«¿Por qué este lugar me resulta tan frío?
Llevaba el calor de la tierra dentro de mí. Hace tiempo, al principio.
No quise compartirlo y tuvieron que arrancármelo. Se marchó, supurando por mis heridas.
Ahora soy como la ciénaga. Gélida, inerte, vacía. El lodo tapó mis pisadas, y el tiempo quedó suspendido en el aire, empapado en la bruma.
Ya no recuerdo cuándo vi mi sangre fluir por última vez. La bebí, y su gusto era amargo. Luego ya, las heridas cicatrizaron, y la piel se hizo piedra, y el agua corrió por sus grietas.
Se apagaron las luces del pantano. Los fuegos fatuos. Guiaron mis pasos un tiempo. Me observaron, y yo fingí no advertir su presencia.
¿Adónde fueron? ¿Se hundieron sin más, en las aguas?
¿Acaso les robé su llama?»
I
La llamaron Zoé al nacer y, tras ella, no hubo ni un solo parto en el pueblo, ni un solo embarazo. Todos hablaban de ella, día y noche, en todas las casas, y ella correspondía a su afecto con un desparpajo que los deslumbraba. Sus ocurrencias, sus constantes preguntas, su modo de introducirse en las conversaciones de los mayores: todo estaba impregnado de una naturalidad tal que provocaba la hilaridad generalizada. Nada de aquello la molestaba; al contrario, disfrutaba siendo el centro de atención en todas las reuniones, y sentía que su popularidad presagiaba un futuro brillante. Era alguien importante en el pueblo, en aquella gran familia de veinte o treinta personas, las únicas que había conocido en su corta vida. Todos la adoraban, y si algo latía en sus miradas de orgullo y ternura, era la convicción de que nunca le faltaría de nada.
Eso fue al principio, en sus primeros años de vida. De alguna manera, le parecía recordar que todos reían más entonces, que había más hombres por la calle en las tardes de invierno, que las familias se juntaban más a menudo para celebrar el cambio de las estaciones. Cuando cumplió ocho años, Ernesto, un mozalbete rubicundo y algo retrasado con quien jugaba a menudo al escondite por entre las casas de piedra, desapareció súbitamente del pueblo. Preguntó por él a su madre, y ésta replicó secamente que ya era un adulto y que tenía que ayudar en la mina. Había oído historias de los hombres que pasaban los días allá abajo encerrados, cavando sin descanso la piedra sin ver jamás la luz del sol, sumidos en una negrura infinita. Solo que nunca las había creído, porque le parecían demasiado tristes como para ser ciertas. De cualquier modo, sintió lástima por Ernesto, y comenzó a hacerse a la idea de que, a partir de ahora, tendría que jugar sola.
Pasaron tres años más. Súbitamente, nadie parecía reparar en ella, salvo a las horas de las comidas, que cada vez se le antojaban más frugales. Muchas veces veía pasar las tardes aquejada de un persistente dolor de vientre y hacía volar la imaginación para que éste remitiera, mientras escuchaba el sonido seco de sus pasos retumbar en las losas de piedra. Durante meses, su mente dio forma a Luis, a Darío, a Julián: amigos imaginarios con los que jugaba a encontrar un tesoro que había escondido semanas atrás bajo una piedra, o junto a la verja del cementerio. Más adelante, comenzó a oír voces de gente extraña en la lejanía. Entre ellas, creyó distinguir la de un joven que no tardaría en llegar cabalgando hasta la atalaya en ruinas que presidía la entrada al poblado y lo imaginó sonriendo y pronunciando en voz queda su nombre: «Zoé». Su mano extendida la invitaba a montar en la grupa y su rostro, delicado y amable, se asemejaba a un amanecer tardío a través de la bruma.
Nunca supo si alguien vendría realmente a rescatarla. Conforme comenzaron a escucharse los gritos a lo lejos y a divisarse las luces de antorchas al anochecer, su madre la obligó a entrar en la casa, y ya no la dejó salir. Escuchó los rumores que hablaban de los pescadores de los juncos, que desde hacía meses ascendían desde las marismas y penetraban en las minas, porque abajo ya casi no quedaba nada que hurtar, y los ríos bajaban cada vez más secos. Oyó hablar de muertos y de venganzas, y comenzó a tener pesadillas. Por fortuna, pronto sería su decimosegundo cumpleaños, y toda la tristeza que se abatía sobre el poblado en los últimos tiempos, tan espesa como la sempiterna niebla que ascendía de los pantanos y se asía con fuerza a la piedra, se disiparía con las celebraciones de su mayoría de edad.
Cuando llegó el día, esperó con mal disimulado desasosiego el momento en que volvería a ser, por una vez, el centro de atención del pueblo. Se puso su mejor vestido, que había guardado durante meses en el armario, escondido para que su madre no lo viera. Tocó su pelo con flores arrancadas de los márgenes del camposanto, a donde se había escabullido antes del amanecer. Pintó sus labios con una cera cálida que había robado del tocador de una vieja vecina fallecida meses atrás, y ensayó una danza que esperaba deslumbraría a todos. Esperó en su cuarto durante horas y, por primera vez, nadie la llamó a comer al mediodía. Conforme avanzó la tarde, trató de sobreponerse a la angustia que le atenazaba el estómago. Al fin, el crepúsculo fue penetrando por su ventanuco y, poco después de correr la contraventana para detener las ráfagas de aire helado que por él se colaban, escuchó pasos: pasos pesados que se acercaban por el pasillo. Abrieron la puerta sin llamar, y uno de los hombres de mayor edad del poblado entró a su habitación. Su rostro escuálido estaba surcado de manchas negras de hollín, y su aliento apestaba a humedad. Tosía constantemente y cuando lo hacía, todo su cuerpo se retorcía por el dolor.
No cruzaron ni una palabra. Él la condujo a su cama, y la obligó a desnudarse con un gesto. Entonces, se bajó el pantalón hasta las rodillas y se echó a su lado; su cuerpo se pegó al de ella, e impregnó el aire con su hedor a lodo y a bilis. Sus brazos, acostumbrados a arrastrarse por corredores angostos y cavar la piedra más indócil, la inmovilizaron mientras el dolor ascendía desde su vientre y la necesidad de gritar la laceraba. Probó el sabor de su sangre por primera vez, y la oscuridad a su alrededor se cerró al fin del todo. Poco después, cayó dormida y, como en medio de una pesadilla, todos los hombres del poblado fueron pasando por su lecho y yacieron con ella. A lo largo de aquella noche sin fin, el carmín robado acabó confundiéndose con el color de su sangre, y ésta empapó su almohada y ennegreció sus sueños.
Aquel ritual se repitió durante días, que pronto se convirtieron en semanas. Al fin, una noche, dejaron de escucharse los pasos y la puerta dejó de abrirse con la llegada del crepúsculo. Varios días más tarde, presa del agotamiento, Zoé pudo volver a conciliar el sueño. Dormía a trompicones: el más leve crujido de las contraventanas la despertaba y el tacto de las sábanas le provocaba escalofríos. A menudo lloraba, sin saber por qué, ya fuera despierta o en sueños. Añoraba la compañía de alguien, y al tiempo la temía. Ya no volvió a ponerse el traje de su cumpleaños, ni a tocarse el pelo de flores. Le pareció que el otoño llegaba antes que otros años, y permaneció recluida durante semanas en su habitación, protegiéndose del frío con sus brazos, sumida en sus pensamientos.
Su madre dejaba frente a su puerta un plato con comida al día, que no lograba aplacar el hambre de Zoé. En una ocasión, salió después de escuchar los pasos y el golpe de la bacinilla con el suelo, y la siguió en silencio hasta el comedor, donde se juntaba con la abuela y la tía Sera. Las tres cosían en silencio, roto solo en ocasiones por un comentario suelto que se perdía en el vacío, y por el tamborileo constante de las agujas. Se quedó observándolas un tiempo, sin que ellas la vieran. No sabía muy bien qué hacía allí, y comenzó a sentir un temor irracional que la impelía a regresar a su cuarto.
− Zoé tampoco sirve − dijo de repente su madre, sin dejar de mover mecánicamente los dedos.
− Ya − respondió su tía −. Pues pronto tendrá que empezar a trabajar.
− Pues sí − suspiró la otra.
Aquella noche, Zoé escuchó de nuevo lo que creyó eran cánticos, aún lejos del poblado. Le pareció que las voces que flotaban el aire no eran las de los hombres del pueblo. Tal vez pertenecían a los jóvenes jinetes con quienes soñaba cada noche. Los pescadores de los juncos. Se preguntó qué destino le esperaba, y si no podría jamás salir de aquella casa. Más que nunca hasta entonces, aquella noche le invadió un odio profundo hacia su madre, y no fue capaz de comprender que sobre su rostro envejecido y gris solo se extendía una tristeza infinita, que ella confundía con una crueldad inagotable.
II
¿Por qué este lugar me resulta tan frío?
Llevaba el calor de la tierra dentro de mí. Hace tiempo, al principio.
No quise compartirlo y tuvieron que arrancármelo. Se marchó, supurando por mis heridas.
Ahora soy como la ciénaga. Gélida, inerte, vacía…
− ¿En qué piensas?
Permaneció un tiempo sin responder, con la mente sumida en la nebulosa del crepúsculo. Llevaba varios días durmiéndose con aquellas palabras, que había ido tejiendo a lo largo de las semanas, y que solo comprendía en parte. A su lado, sentía el tacto cálido de la piel de Sandro, que servía de barrera al aire de la ciénaga.
− No sé. En nada.
− ¿Estás dormida?
Se revolvió y le pasó el brazo por encima del torso.
− No. Todavía no.
− Bien…
Él la abrazó. Sintió el tacto de sus piernas y el calor de sus labios en el cuello. No había conseguido librarse de aquel dolor sordo de la primera vez, pero no dejó de sonreír mientras permanecían unidos, amándose en medio del pantano.
Lo había conocido poco después de entrar a trabajar con los pescadores. Todos eran viejos desdentados, de cuerpos encorvados sumidos en el tormento de una gradual esclerosis: la parálisis de las marismas. La observaban con miradas mefíticas, y en ocasiones la buscaban en su tienda de campaña, y ella había de satisfacerlos, pues le habían dado trabajo, y nunca sabía cuánto duraría. Pero la mayoría de las veces, estaban demasiado doloridos como para ni siquiera pensar en ella.
Además, todo había cambiado cuando llegó Sandro. Él era joven y, al igual que ella, apenas sentía las puñaladas de la humedad, salvo tal vez al despertar, en los días más fríos del invierno. Vino con otro grupo de pescadores, pero pronto adquirió el hábito de dormir con ella, y el alba siempre los encontraba abrazados, como dos amantes furtivos.
Él le contó las historias que había oído a sus padres relatar en su infancia. Antes, afirmaba ante su mirada atónita, bastaba con apretar un botón para lavarse con agua caliente en las casas, y nadie pasaba frío. Compraban comida en mercados donde todo estaba siempre fresco, y pagaban con hojas de papel. Todo el mundo tenía montones de esas hojas en casa, y por eso nunca les faltaba de nada. También existía algo que llamaban la radio, y la televisión, pero le resultaba difícil de explicar cómo funcionaba. Era como si alguien, desde muy lejos, contase historias a la gente, y todo el mundo pudiese escucharlas desde sus casas con la ayuda de unos aparatos muy sofisticados.
− Y, ¿por qué acabó todo aquello? − preguntó Zoé.
− No estoy muy seguro. Mis padres siempre se quejaban de que todo se había vuelto muy caro, de que no tenían dinero suficiente para comprar comida. Y luego empezaron los saqueos, y la represión. Pero todo eso fue antes de que yo naciera, y mis padres ya se habían marchado de la ciudad, así que no sé muy bien cómo pasó. Ellos nunca hablaban mucho de aquellos días.
− ¿Por qué se marcharon?
Él dudó.
− Creo… Creo que es porque la vida se hizo imposible. Te robaban constantemente, tenías que andar con cuidado para que no te mataran. En la costa las cosas fueron peores, porque era más difícil escapar. Mucha gente se acabó desplazando al interior, y se refugiaron en los valles, y en las montañas. Ocuparon aldeas que llevaban décadas abandonadas y se pusieron a sembrar cereales, o verduras, o lo que la tierra les diera. Otros tuvieron suerte y pudieron montar una granja con media docena de ovejas. Y otros, como nosotros, nos tenemos que ganar la vida pescando cobre en las piedras de las marismas.
− No sabía nada de eso. En mi casa nunca decían de dónde venía la comida, ni hablaban de esas cosas. Los hombres nunca estaban en casa, y mi madre hablaba muy poco.
− Seguro que ellos también emigraron. Muchos volvieron a entrar en minas abandonadas, y se dejan la vida buscando un poco de carbón, o de cobre, para poder venderlo en las ciudades de la costa. Pero la montaña no da casi nada, y te lo quita todo.
Zoé permaneció pensativa. Hacía tiempo que no pensaba en los hombres de su poblado, y la imagen de sus rostros en aquella noche había sepultado prácticamente todos sus recuerdos anteriores, por lo que sencillamente se había afanado en olvidarlos lo antes posible.
− De pequeña me daban pena − pensó en voz alta−. Siempre en las minas, sin ver la luz del sol, sin poder respirar apenas. Qué vida más horrible.
Él se revolvió, y la observó con dureza.
− ¿Horrible? Y dime, esta vida en las marismas, ¿acaso es mejor?
Ella se encogió de hombros. Entrar a trabajar con los pescadores había sido su primera decisión consciente, justo después de huir de la aldea, y nunca se había planteado si había hecho lo correcto o no.
− Además, los hombres de las montañas tampoco trabajan todo el tiempo en la mina, ¿sabes? Ni son tan buena gente como tú crees. Desde que se instalaron allí, muchos de ellos vigilan los pasos de montaña, y asaltan a los que pasan con sus mercancías o, las más veces, a los que huyen de la costa en busca de una vida mejor al otro lado de la cordillera. Les roban casi todo lo que tienen, y solo entonces les dejan pasar. Y si no llevan lo suficiente, los matan arrojándolos montaña abajo…
Zoé sintió un escalofrío, pero no se atrevió a rebatirle.
− ¿Por qué crees que odian tanto a los pescadores? ¿Porque se llevan los restos de la miseria que ellos cavan en el fondo de las minas? De todos modos se perdería aguas abajo, así que eso a ellos no les importa. No, lo que sucede es que solo nosotros podemos proteger a los viajeros; solo nosotros sabemos dónde se apostan sus enemigos y cómo actúan. Muchas veces nos contratan para escoltarles, y la gente de las minas nos odia, e intenta matarnos, porque protegemos a los débiles frente a su codicia. ¿No te contaron nunca todo esto?
− No… Al menos, no así. Había oído hablar de venganzas, de muerte… Pero los hombres nunca estaban en el pueblo, y nosotras nos quedábamos encerradas en casa, por miedo a que nos pasara algo. Así que todo eran rumores.
− Hubo muertes, sí… Y sigue habiéndolas. Pero ellos cada vez son menos, y al final la montaña acabará engulléndolos, y los consumirá del todo…
Sandro suspiró. Acarició su brazo, como tratando de disculparse por su crudeza. Pero a ella no le importaba: lo seguía adorando, y le apretó la mano con fuerza para tranquilizarlo.
− Y tú, ¿protegiste alguna vez a los viajantes?
− ¿Yo? Sí, claro, alguna vez.
− ¿Y no mataste a nadie?
Él vaciló, y al fin estalló en una risa nerviosa.
− No, qué va. Cuando me veían aparecer, salían corriendo.
Ella rió también y se abrazó con fuerza a él. El agotamiento había comenzado a deslizarse por sus párpados, y sintió cómo su conciencia se iba hundiendo lentamente en la oscuridad que les rodeaba. Unida a él, sentía de una manera extraña la sensación de estar en un hogar imaginario en el que no podía pasarle nada malo.
− Y tú nunca saliste corriendo, ¿verdad?
− No… nunca.
− Lo sabía.
− ¿Qué quieres decir?
Los dos hablaban en susurros. Imaginó que él también habría cerrado los ojos, y se arrebujó contra su cuerpo con más fuerza.
− Me gusta estar a tu lado… Porque sé que no vas a escaparte… ¿Verdad?
Él rió suavemente.
− Claro que no.
− ¿Te quedarás conmigo?
− Sí.
− ¿Aunque sea hija de mineros?
− Eso me da igual.
Tomó aliento. Iba a añadir: «Te quiero», pero se contuvo. Le bastaba con su abrazo, con sentir su presencia, su aliento en su cuello. Muy poco después, cayó dormida.
III
Despertó sola. Escuchó las voces quebradas de los pescadores, y divisó las sombras difusas de sus compañeros a través de la tela, ora bebiendo un café aguado, ora calzándose las botas de goma; solo quedaban los viejos. Del grupo de Sandro, no distinguió a nadie. Se incorporó y se acercó a Abraham, su jefe; éste sorbía el café pensativamente y no pareció reparar en su presencia.
− Me vas a preguntar por Sandro, ¿verdad? − espetó secamente al cabo de unos segundos. Escupió a sus pies, sin mirarla a los ojos, y prosiguió, sin darle tiempo a responder.
− Se ha marchado. Él y todo su grupo. Antes del amanecer.
− Pero…
Se detuvo. No sabía muy bien qué preguntarle. El otro comenzó a incorporarse, como si no hubiese nada que añadir al respecto.
− No tenían nada que hacer aquí, ¿sabes? No hay cobre suficiente para todos. Ya sabías que estaban solo de paso. No pongas esa casa de sorprendida.
− ¿Adónde se han ido?
Ahora sí, se giró hacia ella y sus ojos, cargados de desprecio, la observaron durante un instante.
− Al norte, a la zona alta.
− Pero, ¿adónde?
− Mira, sola no llegarías nunca, ¿me oyes? Te perderías, o acabarías ahogada. Quítate esas tonterías de la cabeza. Se han ido al norte de las marismas, a la zona alta. Ya llevaban tiempo anunciándolo, pero no son los primeros… Hay muchos que buscan cauces vírgenes allá, pero también hay muchos oportunistas sin escrúpulos. Todo el mundo sabe que aquí abajo solo quedan las migajas, y que la vida es un asco, pero al menos nos dejan en paz… Así que ve diciéndole adiós a tu Sandro, porque no creo que vuelvas a verlo jamás, incluso dudo que siga vivo cuando anochezca. Allá arriba la gente se mata por un palmo de terreno que a lo mejor no vale nada… se matan unos a otros sin vacilar un instante. Solo hay muerte, allá arriba. Piedra seca y muerte.
Ella no replicó. No sabía qué pensar. Abraham le había dado la espalda, y se lanzó a caminar, cojeando, hasta penetrar en las aguas, agarrándose a los juncos a su paso.
− Al menos aquí nos dejan morir en paz − le oyó que añadía, mientras su figura se iba disipando en la bruma. Poco después, estalló en una risa enfermiza, que degeneró en una tos seca, y sus murmullos se hicieron ininteligibles.
No tardó en ponerse a trabajar, ella también. Trató de quitarse a Sandro de la cabeza, sin conseguirlo. El agua se pegaba a sus brazos y piernas con más avidez que nunca y apenas logró extraer nada de ella. Los viejos la observaban de soslayo, como temiendo que saliera huyendo en cualquier momento. Por fortuna, el día fue frío y especialmente húmedo, y nadie entró a su tienda por la noche. No consiguió conciliar el sueño hasta el amanecer, y soñó brevemente con que las aguas la tragaban en medio del silencio de las marismas.
Los siguientes días tuvo la impresión de que el aire helado acabaría con todos ellos. Cada vez le resultaba más difícil rebuscar en el lodo sin sentir el ardor insoportable en sus dedos congelados. Nadie decía ni una palabra, y pasaban casi más tiempo sentados en silencio frente a las débiles brasas de su hoguera que hundidos en las aguas, donde sabían que no durarían mucho tiempo mientras el frío no remitiera. Por la noche, Zoé se arrebujaba en su tienda, y añoraba más que nunca a Sandro, cuyos rasgos se tornaban más borrosos a cada momento. Dormía a ratos; bastaba una ráfaga de aire para despertarla. Por lo demás, todo permanecía en silencio, solo roto de tanto en tanto por los gruñidos de sus compañeros, que luchaban por no morir en medio de aquel invierno temprano y atroz.
Una noche, le despertó un sonido que apenas recordaba, y que tardó en reconocer: las risas de un grupo de niños. Resonaban en su mente, pues no eran sino el eco de sus sueños, y siguieron llenando el silencio aun cuando, ya despierta, se afanó en descubrir de dónde provenían. Reparó entonces en que nunca había oído la risa de un niño, salvo la suya, que no recordaba, y la de Ernesto, el muchacho retrasado que acabó trabajando en la mina. Pero éstas eran muchas voces, voces perdidas en su mente, que a ratos parecían pedirle ayuda, y a ratos se burlaban de ella. Rompió a llorar al escucharlas, y les pidió que callaran, pero los niños siguieron atormentándola, y la obligaron a salir de la tienda tan pronto como la primera aurora se filtró a través de la bruma. Pensaba que el amanecer se las llevaría consigo, pero no fue así. Miró a su alrededor y vio el cuerpo de Abraham, inmóvil frente al fuego, tiritando de frío. Las voces de los niños siguieron atormentándola, y se intensificaron conforme se acercaba a él. Su timbre, insoportable, le hizo olvidar todo el dolor, el frío que le atenazaba los dedos, la tos, el ahogo en el pecho. Aterida y confusa, se abrazó a Abraham y apretó con fuerza su garganta; le sorprendió no encontrar apenas resistencia en su cuerpo marchito. Sus dedos se fueron tensando conforme las voces retumbaban en su interior, y solo aflojó la presión cuando, con Abraham ya totalmente inmóvil, los gritos de los niños parecieron alejarse, hasta acabar por esfumarse en la niebla. Dio entonces un paso atrás y, como si lo viera por primera vez, se asombró al contemplar el cuerpo del viejo, caído hacia un lado y con su característica taza de té rota junto a su mano. Dio varios pasos en torno a él para asegurarse de que las voces no retornaban y, solo cuando se sentó a su lado y rozó su piel, seca y helada, sintió que algo se liberaba en su interior, y que el aire de la ciénaga templaba su crudeza y la acogía al fin en su seno, como a una hija, como a una de sus criaturas.
Ese mismo día comenzaron las náuseas. Poco después, se sorprendió a sí misma vomitando a mitad de jornada, pero aquello no afectó a su afán, redoblado tras presidir con sus esfuerzos la inhumación de Abraham. Pensó que el malestar que sentía remitiría pronto, y no fue hasta varias semanas más tarde que comenzó a percibir el cambio en su cuerpo; solo entonces comprendió lo que realmente le sucedía. Confundida, aquella noche se encerró en su tienda, a donde ya nadie se atrevía a entrar sin su permiso, se abrazó a su vientre y cerró los ojos. Invocó las voces infantiles, que ya no la asustaban, y éstas se mezclaron con el rostro de un niño, un niño de tez blanca y piel cálida nacido entre juncos, en medio de una bruma casi infinita que lo hacía invisible a los ojos de todos. Aquella imagen la acompañó hasta que concilió el sueño, y en medio de la noche y de su soledad, sintió al fin la dicha de haber nacido en aquel tiempo y en aquel lugar, que le pertenecían, y cuyo calor ya nadie podría robarle.
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