¿Estás celoso?
− No. Qué tontería.
No pudo evitar esbozar una media sonrisa. Pensó en el concierto del día siguiente. Conforme avanzaba mentalmente por la partitura, sus ojos volaron de nuevo al espejo, a esa imagen descompuesta de ambos. Y al cello inclinado frente a la cama. Esperándome. ¿Se sentía culpable, tal vez? ¿Podía compaginarlos? Quedarse a medio camino… Sintiendo el deseo de ambos. Pero yo, ¿qué deseo…?
− Se me ha dormido el brazo.
Su voz resonó, quejumbrosa, bajo su pecho. Por un momento, casi había olvidado que él se encontraba allí, con ella. Agitó la cabeza y miró un instante por la ventana. Anochecía.
− ¿Cuál de los dos?
− El derecho.
Le tomó la mano. Estaba helada. Con el otro brazo, rodeó su cuerpo. Trató de borrar de su mente el dolor que ascendía desde sus muñecas, y comenzó a deslizarse por su antebrazo, palpando rítmicamente su piel con los dedos, subiendo hasta el codo, hasta el hombro… hasta el cuello.
Respiró hondo.
− Ven aquí.
− ¿Cierro la ventana?
− Da igual. Ya casi es de noche…
Comenzó a desvestirlo. Luego, se dejó caer sobre la cama, y esperó a que él llegara hasta ella. Se aferró a su espalda, y cerró los ojos.
Allá al fondo, sintió cómo el cello los observaba, y un estremecimiento cálido recorrió todo su cuerpo.
Technorati Tags: relato, relato+breve, cuento, literatura
Publicado el: 11-04-2007 en Género: Relato breve, Autor: Rubén Berrozpe.
Comentarios: ninguno
Artículos relacionados
- El cementerio − [Apuntes de viaje] (19-08-2007)
- El final del viaje − [Apuntes de Viaje] (16-08-2007)
- Los amantes del río (microrrelato) (16-07-2007)
- El soldado (microrrelato) (15-07-2007)
- Hoy empieza todo (06-07-2007)



Escribe un comentario